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Genocidio Armenio

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Von Leunam
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Genocidio Armenio

Mensaje por Von Leunam el 12/4/2015, 4:45 pm

Armenia: el primer genocidio del siglo XX




Quién habla hoy aún del exterminio de los armenios?”. La frase de Hitler, pronunciada el 22 de agosto de 1939, aludía a la inminente campaña de Polonia y anunciaba la dimensión genocida de su política de guerra, culminada con la Shoah. Años atrás, la matanza de los armenios había herido la sensibilidad de un joven judeopolaco, Rafael Lemkin, quien en lo sucesivo empleará todos sus esfuerzos para crear una normativa internacional dirigida a impedir la repetición de tales crímenes. Más aún tras subir Hitler al poder. No lo consiguió y ello supuso que en Núremberg los crímenes nazis fueran condenados desde la inseguridad de normas establecidas ex post facto. Y a pesar de que Lemkin obtuvo la sanción por la comunidad internacional del crimen de genocidio, tampoco ese logro personal significó la puesta en marcha de una jurisdicción universal efectiva para su castigo, salvo en casos de debilidad del Estado culpable (Ruanda, Serbia).

La tragedia armenia de 1915 responde puntualmente a la definición del genocidio por Lemkin. Fue la puesta en práctica de un conjunto de acciones criminales, con el propósito logrado de destruir un pueblo, a partir de un plan preconcebido desde supuestos ideológicos racistas y con medidas complementarias del aniquilamiento físico, tales como una expropiación generalizada. El procedimiento empleado consistió en conjugar la eliminación sistemática de la población masculina con una deportación masiva de ancianos, mujeres y niños, obligados a recorrer a pie cientos de kilómetros, en verano y en el secarral anatolio, sin apenas recursos y sometidos a las agresiones de paramilitares, bandas kurdas y de los propios guardianes. Para acabar en campos de concentración (Alepo) o de exterminio (Deir-es-Zor). El balance más aceptado habla de 1,2 millones de muertos sobre una población previa superior a dos millones. Al término de la Guerra Mundial, con el Imperio derrotado, las autoridades otomanas hacían una estimación de 800.000 víctimas. Mustafá Kemal admitió la cifra y condenó “el exterminio de los armenios”.

La determinación del genocidio correspondió al Gobierno nacionalista de los jóvenes turcos, quienes en la revolución constitucionalista de 1908 parecieron compartir la idea de una ciudadanía igualitaria con las minorías étnico-religiosas (griegos, armenios, judíos). Hasta entonces, estas convivían bajo la autocracia del sultán en una situación de pluralismo subordinado. Subordinado, porque del mismo modo que existía la superioridad del estamento militar (askari) sobre la masa civil (reaya, literalmente “el rebaño”), en el plano jurídico la población musulmana (turca) prevalecía sobre las minorías, calificadas peyorativamente hasta hoy como yaurs, infieles. La tolerancia otomana tenía además la contrapartida de que cualquier disidencia frente a su dominación desencadenaba una acción punitiva implacable. Las insurrecciones nacionalistas del siglo XIX en los Balcanes fueron ocasión de comprobarlo, y generaron de paso una creciente desconfianza frente a los armenios, cuyo núcleo principal de asentamiento, al margen de Constantinopla, se encontraba aislado en Anatolia oriental. De ahí que cuando el Congreso de Berlín, por el artículo 61, conminó al sultán Abdulhamid II a otorgar reformas a los armenios y protegerles de kurdos y circasianos, el resultado acabó siendo el contrario. Allí donde se esperaban reformas, lo que hubo en 1894-1896 fueron matanzas con decenas de miles de víctimas, repetidas en 1909.

Además el proyecto de modernización política de los jóvenes turcos pronto rechazó el pluralismo, para imponer, desde un nacionalismo militarista, una sociedad turca racial y culturalmente homogénea. Turquismo e islamismo eran los dos pilares en la concepción del ideólogo del movimiento, Ziya Gökalp, autor citado por Erdogan. Las minorías habían de aceptar la superioridad del hombre turco; en caso contrario, la “nación dominante” se liberaría de “elementos cuya deslealtad era evidente”, protegiéndose así de “los pueblos extranjeros” habitantes del Imperio. El principio de la política genocida quedaba asentado. Únicamente faltaba que la derrota otomana por los Estados balcánicos en la guerra de 1912-1913 provocase un éxodo de musulmanes a Anatolia y la consiguiente frustración del vértice militar joven turco, para que el odio al yaur se tradujese en voluntad de aniquilamiento. Así fue cómo sus líderes, Enver Pachá y Talât Pachá, en el Gobierno tras la derrota y fieles a la ideología racista, vieron en la entrada del Imperio en la gran guerra la oportunidad para su ejecución.

Tras “largas y serias deliberaciones” (Talât) la dirección joven-turca, el Comité de Unión y Progreso (CUP) resolvió definitivamente en marzo de 1915. Siguió la detención de cientos de notables armenios en Constantinopla —de 200 a 650—, la noche del 24 de abril, deportados o asesinados. La única mujer en la lista, la escritora Zabel Yesayan, logró huir; murió en 1940 en el Gulag. La comunidad quedaba descabezada. El 27 de mayo, por iniciativa de Talât, ministro del Interior, el Gobierno decide la deportación general para los armenios en Anatolia oriental. Pero el proceso se inicia mucho antes, en enero-febrero de 1914, cuando Enver Pachá, ministro de la guerra, crea la Organización Especial (OE), formación paramilitar antiseparatista. Los griegos serían sus primeros blancos. En agosto de 1914, el CUP activa la OE para ocuparse de “las personas a eliminar en la patria”, cometido que queda verosímilmente perfilado para los armenios en objetivos y procedimientos desde diciembre, con Talât y el responsable de la OE, Bahettin Shakir, al frente. A partir de fines de 1914 se suceden hechos precursores de un aniquilamiento masivo en el marco de las deportaciones, del cual han quedado abrumadores testimonios de misioneros y cónsules neutrales, incluso de los aliados alemanes. Talât Pachá se lo explicó al embajador norteamericano Henry Morgenthau: “Hemos liquidado ya la situación de las tres cuartas partes de los armenios”; “No queremos ver armenios en Anatolia; pueden vivir en el desierto, pero no en otra parte”.

El 24 de mayo de 1915, Inglaterra, Francia y Rusia habían anunciado al Gobierno otomano su propósito de castigar los crímenes cometidos “contra la humanidad y la civilización”. Llegó la hora con la derrota otomana. Como consecuencia, tras el armisticio de octubre de 1918, los aliados se propusieron establecer un tribunal internacional para dichos crímenes, ahora incrementados en número exponencialmente, pero los desacuerdos en composición y base jurídica, anuncio de lo que ocurrirá en Núremberg, anularon el intento. Tocó a la justicia otomana reconocer el carácter criminal de las matanzas, su terrible volumen, y castigar a los culpables. Ya huidos, fueron condenados a muerte en ausencia Enver, Talât, Çemal y Nazim Bey, y ejecutado un responsable local, el llamado “verdugo de Yozgat”. Poca cosa, compensada por una importante documentación probatoria, hoy en la Library of Congress.

Más tarde no faltó el epílogo de los miles de griegos y armenios asesinados y deportados tras la ocupación de la yaur Esmirna, en septiembre de 1922, una vez vencida la invasión griega. Kemal fue aquí testigo pasivo.

Dos destacados intelectuales, el novelista Orhan Pamuk y el periodista turco-armenio Hrant Dink, se preguntaban hace una década por la inexplicable negativa de la Turquía democrática a reconocer el exterminio armenio. Admitirlo en 1920 hubiese sido suicida, puesto que equivalía a legitimar la desmembración de Turquía, pero esa razón no era válida un siglo más tarde. ¿Por qué identificarse con los crímenes de unos antepasados, que además no fueron todos los antepasados, ya que la primera condena de las matanzas y de sus culpables corrió a cargo de consejos de guerra otomanos, e incluso Mustafá Kemal la refrenda en octubre de 1919 al exigir la exclusión “de los unionistas y personas que se mancharon con los actos depravados de la deportación y de la matanza?”. Pero Dink fue asesinado en 2007, y Pamuk sufrió acusaciones y una durísima campaña como enemigo de “la dignidad de la nación”. Sus ideas, no obstante, avanzaron. El alcalde de Kars, hoy turca, antes armenia, levantó una “estatua de la humanidad” por la reconciliación de ambas naciones. Erdogan impulsó su demolición, y ahora remite el tema a unos archivos depurados desde 1918.

Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.

http://elpais.com/elpais/2015/03/06/opinion/1425671203_047091.html
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Von Leunam
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Re: Genocidio Armenio

Mensaje por Von Leunam el 12/4/2015, 4:46 pm

El Papa define como genocidio la matanza de armenios de hace un siglo



Ahí donde no persiste la memoria significa que el mal mantiene aún la herida abierta”. El papa Francisco apeló este domingo a la necesidad de recordar los horrores del pasado durante la conmemoración del centenario de lo que consideró como “el primer genocidio del siglo XX”, el asesinato, ordenado por las autoridades otomanas durante la I Guerra Mundial, de más de un millón y medio de armenios. “Esconder o negar el mal”, advirtió Jorge Mario Bergoglio durante una ceremonia celebrada según el rito armenio en la basílica de San Pedro, “es como dejar que una herida continúe sangrando sin curarla”.

En protesta por las declaraciones del Papa, el embajador en el Vaticano, Mehmet Paçaci, fue llamado a consultas horas después de que Ankara convocara al nuncio papal. “Las afirmaciones del Papa son inaceptables por estar lejos de las realidades históricas y jurídicas. Las instancias religiosas no son lugar para hacer acusaciones sin fundamento que sólo fomentan el odio y el rencor”, se quejó, en su cuenta de Twitter, el ministro de Asuntos Exteriores turco, Mevlut Çavusoglu. Una nota oficial del ministerio subraya que no se esperaban la declaración del Papa y que su gesto “ha abierto la vía a la pérdida de confianza” entre los dos países. También añade que tendrá consecuencias, aunque no especifica cuáles. Las autoridades turcas llevan meses intentando influir en las altas esferas del Vaticano para evitar los posicionamientos del Papa respecto a la tragedia vivida por los armenios hace ahora un siglo.

El Gobierno de Armenia, un país independiente desde 1991, calcula que entre 1915 y 1923, los otomanos, alineados junto a Alemania en la Gran Guerra, practicaron el exterminio de más de un millón y medio de personas y deportaron a otras 600.000. Turquía, surgida tras la desaparición del Imperio otomano, reconoce las masacres sufridas por el pueblo caucásico, pero se niega a calificarlas de genocidio —el exterminio sistemático de un grupo social por razón de su raza, religión o nacionalidad— y las sitúa dentro de los horrores generados por la guerra. Esa negativa del Gobierno de Ankara supone uno de los escollos para la integración de Turquía en la Unión Europea.

Si bien hasta hace una década hablar del genocidio armenio en Turquía —un país en el que habitan unos 70.000 armenios— era tabú y podía implicar castigos judiciales, el debate en la academia y la sociedad civil es ahora mucho mayor, hasta tal punto que el Gobierno turco emitió el año pasado una nota de condolencias hacia las víctimas de las deportaciones otomanas y lamentó el “dolor compartido” por diversas poblaciones de la actual Turquía en los últimos años del Imperio.

Varias organizaciones turcas y armenias se reunirán el día 24 en Estambul para conmemorar la fecha de inicio de las masacres. El Ejecutivo turco tiene previsto adoptar una posición más dura este año y, de hecho, ha trasladado la conmemoración del centenario de la batalla de Galípoli del 18 de marzo al 25 de abril, una ceremonia a la que ha invitado a autoridades de todo el mundo y que tiene el objetivo de hacer sombra a los actos en Armenia.

Ya Juan Pablo II se había referido al exterminio armenio como “el primer genocidio del siglo XX”, situando a continuación los perpetrados por el nazismo y el estalinismo. Francisco, quien suele alertar sobre la existencia de una “tercera guerra mundial” difusa, provocada por los conflictos armados que tienen lugar en muchos lugares del planeta, señaló que esta especie de nuevo genocidio está provocado por la indiferencia general y colectiva: “Es el silencio cómplice de Caín, que exclama: ¡A mí qué me importa!”.

“Parece”, añadió el Pontífice, “que la familia humana rechaza aprender de sus propios errores causados por la ley del terror. Y así, aún hoy, hay quien trata de eliminar a sus semejantes con la ayuda del silencio cómplice de otros que permanecen como espectadores”. El Papa dirigió un mensaje a la población armenia para que “recupere el camino de la reconciliación”.


Represalias económicas

A. M. Estambul

Tradicionalmente, el Gobierno de Estados Unidos —un país donde reside una buena parte de los descendientes de los armenios supervivientes de las matanzas— ha sido muy cauteloso a la hora de usar la terminología respecto al Genocidio y no molestar a su aliado turco. En lugar de genocidio se ha preferido el término Meds Yeghern (Gran Crimen), que los armenios utilizan de forma similar a la Shoah judía.

Este año, armenios y turcos estarán muy atentos a cómo se pronuncie el presidente Barack Obama respecto al tema, pues en juego no está sólo soliviantar o no a uno u otro pueblo, sino también una importante licitación de misiles. Turquía lleva meses preparando la compra de un nuevo escudo antimisiles y ha llegado a coquetear con adquirirlos a una empresa china, lo que sería incompatible con los sistemas de la OTAN, organización a la que pertenece. Ankara decidirá entre las tres empresas que se han presentado a la licitación —una de EE UU, una de Francia y otra de China— una vez pasado el 24 de abril. “El modo en que estos países observen el centenario de estos hechos, será muy importante en nuestra decisión final”, afirmó el pasado enero una fuente de la sección ministerial encargada de la adquisición de armamento citada por el diario Hürriyet Daily News.

El intento del Parlamento francés de aprobar una ley para criminalizar la negación del Genocidio Armenio en 2006 y 2011 llevó a un enfriamiento de las relaciones turco-galas y a que empresas de Francia se viesen excluidas de contratos públicos así como sometidas a boicot por parte de los ciudadanos de Turquía. Sin embargo, tras la pataleta inicial, las relaciones volvieron a su lugar al cabo de unos meses.


http://internacional.elpais.com/internacional/2015/04/12/actualidad/1428841018_056445.html
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Von Leunam
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Re: Genocidio Armenio

Mensaje por Von Leunam el 23/4/2015, 5:59 pm

La identidad armenia renace en las calles de Turquía



Aram Hacikyan pone la máxima concentración cuando agarra la cuerda con la que hace sonar las campanas de la iglesia de Surp Giragos. Sus ojos parecen perdidos, absortos en un tiempo pasado. “Cuando tañen, lo hacen por todos los muertos. Para mí, supone una mezcla de sentimientos, de emociones, de felicidad”. No es de extrañar, ya que Aram, de 55 años, es uno de los pocos armenios que queda en Diyarbakir (sudeste de Turquía) de lo que hace un siglo era una comunidad de 65.000 almas (hoy son 50.000 en todo el país). Y, por primera vez en su existencia, puede vivir su identidad armenia libremente. Ya no es Vehçet, el nombre propio musulmán que, como muchos otros armenios, se vio obligado a utilizar en público durante años por miedo a ser insultado o perseguido. Ahora es Aram, un nombre armenio, y es, orgullosamente, el campanero de Surp Giragos.

La historia de cómo Aram recuperó su identidad puede parecer tan asombrosa al europeo occidental como común es en estas tierras regadas durante siglos por sangrientos conflictos. En 1915, el Gobierno otomano ordenó la deportación de los armenios (una comunidad cristiana) a los desiertos de Siria. En la persecución que siguió murió cerca de un millón. De los antepasados de Aram sólo se salvaron su abuelo y la hermana de este, que fueron adoptados por una familia kurda. “Muchos niños sobrevivieron porque los acogieron familias musulmanas; hay gente que no lo sabe y otros que sí, pero lo ocultan por miedo, especialmente los que trabajan como funcionarios del Estado. Si no hubiese sido por esos kurdos buenos, hoy no quedarían armenios en Turquía”.

Aram no es el único ciudadano de la República de Turquía que ha recuperado sus raíces. En los últimos años, especialmente tras el asesinato del periodista turco-armenio Hrant Dink en 2007, muchos han dado un paso al frente. La prestigiosa abogada turca Fethiye Çetin logró contactar con sus parientes armenios, emigrados a Estados Unidos, tras confesar su abuela que era una superviviente del genocidio; el músico Yasar Kurt se bautizó cuando a los 40 años descubrió su identidad armenia, e incluso un columnista turco tan nacionalista como Bekir Coskun reconoció este mes haber sido criado por una armenia que había sobrevivido a las matanzas y siempre llevó consigo el dolor sufrido.



Preguntarse por los antepasados armenios ya no es un tabú como antes, reconoce el periodista Ertugrul Mavioglu: “Dado que mi familia es de Kayseri (una provincia en la que antes de 1915 existía una gran población de armenios), le pregunté a mi padre si nosotros teníamos sangre armenia y me contestó: ‘Claro que nuestra familia tomó a mujeres armenias para casarse con ellas, pero eso sí, nosotros a ellos no les dimos ninguna de nuestras chicas”.

El abuelo de Aram fue criado como musulmán, y aunque después de la guerra regresó a su aldea natal, hasta sus últimos días siguió rezando y comportándose como un fiel mahometano. En la aldea, quienes habían sobrevivido al intento de exterminio, se convirtieron al islam y así prosiguieron su vida durante las siguientes generaciones. El padre de Aram también vivió y murió como musulmán. “Pese a ello, los de otros pueblos nos llamaban gâvur (infiel)”. Así pues, preguntó el porqué a los ancianos de la aldea, algunos de los cuales hablaban un idioma que entonces le resultaba incomprensible, el armenio, cuando no había forasteros a la vista. Y entonces, redescubrió su historia: “Dado que nos llamaban infieles, decidí ser uno de ellos, y a los 15 años determiné que sería cristiano”.

De eso hace ya cuatro décadas. Pero hasta hace bien poco, Aram no fue capaz de decir abiertamente que era armenio. “Había una presencia muy fuerte de la religión islámica y teníamos que decir que éramos musulmanes para sentirnos seguros”, lamenta; “ahora hay mucho más respeto por las diferencias”. El Ayuntamiento de Diyarbakir —gobernado por un partido nacionalista kurdo— ha financiado buena parte de la restauración de la iglesia armenia y ha promovido la integración, pese a que los propios kurdos tuvieron un papel principal en las masacres de armenios desde el siglo XIX. “Los kurdos de ahora ya no son como los de antes. No es que haya habido una evolución en su mentalidad, ¡ha sido una verdadera revolución!”.

En el Imperio Otomano, los armenios eran una comunidad vibrante que dio numerosas personalidades y algunos de sus miembros llegaron a ocupar cargos en el Gobierno. Sin embargo, esto no se había repetido en todo el periodo republicano de Turquía hasta que el actual primer ministro, Ahmet Davutoglu (islamista moderado), nombró al armenio Etyen Mahçupyan su asesor jefe. Además, tres de los cuatro principales partidos políticos presentan candidatos armenios a las elecciones de junio, algo impensable hace dos décadas.

Más allá de las medidas políticas —como la reapertura de iglesias armenias—, se trata de un proceso de normalización que se está produciendo en el seno de la sociedad civil: debates académicos, artículos periodísticos, encuentros de organizaciones turcas y armenias, obras artísticas… Es el caso del espectáculo de danza moderna Family Tree, surgido del dolor de la familia de uno de sus autores, el armenio Mihran Tomasyan, y que tras pasar por Berlín, Friburgo (Alemania) y Ereván (Armenia) se ha representado en Estambul. “Por supuesto, todavía hay tabúes. Cuando dices la palabra genocidio notas en la mirada de la gente que preferiría que no dijeses esa palabra”, explica la coautora de la producción, la turca Duygu Güngör. “Pero tal y como el goteo continuo del agua erosiona la piedra, así tenemos que hacer: seguir contando nuestras historias para romper los tabúes”.


Celebración mundial

Dignatarios de todo el mundo asistirán mañana en Ereván a la conmemoración del centenario del genocidio armenio o Meds Yeghern, entre ellos el presidente francés, François Hollande, y el ruso, Vladímir Putin. El papa Francisco, al que las autoridades armenias esperaban convencer, finalmente no estará presente, aunque ya dio muestra de su apoyo en la misa dominical del pasado día 12, al utilizar la palabra “genocidio” para definir “aquel exterminio despiadado y loco que sufrieron” los armenios otomanos.

Si bien lo hizo citando las palabras de su antecesor Juan Pablo II, el posicionamiento de Bergoglio le valió duras recriminaciones desde Turquía, que si bien reconoce el sufrimiento de los armenios, se niega a considerar su deportación como un genocidio. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, el mismo que fue capaz de ofrecer condolencias a los armenios en el Meds Yeghern de 2014 para unos meses después utilizar la palabra armenio como insulto, avisó al Papa de que “no vuelva a cometer el mismo error”. Al cabo de unos días, cuando el Parlamento Europeo aprobó una resolución de condena del genocidio armenio, el jefe de Estado turco respondió: “Por un oído me entra y por otro me sale”. La mitad de los países de la UE reconocen el genocidio armenio (en España lo han hecho algunas autonomías).

Además, el Gobierno turco ha querido eclipsar las ceremonias del genocidio armenio trasladando a este fin de semana la conmemoración del centenario de la batalla de Galípoli, que Turquía habitualmente celebra el 18 de marzo. A estos actos han sido invitados mandatarios de todo el mundo.

http://internacional.elpais.com/internacional/2015/04/22/actualidad/1429720508_956291.html
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Re: Genocidio Armenio

Mensaje por Von Leunam el 23/4/2015, 10:02 pm

El genocidio armenio no puede permanecer impune





Hijo y nieto de supervivientes del «genocidio», Mario Nalpatian (Buenos Aires, 1954), reivindica la memoria de su pueblo desde el Consejo Nacional Armenio Mundial. «Hemos aprendido que para prevenir nuevos genocidios, el mundo debe tomar conciencia de que hay crímenes de lesa humanidad que deben ser castigados». No puede haber impunidad, repite,«ni de militares, ni de juntas, ni de Estados que vulneran los derechos de minorías en su propio territorio». Por eso, aplaude que el Papa haya pronunciado la palabra que para Turquía sigue siendo tabú:«El gesto lo enaltece y lo muestra coherente, pese a todas las implicaciones políticas a las que podía enfrentarse». Una de ellas, la indignación del presidente Recep Tayyip Erdogan, que tachó de «estupidez» el discurso. Para Nalpatian, una reacción «desproporcionada y grosera»: «El Papa, más allá de ser líder de la Iglesia Católica, es un jefe de Estado que ha dado su opinión, basada en hechos históricos y elementos que tienen que ver con archivos vaticanos que acreditan que las masacres de armenios entre 1915 y 1923 son tipificables como genocidio».

Tacha de «sobreactuación» la postura de Erdogan, que pretende «amedrentar» a otros líderes que puedan optar por aplicar el término a la tragedia armenia: «Sabe que hay intereses políticos muy fuertes que tienen que ver con la posición estratégica y geográfica de Turquía».

Más allá de no reconocer el genocidio, advierte, Ankara ha implementado una política de «negacionismo, que no trata sólo de rechazar un hecho histórico, sino también de banalizarlo y tergiversarlo». Un crimen impune, explica, inflige a la víctima, sea un pueblo o un individuo, «una herida perpetuamente abierta»:«Hoy hay una herida que no cierra y es responsabilidad de Turquía, que no ha sido capaz de revisar su Historia».

El propio Erdogan «tiene una concepción imperial»: «Actúa como un sultán, considerando que hay que someter y no dialogar. Le ocurre con su oposición interna, con los kurdos (por más que quiera maquillarlo) y por supuesto lo aplica a la política de ignorar la presencia de Armenia. Desde que el país se independizó en 1991, jamás han dado una paso para establecer lazos diplomáticos».

Resta importancia a las palabras conciliadoras hacia Armenia que Erdogan pronunció el año pasado: «Apuntaban más a sus socios europeos, que sabemos que presionan a Turquía para que asuma su responsabilidad. Ankara necesita retomar la agenda sobre el ingreso a la Unión Europea y hay una resolución muy clara del Parlamento europeo que condiciona el ingreso al reconocimiento del genocidio armenio».

La coincidencia de los aniversarios de la batalla de Gallípoli y las masacres armenias «es un intento deliberado de eclipsar éste último»: «Se han manipulado las fechas. Se trata de una actitud cínica del tándem Erdogan-Davutoglu [primer ministro turco] para desviar la atención». Una treintena de países reconocen el genocidio. Los que no lo hacen «muchas veces están condicionados por sus relaciones con Turquía, presos de sus intereses». En el caso de España, cree que lo hará:«No puede quedar al margen de la conciencia universal».


http://www.elmundo.es/internacional/2015/04/24/5537f52ae2704e1c498b4580.html
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Re: Genocidio Armenio

Mensaje por Von Leunam el 21/5/2015, 6:57 pm

Las huellas del genocidio armenio



Jesucristo, Moisés, Mahoma… Los profetas fueron personas muy inteligentes en su tiempo, pero ¡me gustaría ver cómo se las arreglarían ahora!”. Como la de otros armenios en Turquía, la vida de Hayrabet Babikyan nunca ha sido fácil. “Yo es que soy un poco ateo”, se justifica, y prosigue con su lista de agravios: “Este año pagan muy mal las naranjas, por la guerra. También he plantado papayas, pero en este pueblo nadie las quiere. No saben apreciarlas”.

Las negras nubes se amontonan sobre la cordillera de Yayladag. Al otro lado se encuentra Siria; de este, Turquía. El anciano observa a las puertas de su hogar, como el vigía de un tiempo que pasó, el superviviente de una larga estirpe a punto de desaparecer. Su aldea es Vakifli –el último pueblo exclusivamente armenio que queda en Turquía– y está situada en la ladera de la legendaria Musa Dag, es decir, “la montaña de Moisés”, pues según la leyenda islámica el profeta hebreo se reunió aquí con un misterioso santón local. Pero para los armenios el lugar, ubicado en la costa sureste de Turquía, tiene un significado aún más especial: estas cimas vieron uno de los pocos actos de resistencia exitosa frente a los otomanos durante el llamado Genocidio Armenio o Meds Yeghern (gran calamidad), del que ahora se cumple un siglo. Su insurrección fue inmortalizada en la novela del escritor austriaco Franz Werfel Los cuarenta días del Musa Dagh, aunque los locales afirman que en realidad fueron 50 las jornadas de combates.

Al término de la primavera de 1915, las seis villas de Musa Dag recibieron la orden de evacuación: como la gran parte de los armenios del Imperio Otomano, serían deportados a los desiertos de Siria. Pero las noticias que llegaban de otros lugares desde que el 24 de abril se iniciasen las primeras detenciones y deportaciones indicaban que no se trataba de simples “traslados temporales” de la población –como aseguraban las autoridades–, sino de lo que parecía un plan destinado a desarraigar a un pueblo con siglos de existencia en estas tierras. “Se echaron al monte sin saber qué encontrarían allá arriba, ni cuánto tiempo permanecerían; portando sobre sus hombros mantas, colchones y cazuelas, enfilados de a uno, como hormiguitas, por senderos estrechos”, narran las historias contadas por los mayores de Vakifli.

La suerte quiso que, cuando las municiones estaban a punto de agotarse, un buque francés advirtiese las señales de socorro de los 4.000 que resistían en Musa Dag. Tras más de mes y medio en la montaña, fueron evacuados a Port Said (Egipto). Solo al final de la I Guerra Mundial regresaron a su tierra –entonces bajo ocupación francesa– para encontrar que de sus antiguos hogares apenas quedaba piedra sobre piedra. Reconstruyeron sus pueblos y sus vidas, pero los infortunios no terminaron ahí: en 1939, este territorio fue anexionado tras un referéndum a la nueva República de Turquía, heredera del Imperio Otomano. Temerosos, los habitantes de las seis villas de Musa Dag marcharon a Siria. Solo los vecinos de Vakifli decidieron permanecer. Hoy quedan 130.

Hasta hace 35 años, un monumento en la cima de Musa Dag recordaba al barco francés que socorrió a los armenios. Hayrabet Babikyan guarda una foto en la que posa sobre la escultura que, no en vano, levantó su tío materno. Pero en 1980, cuando el general Kenan Evren tomó el poder en Turquía mediante un golpe de Estado, los militares la volaron con dinamita, algo que Babikyan no perdona: “¡Ese canalla de Evren y sus generales! Pensaban que destruyendo la estatua borrarían lo que pasó. ¡No! Lo que ocurrió es historia y está en los libros. No puedes hacerlo desaparecer”.

Turquía niega que los hechos de 1915 constituyan un genocidio y alega que la deportación era necesaria por las actividades quintacolumnistas de parte de la población armenia, que durante la I Guerra Mundial apoyaron a las tropas imperiales rusas y asesinaron a multitud de musulmanes (el Imperio Otomano era aliado de Alemania). “Dicen en la televisión que fuimos nosotros, los armenios, los que matamos a los turcos y no al revés. Entonces, ¿por qué no hay armenios en Turquía?”. A Babikyan se le enrojecen los ojos, a punto de llorar de rabia. “En todo el mundo, vayas a donde vayas, levantas una piedra y hay un armenio. ¿Por qué? Porque siempre hemos estado huyendo de las matanzas”.

Con todo, la apertura al mundo, ligada al progreso económico y desarrollo social que ha vivido Turquía en los últimos 15 años, ha dado un respiro a las minorías religiosas. Curiosamente ha sido bajo el Gobierno islamista de Recep Tayyip Erdogan. Y es que la ideología de modernización promulgada por Atatürk, fundador de la Turquía contemporánea, iba de la mano de un nacionalismo en ocasiones extremo, heredado por los partidos laicos. Aunque oficialmente el Gobierno turco sigue negando el Genocidio Armenio, los debates se han extendido, especialmente en este año que se cumple el centenario. Varios miles de turcos se manifestaron por el reconocimiento del genocidio el pasado 24 de abril, algo impensable hace unos años. “La situación ha progresado gracias a los movimientos sociales y, especialmente, a Internet. Ahora hay acceso a información que antes no se publicaba en Turquía”, explica Alexis Kalk, de la asociación cultural armenia Nor Zartonk, de Estambul. Y se ha comenzado a hablar de la herida de los armenios, a contar las historias familiares que hablan de deportaciones y huidas, pero también de turcos que protegieron a sus vecinos, de vidas en común. En definitiva, de recuperar la memoria.

De una población de entre 1,5 y 2 millones de armenios que habitaba en el Imperio Otomano antes de la I Guerra Mundial, hoy solo quedan entre 50.000 y 70.000, casi todos en Estambul. Son, en su mayoría, descendientes de los sobrevivientes del Meds Yeghern.

En el barrio estambulí de Feriköy, solo una bandera turca señala la presencia de la iglesia de Surp Vartanants. La puerta asemeja a la de cualquier otro edificio de viviendas, pero tras ella se abre un patio en el que se yergue el templo, además de una escuela y una consulta médica, todo muy recatado y escondido. No llamar la atención ha sido la estrategia de supervivencia para una comunidad como la armenia, de religión cristiana en un país en el que el 99% de sus ciudadanos son musulmanes y en el que el Estado ha hecho del nacionalismo turco la ideología oficial. ¿Cómo vivir de otra forma si en los manuales de historia te acusan de ser quien provocó las masacres de la I Guerra Mundial y la televisión te muestra como enemigo? “Mirando para otro lado”, es la lacónica respuesta de Snork Besiktasliyan, uno de los dirigentes de la fundación que administra la iglesia.

Cuando en la calle escucha un improperio –la misma palabra “armenio” se usa como tal–, el señor Besiktasliyan agacha la cabeza y, simplemente, hace como que no ha oído. También sabe que jamás podrá optar a ciertas posiciones en la Administración o que sus hijos serán rechazados en algunos empleos por ser armenios. Pero no le importa, ya se ha acostumbrado, le basta con que no le molesten demasiado, le dejen hacer su vida de pequeño comerciante y rezar en la iglesia los domingos.

Durante décadas, los armenios de Turquía han vivido de este modo, guardando para sí las historias familiares y el dolor de una herida sin cicatrizar, procurando no levantar la voz siquiera para reclamar las muchas propiedades que les confiscó el Estado tras el genocidio, temiendo que la historia se repitiese. Y en algunos momentos dio la impresión de que la pesadilla no había terminado: por ejemplo, en 1942, cuando el Gobierno aprobó un impuesto racista exigido a las minorías no musulmanas; o en el pogromo de 1955, cuando la turbamulta asaltó los negocios y viviendas de los griegos de Estambul –y también de algunos armenios–; o en 2007, cuando las balas disparadas por un joven ultranacionalista segaron la vida de Hrant Dink, el intelectual turco-armenio más influyente; o en 2013, cuando se produjo una cadena de ataques en serie contra varias ancianas armenias, una de las cuales fue apuñalada hasta la muerte, con una cruz grabada en su cuerpo.



Son solo detalles los que diferencian a Feriköy de cualquier otro barrio de la inmensa urbe a orillas del Bósforo. Al acercarse la Pascua, se venden huevos pintados en las pastelerías; en los estantes de los quioscos se pueden encontrar ejemplares de alguno de los tres periódicos armenios que se publican en Turquía, y últimamente algunos partidos políticos han comenzado a felicitar las fiestas cristianas a sus habitantes. Pero ahí queda todo, la vida de la comunidad se hace de puertas para dentro, para no llamar la atención.

El atrio de Surp Vartanants sirve de lugar de intercambio de noticias: los familiares de un fallecido reparten bollos siguiendo la tradición de los ritos cristianos orientales, se comenta quién se ha casado o ha tenido un hijo. En el interior del templo, el olor del incienso y los cientos de velas encendidas hacen el ambiente pesado, pero los asistentes se agolpan, sentados o de pie, para escuchar la homilía del párroco Tatul Anusyan. Junto a los armenios de Turquía rezan también emigrantes armenios llegados desde la paupérrima República de Armenia, en el Cáucaso, que han acudido a Estambul en busca de trabajo. Son fácilmente distinguibles por sus ropas y el cardado del cabello de las señoras, similar al de otros lugares de la geografía exsoviética. O por sus brillantes dientes de oro, una forma segura de acarrear los ahorros de toda una vida.

“Hay turcos que nos confunden con inmigrantes de la República de Armenia, pero nosotros somos hijos de esta tierra de Anatolia, llevamos siglos aquí”, se lamenta Anusyan, enfundado en la túnica tradicional de las dignidades eclesiásticas armenias, que le otorga el misterioso aspecto de un personaje salido de La guerra de las galaxias.

“¿Ves?”. Hazaros muestra una fotografía, de un sepia gastado por el tiempo, en la que un soldado tocado por el típico fez otomano sujeta un rifle. “Es mi abuelo materno mientras prestaba el servicio militar en el Imperio Otomano. Nosotros no venimos de ningún sitio, ya estábamos aquí antes de que llegasen los turcos”. Pero eso no fue óbice para que, en 1915, su abuela paterna fuese enviada al terrible desierto de Deir ez Zor (Siria). Bajo el calor implacable de Anatolia y Mesopotamia, los convoyes de los armenios deportados se tornaron en marchas fantasmales, tal era el estado de sed, hambre y enfermedad que les azotaba. Narran las crónicas de diplomáticos y misioneros que fueron testigos de los hechos que quienes alcanzaban los desiertos de Siria se enterraban en la arena para evitar más quemaduras solares, pues de su ropa apenas quedaban jirones; o que los hambrientos se lanzaban al suelo para devorar las briznas de hierba que crecían en las lindes de los senderos, reducidos así a la bestialidad más primitiva por los tormentos padecidos. La abuela de Hazaros sobrevivió, pero pagando el alto precio de ver expirar, uno a uno, a sus cinco hijos. Luego regresó a su ciudad natal, volvió a casarse y, como gesto de desafío a la muerte, dio a sus descendientes los mismos nombres de los vástagos fallecidos. Una forma de resistencia silenciosa.

Otros, en cambio, han decidido dejar el miedo atrás y expresarse libremente, como es el caso de algunos armenios que habían mantenido su identidad oculta durante décadas.

Pese a crecer como un musulmán de fe aleví (chií heterodoxo), Mihran Pirgiç Gültekin asegura que desde niño intuía que era armenio. Quizá porque su madre seguía manteniendo, inconscientemente, tradiciones cristianas, como pintar huevos de rojo durante la Pascua. “Aunque supiese de mis raíces, no vivía como un armenio. Tras el asesinato de Hrant Dink sentí que tenía que hacer algo por defender mi identidad: acudí a un tribunal y pedí que cambiasen mi nombre (Selahattin, musulmán) por uno armenio (Mihran Pirgiç)”. El paso al frente de Gültekin –que anunció en periódicos y revistas– le granjeó no pocos problemas con su familia, especialmente con algunos de sus primos, que son militantes convencidos del partido ultranacionalista turco MHP: “Les dije que en realidad nuestra familia es armenia y ellos se pusieron rojos de ira. Me llovieron los improperios. Mi tía, que sí sabía algo de nuestra historia familiar, se echó a llorar y me contó que sus hijos, cuando estaban enfadados, le insultaban llamándola ‘hija de armenio”.



Gültekin asegura que, como él, hay decenas de miles de “criptoarmenios” en toda Turquía; algunos porque, siendo niños durante las deportaciones de 1915, fueron acogidos por familias musulmanas; otros debido a que, a lo largo del siglo XIX y principios del XX, se convirtieron al islam para evitar las persecuciones o el pago de mayores tributos. Y aún hoy hay quienes desconocen su pasado. O lo ocultan.

Hay muchos ejemplos, asegura Gültekin al respecto. “Tenía un amigo del barrio al que durante 30 años conocí como Haci (nombre musulmán); pero un día, por casualidad, vi su carné de identidad y resultaba que era armenio. ¿Por qué me lo ocultaba?”. La mayoría de los armenios siguen estructurando su vida según lo que ocurrió en el pasado y, pese a tener amigos turcos, esconden sus raíces por miedo a que los rechacen: “Durante años nos hemos puesto una especie de comisaría de policía en el cerebro que nos impide decir abiertamente lo que somos”.

http://elpais.com/elpais/2015/05/19/eps/1432036819_084599.html
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Von Leunam
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Re: Genocidio Armenio

Mensaje por Von Leunam el 2/6/2016, 6:30 am

Alemania tensa las relaciones con Turquía al reconocer el genocidio armenio



Alemania dio el jueves un paso que amenaza con enturbiar sus relaciones con Turquía, el país que la canciller Angela Merkel ha señalado como el socio clave para resolver la crisis de refugiados. El Parlamento recordó la masacre armenia cometida por el Imperio Otomano en 1915 con una palabra que, un siglo después, aún levanta ampollas en Ankara: “genocidio”. Pese a las amenazas del presidente Recep Tayyip Erdogan, una abrumadora mayoría de diputados respaldaró la resolución. La duda ahora es cómo va a reaccionar Erdogan; y si su enfado afectará al acuerdo con la UE para contener los flujos migratorios.

Los hechos sucedidos hace un siglo ejemplifican “las matanzas masivas, la limpieza étnica, las expulsiones y los genocidios que marcaron el siglo XX de una manera tan terrible”, asegura el texto, que incluye una autocrítica por el papel en la masacre del Imperio alemán, aliado entonces de los otomanos. La resolución, pactada previamente por democristianos, socialdemócratas y verdes, contó solo con un no y una abstención. La iniciativa es fruto de la presión de los diputados en contra de los intereses de los líderes de la gran coalición, a los que el choque con Erdogan puede dar más de un dolor de cabeza. En la sesión parlamentaria no participaron ni la canciller Merkel ni el ministro de Exteriores, el socialdemócrata Frank-Walter Steinmeier. Tras la votación, un grupo de armenios invitados al Bundestag mostraron carteles con un mensaje muy simple: “Gracias”.

El presidente alemán, Joachim Gauck, ya se refirió el año pasado a lo ocurrido un siglo antes como “genocidio”. Pero la resolución parlamentaria llega ahora en un momento mucho más complicado. El acuerdo migratorio pactado con Turquía a instancias de Merkel choca con la negativa de Erdogan a aceptar las exigencias europeas sobre legislación antiterrorista y con un tono cada vez más bronco del presidente turco. La oposición alemana reprocha a la canciller haberse echado en manos de Erdogan tras años de desinterés. “Merkel ha viajado más a Turquía en estos diez meses que en sus primeros diez años de mandato”, decía esta semana el diputado verde Cem Özdemir, impulsor de la resolución, en una reunión con periodistas extranjeros.

Los líderes turcos no se han preocupado de ocultar las presiones esta semana. El presidente Erdogan y el primer ministro, Binali Yildirim, llamaron a Merkel para instar a que prevaleciera el “sentido común”. Erdogan dejó claro que la aprobación de la resolución "dañará naturalmente los lazos diplomáticos, económicos, políticos y militares” entre ambos países.

La respuesta de Ankara a los Estados que han calificado de “genocidio” lo que en Turquía es habitualmente señalado como “los hechos de 1915” ha sido la llamada a consultas de sus embajadores y un enfriamiento de las relaciones, como ya ocurrió con Francia en 2011 y Austria el pasado año. Sin embargo, han sido medidas temporales y al cabo de unos meses, la situación ha regresado a la normalidad.

En esta ocasión, el primer ministro Yildirim ha pedido que se “deje a los historiadores” investigar sobre el pasado, en lugar de utilizarlo “con fines políticos”. Turquía reconoce la muerte de cientos de miles de armenios durante las deportaciones ordenadas por el entonces Imperio Otomano en 1915 pero arguye que se produjeron dentro de un contexto de violencia generalizada –decenas de miles de turcos, kurdos y circasianos también fallecieron a manos de los armenios en Anatolia Oriental-. Los historiadores oficialistas turcos mantienen que la deportación de diversas minorías –armenios, griegos, siríacos y, en menor medida, kurdos- durante la Primera Guerra Mundial fue necesaria ya que parte de ellos había tomado las armas y se había aliado con el invasor ruso. En los últimos años, Erdogan ha enviado mensajes de condolencias a los familiares de las víctimas de esa época subrayando “el dolor común” de turcos y armenios. Iluso en 2014 llegó a calificar de “inhumanas” las deportaciones llevadas a cabo por el Gobierno otomano.

Lo que Turquía rechaza es la acusación de genocidio que se le achaca al Estado del que es sucesor legal, el Imperio Otomano, algo que “carece de fundamento alguno”, según una resolución conjunta de tres de los cuatro grupos políticos del parlamento turco (islamistas, socialdemócratas y nacionalistas). Según este texto, la proposición alemana es además “contraria a la legalidad” ya que ignora un veredicto del Tribunal Europeo de Derechos Humanos del pasado octubre en el que se absolvió al político turco Dogu Perinçek de la pena que se le había impuesto en Suiza por negar el genocidio. Alegaba la corte de Estrasburgo que no hay consenso sobre la calificación de lo ocurrido en 1915 ya que el crimen de genocidio no se definió como tal hasta 1948.

http://internacional.elpais.com/internacional/2016/06/02/actualidad/1464859412_634648.html
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Von Leunam
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Re: Genocidio Armenio

Mensaje por Von Leunam el 14/6/2016, 4:13 am

Cien mil euros por la cabeza de una diputada



Sevim Dagdelen, diputada alemana por el partido La Izquierda teme por su seguridad. Lo mismo les sucede a los otros 10 diputados de origen turco que hay en el Bundestag, incluido el líder de Los Verdes, Cem Özdemir, uno de los políticos más populares de este país.

Todos ellos y sus familias se encuentran actualmente bajo fuerte protección policial. Su delito: haber ofendido a Turquía y a los turcos votando a favor de una resolución que eleva a la categoría de genocidio la matanza de hasta 1,5 millones de armenios a manos del Imperio otomano durante la Primera Guerra Mundial.

Levantó la veda a la cacería de estos 11 diputados el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, rabioso por una resolución que intentó frenar hasta el último momento recurriendo al chantaje político y a las amenazas. A la canciller Angela Merkel, que según Erdogan le prometió que haría lo posible para abortar la iniciativa parlamentaria, el mandatario turco la considera ahora poco menos que traidora.

A los 11 diputados de origen turco que metieron el dedo en la llaga y hurgaron en la historia de Turquía -pero también de Alemania, aliado del Imperio Otomano en aquellas fechas- les ha tachado de terroristas y ser un brazo del Partido Kurdo de los Trabajadores (PKK). Y hasta les ha exhortado a hacerse un test de sangre que demuestre su origen turco.

Merkel ha confesado que nunca imaginó que Erdogan pudiera llegar tan lejos y se atreviera a arremeter contra diputados democráticamente electos. El presidente del Bundestag, Norbert Lammert, condenó las "amenazas de odio" del presidente turco y su colega del Parlamento Europeo, Martin Schulz, habló de "la ruptura de un tabú".

Pero la semilla de Erdogan ya brotaba, y mientras la clase política alemana se sumaba a la repulsa, el movimiento nacionalista turco movilizaba sus simpatizantes en Alemania contra los diputados y, por ende, contra sus familias.

Según el diario Bild, un empresario turco ha ofrecido incluso una recompensa de 100.000 euros por la cabeza de Dagdelen, la más izquierdista y a la postre no musulmana. La reacción de la diputada ha sido tajante: "Quien aliente la violencia desde Turquía contra diputados alemanes no debe recibir autorización para viajar a Alemania y, entre a quienes debería prohibirse viajar a este país, está el presidente Erdogan", afirma Dagdelen desde la páginas del Bild.

Las tensiones hostigadas por Turquía tras la resolución sobre Armenia y que se suman a las provocadas hace unos meses por la decisión de Erdogan de llevar a los tribunales al cómico alemán Böhmer por una parodia del presidente turco no dejan indiferente a la numerosa comunidad turca que vive en Alemania.

"La culpa de lo que está sucediendo la tiene el Bundestag", afirmaba Bekir Yilmaz, presidente de la comunidad turca en Berlín , que con sus 170.000 miembros, es las más numerosa en Alemania.Sobre las declaraciones de Erdogan, Yilmaz tiene aún menos que decir salvo que no han sido bien entendidas. "Decir en turco que alguien no tiene sangre pura no es un insulto. Se está exagerando".

http://www.elmundo.es/internacional/2016/06/13/575e0ded22601dd62d8b462e.html

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