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Coronel Francisco Peñúñuri y Morales (1814-1847)

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Manuel Black-Hawk
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Coronel Francisco Peñúñuri y Morales (1814-1847)

Mensaje por Manuel Black-Hawk el 10/3/2012, 4:38 pm

Coronel Francisco Peñúñuri y Morales. (1814 – 1847)

Amigos, compartiendo esta historia del Coronel Peñúñuri, que no quede perdida, una historia que parecería sacada de uno de esos guiones de película que les encantan más allá del Río Bravo, con la diferencia que esta fue 100% real, sin necesidad de inventarle nada.


Pocos dato existen del Coronel previos a su servicio militar, y no existe ningún tipo de archivo visual.


Nacido en San Juan del Río Querétaro en 1814, aparentemente dedicándose al comercio en la ciudad de México, al tomar la Presidencia el General Santa Anna en 1846, y al ponerse al mando del ejército Mexicano concentrándose en Querétaro, el general dejo instrucciones al Presidente Interino Gómez Farías de organizar el acopio de dinero así como de refuerzos para el puerto de Veracruz, formándose la Guardia Nacional de la ciudad de México, a este llamado a las armas acudió el entonces comerciante Peñúñuri, quedando asignado al Batallón Independencia.

De lo poco que se suele publicar del Coronel, comúnmente se omite el hecho de que el batallón Independencia estuvo entre las unidades sublevadas en el episodio conocido como, La Rebelión de los Polkos, de Enero a Marzo de 1847 en contra de las políticas de Gómez Farías sobre la expropiación de los bienes eclesiásticos, en donde se dio la rebelión y acuartelamiento de la guardia Nacional, dando lugar a algunas escaramuzas y combates callejeros contra las tropas leales al gobierno. Solucionado el conflicto con la renuncia de Gómez Farías y marcha atrás a la ley de expropiación, convertida en un préstamo, la Guardia Nacional se reintegro al ejército, ahora prácticamente reconstruyéndose después de la derrota en Cerro Gordo, y preparándose para la defensa de la capital, es muy probable que el señalamiento de “traidores” del que fueron objeto los miembros de la Guardia Nacional, haya tenido un efecto muy grande entre ellos, reflejado en sus acciones posteriores.

Peñúñuri se desempeñaba como segundo ayudante en el Batallón Independencia y comandaba una de las compañías, después de los sucesos de la Batalla de Padierna, en donde se ordena un repliegue general, para la protección de la retirada se concentra una improvisada defensa en el Convento de Churubusco, al mando del General Rincón y su segundo, General Anaya, entre sus fuerzas estaba el Independencia (habrá que señalar, que la mayoría de los soldados que conformaban a la Guardia Nacional, incluido el Independencia, era la primera vez que iban a entrar en combate) la primera acción del Coronel Peñúñuri fue proteger la retirada desde la torre de la Iglesia de Coyoacan, verificado esto la compañía de Peñúñuri se encuentra con tropas de la vanguardia Estadounidense trabándose en una pequeña escaramuza, replegándose finalmente hasta Churubusco donde toman posición en el convento en donde junto con los demás defensores hacen una defensa de más de tres horas hasta que se agotaron las municiones.


Lo sucedido después así es narrado en el libro Apuntes Para La Historia De La Guerra Entre México y Estados Unidos (1848):


Nuestros soldados, por su parte, llenos de desesperación, descansaban ya en su mayor parte sobre sus armas descompuestas, y ardientes como el fuego vivo que habían despedido.

Los generales Rincón y Anaya, agobiados también de tristeza, viendo que no les quedaba arbitrio para prolongar la resistencia, mandaron que la fuerza toda se replegara al interior del convento y, esperar el fallo de su suerte; pero todavía en aquellos terribles momentos en que hasta la esperanza misma parecía perdida, hubo valientes que intentaron hacer el último esfuerzo de la desesperación, y su denuedo añadió nuevas víctimas á la que ya nos había costado aquella memorable defensa.

El intrépido Peñúñuri se dispone á cargar á la bayoneta sobre el enemigo, á la cabeza de unos cuantos soldados de su cuerpo; pero apenas ha avanzado unos cuantos pasos, cuando una bala lo hiere de muerte. Ni aun entonces se doblega su corazón esforzado: incapaz ya de moverse, retirado por sus amigos al interior del convento, continúa aun alentando á sus soldados, y muere, por fin, con la dignidad y la grandeza de los héroes.



20 de agosto de 1848. Un año después:


Un año después, se celebraría el primer aniversario de la batalla, así narra los hechos José María Roa Bárcena en su libro: Recuerdos de la Invasión Norteamericana, Por Un Joven Entonces (1883):


El 20 de Agosto de celebró en México el primer aniversario de la acción de Churubusco. Desde la tarde de la víspera, el Batallón Independencia marcho a aquel punto y se alojo en el convento de San Diego. En las primeras horas del día se procedió a la exhumación del cadáver de don Francisco Peñúñuri, que se encontró casi en esqueleto, pues no conservaba intactos más que el pie y la mano del lado en que recibió, en el costado, una de las tres heridas que le dieron muerte. En aquel acto solemne todos los asistentes hicieron votos por el descanso del espíritu del mártir de la más noble de las causas. Casi toda la población de la capital se traslado allí. Churubusco presenta aún el mismo aspecto que en 1847, en los momentos de concluir la acción: en las débiles fortificaciones, en las paredes de la iglesia y el convento, en las humildes casuchas de adobe se notaban aún los estragos del sostenido fuego de artillería y fusilería del enemigo; de trecho en trecho se divisan los esqueletos de los caballos matados en el combate, sin que faltaran tampoco algunas calaveras y huesos de los hombres que allí sucumbieron. No se podía volver los ojos a parte alguna sin encontrar un lugar memorable por algún hecho importante: el recinto en que se hizo la defensa fue tan reducido, que era preciso que así sucediese.

Los oficiales y soldados del Independencia con la voz trémula, con los ojos llorosos, repetían los sucesos más interesantes, enseñaban el árbol a cuyo pie recibió Peñúñuri la herida mortal; el lugar del camino en que cayó Martínez de Castro; la celda número 12 en que estuvo agonizando, y los oyentes, con la atención fija en las palabras del narrador, se entristecían al recordar el resultado poco feliz de tantos sacrificios. El gobernador del distrito, el comandante general, el coronel del Independencia, y otros jefes y oficiales del cuerpo, asistieron a la misa que se celebro: la compañía de granaderos hizo dos descargas: el ataúd con los restos de Peñúñuri fue colocado en un carro cubierto: subieron en otro los heridos y mutilados del batallón, que habían querido también volver a los sitios regados con su sangre, y al ir a ponerse en camino ocurrió un episodio inesperado que fue uno de los actos más patéticos del día. El regimiento 3° de Línea, mandado por Don Miguel Echeagaray, iba en marcha para Tlalpan, adonde se dirigía por orden del gobierno. Aquel digno jefe, por un sentimiento de patriotismo, no quiso tomar el camino derecho que del puente de Churubusco va para San Antonio, sino que resolvió pasar por donde estaba el Independencia, y mando se le avisase que deseaba hacer honores a aquel cuerpo de guardia nacional; este, poniéndose, agradecido, sobre las armas, se tendió en la calzada de frente a la iglesia, que sale para el camino de Coyoacan. El 3° de Línea se presento a poco rato; desfilo con las armas a la funerala, tocando la banda a la sordina, el batallón Independencia que estaba con las armas al hombro, las echó a la funerala también en el momento de pasar el regimiento de Echeagaray, que anduvo un corto trecho por el camino de Coyoacan, hizo varias descargas por compañías y volvió a transitar por Churubusco, para dirigirse al lugar de su destino. Al verificarse esto, reinaba un silencio solemne, y más de una lagrima rodó por las mejillas de los concurrentes. Echeagaray representaba a los defensores del honor nacional en la jornada del 8 de Septiembre. Los valientes fraternizan con facilidad: era, pues, natural que simpatizasen los héroes de Churubusco con los héroes de Molino del Rey. Entre dos y tres de la tarde se emprendió la marcha para México, después de hacer el cuerpo una descarga general. Iba por delante la compañía de cazadores; seguía el carro el carro en que se hallaban los restos de Peñúñuri; después el general Anaya con su Estado Mayor, y por último las demás compañías del cuerpo. En la garita de México esperábanle formadas las compañías franco-alemanas y piquetes de todos los cuerpos de la guardia nacional; seguían la compañía alemana y la francesa; después la de cazadores del Independencia, llevando en medio el ataúd de Peñúñuri, en hombros de cuatro sargentos: en seguida iban los jefes y oficiales de los demás cuerpos de la guardia nacional, presididos por los regidores, el gobernador y el comandante general; después los otros piquetes de los mismos cuerpos, y cerraba el batallón doliente. Todas las bandas tocaban a la sordina, los soldados llevaban las armas a la funerala, las calles del tránsito estaban llenas de gentío inmenso: se habían puesto en los balcones cortinas blancas con lazos negros: las campanas de los templos doblaban: la tristeza y la pena se veían retratadas en todos los rostros. La comitiva paso por frente de Palacio, en cuyo balcón principal estaba el presidente de la Republica: siguió por las demás calles de tránsito hasta llegar a la aduana donde debían quedar depositados los restos de Peñúñuri. Allí se separaron los piquetes de la guardia, dirigiéndose cada uno a su cuartel. Aquel público tributo de respeto al héroe muerto valientemente en el campo de batalla, demostró cuán vivos quedaban aún el honor y el patriotismo en los corazones mexicanos. La solemnidad vino a concluir el 29 de agosto con las suntuosas honras religiosas que se hicieron a Peñúñuri, y la conducción de sus restos al cementerio de Santa Paula.

Nota: en la parte donde se relata la llegada del Coronel Echeagaray se menciona como el acto más patético, no confundamos el concepto de patético que comúnmente sabemos, en el siglo XIX se entendía por patético como sensible o algo que impresiona, no que de pena, o grotesco..



Antes de terminar, aunque el tema principal es reconocer y recordar al Coronel Peñúñuri, no puedo dejar de citar estos fragmentos sobre el relato de la Batalla de Churubusco, porque a pesar que se agotaron las municiones , lo que sobraron fueron valientes. Hay tantos nombres que no deben ser olvidados.



Así se narra en Apuntes para la Historia de la Guerra Entre México y Estados Unidos:


Hubo en aquella acción rasgos de valor, dignos de ser mencionados, entre los cuales merece particular elogio el del joven D. Eligió Villamar, oficial del regimiento de Bravos, quien desde los primeros tiros se subió sobre el parapeto, y permaneció allí expuesto al fuego de los enemigos, alentando á sus soldados, y sin dejar un momento de vitorear á la República y á los generales Rincón y Anaya. Su arrojo fue tanto más notable, cuanto que dedicado antes exclusivamente á sus tareas científicas y literarias, aquella era la primera vez que afrontaba la muerte en un campo de batalla.


En los momentos más empeñados de la lucha, y cuando su éxito parecía próximo á decidirse en favor de los enemigos, el general Anaya subió á la explanada á caballo, mandó cargar más pieza á metralla, y apeándose luego, dirigió personalmente la puntería. Las chispas del lanza-fuego que sirvió para disparar la pieza, incendiaron el parque, abrasando á cuatro ó cinco artilleros, al capitán Oleary que la servía, y al mismo general Anaya. Todos ellos quedaron fuera de combate, menos el general, quien á pesar de haber permanecido ciego por algún tiempo, no abandonó el campo de batalla.


Las acciones de denuedo se repetían cada vez que el arrojo del enemigo hacia el peligro inminente. El patriota y esforzado coronel D. Eleuterio Méndez, que había pedido para su hijo y para sí el puesto de mayor peligro, permanecía firme en ese puesto á que alcanzaban todos los tiros sin herirlo. El teniente D. José María Revilla abandona las filas de la infantería, en donde combatía sin peligro, y sirve á caballo de ayudante del general Rincón, á quien parte de los que desempeñaban á su lado esta comisión, habían abandonado. El entusiasta oficial D. Juan Aguilar y López se encuentra con una pieza que no podía servirse por falta de artilleros, y aunque sin instrucción alguna, exponiéndose á volar, si no toma las precauciones debidas, se dispone á utilizar el cañón en contra de los asaltadores; llama á dos cabos de su cuerpo para que lo auxilien, y entre los tres sostienen por algún tiempo el fuego, bastante costoso al enemigo. Por último, llega allí el oficial de artillería Álvarez, y se encarga de dirigir la pieza; pero no por eso se retira Aguilar, sino que en unión de sus compañeros, continúa en aquel puesto, ayudando á dispararla.

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