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Biografías Niños Héroes

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Xicoténcatl
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Biografías Niños Héroes

Mensaje por Xicoténcatl el 17/4/2012, 1:46 pm

JUAN DE LA BARRERA
Su nombre completo era Manuel Juan Pablo José de la Barrera e Inzaurraga. Nació en la Ciudad de México el 26 de junio de 1828. Ingresó al Colegio Militar cuando aún no cumplía los 13 años, el 15 de febrero de 1841, y el 18 de diciembre del mismo año recibió el ascenso a subteniente de artillería. Esto le causó la baja del plantel escolar y alta en la primera brigada de artillería, a donde fue adscrito a la cuarta compañía. Para 1843 solicitó su ingreso al Colegio Militar para continuar sus estudios, con la intención de convertirse en ingeniero militar, lo cual fue concedido el 1° de diciembre de ese mismo año. Para el 30 de enero de 1845, su aprovechamiento y buenas calificaciones le merecieron el grado distintivo de subteniente alumno. El 11 de agosto de 1847 recibió su ascenso a teniente de ingenieros y dejó de pertenecer al Colegio Militar, destinado al batallón de zapadores. No pudo incorporarse porque esa corporación se disponía a combatir en la batalla de Padierna, en la que la unidad quedó destrozada. Por esta razón, aún sin pertenecer al Colegio Militar, continuó en Chapultepec a las órdenes directas del general Monterde, quien lo asignó a la construcción del “hornabeque” levantado al inicio de la calzada de Tacubaya, donde el 13 de septiembre enfrentó a los invasores.

Nadie lo vio morir y nadie relató su muerte, seguramente porque quienes estaban con él tampoco sobrevivieron, arrollados por la marea de invasores. Se sabe, eso sí, que el general Nicolás Bravo destacó al “hornabeque” a 160 soldados mexicanos y buena parte de ellos sucumbieron ante la embestida estadounidense; los partes de batalla estadounidenses consignan que allí se libró la más sangrienta acción militar de toda la batalla. Los poquísimos soldados mexicanos en sobrevivir corrieron hacia el norte, rumbo a la calzada de la Verónica, y se incorporaron con las tropas del batallón Matamoros de la guardia nacional de Morelia, perteneciente a la brigada del general Rangel, quienes se retiraron para defender las garitas de la ciudad.

Nuestros tres testigos –Molina, Noris y Cuéllar casi nada dicen sobre Juan de la Barrera, porque ellos combatieron en el castillo. Molina hace una pequeña referencia a él, más bien sobre la cercanía y trato frecuente de los cadetes con De la Barrera, quien apenas un mes antes era todavía alumno del colegio: “Habiendo concluido su carrera, prestaba ya sus servicios en el batallón de zapadores, son que por ello hubiera dejado de asistir diariamente al plantel ni de hacer vida íntima con todos nosotros.” Lo único que supo Molina fue que De la Barrera “murió dignamente en su puesto, desempeñando la comisión del servicio de fortificaciones”.

Juan de la Barrera tenía, al morir, 19 años con tres meses de edad.

Tomada del libro de José Manuel Villalpando, Niños Héroes, México, Editorial Planeta, Grandes Protagonistas de la Historia Mexicana, 2004, pp. 67-69.
http://13septiembre.bicentenario.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=44&Itemid=48


AGUSTÍN MELGAR
Su nombre completo era Agustín María José Francisco de Jesús de los Ángeles Melgar Sevilla. Nació probablemente el 28 de agosto de 1829, porque su fe de bautizo certifica que recibió el sacramento al día siguiente, día 29. Huérfano de padre, el 4 de noviembre de 1846 solicitó ser admitido al Colegio Militar “deseoso de pertenecer a la gloriosa carrera de las armas a la que mi padre sirvió y murió”. Acompañó a su solicitud el certificado del profesor de primeras letras quien hizo constar que Agustín sabía leer, escribir y las cuatro reglas de aritmética, así como el del médico, quien no encontró “en su naturaleza vicio corporal ni enfermedad aguda que lo inutilice para la carrera militar”. Como seguramente su madre se quedó en Chihuahua, en la Ciudad de México una hermana suya, de nombre Merced, se comprometió ante las autoridades del colegio a que Agustín se presentaría al plantel “con la decencia necesaria”. La solicitud fue aprobada y Agustín Melgar sentó plaza de alumno el 7 de noviembre de 1846.

Un hecho cierto –elevado a la novela y al cinematógrafo con el nombre de El cementerio de las águilas–, es que Agustín Melgar desertó del Colegio Militar el 4 de mayo de 1847 y causó “baja del plantel por haber faltado al acto de la Revista de Comisario y no haber justificado su ausencia”. La fantasía ha suplido la falta de información y se ha atribuido la deserción a la romántica exigencia de una novia o bien al extravío de una juvenil aventura que terminó mal. Se desconoce lo que haría Melgar entre los meses de mayo y principios de septiembre, pero el día 9 de ese mes, se presentó de nuevo en el Colegio, pidió ser admitido y se le recibió en calidad de “agregado”. Esta conducta, sin duda meritoria, ha sido calificada como la más pura expresión de amor a la patria.

En Chapultepec, el 13 de septiembre, Agustín Melgar fue uno de los cadetes que, siguiendo la inspiración de demostrar su valor y su honor, decidió quedarse en Chapultepec a las órdenes del sargento de alumnos Ignacio Molina. Es indudable la razón de su proceder: había desertado antes y no tenía otra posibilidad para reivindicarse que batirse denodadamente con el invasor. Peleando hombro con hombro con sus compañeros cadetes, Melgar resistió hasta el final y fue, quizá, él último en caer acribillado por las balas del invasor. También sería el último en morir días más tarde.

Sobre la actuación de Agustín Melgar en Chapultepec abundan los testimonios, aunque contradictorios. Por ejemplo, Teófilo Noris dice lo siguiente: “Agustín Melgar se negó a rendirse alegando que aún le quedaban tres cartuchos. Como el oficial no podía obligarlo, lo dejó en libertad para hacer lo que gustara; entonces Melgar se separó de las filas y se metió a un cuarto de la misma finca que servía de biblioteca; cuando los estadounidenses abrieron la puerta les hizo fuego y mató a uno; en seguida le dispararon varios tiros”. Luego, como Melgar, aunque mal herido todavía vivía, los estadounidenses lo condujeron al hospital, donde le amputaron una pierna. Según Noris, Melgar falleció durante la intervención quirúrgica.

Ignacio Molina cuenta que al final de la batalla quedaban ocho cadetes, de los cuales dos se “posecionaron de la sala central, que nos había servido como dormitorio; uno de ellos fue el simpático Agustín Melgar”. Más tarde, cuando los seis acompañantes de Molina se vieron forzados a rendirse por estar rodeados cerca de la escalera, “oímos disparos dentro de las piezas. Era el combate que sostenía nuestro digno compañero Agustín Melgar, quien haciendo fuego y dejando su vida a uno de los asaltantes, había tratado de detener a la avalancha que descendía por la escalera del lado norte del mirador y que, perseguido por el enemigo, se parapetó detrás de unos colchones en nuestro improvisado dormitorio, haciendo uso certero de su fusil hasta quedar inutilizado por los balazos y heridas de bayonetas que recibiera, todas muy graves, y de cuyas resultas y en medio de los más espantosos dolores sucumbió en la madrugada del día 14”.

El único cadete del Colegio Militar que mereció que su nombre se incluyera en un testimonio estadounidense es precisamente Agustín Melgar. Un combatiente enemigo, el mayor Charles Winslow Elliot, refirió en una carta la sanguinaria conducta de las tropas invasoras que deseaban vengarse por las muchas bajas de días antes, en la batalla del Molino del Rey. Elliot, que conducía a sus soldados en el asalto a Chapultepec, describió así la escena: “Una verdadera ola de infantería de uniforme azul y tiradores ligeros vestidos de gris escalaron el parapeto, irrumpiendo hasta dentro del castillo. Recordando la bárbara carnicería de los heridos del día 8, los asaltantes tomaron despiadada venganza en Chapultepec. Desde la azotea más alta, el último de los bizarros estudiantes, el heroico Agustín Melgar, manipulaba aún su rifle hasta que la ola azul llegó hasta ese elevado nido y lo envolvió”. Este testimonio es de suma importancia, puesto que Elliot, protagonista de los hechos narrados, seguramente ordenó recoger el cuerpo herido de Melgar y dispuso su traslado al hospital; casi podría afirmarse que alcanzó a preguntarle su nombre, pues de otra manera no se explica por qué lo incluyó con tanta certeza.

No es posible determinar cuándo y a qué hora falleció Agustín Melgar. Quizá lo único cierto es que la muerte ocurrió en el hospital, donde le fue amputada una pierna. ¿Quién lo operó? El propio testimonio del doctor Rafael Lucio, médico del colegio, señala que no estuvo presente en la batalla de Chapultepec ni se presentó tampoco allí al día siguiente. Lo más probable es que lo haya operado un médico del ejército invasor.

Agustín Melgar tenía, al morir, 18 años recién cumplidos.

Tomada del libro de José Manuel Villalpando, Niños Héroes, México, Editorial Planeta, Grandes Protagonistas de la Historia Mexicana, 2004, pp. 67-82.
http://13septiembre.bicentenario.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=45%3Aagustin-melgar&catid=35%3Abiografias&Itemid=48


VICENTE SUÁREZ
José Vicente de la Soledad Suárez Ortega nació en la ciudad de Puebla el 3 de abril de 1833. Ingresó al Colegio Militar en el mes de noviembre de 1845, a los doce y medio años de edad “deseoso de serle útil a la patria en cualquier ciencia del expresado colegio” y con la convicción de su padre de que en el colegio “serán seguros sus adelantos en todas las materias, para su completa educación, de la que ocurriere también a favor del alto gobierno”. Fue incorporado a la segunda compañía de cadetes.

Vicente Suárez fue quizá el primero de los cadetes en morir. Aún no comenzaban a descender los alumnos por las ventanas del mirador cuando los invasores irrumpían en algunos de los patios y estancias del castillo. Como era de los de más corta edad, Suárez se disponía a seguir al capitán Alvarado, pero se detuvo a repeler a los primeros estadounidenses que se acercaron. Cuenta Ignacio Molina que Vicente, “uno de los más niños del colegio, y por su pequeña estatura pertenecía a la segunda compañía, al consumarse el asalto marcó el alto a los enemigos atravesando el estómago de uno de ellos con un formidable golpe de bayoneta y sostuvo con los demás un reñido combate”. Molina confesó saber esto porque lo escuchó de José T. Cuéllar, quien así narró lo sucedido: “El alumno Suárez era delgado, nervioso y de constitución delicada pero de mirada viva y de ánimo resuelto”. Luego, dice Cuéllar: “Desde que comenzó el asalto, el fuego de fusilería se generalizó por todas las líneas. Yo me mezclé de mi orden en un pelotón de soldados del batallón de San Blas y me puse con ellos a hacer fuego en el pasillo o glorieta semicircular del mirador. Después de haber agotado el parque de mi cartuchera, una detonación sobre mi cabeza me hizo volver la cara: el enemigo estaba a cinco pasos. En ese momento vi correr a Suárez con su pequeño fusil en la mano, a tiempo que el primer estadounidense bajaba la escalera. Suárez subió a su encuentro y con formidable golpe atravesó al enemigo por el estómago”. Ni Molina ni Cuéllar vieron morir a Suárez, quien seguramente fue rodeado y acribillado por los invasores.

Vicente Suárez murió a los 14 años con cinco meses de edad.

Tomada del libro de José Manuel Villalpando, Niños Héroes, México, Editorial Planeta, Grandes Protagonistas de la Historia Mexicana, 2004, pp. 73-74.
http://13septiembre.bicentenario.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=46&Itemid=48


FRANCISCO MÁRQUEZ
Su nombre era Francisco Márquez Paniagua y se desconoce la fecha exacta de su nacimiento, probablemente en la ciudad de Guadalajara. Al momento de presentar su solicitud para ingresar al Colegio Militar, el 16 de enero de 1847, el propio Márquez expresó “tener la edad de trece años entrados en catorce”. Señaló también que se interesaba por el Colegio Militar “deseoso de emprender la carrera de las ciencias a las que ha tenido una positiva afición, pero que dicho deseo había sido obstaculizado por la pobreza, ya que su padrastro, un capitán de caballería, estaba peleando con el ejército del norte y su madre contaba con muy escasos recursos. Además carecían de “otros arbitrios”, pues la paga del capitán no alcanzaba por estar "repartida”. Aceptada su solicitud, Francisco Márquez fue admitido como cadete y asignado a la primera compañía de alumnos. De inmediato, su señora madre se comprometió a sostener con todo el aseo posible y decencia regular a su hijo.

El 13 de septiembre de 1847, dada su corta edad, Francisco Márquez fue de los alumnos que siguieron al capitán Alvarado en su intento por salir del castillo saltando por las ventanas y descender por la ladera oriental del cerro. Nadie lo vio morir, pero Molina dice que su cadáver, acribillado a balazos, se recogió del cerro, donde “yacían en la falda que mira al este”. De nueva cuenta, un testimonio de un soldado estadounidense, Daniel Harvey Hill, nos ayuda a entender lo que le pasó a Francisco Márquez y a otros cadetes y soldados. Hill avanzó con los suyos con la señal de ataque. Se movía por el camino principal, expuesto al fuego de artillería proveniente del castillo. El grupo de Hill se vio detenido por largo tiempo, soportó el bombardeo, sin poder asaltar el cerro, hasta que, de pronto, vieron en lo alto de la fortificación la bandera de barras y estrellas. Hill pudo también ver cómo en lo alto, la destrucción y la matanza de mexicanos continuaba. “Atrapados entre dos fuegos, sólo tenían una salida, aglomerada como una manada de ovejas. Vi docenas de ellos colgándose de las paredes y trepándose por los hoyos hechos por el paso del agua; en esta posición eran derribados sin ninguna resistencia”. Literalmente, los cadetes y los soldados mexicanos fueron cazados por los tiradores estadounidenses. Entre ellos estaba Francisco Márquez; su cadáver fue encontrado bajo las ventanas de donde saltaron.

Francisco Márquez murió de una edad que variaba entre los trece y medio y los catorce años.

Tomada del libro de José Manuel Villalpando, Niños Héroes, México, Editorial Planeta, Grandes Protagonistas de la Historia Mexicana, 2004, pp. 74-76.
http://13septiembre.bicentenario.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=47&Itemid=48


FERNANDO MONTES DE OCA
José Fernando Antonio Montes de Oca Rodríguez nació en Azcapotzalco el 29 de mayo de 1829. A los diecisiete años de edad, el 24 de enero de 1847 presentó su solicitud para ingresar al Colegio Militar llevado por un motivo verdaderamente loable y patriótico: “Deseaba servir en la gloriosa carrera de las armar al ver, al mismo tiempo, lo invadida que está nuestra República y queriendo serle útil en la actual guerra con Estados Unidos del Norte”. Su madre, viuda de un capitán del ejército, se comprometió a “ministrarle el calzado y ropa interior que necesite durante su permanencia en el repetido establecimiento, excepto el uniforme”, pues éste era proporcionado por el colegio. Montes de Oca fue destinado a la primera compañía.

El día de la batalla, Montes de Oca también intentó salir del castillo, saltando por las ventanas; le sucedió lo mismo que a Francisco Márquez: murió cazado por los tiradores estadounidenses. Sin embargo, a diferencia de Márquez, sobre su muerte sí hay testimonios. Primeramente, José T. Cuéllar, seguramente amigo de Montes de Oca, hace el estrujante comentario: “Yo recogí en los momentos del asalto, en confidencia íntima, el funesto presagio de Montes de Oca, a quien no sé qué voz de la eternidad le anunció su muerte. Impresionado por la convicción con que anunció su fin, le buscaba entre mis compañeros en el combate, le busqué después entre los prisioneros, pero no lo hallé”. Según Cuéllar, tres días después encontraron su cadáver en el cerro al lado norte.

Por su parte, Ignacio Molina narra también lo que pudo presenciar: “Fue ignominiosamente fusilado desde la azotea al asaltar por la ventana que veía a las llanuras del rancho de Anzures para reunirse con el resto de los alumnos que bajaron. Yo le vi caer para no levantarse más, sino en alas de la gloria”. Dice Molina que el cadáver de Montes de Oca “permaneció allí tres días, al lado de su pequeño fusil, mudo testigo de su valor y exaltado patriotismo”.

Fernando Montes de Oca murió cuando tenía la edad de 18 años y cuatro meses.

Tomada del libro de José Manuel Villalpando, Niños Héroes, México, Editorial Planeta, Grandes Protagonistas de la Historia Mexicana, 2004, pp. 76-77.
http://13septiembre.bicentenario.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=48&Itemid=48


JUAN ESCUTIA
El personaje más misterioso de la gesta épica del 13 de septiembre es sin duda Juan Escutia. No era cadete del Colegio Militar sin embargo, murió en combate. Debido a la escasa información sobre él, su nombre ha servido para inventar hazañas inexistentes. En las siguientes líneas trataremos de dilucidar quién era Juan Escutia y, apartándonos de las leyendas, propondremos una hipótesis novedosa para saber qué hacía en Chapultepec ese día.

Un primer problema del historiador es la falta de expediente en el Colegio Militar; más bien, hay uno pero con documentos y anotaciones posteriores a la batalla y nada dicen acerca de su existencia ni de su participación en los acontecimientos. La única fuente que consigna su existencia durante la batalla es la del testimonio de Ignacio Molina, escrito casi sesenta años después del 13 de septiembre de 1847, cuando ya Escutia era considerado por la leyenda como uno de los “niños héroes”. Molina dice que después de la batalla del Molino del Rey, por esos mismos días se presentaron algunos jóvenes, entre ellos Juan Escutia. Según Molina, fueron agregados a las compañías en carácter de alumnos; esto no puede ser, ya que la admisión al colegio dependía del director, previo acuerdo con el ministerio de guerra. En esos días no estaba el general Monterde, así es que el subdirector no podía aceptar “agregados”, excepto a los cadetes desertores, como Melgar, y admitirlos provisionalmente hasta que la autoridad competente decidiera su suerte. El caso de Escutia, si en efecto sucedió así, es diferente, pues se trata de un “paisano”, un civil sin necesidad de estar en Chapultepec, posición militar a punto de ser atacada. Por otra parte, Molina asegura que el cadáver de Escutia quedó junto al de Márquez, en la falda del cerro. Molina no vio esto, pues permaneció arriba en el castillo y allí fue hecho prisionero.

Sin embargo, Escutia sí estuvo allí, en Chapultepec, peleando junto a los cadetes. Seguramente ellos lo recordaban como a un voluntario. Se lo deben haber comentado a Monterde, quien no conoció a Escutia, y el director lo agregó, al año siguiente, en una lista del personal del Colegio Militar acreedor a la cruz de honor por la participación en la batalla. Pero, o Monterde no escuchó bien o no recordó el nombre mencionado por los cadetes y así, en la relación apareció un sujeto llamado N. Escontría, del que nunca se supo nada y cuyo nombre no volvió a repetirse. Al parecer, Monterde no se acordaba nunca del nombre de Juan Escutia. Años más tarde, en septiembre de 1852, el general dio un discurso y se equivocó nuevamente, pues al enumerar los apellidos de los cadetes muertos lo llamó “Ascutia”.

A pesar de los desatinos memorísticos de Monterde, los cadetes sí se acordaban de Juan Escutia, pues ellos lo habían conocido durante el combate. En septiembre de 1851 el subteniente alumno Miguel Miramón, al pronunciar un discurso conmemorativo, lo mencionó claramente entre sus compañeros caídos: “Escutia”, pero no dijo su nombre de pila, quizá porque no se ponían de acuerdo sobre cuál era; nada más recordaban el apellido. En efecto, en 1849 a uno de los cadetes sobrevivientes, Santiago Hernández, se le encomendó pintar al óleo el retrato de sus compañeros héroes. Todos son muy parecidos entre sí, con alguno que otro rasgo distintivo, teniendo como modelo el reciente recuerdo de sus compañeros en la intimidad de la vida diaria de las aulas. Aunque a Escutia no podía recordarlo, lo pintó como a los demás, con rasgos similares a los otros. Sin embargo, lo interesante del cuadro es que en la parte baja del mismo aparece la anotación del nombre del personaje retratado: Francisco Escutia. Además, en los libros del colegio relativos a la correspondencia de 1849, cuando se habla de Escutia se antepone, abreviado, su nombre con estas letras “Fco”. Todo lo anterior demuestra que el contacto de los cadetes con Escutia fue muy breve, apenas lo necesario para recordar el apellido.

Para salir del atolladero, biográfico primero, y después para justificar el ingreso ilegal de Escutia al colegio como agregado, un ilustre historiador, Alberto María Carreño, propuso que Juan Escutia era en realidad un cadete dado de baja por no presentarse en las revistas de comisario cuando a principios de 1847 los alumnos fueron enviados a sus casas. Para colmo, el mayor Montenegro, un militar preocupado por el qué dirán, agregó una nota al expediente vacío de Escutia: “probablemente desertó”. Por ello, en las listas oficiales, redactadas a cien años de distancia por el general Miguel A. Sánchez Lamego, a Juan Escutia lo han considerado como cadete y lo han colocado en la primera compañía de alumnos. Sin embargo, existe una prueba en contra que destruye los argumentos de Carreño, de Montenegro y de Sánchez Lamego: existe una única lista de la revista de comisario –encontrada por el general Adrián Cravioto– realizada el 5 de marzo de 1847, antes de disolver el colegio y enviar a los alumnos a sus casas. En ella no aparece el nombre de Juan Escutia. Es decir, nunca fue cadete. Pero sí estuvo en la batalla de Chapultepec y murió al lado de los cadetes.

El problema está en comprobarlo, pues ya vimos que no fue agregado civil ni antiguo cadete. La fe de bautizo de Juan Escutia arroja datos reveladores que permiten plantear una nueva hipótesis sobre su procedencia y lo que hacía en Chapultepec ese día. Su nombre completo era Juan Bautista Pascacio Escutia Martínez, nació en la ciudad de Tepic, cuando formaba parte del estado de Jalisco, el 25 de febrero de 1827.

Juan Escutia pudo ser un soldado del batallón de San Blas. Estuvo presente en el momento en que esta unidad, al mando del teniente coronel Felipe Santiago Xicoténcatl, chocó de frente, en la ladera sur del cerro, con los estadounidenses quienes lo recibieron con fuego de fusilería y con las bayonetas caladas, haciendo una carnicería con los soldados nayaritas. Se sabe que de 400 soldados murieron alrededor de 370; el resto escapó. ¿Hacia dónde? Los de la retaguardia seguramente retrocedieron al campo del general Rangel, en la calzada de la Verónica, pero otros escalaron el cerro y buscaron refugio en el castillo de Chapultepec. Juan Escutia pudo ser uno de ellos. Los datos son simplemente coincidentes y sorprende que nadie haya reparado en ellos. El batallón de San Blas tenía su matriz precisamente en este puerto, ubicado en el territorio de Tepic. El batallón había sido organizado en mayo de 1847 en Jalisco, y sus soldados reclutados en el cantón nayarita. Juan Escutia era originario de Tepic, luego, bien pudo haberse enrolado en el batallón. Además, en la Ciudad de Guadalajara, capital del estado de Jalisco, residía para curar sus heridas, recibidas en la batalla de la Angostura, el teniente coronel Xicoténcatl, a quien el gobernador del estado designó como comandante de la flamante unidad.

Escutia habría llegado a la Ciudad de México con su batallón en junio de 1847 y recibió su bautismo de fuego los días 12 y 13 de septiembre en Chapultepec. Está comprobado que algunos soldados del San Blas lograron ascender al castillo después de la masacre sucedida en las faldas del cerro. El testimonio del cadete José T. Cuéllar es fundamental aquí: “Desde que comenzó el asalto, el fuego de fusilería se generalizó por todas las líneas. Yo me mezclé de mi orden en un Pelotón de seis soldados del batallón de San Blas y me puse con ellos a hacer fuego. De siete, habíamos quedado cuatro: tres soldados de San Blas murieron a mis pies”. Debe suponerse que los otros tres no, que continuaron vivos y peleando.

Uno de esos soldados que sobrevivieron a esa refriega pudo ser Juan Escutia. Fueron escasos minutos, pero los cadetes que allí combatían pudieron tener oportunidad de conocerlo, de cruzar algunas palabras y de alcanzar a saber, al menos, su apellido: Escutia. Luego, para confirmar las palabras de Ignacio Molina, Juan Escutia pudo haber pretendido salir del castillo por la ruta de los demás cadetes, descolgándose por las ventanas y paredes. Allí los tiradores estadounidenses lo derribaron con sus certeros tiros y por eso su cadáver fue encontrado junto al de Francisco Márquez, en la ladera oriental, la más escarpada de todas.

Juan Escutia, el “niño héroe”, quizá fuera un soldado del batallón de San Blas y murió a los 20 y medio años de edad.

Tomada del libro de José Manuel Villalpando, Niños Héroes, México, Editorial Planeta, Grandes Protagonistas de la Historia Mexicana, 2004, pp. 77-82.
http://13septiembre.bicentenario.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=49&Itemid=48


P.D. Edité este mensaje porque había colocado 5 mensajes rápidos por cada biografía, y ahora coloque todo el texto en un solo mensaje. Saludos!

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paco7777
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Re: Biografías Niños Héroes

Mensaje por paco7777 el 14/9/2012, 6:16 am

LOS NIÑOS HÉROES O EL OLVIDO

POR ERNESTO FRITSCHE ACEVES

Eran las seis de la mañana del 13 de septiembre de 1847 cuando un centenar de vigorosos jóvenes, atentos a cuanto ocurría a su alrededor, recibieron una orden apremiante: "abandonen el castillo". La confusión fue general, unos se miraban consternados y otros más reflejaron en su rostro una alegría disfrazada de obediencia. Acatando la orden, casi la mitad de ellos se marchó en silencio.

Chapultepec lucía en ruinas: su majestuoso castillo destrozado por los bombardeos se preparaba para resistir el asalto del ejército invasor estadunidense mientras que el general Winfield Scott observaba los movimientos de sus tropas desde Tacubaya, sabiendo que una vez tomada la fortaleza quedaría abierto el camino hacia el centro de la Ciudad de México.

Por un momento la artillería estadunidense suspendió el fuego y a las ocho de la mañana inició el avance cuesta arriba. Unos siete mil soldados atacaron ventajosamente al general Nicolás Bravo, quien sólo disponía de 832 hombres repartidos en el cerro. El general Mariano Monterde, director del Colegio Militar, coordinó al medio centenar de alumnos que desafiaron la orden de evacuar el castillo. El general- presidente Antonio López de Santa Anna envió como único apoyo al Batallón Activo de San Blas, después de haber ignorado todas las peticiones de auxilio de Nicolás Bravo. Tanto el Batallón como su comandante, el coronel Santiago Felipe Xicoténcatl, fueron destrozados por el enemigo.

En las alturas la batalla duró apenas dos horas. A las diez de la mañana las tropas de los generales Pillow, Quitman y Worth se hicieron del castillo, no sin antes advertir que muchos soldados mexicanos de la Guardia Nacional desertaban acobardados de sus puestos, mientras que los cadetes del Colegio Militar se mantuvieron firmes hasta el final. El arreo de la bandera del castillo por parte de los norteamericanos marcó el desenlace de aquella jornada.

A 154 años de este hecho de armas recordamos algunos de los nombres de quienes arriesgaron sus vidas para defender su país, desobedeciendo una orden que bien los ponía a resguardo: Andrés Mellado, Hilario Pérez de León, Agustín Romero, Lorenzo Pérez Castro y Agustín Camarena resultaron heridos en el combate. Varios más sobrevivieron sólo para ver con tristeza cómo su patria era desmembrada con los tratados de Guadalupe-Hidalgo. Algunos otros llegarían a descollar en la cultura y la política de su tiempo e incluso hubo un futuro presidente del país entre los cadetes defensores del castillo, Miguel Miramón.

Pero la historia es un juez rigorista: sólo concede el oro a quienes dan su vida a cambio. Los que sobreviven, aunque su conducta sea encomiable, son relegados a un segundo plano. Chapultepec ha quedado sólidamente unido a seis nombres. Nuestros Niños Héroes son el símbolo por excelencia de aquella gesta histórica, hundiendo en el olvido al resto de sus compañeros. Extensa es la historiografía que ha exaltado la actuación exclusiva de ellos: se nos dice que Juan de la Barrera era el mayor de los cadetes y murió valerosamente combatiendo al pie del cerro. Fernando Montes de Oca fue acribillado al saltar por una ventana. Agustín Melgar murió por las heridas recibidas intercambiando disparos parapetado detrás de unos colchones. Vicente Suárez logró matar a dos norteamericanos antes de ser acribillado. Francisco Márquez era el más pequeño —tenía trece años— y su cuerpo fue encontrado al pie del cerro. Juan Escutia es indudablemente el más glorioso héroe de la gesta al haberse envuelto en la bandera y morir saltando al vacío para salvarla. Esto es, de manera específica, la información que hoy circula en la conciencia colectiva.

Edmundo O'Gorman afirma que la historia es hija de la invención y esto se puede constatar fielmente con los cadetes de Chapultepec. Imaginación y épica se mezclan en este mito histórico-patriótico. Nuestro castillo es un "santuario" como lo es El Alamo para los texanos. Pero más allá del mito está el rigor de los archivos, de los documentos que sustentan o desmienten las creencias en los héroes nacionales.

Conocerlos, interpretarlos y difundirlos es tarea fundamental, no tanto para destruir la imaginación cívica sino para mostrar el lado humano de quienes han sido considerados estatuas sagradas e intocables.

Aquel 13 de septiembre pelearon algo más de seis cadetes: las listas de combatientes, heridos y prisioneros lo demuestran. Sin embargo, en los archivos militares sólo se destaca el celo con que se custodian los expedientes de los Niños Héroes, que poco o nada nos revelan sobre la actuación de ellos en combate.

Tampoco en los partes militares rendidos días después de la batalla, oficiales mexicanos o norteamericanos dan fe de algún hecho específico atribuible a los seis famosos personajes. No obstante, la imaginación nos arroja al vacío junto a Escutia con su bandera desgarrada. Irónicamente, no hay en los archivos militares un sólo documento que compruebe siquiera la estancia de este joven como alumno del Colegio Militar antes de la toma del castillo. Lo que sí existe, para dolor de quienes tienen fe ciega en el mito, es el informe del general Pillow en donde nos afirma que el mayor Seymour del 9° regimiento arrió la bandera mexicana de su asta.

¿En dónde surge entonces el mito? En el tiempo, en el discurso conmemorativo, en el homenaje..., en el olvido de los sobrevivientes, que pelearon con igual valor y entrega que esos seis afortunados que murieron. Afortunados no tanto por haber asegurado su lugar ilustre en la historia, sino porque no sufrieron el dolor y la ve#$%&/üenza de ver su patria derrotada. Los sobrevivientes, además del olvido, tuvieron que afrontar en vida el trauma de ver a su país mutilado. José Tomás de Cuéllar, escritor y combatiente en Chapultepec, expresó esa desilusión que provoca la injusticia de la memoria histórica ("A los Mártires sin nombre", en El Correo de México del 17 de septiembre de 1867).

....¡Ay! Ni la Patria no sólo ha encontrado

En ese campo, insignias, una espada Del jefe graduado:

Entre soldados, nada... La fama eligió a los generales;

y los demás fusiles son iguales... n

fuente:http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2100159
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Monakyo101
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Re: Biografías Niños Héroes

Mensaje por Monakyo101 el 14/9/2012, 9:08 am

Muy buen post y muy.apropiado por la fecha compañeros.+ Very Happy
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GREYHOUND
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Re: Biografías Niños Héroes

Mensaje por GREYHOUND el 14/9/2012, 9:31 am

pues ya me gano el post paco, pero voy a ponerlo nuevamente y resaltar lo importante de el mensaje.


Los Niños Héroes o el olvido

Ernesto Fritsche Aceves

Eran las seis de la mañana del 13 de septiembre de 1847 cuando un centenar de vigorosos jóvenes, atentos a cuanto ocurría a su alrededor, recibieron una orden apremiante: "abandonen el castillo". La confusión fue general, unos se miraban consternados y otros más reflejaron en su rostro una alegría disfrazada de obediencia. Acatando la orden, casi la mitad de ellos se marchó en silencio.



LOS NIÑOS HÉROES O EL OLVIDO

POR ERNESTO FRITSCHE ACEVES

Eran las seis de la mañana del 13 de septiembre de 1847 cuando un centenar de vigorosos jóvenes, atentos a cuanto ocurría a su alrededor, recibieron una orden apremiante: "abandonen el castillo". La confusión fue general, unos se miraban consternados y otros más reflejaron en su rostro una alegría disfrazada de obediencia. Acatando la orden, casi la mitad de ellos se marchó en silencio.

Chapultepec lucía en ruinas: su majestuoso castillo destrozado por los bombardeos se preparaba para resistir el asalto del ejército invasor estadunidense mientras que el general Winfield Scott observaba los movimientos de sus tropas desde Tacubaya, sabiendo que una vez tomada la fortaleza quedaría abierto el camino hacia el centro de la Ciudad de México.

Por un momento la artillería estadunidense suspendió el fuego y a las ocho de la mañana inició el avance cuesta arriba. Unos siete mil soldados atacaron ventajosamente al general Nicolás Bravo, quien sólo disponía de 832 hombres repartidos en el cerro. El general Mariano Monterde, director del Colegio Militar, coordinó al medio centenar de alumnos que desafiaron la orden de evacuar el castillo. El general- presidente Antonio López de Santa Anna envió como único apoyo al Batallón Activo de San Blas, después de haber ignorado todas las peticiones de auxilio de Nicolás Bravo. Tanto el Batallón como su comandante, el coronel Santiago Felipe Xicoténcatl, fueron destrozados por el enemigo.

En las alturas la batalla duró apenas dos horas. A las diez de la mañana las tropas de los generales Pillow, Quitman y Worth se hicieron del castillo, no sin antes advertir que muchos soldados mexicanos de la Guardia Nacional desertaban acobardados de sus puestos, mientras que los cadetes del Colegio Militar se mantuvieron firmes hasta el final. El arreo de la bandera del castillo por parte de los norteamericanos marcó el desenlace de aquella jornada.


A 154 años de este hecho de armas recordamos algunos de los nombres de quienes arriesgaron sus vidas para defender su país, desobedeciendo una orden que bien los ponía a resguardo: Andrés Mellado, Hilario Pérez de León, Agustín Romero, Lorenzo Pérez Castro y Agustín Camarena resultaron heridos en el combate. Varios más sobrevivieron sólo para ver con tristeza cómo su patria era desmembrada con los tratados de Guadalupe-Hidalgo. Algunos otros llegarían a descollar en la cultura y la política de su tiempo e incluso hubo un futuro presidente del país entre los cadetes defensores del castillo, Miguel Miramón.

Pero la historia es un juez rigorista: sólo concede el oro a quienes dan su vida a cambio. Los que sobreviven, aunque su conducta sea encomiable, son relegados a un segundo plano. Chapultepec ha quedado sólidamente unido a seis nombres. Nuestros Niños Héroes son el símbolo por excelencia de aquella gesta histórica, hundiendo en el olvido al resto de sus compañeros. Extensa es la historiografía que ha exaltado la actuación exclusiva de ellos: se nos dice que Juan de la Barrera era el mayor de los cadetes y murió valerosamente combatiendo al pie del cerro. Fernando Montes de Oca fue acribillado al saltar por una ventana. Agustín Melgar murió por las heridas recibidas intercambiando disparos parapetado detrás de unos colchones. Vicente Suárez logró matar a dos norteamericanos antes de ser acribillado. Francisco Márquez era el más pequeño —tenía trece años— y su cuerpo fue encontrado al pie del cerro. Juan Escutia es indudablemente el más glorioso héroe de la gesta al haberse envuelto en la bandera y morir saltando al vacío para salvarla. Esto es, de manera específica, la información que hoy circula en la conciencia colectiva.

Edmundo O'Gorman afirma que la historia es hija de la invención y esto se puede constatar fielmente con los cadetes de Chapultepec. Imaginación y épica se mezclan en este mito histórico-patriótico. Nuestro castillo es un "santuario" como lo es El Alamo para los texanos. Pero más allá del mito está el rigor de los archivos, de los documentos que sustentan o desmienten las creencias en los héroes nacionales.

Conocerlos, interpretarlos y difundirlos es tarea fundamental, no tanto para destruir la imaginación cívica sino para mostrar el lado humano de quienes han sido considerados estatuas sagradas e intocables.

Aquel 13 de septiembre pelearon algo más de seis cadetes: las listas de combatientes, heridos y prisioneros lo demuestran. Sin embargo, en los archivos militares sólo se destaca el celo con que se custodian los expedientes de los Niños Héroes, que poco o nada nos revelan sobre la actuación de ellos en combate.

Tampoco en los partes militares rendidos días después de la batalla, oficiales mexicanos o norteamericanos dan fe de algún hecho específico atribuible a los seis famosos personajes. No obstante, la imaginación nos arroja al vacío junto a Escutia con su bandera desgarrada. Irónicamente, no hay en los archivos militares un sólo documento que compruebe siquiera la estancia de este joven como alumno del Colegio Militar antes de la toma del castillo. Lo que sí existe, para dolor de quienes tienen fe ciega en el mito, es el informe del general Pillow en donde nos afirma que el mayor Seymour del 9° regimiento arrió la bandera mexicana de su asta.

¿En dónde surge entonces el mito? En el tiempo, en el discurso conmemorativo, en el homenaje..., en el olvido de los sobrevivientes, que pelearon con igual valor y entrega que esos seis afortunados que murieron. Afortunados no tanto por haber asegurado su lugar ilustre en la historia, sino porque no sufrieron el dolor y la ve#$%&/üenza de ver su patria derrotada. Los sobrevivientes, además del olvido, tuvieron que afrontar en vida el trauma de ver a su país mutilado. José Tomás de Cuéllar, escritor y combatiente en Chapultepec, expresó esa desilusión que provoca la injusticia de la memoria histórica ("A los Mártires sin nombre", en El Correo de México del 17 de septiembre de 1867).

....¡Ay! Ni la Patria no sólo ha encontrado

En ese campo, insignias, una espada Del jefe graduado:

Entre soldados, nada... La fama eligió a los generales;

y los demás fusiles son iguales... n



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Manuel Black-Hawk
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Re: Biografías Niños Héroes

Mensaje por Manuel Black-Hawk el 14/9/2012, 4:21 pm

Unos siete mil soldados atacaron ventajosamente al general Nicolás Bravo, quien sólo disponía de 832 hombres repartidos en el cerro

Y ese número es altísimo! a según he investigado, el día anterior eran más o menos ese número, para la mañana del trece, después de que una inmensa mayoría deserto, y que podríamos decir que los primeros tiros de mosquetes disparados ese día fueron de los propios soldado Mexicanos contra sus compañeros que se descolgaban de las paredes para escapar, el número estimado de defensores de aproximaba a solo 200, + 45 cadetes, un destacamento de zapadores, quiza 70 en el fortín Hornabeque, después sumaríamos al San Blas con cerca de 400, pero a mi modo de ver habla de una gran defensa a pesar de todo.

La única batería de artillería de Chapultepec tuvo una destacada actuación, no solo ese día, sino desde la batalla de Molino del Rey.

Con tan pocos defensores en cierto momento comprometieron el avanze de la división del General Pillow, al grado de detenerla momentaneamente, estando entre los heridos el propio Pillow, lo que obligo a Scott a mandar a la reserva al mando de Worth.

Por cierto no se que tan veridico sea lo de la orden de abandonar el castillo en la mañana madrugada como dice la nota, a según yo, si hubo orden de retirada, pero que yo sepa no fue así, ni a esa hora.

Primero deberíamos decir que practicamente el colegio militar ya no existia, había cerrado y los alumnos licenciados semanas atras, podriamos definir a los cadetes de ese día como voluntarios, pero bueno eso sería ya estrictamente, hasta donde se no hubo ninguna orden de retirada antes de iniciar la batalla, de hecho a los cadetes ya se les habían ubicado en sus posiciones de batalla y estaban a la espera del ataque, los 45, en la parte final de la batalla con los Estadounidense ya haabiendo penetrado en Chapultepec del lado opuesto de donde se encontraban los cadetes, entonce si vino la orden de abandonar mientras aún era posible, por el jardin botanico hacia el cerro, los relatos nos hablan que entre el grupo que emprendía la fuga, algunos soldados del San Blas, de algún otro batallón y al menos 2 cadetes, Suarez y Melgar, se quedan, ya sea para proteger el escape del resto o no queriendo abandonar, el escape del resto no tiene exito, ya que literalmente ya están rodeados, e incluso desde el propio Chapultepec ya semiocupado les abren fuego, esto coincidiría con la localización de los cuerpos tanto de Montes de Oca, Marquez y Escutia, así como de los cadetes heridos, Miramón, Pérez de León etc.

ósea si hubo orden de retirada, pero según yo, hasta el final de la batalla y no antes, los 45 cadetes que había, ya habían decidido quedarse desde semanas atras.

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Re: Biografías Niños Héroes

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