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Los muchachos perdidos (La tarde Reynosa)

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civilbatalion
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Los muchachos perdidos (La tarde Reynosa)

Mensaje por civilbatalion el 14/6/2012, 12:55 am

Lamentable, y es la verdad, la reunión de halcones en Río Bravo eran puros chamaquitos, delgados, con cicatrices en la cara, por lo que se nota han sido o maltratador por los narcos, o entre ellos mismos, con la mirada perdida...

Estos chavitos, luego son golpeados por los narcos cuando se quedan dormidos, se les pasa convoy de autoridades, cualquier cosa les cuesta una tabliza...

Lo que me da terror, es la facilidad con la que asesinan personas, por un coche (El Medico que fue ultimado por eso ahí mismo en SanFer), o el odio con el que ven a los jovenes que si estudian, que los matan si se resisten al asalto...

mmm decir que ante esas personas estamos a merced... y a los chamacos que no les hacen nada por ser menores de edad, son los que reporan asaltando en Cd. Victoria, en Mante, en Gonzalez, Río Bravo, Reynosa.. lamentable que decir, la generación perdida... y decir que con esas palabras me refería yo a la perdida de generaciones completas de jovenes que se cayeron ante el crimen organizado por entrar en el o víctimas de sus horrores.


Los muchachos perdidos
Tercera Parte

* Hay miles de adolescentes y jóvenes mexicanos que ya perdimos. No son el mejor ejemplo de las bondades del bono demográfico que llevaría al país a contar con un gran potencial humano. así que, arrinconados por la miseria y la marginación o porque simplemente son “malos”, decidieron que el futuro estaba muy lejos e incierto y decidieron tomar por asalto, arrebatar lo suyo. Varios de ellos poseen a sus 15 o 17 años de edad un récord delictivo impresionante de grandes ligas: decenas de ejecuciones, secuestros, robos. esta es su historia, contada por ellos mismos. Son los muchachos perdidos.

Parte del pago de los Mercedes se hizo con dinero y el resto con cocaína degradada. El Moreno se sintió cómodo con eso porque ya sabía cortarla con bicarbonato o con pastillas de sedalmerck para duplicarla. La ganancia se podía triplicar. Aunque no era la única sustancia con que la droga se podía rebajar.
“Tambien usaba raticida”, dice y sacude la cabeza. Mira hacia abajo y entrelaza sus manos de piedra y nudillos borrados.
–¿Para qué el veneno para ratas?
–El raticida apendejada a la gente que lo está consumiendo -una risa culposa lo sacude–. Y dicen: “puta, con una no me conformo, me conformo con 10, 15, 20 o hasta que se me acabe el dinero”.
El Moreno y su banda, claro, sólo fumaban la piedra cocinada para ellos mismos. Más pura, más potente, menos dañina. Aun así, el dinero se iba en piedra y whiskey Buchanans, en coca y en tequila Agavero, los tragos de los narcos.
Con 1.68 metros de estatura, El Moreno se enganchó a la piedra y su cuerpo empezó a extinguirse hasta pesar apenas 58 kilos. Le sangraban las encías, la ansiedad no lo soltaba ni un instante y tenía el porte de un zombi.
Pero se enamoró y se recuperó. Consiguió un empleo honesto y la familia de su pareja lo adoptó. Tiempo después, un amigo lo encontró con los zapatos sucios y todo cansado.
–¿Mil pesos semanales pudiendo sacar 30, 40 mil varos en un pinche día? –dice El Moreno que su amigo le dijo.
“Y volví a caer. Me drogué y a los dos meses me apañaron con dos carros robados, papeles de piedra, una pistola 9 milímetros”.
–¿Qué sientes al asaltar, al matar?
–Sientes chido al golpear, al matar a alguien. Ni yo me lo explico. Frío. Te sientes bien al momento. Después, cuando estás tranquilo, dices: “chale, por un carro”.
Semana a semana, su madre y sus hermanos menores lo visitan en la Correccional de San Fernando. Los muchachos lo extrañan. Lo admiran. Estando adentro, El Moreno se ha convertido en un boxeador. Tiene forje de welter.
–Voy a robar para venir a estar contigo le ha dicho uno de sus hermanos.
–¿Y qué les dices?
– Que no. Que es como echar al aire tu vida. ¡Fum! Con una moneda. Que no hay futuro.
Una pequeña viñeta
sobre el encabronamiento juvenil:
Por la ruta actual, dice Castillo Berthier, el bono demográfico está irremediablemente perdido. La única manera de evitar caer al precipicio es, en su opinión, la intervención en educación, cultura, la transmisión de valores y, por supuesto, el empleo.
Desde finales de los años sesenta, la época de los movimientos estudiantiles, el Estado adoptó un criterio raso: ver a los chavos como eventuales delincuentes. Pero, a diferencia de los jóvenes de entonces, que tenían una visión política e ideológica consistente, los de ahora no tienen más que al odio.
“Hoy, existen muchísimos chavos encabronados, y con razón, que han pasado, en su propia visión, a ser simplemente antagonistas de cualquier cosa que pueda llamarse Estado, gobierno, autoridad o lo que sea”.
La tumba de oro blanco
La primera vez que El Pepino conoció la prisión tendría unos seis o siete años. Su madre, que era una interna, le regaló globos metálicos rellenos de hule espuma. Lo abrazó en algún pequeño jardín y luego se despidieron. La vio desaparecer detrás del portón metálico. Sin desearlo, entendió con el paso de los años que la prisión puede ser parte de la vida de alguien, al menos de la su madre, quien regresó al reclusorio nueve veces en total.
A la tercera ocasión en que su madre fue a la cárcel, ya no pudo visitarla. Le exigieron que mostrara una credencial escolar, pero él, desde entonces, ya no estudiaba, así que debían conformarse con hablar por un celular que ella ocultaba en su celda. Algo ocurrió, sin embargo, que se acabaron los telefonazos.
Ese es un recuerdo que duele, pero no el único que sacude a El Pepino, un joven rubio y en cuyo rostro destaca la nariz respingada. Si no fuera por las cicatrices en cara y brazos, su apariencia física desentonaría en la correccional.
El otro recuerdo es el de El Chinos, su padre, cuya primera aparición en la memoria de su hijo está conectada con el dinero que le daba para jugar en las maquinitas y el queso Oaxaca que le compraba. También se encuentra, claro, la escena en que tomaba de la mano al niño para descender del microbús y subir a la habitación del hotel con olor a insecticida donde vivía el hombre.
El Chinos se aseguraba de que la puerta quedara bien cerrada y encendía el televisor. Sintonizaba el canal que transmitiera caricaturas y se desparramaba en el colchón. Daba a su hijo papel y colores para dibujar.
“Yo volteaba y lo veía inyectarse. Ahora sé que es heroína. Me decía: ‘ve la tele’, ‘dibuja lo que se te venga a la mente’. ‘No me veas, ve la tele’. Se inyectaba. Sí, viajado. Yo veía las caricaturas. En ese tiempo estaban los Transformers”.
Pero su padre también desapareció detrás del portón metálico de una prisión.
–¿A quién mató tu papá?
–A uno de sus tíos, porque a su hermana, la mamá de mi papá, la manoseaba y todo eso desde que eran niños. Mi jefe siempre se dio cuenta y se hizo lacra y lo detonó a pura puñalada. Le metió 20 o 21.
El Pepino soñaba con los go carts. Esperó que los Reyes Magos le regalaran uno de fibra de vidrio y motor, pero eso nunca ocurrió. Así que cuando quiso un teléfono celular, se lo robó a un anciano que hacía cola en la tortillería. Tenía 13 años.
“Me latió. Había naves, carros, viejas. Todo. Quise moto y Rolex. Era más fácil vender vicio que correr con los celulares. Y, quieras o no, el chido –el vendedor de drogas de nivel intermedio se aparece”.
Así que se enroló en la nómina de vendedores. Su patrón era un hombre de cara colorada y excedido de peso. A bordo de un automóvil sencillo y viejo, de láminas oxidadas, re- partía la droga a su equipo de menudistas.
–¿Y cuánto ganabas tú?
–Del diario me daba 50 gramos. De esos 50 gramos, le sacaba 500 puntos. Yo vendía, cada punto, en 35 pesos. Diario movía 100 papeles. Me quedaba 15 pesos por cada papel... Éramos como 15, todos del centro. Yo la movía por la colonia Guerrero.
El Pepino empezó a alcanzar algunos de sus sueños. Como, por ejemplo, cuando fue a la fiesta de 15 años de una vecina cuyo traje color durazno estaba decorado con alas moradas. Su patrón le prestó su Hummer amarilla. “¡No mames! Las chavas luego, luego se te acercan. ‘¿Cómo te llamas?’, te preguntan. Y acá. Hasta te gritan. ¡Carajo!”.
El sueño fue efímero. Lo detuvieron con 66.6 gramos de cocaína. Ese día todo había empezado bien. Tenía pensado comprar una subametralladora Uzi en 10 mil pesos. Una ganga. Salió a conseguir el dinero, pero al voltear la esquina se encontró con media policía federal apuntándole.
“Me pusieron mi playera en la cara. Me golpearon y me subieron a una camioneta. Me decían que delatara a mi patrón. Me aferré. Me dieron toques en los huevos y los pies. Les decía que ya me habían torcido, que yo no tenía patrón. Vieron que era menor de edad y les dio miedo a los federales. Uno me pidió 70 mil pesos por soltarme. Pa’ pronto, no se hizo el bisne y aquí estoy”.
Hace poco tiempo
Hace poco tiempo, la madre de El Pepino salió de la cárcel de Santa Martha, pero no recuperó su libertad. Subió a una camioneta que la trasladó a la Correccional de San Fernando para ver a su hijo. “Lloramos machín. Me pidió que me cuidara, que le echara ganas”.
–¿Qué piensas de los chavos, en general, que van a la escuela?
–Que era fresón, que era puto. Como que caían mal, porque decía “chale, esos güeyes qué”. Se sienten muy, cómo se llama, muy fresones, ¿no? Acá yendo a la escuela... hijos de papi. Ya los veía y los chacaleaba y acá. Y luego hasta los robaba. Los madreaba y los robaba aparte. Si no se dejaban robar, les daba en su pinche madre.
–¿Y qué sentías después?
–Me empezaba a reír, como que decía ¡chale! Luego si me llegaba el remordimiento: “me pasé de &%(*&%” y ora sí que, en mi pachequez, decía “¡chale, me pasé de &%(*&%”! y me empezaba a reír. Pero está bien, para que no se sientan muy &%(*&%.
–¿Cómo veías a tu “patrón”? –Ese güey es chingón, ¿no? Quiero ser cómo ese güey.
–¿Y por qué no ser como un médico, como un contador, como lo que quieras, pero por la derecha?
–Ora sí que me llamaba más la atención, ¿no? Que trajera buticarros, culos arriba. El oro. Dos tres cuetes chidos. A cada rato le iban a empeñar los estéreos, las teles, buticosas le iban a empeñar.
–¿Por vicio?
–¡Ajá! Y veía que era rápido, así como cualquier rato llegaba lo chulo. Iban carros a empeñarlos, me empezó a llamar más la atención. Ora sí que casi no veía que los que se la llevaban por la derecha casi no les veía nada. Los veía a patín.
–¿Qué piensas de ti mismo?
–Yo soy un güey al que le vale &%(*&%, pa’ pronto. Me da igual... Ora sí que legalicen la pinche droga. Que ya no haya tanta pinche tira. Quiero ser un pinche narco chido. Que ya no me vuelvan a agarrar. Quiero fama.
–¿Te gustaría que hubiera un narcocorrido que hablara de El Pepino?
–Que dijera que me balaceaba con la tira, que tenía suerte, que traía unas viejas y pistolas con cachas de oro y con mi nombre grabado.

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Re: Los muchachos perdidos (La tarde Reynosa)

Mensaje por seals el 14/6/2012, 2:30 pm

puta madre que historia tan culera pobres weyes ya que pasen los contrarios y que nos hagan el favor de darles para abajo o en su defecto el eje o la policia federal
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Totenkopf
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Re: Los muchachos perdidos (La tarde Reynosa)

Mensaje por Totenkopf el 14/6/2012, 4:39 pm

Esto ya se venía discutiendo en este foro desde hace rato... tenemos una generación perdida, y será muy complicado rescatarla.
Lo más probable es que tengamos que centrarnos en la siguiente, y que la presente se extinga por sí sola.
Como bien dijo Roger: vientos de tormenta se avecinan... y nuestras vistas solo alcanzan para un candidato...

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Re: Los muchachos perdidos (La tarde Reynosa)

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