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La tragedia de los aviadores que naufragaron en el desierto

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La tragedia de los aviadores que naufragaron en el desierto

Mensaje por asterix el 6/9/2011, 3:42 pm



LA tragedia de los aviadores que naufragaron en el desierto.





En abril de 1943 las fuerzas Aliadas controlaban la práctica totalidad del norte de África y tan sólo los restos de la DAK mantenía una pequeña bolsa en el norte de Túnez. A lo largo de la costa los numerosos aeródromos anglosajones se dedicaban a preparar el próximo asalto a Europa atacando objetivos en Sicilia e Italia a través del Mediterráneo.

Entre estos aeródromos se encontraba la pista de Soluch, situada a 50 Km al sur de Bengasi y 380 Km al este de la frontera entre Egipto y Libia. Allí tenía su base los cuatrimotores B-24 Liberator del 376º Bomber Group de la 9º Fuerza Aérea norteamericana.

Objetivo: el puerto de Nápoles.


La tripulación del “Lady be Good”.

Teniente William J. Hatton. Piloto
Teniente segundo Robert F. Toner. Copiloto
Teniente segundo Dp. Hyes. Navegante.
Teniente segundo John S. Woravka. Bombardero.
Sargento Harold J. Kipslinger. Mecánico de vuelo.
Sargento Robert E. La Motte. Operador de radio.
Sargento Samuel E. Adams. Artillero.
Sargento Vernon L. Moore. Artillero.
Sargento Guy E. Shelley. Artillero.




Desorientados en la noche del desierto.


En su vuelo de regreso al aeródromo, el “Lady be Good” había perdido contacto con los otros aparatos y con el control de tierra. A las 12:10 de la noche del 5 de abril la estación de radio-dirección de vuelos Benina, en Bengasi, oyó al teniente Hatton pedir su rumbo, pues no sabía dónde se encontraba. Por desgracia en 1943 las estaciones sólo tenían una antena que, aunque proporcionaban rumbos con precisión, no podía diferenciar si el avión se acercaba o se alejaba. Así los operadores del radar, viendo que se había atacado Nápoles, pensaron que fuertes vientos habían ralentizado el avance del Liberador y radiaron un rumbo de 330 grados. La tripulación del B-24 dio por bueno el dato y continuaron con el opuesto de 250 grados al sudeste… directamente hacia el desierto del Sahara, ya que ellos habían sobrepasado hacia tiempo la costa y se adentraban cada vez más en el océano de arena.



Naufragar entre dunas y rocas.


En la noche las arenas del desierto se confunde con el agua del desierto visto a gran altura y tuvo que pasar una hora hasta que Hatton se diera cuenta de lo que ocurría. Para entonces ya no tenían combustible ni alcance de radio para comunicar su situación. No queriéndose a arriesgar a un aterrizaje de emergencia, el piloto ordenó abandonar el aparato. Uno se puede hacer a la idea de la angustia que sintieron los tripulantes cuando descendieron en sus paracaídas con sus chalecos salvavidas y flotadores, cayendo en la arena del desierto. Lo peor era que en 300 kilómetros a la redonda no había más que las ardientes y sofocantes arenas del desierto del Sahara. Los ocho supervivientes pasaron la noche allí mismo y al amanecer buscaron al único tripulante que había desaparecido, el teniente segundo Woravka, pero no lo hallaron por los alrededores.




Sin embargo encontraron las rodadas de cinco vehículos que parecían dirigirse a Bengasi y se decidieron por seguirlas con tan solo una botella de agua para cada uno. Llevaron consigo las lonas de los paracaídas para ir señalando su paso. El teniente Toner anotó en su diario;

“Domingo 5. Comenzamos a andar hacia el noreste. Aún sin John. Sólo unas pocas raciones, media cantimplora de agua y una cucharada llena al día. Hace mucho calor. Algo de brisa del noreste. Noche muy fría, no dormí. Descansamos y caminamos.”

También el sargento Ripslinger escribió lo sucedido;

“Domingo 5 de abril. Todos menos Woravka nos encontramos al amanecer. Esperamos un rato y comenzamos a andar. Sólo medio sándwich, un caramelo y una taza de agua en las últimas treinta y seis horas”

La historia de los diarios.

Abandonando sus chalecos salvavidas, construyendo flechas hacia el noroeste con los paracaídas cada 15 kilómetros, con buena moral y en medio de un calor insufrible la tripulación cubrió sus primeros 40 kilómetros. Al atardecer del día 6 encontraron huellas de una columna de vehículos y, en la duda, el teniente Hayes y el sargento Adams siguieron el nuevo rastro. Ambos grupos colocaron una señal en el lugar de la separación, pero Hayes y Adams, al no encontrar nada y temiendo perderse de los otros 6 volvieron con ellos.

Así pasaron el miércoles y el jueves. Toner anotó;

“La misma rutina. Nos estamos debilitando y no iremos mucho más lejos. Rezamos todo el tiempo. Otra vez la tarde es un infierno de calor. No puedo dormir…”

Alternaron la marcha con el descanso, sedientos soportaron y soportando los abrasadores días y las frías noches del desierto libio; escudriñaban en cielo en busca de aviones de rescate que no llegaban. El viernes cambiaron las pedregosas llanuras del desierto por un gran mar de dunas. En el diario de Ripslinger aún puede leerse;

“Viernes 9 de abril. Ya es quito día, y todos pensamos que todo ha acabado. A mediodía hacía tanto calor que todos deseábamos dormir. La mañana y la noche o.k.”

En espera de la muerte.

Aquella tarde, tras haber cubierto 105 kilómetros desde el lugar del salto, los tenientes Hatton, Toner y Hayes y los sargentos Adams y La Motte, este último ya ciego, no pudieron más y se sentaron a esperar la muerte. Los tres que se encontraban en mejores condiciones físicas, los sargentos Ripslinger, Moore y Shelley, siguieron adelante. Toner, cada día más débil escribía;

“Domingo 11. Aún esperamos ayuda, aún rezamos. Los ojos mal, perdiendo todo el peso… todo me duele… Podríamos hacerlo si tuviéramos agua; tan sólo queda para mojar la lengua. Tenemos esperanzas de ayuda muy pronto. No descansamos. Aún en el mismo sitio. Lunes 12. Aún no llega el auxilio. Muy –ilegible- fría noche” Aquí acaba el diario.

Treinta kilómetros al norte, entre las ardientes dunas del Cañasamcio, perecieron Moore y Ripslinger, que terminó su diario el día 11;

“Domingo 11 de abril. Aún peleamos para salir de las dunas y encontrar agua.”

El punto final de aquella épica y trágica marcha lo puso Guy Séller, un joven de Ohio de 26 años, que aún anduvo durante dos o tres días más, sin nada de agua, solo, hasta cubrir más de 140 Km desde el inicio de aquella pesadilla… hasta que finalmente también sucumbió.

Oficialmente desaparecidos.

Mientras, a 440 Km de distancia más al norte, se montó una operación de rescate desde la base de Soluch, pero sólo se barrió el Mediterráneo. La tripulación fue dada por desaparecida. En abril de 1944, con Sicilia y el sur de Italia en manos Aliadas, al no hallar restos de un posible derribo se escribió en sus fichas “presumiblemente muerto”

En 1946 y 1948 el Servicio de Registro de Tumbas del Ejército norteamericano, tras examinar documentos italianos y alemanes capturados, y certificar que no habían sido derribados ni hechos prisioneros, los declaró oficialmente como muertos en acción, posiblemente al caer al Mediterráneo. Se escribieron los nombres de los aviadores en la Tumba Memorial del cementerio de guerra norteamericano en Cartago, Túnez.

Al terminar la guerra, Cirenaica y Tripolitania, ex colonias italianas, fueron agrupadas en 1949 en el reino de Libia. La RAF retuvo una base en El Adem, junto a Tobruk, y la USAAF en Wheelus, cerca de Trípoli. En los años 50 el desierto libio fue escenario de multitud de prospecciones petrolíferas y numerosos expertos y exploradores eran enviados por las grandes compañías en busca de posibles yacimientos.




Un rescate tardío.

El 9 de noviembre de 1958, una avioneta privada notificó al regresar al aeropuerto haber visto un avión pintado de rosa, con divisas de la USAAF, mucho más al sur de la zona en que se había combatido durante la guerra del desierto. En febrero de 1959, una partida topográfica dio con los restos del aparato, que parecía haber realizado un aterrizaje forzoso, pero en el que no había rastro de tripulantes, ni de sus paracaídas.




La noticia llegó a la base de Wheelus, que lo transmitió al Alto Mando en Alemania y en Washington los periódicos se hicieron eco de la noticia. Fueron localizadas las viudas de Hatton y Adams, que habían rehecho su vida contrayendo de nuevo matrimonio, y un hijo del último, de 16 años, que no llegó a conocer a su padre.

Desde la base de Wheelus fueron enviados aviones para reconocer los restos, identificados en los archivos. Todo estaba intacto, tras 16 años en el desierto. Las ametralladoras aún funcionaban, había ceniza en los ceniceros y quedaba café en el termo del sargento Ripslinger. El aparato no tenía una gota de combustible en sus depósitos, pero ¿donde estaban los tripulantes?

Se estableció un campamento y se contrataron los servicios de varios exploradores para realizar una batida sistemática de los alrededores. A 10 kilómetros del “Lady be Good” encontraron las huellas de aquellos cinco vehículos que siguieron los aviadores… y luego unos flotadores, unas botas y unas flechas hechas con tela de los paracaídas. Los expertos estaban asombrados de no haber encontrado restos humanos. En su opinión, nadie podía andar sin agua por el desierto más de un día o dos. La minuciosa búsqueda no dio resultados concretos y tras peinar una zona de 6.000 kilómetros cuadrados a píe, con vehículos, helicópteros y fotografías aéreas, el Ejército estadounidense dio por concluida la misión de búsqueda.

Pero el 11 de febrero de 1960 un equipo de British Petroleum encontró, a 90 kilómetros al norte de los restos del avión, cinco cadáveres agrupados en un pequeño campamento, que posteriormente fueron identificados como los de Hatton, Toner, Hayes, Adams y La Motte. Junto a ellos había gafas, guantes, botellas y el angustioso diario del teniente Toner, que dio las claves de la tragedia.


Una nueva expedición de rastreo, basada en los datos del diario, resultó fallida, pero también un equipo petrolífero halló 35 kilómetros al norte de los otros cinco, un cadáver con el diario que le identificó como el sargento Ripslinger. Y 15 kilómetros más al norte apareció el tenaz Séller, Moore nunca fue encontrado y reposa en algún lugar entre las dunas. Los últimos restos encontrados fueron los de John Woravka que murió al estrellarse contra el suelo y no abrirse el paracaídas. Junto a él se encontró una botella llena de agua. Tras ser abandonado por su tripulación el “Lady be Good” continuó volando hasta que sin combustible planeó hasta aterrizar en un sorprendente buen estado, con todo su instrumental intacto.

Últimas fotos del "Lady Be Good" tomadas en Tobrouk de Libia. Los restos del B-24 ahora se almacena en Jamal Abdelnasser la Base Aérea de Libia. Fotos tomadas el 30 de agosto de 2009

El tema fue objeto de un capítulo de la exitosa serie Cuentos asombrosos (Amazing Stories) dirigida por Steven Spielberg entre 1985 y 1987 para la NBC. El capítulo fue el quinto de la 1º Temporada.



Bibliografía:
Mcclendon, D. E. “The Lady Be Good: Mystery Bomber Of World War II” The John Day Company (1962)
Leslie, E. E. “Desperate Journeys, Abandoned Souls”. Boston: Houghton Mifflin Company, 1988. pp. 455-459.


Fuente de Informaciòn Original.
http://guerra-abierta.blogspot.com/2010/08/lady-be-good-la-tragedia-de-los.html

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Re: La tragedia de los aviadores que naufragaron en el desierto

Mensaje por Defekator el 6/9/2011, 8:34 pm

Que manera más horrenda de morir....

Me recordó un poco el libro del El Principito ésta historia.

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