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Historia del ataque aéreo a San Juan Copala

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Lanceros de Toluca
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Historia del ataque aéreo a San Juan Copala

Mensaje por Lanceros de Toluca el 1/10/2011, 9:57 pm

GUTIERRE Tibón, PINOTEPA NACIONAL, Mixtecos, Negros y Triques, 3a Edición, Editorial Posada, 276 pp.


Cita:
¿Y las armas de los triques, sus frecuentes actos de evidencia? A gente desconfiada y huraña como los triques, acosada por sus vecinos desde hace siglos, sólo la posesión de armas de fuego puede dar un sentimiento de seguridad.

Desde luego, también en este grupo étnico hay familias que no poseen tierra propia, y las que son propietarias de cafetales y milpas tienen que defenderse de sus propios paisanos hambrientos. Por todo ello, la gente de razón de Tlaxiaco y Putla han encontrado un rico filón comercial: la venta de armas y parque a los triques, a muy alto precio. Saben igualmente que es un buen negocio trocar rifles y municiones por café, ya que de esta suerte le saldrá al comprador en menos de dos pesos el kilo. Los rifles son los máuseres reglamentarios del ejército mexicano.

¿Cómo han pasado tantos de ellos a formar el arsenal de los triques? Misterio. Asimismo los cartuchos son los oficiales, y cada trique de Copala tiene en su casa gran abundancia de ellos. Los conservan en un tanate pinto que cuelga del techo; y mientras más lleno se encuentra el tanate, más contento y seguro se sentirá el dueño. Llegan a ciertos comerciantes de Tlaxiaco unos bultos que, con apariencia contienen clavos; pero lo cierto es que se trata de envío de cartuchos sustraídos, no se sabe en qué forma, de los almacenes del ejército. Y esa mercancía siempre se vende o se trueca ventajosamente en la sierra de Copala.

Así se explica cómo los triques son la única tribu aborigen de México que hoy podría oponerse eficazmente a las fuerzas federales. Los últimos mayas insumisos de Quintana Roo y el puñado de yaquis belicosos que quedan en Sonora no tienen armas tan modernas y ni lejanamente parque tan copioso. Otro excelente negocio es el alcohol.

En la época precortesiana, las leyes castigaban muy severamente la embriaguez; hoy, el único freno parece ser la carencia de dinero. Cualquier pretexto para beber es bueno: nacimientos, muertes, fiestas religiosas. Hombres. Mujeres y niños beben aguardiente de caña producido en los trapiches putlecos. Excitados por el licor, los triques se acuerdan de la vieja rencilla que tienen con el vecino por una cuestión de límites, o de alguna antigua ofensa que es preciso desagraviar, y se sienten muy hombres. Entonces empuñan las armas de fuego. Ya se sabe con qué facilidad resbala el dedo en el gatillo.

Cuando hay un muerto y las autoridades se enteran del caso, empieza el mejor de los negocios, mucho más productivo que la venta de armas, parque y alcohol: la extorsión. ¿Las autoridades? Se trata, más bien, de la sociedad que forman, el teniente de la Policía del Estado o del destacamento federal, con el Agente del Ministerio Público. No se necesita de la complicidad del Juez, porque entre Teniente y Agente se las arreglan a las mil maravillas. El trique culpable es aprehendido; lo amenazan con ahorcarlo si no paga una cantidad crecida: de tres mil pesos para arriba, hasta diez mil o más. El lazo ya está preparado a la vista de la victima. La salvación sólo radica en el dinero; y la familia lo busca desesperadamente. La vida o la muerte son cuestión de horas. Algo le prestan parientes y amigos, pero no basta. Así se ven obligados a hipotecar a los comerciantes de Putla o Tlaxiaco la próxima cosecha de café, pero a un precio ruinoso. El trique culpable ha comprado su libertad; en su lugar, cogerán a un inocente y le aplicarán la ley fuga o lo colgarán. Los muertos no hablan; se ha hecho justicia y el dinerillo ahorrado por el teniente y el agente aumenta en forma alentadora.

Está aceptado y admitido que el fruto del trabajo de los triques de Copala debe enriquecer a la gente de razón, con el comercio de las armas, o con el alcohol, o con la extorsión; sin embargo, el teniente Palos se avorazó en exceso, y esta fue su perdición. El pretexto que puso para sacar dinero a los triques fue una peligrosa ocurrencia: tenía que quitarles sus armas, por órdenes “del supremo gobierno”. En varias ocasiones, después de recogerles los rifles, se los había vendido otra vez a un precio muy alto. Y con motivo de unas riñas cruentas entre los triques pobres y ricos, había sacado buen partido de los ricos, con la amenaza de siempre: la soga, el nudo y el árbol.

El teniente Palos, jefe del destacamento de Putla, ya había logrado un pequeño patrimonio. Su codicia no tenía límites; era un digno sucesor de Pedro de Alvarado. Últimamente los copaltecos le habían dado veinte mil pesos, y él pidió más, amenazándolos con volver a recoger las armas: todas las armas. Ya sabemos lo que sucedió: en una emboscada lo acribillaron a tiros, y perecieron él y dos soldados, así como el trique que le sirvió de guía.

Las autoridades de Putla, que defienden los intereses de la gente de razón, no podían informar al gobierno del Estado con apego a la verdad. No podían decir cómo se le dio a los indígenas la primera docena de rifles a cambio de café, y cómo paulatinamente les fueron entregando cientos y cientos de máuseres, que hoy están colgados en los techos de las chozas, entre el zacate. Tampoco podían revelar cómo llegan a la sierra de Copala los millares de cartuchos que forman el abundante parque de los triques. No les convenía a las autoridades de Putla informar que los comerciantes locales venden aguardiente mezclado con agua y con mecates de ixtle dentro, para que haga cordón.

Y ¿Qué dirían en Oaxaca si admitiesen que las romanas y las básculas para pesar el café de los triques están “arregladas”, que se les engaña al pagar y que hasta hubo mestizos asesinados, de los que se disputaban el predominio en la explotación de sus vecinos “naturales”? No. En Oaxaca las autoridades civiles y militares sólo supieron que un oficial pereció victima de un gravísimo atentado, que había le peligro de una sublevación de los bárbaros triques y que se imponía tomar medidas drásticas. Así se organizó la expedición punitiva, durante la cual Copala fue ametrallada por los aviones que destacó la Fuerza Aérea.

¡EXTERMINARLOS! ¡HAY QUE EXTERMINARLOS! - gritó exasperado el jefe de la zona militar – cuando le informaron que los triques habían asesinado en una emboscada al teniente Palos y a dos soldados.

La gente de Juxtlahuaca vio por primera vez cruzar su cielo dos aviones militares: los mandaba el Gobierno Federal para auxiliar a las fuerzas de la expedición punitiva que avanzaba sobre Copala desde Juxtlahuaca y Putla.

Fueron ametralladas cuantas chozas de triques se descubrieron en los claros de la selva. No se conoce el número de bajas. Lo que sí se sabe es que los federales encontraron algunos barrios desiertos y prendieron fuego a las chozas, como represalia por la muerte del teniente.

Hubo, entre la gente de razón, quien se regocijara; otros concibieron una honda preocupación porque se sentían cómplices de la injusticia que se estaba cometiendo; algunos, en fin, se indignaron por el grave error en que incurría el gobierno, mal informado por las autoridades de Putla y de Oaxaca.


http://www.fundaciontinunjei.org.mx/archives/tag/triquis-de-san-juan-copala

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