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Los papeles de Franco

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Von Leunam
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Los papeles de Franco

Mensaje por Von Leunam el 11/3/2015, 7:38 pm

5.261 euros de los de hoy: el sueldo de Franco en 1935



No corrían en los años treinta tiempos en que los altos mandos militares se hicieran ricos, pero Francisco Franco, antes de dar el golpe de Estado el 18 de julio de 1936, tampoco es que resultara mal compensado económicamente para su puesto. Otra cosa es que él considerara lo contrario… En una nómina de la Pagaduría Central de Haberes del Ejército a su nombre consta la cifra de 2.429,98 pesetas (14,60 euros). Se trata de su sueldo en noviembre de 1935, cuando ocupaba el cargo de jefe del Estado Mayor. Lo recoge uno de los más de mil documentos que la Fundación José María Castañé acaba de donar a la Residencia de Estudiantes referentes a la época de la República, la Guerra Civil y la dictadura franquista.

El héroe de África con ínfulas y agarraderas, el oficial más joven de Europa en todos los escalafones superados hasta ser nombrado estrafalariamente generalísimo, la figura que las derechas de José María Gil Robles, líder de la CEDA, consideraban punto de engarce indiscutible entre los poderes políticos y unos militares a quienes más valía tener contentos, fue designado líder del Ejército para la II República en mayo de 1935.

Tras sus desencuentros con Azaña y abrigado por su destreza para hacerse valer como el elemento más pragmático a la hora de mediar entre ambas esferas, Franco se afianzaba con el cargo en una situación de mando férreo. Dependía del ministerio de la Guerra, ocupado por Diego Hidalgo. Lo hacía dentro de un Gobierno empeñado en lo que su biógrafo Paul Preston describe de esta manera: "La instauración legal de un Estado autoritario corporativo". Podía dominar, sondear, articular mecanismos de sublevación, por si acaso. Sobre todo podía hacerse un traje a medida sin apenas sospechas de Gil Robles, que confesaba su total ignorancia en cuestiones de armas.

Si comparamos aquella cantidad con el coste de la vida actual, la equivalencia se elevaría a 5.261,80 euros. Así lo ha calculado para EL PAÍS Ernesto Poveda, del Grupo Icsa, dedicado, entre otras cosas a asuntos de observatorio salarial. El trabajo está hecho con arreglo a la tabla de actualización de precios al consumo que establece Jordi Malaquer, catedrático de la Universidad Autónoma de Bellaterra (Barcelona). "Se trata de la referencia utilizada por los historiadores económicos avalada por el Banco de España", explica Poveda.



Es poco, si lo comparamos con el sueldo del actual mando de la Fuerzas Armas, el almirante general, Fernando García Sánchez. Dentro de los datos oficiales, su sueldo, contemplado en los Presupuestos Generales del Estado, asciende a 118.701,86 euros brutos. Pero mucho con arreglo a las pagas que en aquel momento previo al golpe percibían las tropas.

Con el tiempo, todo fue mejorando. Y la relación de Franco con el dinero, tomando cuerpo. Las ambiciones del dictador crecieron también en ese ámbito. El mito de la austeridad franquista, para Julián Casanova, que ha coordinado un volumen -40 años con Franco, publicado por Crítica-, es falso. "Cada vez nos resulta más evidente que actuaba como dueño de un cortijo. Si lo comparamos con arreglo a un sultanato, puede parecernos moderado. Pero si nos atenemos a las reglas de cualquier régimen occidental, su relación con el dinero resulta exagerada, contando todos sus privilegios y prebendas".

Su sueldo como jefe del Estado al final del régimen ascendía a unas 768.000 pesetas en 1975. De estas, 600.000 se las ingresaba el ministerio de Hacienda como Jefe del Estado y 168.000 restantes las percibía como capitán general y Generalísimo de los Ejércitos.

En esta y en otras cuestiones, comenta Preston, cuya biografía se reeditará con motivo de los 40 años del fin del franquismo, "evidentemente, se trataba de un hombre comido por la ambición". Aunque en asuntos pecuniarios, según su estudioso y profesor de la London School of Economics, "quien más alimentaba esa deriva era su esposa, Carmen Polo". El hispanista recuerda haber estudiado papeles en los que la mujer se quejaba abiertamente de haber perdido oportunidades.

Sobre todo, antes de escalar a lo más alto. La carrera militar de Franco resultó un meteoro. Se forjó en la Legión, en cada peldaño del escalafón sorprendía como el oficial más joven del continente. Tardó solo seis años en ascender de alférez a comandante. No desaprovechó ninguna de sus oportunidades. Implacable, frío, calculador, sabía esconder las cartas con una maestría en el dominio de la ambigüedad que le proporcionaba éxito en cualquiera de sus previsiones.

De no haber sido militar del Ejército de Tierra, se habría convertido en oficial de la Armada, aunque entre sus sueños también entraba la arquitectura y entre las aficiones que cultivó permanentemente, la pintura. Marruecos fue siempre para él tierra talismán. Se forjó allí unas tropas que le servían con fe ciega y utilizó hasta en la represión de Asturias en 1934. Antes de ser nombrado jefe del Estado Mayor, había sido destinado, como premio precisamente en el aplastamiento de aquella rebelión minera, a África.

Ocupó el puesto que le sirvió en bandeja el populista líder de los Radicales, Alejandro Lerroux, tan solo tres meses. Tiempo suficiente como para establecer, según Preston, nuevos e importantes contactos que luego le resultarían imprescindibles al comienzo de la guerra.

Su cometido como jefe del Estado Mayor, en perfecta sintonía con Gil Robles, consistía principalmente en corregir las reformas que Azaña, una de sus bestias negras, había aplicado al ejército en su etapa de mando. Trabajaba hasta altas horas de la madrugada, incluidos fines de semana, para disgusto de su familia. Paralizó los ascensos por méritos impuestos en la época precedente. Purgó a varios altos mandos por una ideología, a su juicio, "indeseable", mientras otros irredentos antirrepublicanos fueron reconocidos. Emilio Mola, uno de los cabecillas del golpe, entró como máximo responsable de las tropas en Marruecos, por ejemplo.

Tampoco dejó Franco de establecer contactos exteriores. Firmó acuerdos con fabricantes de armas alemanes como parte de un planeado rearme. De hecho, siempre recordó como fundamental su paso por el cargo en el Estado Mayor y crucial para su victoria posterior en la guerra. Como presupuesto de la República, aquellas 2.429,28 pesetas al mes, resultaron una pésima inversión.


Papeles desconocidos y verdades por desvelar

La pasión por la historia, la clarividente sensación de haber sido testigo e hijo de un siglo excepcional, fue lo que en un principio llevó a José María Castañé a empezar a reunir papeles. Su obsesión eran los conflictos bélicos y sus consecuencias violentas. Así fue como hace ya 26 años, este empresario financiero decidió invertir una buena parte de su capital en un legado.

De los más de 10.000 documentos que obran en poder de su fundación —constituida en 2004—, la mayoría corresponden a la Primera y Segunda Guerra Mundiales, la contienda civil española y las consecuencias o prólogos de estas tragedias. La revolución rusa, las secuelas del comunismo, del fascismo, la apisonadora atroz del totalitarismo, el Holocausto, el exilio…, han sido sus principales preocupaciones.

Entre los más de 600 documentos referentes al franquismo que acaba de donar a la Residencia de Estudiantes de Madrid y que depositarán en el mes de abril, la mayoría pertenecen a la propia fundación y un total de 120 a su legado personal. Por lo que han podido apreciar los historiadores consultados, algunos de estos papeles, podrían pertenecer al archivo privado de Franco, según sostiene Paul Preston.

Los documentos oficiales del régimen han quedado custodiados, no sin polémica y con quejas de los historiadores por su acceso restringido, en la Fundación Francisco Franco. Pero existía un buen número de papeles con los que en su día mercadeaba por medio de intermediarios, su yerno, Cristóbal Martínez Bordiú, marqués de Villaverde. Estos han acabado dispersos en diferentes lugares. El autor británico y biógrafo del dictador cree que algunos de ellos, cuya oferta recibió hace años directa o indirectamente, pueden haber acabado en diversas colecciones diferentes, aunque entre los destinatarios para los que se le pidió una valoración, en su día, estuviera la Universidad de Yale. Pero aquello, finalmente, confirma Preston, no cuajó.


http://cultura.elpais.com/cultura/2015/03/10/actualidad/1426017230_232758.html
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Re: Los papeles de Franco

Mensaje por Von Leunam el 11/3/2015, 7:39 pm

El desprecio de Franco a José Antonio



Apenas habían pasado cuatro días del fusilamiento. José Antonio Primo de Rivera empezaba a ser El ausente. Entonces, el 24 de noviembre de 1936, María Santos Kant, desconcertada, se armó de cuajo para dirigirse en una carta ni más ni menos que a Francisco Franco. Ella se identificaba como la novia de Primo de Rivera, el creador de la Falange. Lo habían ejecutado el día 20 en la cárcel de Alicante, pero en ambas partes vociferaba la confusión. Entre los nacionales, nadie quería darse por enterado. Sin embargo, la noticia corría por el bando republicano. Franco contestó una semana después mediante un subalterno: “El general no sabe nada directamente relativo a la suerte de dicho señor…”.

Otro de los 600 documentos que la Fundación José María Castañé acaba de donar a la Residencia de Estudiantes de Madrid —EL PAÍS ayer publicó el que reflejaba el sueldo de Franco cuando era jefe del Estado Mayor— da cuenta de la tensa relación de desprecio mutuo que mantuvieron los líderes de la cabeza del fascismo en España. Aparte de desvelar la identidad de una de las misteriosas amantes del creador de la Falange: “Mi general: Soy la novia de José Antonio Primo de Rivera. Prefiero darle esta explicación escueta, con la sobriedad que él ha impuesto a su Falange, porque creo que ella excluye comentarios de lo que está siendo para mí estos meses en que se han dicho y hecho sobre José todas las suposiciones y se han dado las noticias más contradictorias…”.

Para aquella mujer, sólo cabía escoger entre los murmullos del bando nacional y la euforia que su muerte provocaba en los sectores republicanos más radicales. La verdad era que Primo de Rivera llevaba cuatro días muerto. Lo fusilaron tras un juicio sumarísimo, que concluyó el 18 de noviembre, en que también condenaron a cadena perpetua a su hermano Miguel, como recoge Julio Gil Pecharromán en su biografía José Antonio Primo de Rivera. Retrato de un visionario (Temas de Hoy).



No funcionaron para salvarle ni los intentos de canje —uno de ellos con la familia del general republicano Miaja—, ni las peticiones de clemencia, ni las negociaciones en las que, discreta pero vagamente, se mezcló Franco. Con su pericia para el cálculo, el futuro dictador ya había echado las sabrosas cuentas que le salían gracias al cadáver de Primo de Rivera: ninguna sombra de político con liderazgo que le estorbara en su camino hacia el poder total y un aseado corpus ideológico del que apropiarse para fundamentar su política del odio.



Todo por ganar. Se habían conocido por mediación del cuñadísimo, Ramón Serrano Suñer. Siempre en medio, jugó sus cartas de acercamiento. Pero no pudo tender puentes entre ambos hasta que Primo de Rivera murió. Franco se identificaba políticamente con la derecha tradicional de la CEDA de Gil Robles más que con la Falange. Otra cosa es que la crudeza de la guerra le llevara a acoplar finalmente su extremismo a tono con el movimiento que mezclaba churras nazis y del fascio italiano con merinas de catolicismo a ultranza pasado por el horno de Menéndez Pelayo.

Si José Antonio llegó a comparar a la baja ante Serrano Suñer a Franco y su cuadrilla con su padre, Miguel Primo de Rivera, el anterior dictador que sirvió de colchón con muelle medio oxidado a Alfonso XIII, el militar se mostraba alérgico cuando se topaba con un retrato del líder de la Falange. Tanto que una vez llegó a comentarle a su cuñado: “¡Lo ves, siempre a vueltas con la figura de ese muchacho!”.

No existen historiadores serios de una u otra tendencia que lo nieguen: a Franco le vino al pelo la muerte de José Antonio. Es lo que sostiene Stanley G. Payne, reconocido como el mayor experto en todo lo que tenga que ver con la Falange: “Fue una situación complicada. Pidió un intercambio de prisioneros que se dio un año después con el canje de Fernández Cuesta. Podemos concluir que no hizo todo lo que podía hacer para lograrlo, como llevar a cabo una iniciativa personal al más alto nivel, pero es que tampoco quiso”. Mejor muerto que vivo. Más beneficioso en la tumba y sobrevolando, eso sí, el armazón del futuro estado totalitario como mito al que rezar en días de concentraciones patrióticas.

Entre los sublevados, callaron la noticia durante dos años y esperaron a que acabara la guerra para trasladar el cadáver de Alicante a El Escorial en una procesión propia de santurrón medieval. Lo hicieron con el cadáver a cuestas, andando y custodiado de noche por antorchas durante casi 500 kilómetros. Comenzaba entonces el nacimiento del mito. Y los beneficios del caído.

“Hoy, me dirijo a usted, mi general —y he esperado antes de molestarlo el probar todos los métodos— por si fuese posible el que usted me diera alguna noticia. No vea en mí una inconveniencia de sus preocupaciones y trabajo, ni mucho menos una falta de respeto. La verdad es que se ha convertido en hábito en todos los españoles la costumbre de confiar y poner en usted mi general nuestras esperanzas. Porque quiero evitar la posibilidad de tener una contestación y no recibirla —por estar aquí de paso— las señas más seguras son. María Santos Kant. Sección Femenina de la Falange. Juan Bravo 6. Segovia. Que Dios le premie mi general y nos le guarde por muchos años. Arriba España”.

Ni en Google, ni en los índices onomásticos. El rastro de María Santos Kant no aparece en ninguna de las biografías consultadas. Es un misterio para los expertos. De la vida sentimental de Primo se han escrito manantiales. Sobre sus tendencias sexuales, también. El gran amor imposible de su vida tuvo nombre y marido. De ella habla Ian Gibson en su ensayo En busca de José Antonio. Se llamaba Pilar Azlor de Aragón y Guillamas, duquesa de Luna, descendiente del reino de Aragón. Su relación se mantuvo desde 1927 pero acabó antes de que ella se casara en 1935 con Mariano de Urzaiz y Silva, oficial de la Marina.

Después… Misterio y muchas admiradoras. María Santos Kant podía ser una de tantas enfebrecidas fans del soltero de oro, abogado de éxito y diputado con porvenir. “Alguien que en mitad de la confusión se autocondecorara como la novia de José Antonio”, comenta Gibson. Pero, ¿a tan alto nivel? Ahí queda la pregunta para los historiadores. El caso es que obtuvo respuesta oficial. Escueta y ambigua, en la línea del más puro Franco siempre provisto de claroscuros y una baraja de ases en la manga.

La fechada en Salamanca el uno de Diciembre de 1.936 a la Srta M. S. Kant: “El Sr GENERAL FRANCO me encarga manifieste a usted que recibió su carta del 24 actual referente al Sr. Primo de Rivera. El Sr General no sabe directamente nada relativo a la suerte de dicho señor, porque las emisoras rojas aseguran haberlo fusilado y no es creíble lo digan sin que sea ello verdad, pues el mentir en este asunto no tendría para ellos utilidad. Sintiendo no poderle dar mejores noticias, usted disponga de su affmo…”.

La misiva confunde. Más cuando la confirmación plena llegó dos años después en el bando franquista. Un tiempo sobrado para vampirizar su endeble corpus de ideología fascista y ponerlo al servicio de un líder sin mucha imaginación teórica en cuestión de sistemas de pensamiento.

Franco tenía clara su acción. El aniquilamiento del enemigo: “Repito, cueste lo que cueste”, como le admitió el dictador al periodista estadounidense Jay Allen cuando le preguntó si para lograr sus fines tendría que matar a media España. Fue el mismo reportero que entrevistó a José Antonio poco antes de morir en la cárcel de Alicante.

Después, su objetivo se reducía a perpetuarse en el poder, también a cualquier precio. Para ello, en cuanto a Primo de Rivera, apenas pudo disimular su desaparición como un bendito golpe de suerte. El ausente, “dicho señor...”, se convertía en el espectro constantemente presente.

http://cultura.elpais.com/cultura/2015/03/11/actualidad/1426098184_448875.html
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Re: Los papeles de Franco

Mensaje por asterix el 12/3/2015, 12:29 am

Su cometido como jefe del Estado Mayor, en perfecta sintonía con Gil Robles, consistía principalmente en corregir las reformas que Azaña, una de sus bestias negras, había aplicado al ejército en su etapa de mando. Trabajaba hasta altas horas de la madrugada, incluidos fines de semana, para disgusto de su familia.


Me gustò este pàrrafo.....Creo que los DICTADORES MILITARES tienen caracterìsticas en comùn....HITLER tambìen la gustaba trabajar hasta altas horas de la madrugada...pero eso sì HABIA ORDENES EXTRICTAS de su estado mayor de no despertarle hasta las doce horas del medio dìa.

Fidel Castro otro ejemplo, con sus discursos maratònicos de seis a ocho horas de duraciòn.....


Saludos.
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Re: Los papeles de Franco

Mensaje por Von Leunam el 15/3/2015, 4:23 pm

El padre Llanos a Franco: ¿y los ejercicios espirituales?



Al padre José María Llanos le fueron toda la vida mucho más los viajes interiores que los exteriores. Y eso que conoció mundo, que tuvo que terminar sus estudios de Filosofía en Bélgica y Portugal tras la expulsión de los jesuitas previa a la Guerra Civil, que su deseo fue alistarse en la División Azul, que le mataron a dos hermanos en Granada y que, mientras miraba de reojo hacia España entre codazos de nostalgia, se dedicaba, inmerso en la lectura de Heidegger, a “vivir abismos”, decía.

Su viaje más largo no abarcó tantos kilómetros sobre el terreno, pero sí una distancia de años luz en sus entrañas. Tan solo 15 kilómetros. Los que separan la calle Zorrilla, en el centro de Madrid, del extrarradio del Pozo del Tío Raimundo. Un sendero que le llevó del falangismo y de prescribir ejercicios espirituales a Franco —como ocurrió en 1943— hasta un activo y meditado comunismo de barro hasta las rodillas, socorro a los marginados y trompazos con la ley.

Si en el mapa de su alma rota por tormentas medimos las palabras que en carta dirige al Palacio de Oriente en marzo de 1943 y después observamos su ficha como militante del PCE y Comisiones Obreras —primero en la clandestinidad y luego como ciudadano con pleno derecho de militancia—, nos hacemos una idea de lo que llegó a atravesar. Con la ayuda del documento que ha prestado a EL PAÍS la Fundación José María Castañé antes de legarlo a la Residencia de Estudiantes, tenemos alguna pista.

En pleno Madrid de colmena y abrigos raídos, el padre Llanos escribía a Julio Muñoz Aguilar, uno de los asistentes de Franco, desde el Secretariado Diocesano de Ejercicios Espirituales para Hombres: “Mi distinguido amigo: Ruégole encarecidamente se tome la molestia de ponerme unas letras comunicándome si ha tenido alguna noticia sobre el proyecto de Ejercicios Espirituales, de que le hablé hace un mes para S. Excelencia el Jefe del Estado. Al mismo tiempo, aprovecho gustoso la ocasión para ofrecerme a vd. por si desea realice alguna nueva diligencia…”.

Desde la Jefatura del Estado le respondieron un 13 de marzo, como hoy, pero de 1943: “Confirmando la conversación que tuve el gusto de celebrar con usted días pasados, aún no puedo comunicarle la fecha y circunstancias respecto a los ejercicios espirituales que Su Excelencia se propone tener. Tan pronto tenga de ello alguna noticia, se la trasladaré con verdadera satisfacción”.

Pero los tuvo. En la intimidad del Pardo, junto a su mujer, Carmen Polo, como cuenta Pedro Miguel Lamet en Azul y rojo (La Esfera de los Libros), su biografía sobre Llanos. Fue una historia cuando menos atrabiliaria. Llena de sinsentidos entre tiránicos y chaplinescos, de ida y vuelta en un contexto para el régimen de pleno apoyo a Hitler. “Él no quería, pero Franco se empeñó. Cada año hacía sus ejercicios con un jesuita y ese invierno se empeñó en hacerlos con Llanos”, dice Lamet.

Se lo comunicaron sin lugar a elegir. “No podemos decir que no”, le indicó su superior en la orden, el padre Belaustegui. No tuvo más remedio que insistir para que le fijaran la fecha. Por aquel entonces, el cura empezaba a caer del guindo victorioso para pasarse a la ciénaga oscura de los derrotados. Trastornado en sus convicciones franquistas marcadas a fuego, primero con el forzoso exilio de la compañía y luego con la imagen horrenda de dos hermanos acribillados —uno de ellos con el crucifijo en la boca—, Llanos comenzó a retar su propia saña de revancha. Había sido testigo de ejecuciones en calidad de confesor. Nada de aquello respondía a su idea del Evangelio. Ese que, según le confesaría a Francisco Umbral años después en el Pozo, “está lleno de información, porque Cristo vino a informar”.

Pero no sobre cruzadas ni imposiciones de fe a sangre y fuego, no de misas con pistolones ni sambenitos colgados de por vida a los hijos de los vencidos. A informar de injusticias y marginaciones, a ofrecer salidas como las que él dio en el Pozo, con su germen de Teología de la Liberación. Aunque eso viniera después, en el reducto de un barrio plagado de hambrientos y humillados a los que animaba a no pagar la contribución o a dar solo la mitad del billete de autobús si les ponían vehículos con los cristales rotos.

Antes se dieron los ejercicios. Fueron en el Pardo y, en vez de con prédicas del cura, con soliloquios del sátrapa. “Llanos me contó que era un creyente milagrero, que no dejaba de narrar batallitas y que estaba convencido de que había sido la Virgen de África quien había ayudado a los legionarios a cruzar el Estrecho en lanchas salvándoles de caer ante la vigilancia, además de que se le había aparecido Santa Teresa para acompañarle en su cruzada”, comenta Lamet. Los ejercicios no se repitieron. Pero de aquellos días, el jesuita logró bula para toda la vida. “Entró a formar parte de la lista de intocables. Cuando las revueltas del Pozo, en el Consejo de Ministros varios de sus miembros se quejaban de él. Se lo advirtió Alberto Martín-Artajo, amigo suyo y encargado de Asuntos Exteriores. Pero Franco se mostró muy claro: A Llanos, ni tocarlo”.

El cura lo sabía. Y farruco como era, de genio con pronto, temperamento inflamable y retranca con envite, había días que le daba por retar a la autoridad: “Se presentaba en la Dirección General de Seguridad y decía: ‘Vengo a que me detengan’. Pero los guardias no podían hacer nada. Figuraba en la lista”.

Labró una acción de barrio con medalla, se impuso al sistema con boina, zapatillas y poemas a modo de espadas ante la represión. Guisó el germen de Comisiones Obreras, levantó el puño en el primer mitin del PCE, junto a Carrillo, recién aterrizado. Con la democracia, siguió en su sitio: calentando el frío de los yonquis con mono a base de Nescafé y galletas, sin dejar un solo día de rezar el rosario ni de leerse sus novelas. Más lejos de los tratados de filosofía y más cerca de las aceras, sin dejar de hacerse a sí mismo misa, aunque no aparecieran feligreses. Sin miedo a irse, como comentó en 1991 a Javier Rivas en una entrevista publicada en este periódico: “Morir es como subir del portal a mi casa”.

http://cultura.elpais.com/cultura/2015/03/12/actualidad/1426188168_810693.html
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Re: Los papeles de Franco

Mensaje por Von Leunam el 15/3/2015, 4:32 pm

Franco y Hitler: un odio interesado



El Eje fue un salón de desconfianza a tres bandas. Hitler, Mussolini y Franco. El trío quería dominar Europa y perpetuarse en el trono con poder absoluto. Para ello, se necesitaban. Pero, al tiempo que se enviaban telegramas de felicitación y agradecimiento, como el que publicamos hoy perteneciente a la Colección José María Castañé, se colaban espías por el patio trasero que realizaban informes sobre las mutuas debilidades y en cuanto se daban la vuelta se criticaban como porteras.

Hitler y Mussolini despreciaban a Franco. Los dos acabaron en el hoyo tragándose sus fracasos políticos y militares. El español murió en la cama tras haber jugado todas las bazas a su favor: las del fascismo y, después, dulcificando su imagen como el protector paterno para la patria que él jamás tuvo en casa, las de las democracias occidentales.

La novia a cortejar en los años treinta era Alemania. Franco mandó a Berlín hombres de toda confianza y consiguió su apoyo. Para el dictador español, la alianza nazi fue clave a la hora de ganar la guerra. Para Hitler, aunque algunos de sus colaboradores le quitaran importancia, fue fundamental tener bajo su yugo a España y Portugal con dos regímenes de su cuerda sin necesidad de invadir nada.



El alemán no tardó en atender sus ruegos bajo los efluvios wagnerianos de Sigfrido. El 24 de julio de 1936, apenas una semana después del golpe militar, se decidió. Cuando salía de una representación de la tercera parte de El Anillo del Nibelungo, en Bayreuth, dirigida por Wilhelm Furtwängler, le esperaban una delegación de emisarios de Franco con el empresario alemán Johannes Bernhardt como cabeza visible. Le pidieron 10 aviones de transporte de la mayor capacidad posible, 20 piezas antiaéreas de 20 mm., 6 aviones de caza Heinkel, ametralladoras y fusiles con munición en abundancia y bombas aéreas de varios tipos, hasta 500 kilos.

Al principio, dudó: “Esa no es forma de empezar una guerra”, clamó, tal y como recoge Paul Preston en su biografía sobre Franco. Pero después, Hitler dobló el requerimiento. Para empezar, 20 aviones y 5.000 soldados en una acción acorde con lo que retumbaba en sus oídos. Lo llamó Operación Fuego Mágico (Unternehmen Feuerzauber), un homenaje al héroe con trazas de superhombre que atraviesa las llamas para liberar a Brunilda.

Las acciones de los alemanes en la guerra tuvieron varios frentes. El más salvaje fue el bombardeo de Guernica. Pero la colaboración estuvo teñida de constantes tiranteces que acabaron con la negativa de Franco a involucrarse en la ofensiva europea.

Aún así, guardó las formas y envió un mensaje de agradecimiento para Hitler nada más terminar la Guerra Civil que pertenece a la colección Castañé y, según Preston, es desconocido: “Al recibir vuestra felicitación y la de la nación alemana por la victoria final de nuestras armas en Madrid os envío con la gratitud de España y la mía personal los sentimientos más firmes de la amistad de un pueblo que en los momentos difíciles ha sabido encontrar sus verdaderos amigos”.



El lenguaje resulta propio de la afectada verborrea fascista. La realidad de sus apreciaciones hay que buscarla en otras frases. Sobre todo, del lado contrario. Por ejemplo, como la que Hitler soltó al conocer la desaparición de otro de los generales golpistas: “La verdadera tragedia para España fue la muerte de Mola, ahí estaba el auténtico cerebro, el verdadero líder. Franco llegó a la cima como Poncio Pilatos al Credo”.

Ya escocía entre los nazis la negativa que se produjo en Hendaya en 1940. Allí Franco, se quejó ante su cuñado, Ramón Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores, progermánico y una de las figuras más poderosas del régimen: “Estos alemanes lo quieren todo sin dar nada a cambio”. Ellos pensaban igual. Según algunos testigos, tras el fracaso estrepitoso de aquellas conversaciones, Hitler acabó considerando a Franco “un cerdo jesuita”. En 1942, también le dedicó una flor con tintes racistas: “Cuando aparece en público está siempre rodeado de la guardia mora. Ha asimilado todo el manierismo de la realeza y cuando vuelva el rey será el ideal mozo de estribos”.

Lo que todo esto prueba, aparte de pésimo gusto, es que a lo que se daban con fruición enmascarada en hipocresía era a la política, las alianzas y la estrategia común. Eso sí, con la nariz tapada: “Las intenciones de Hitler al involucrarse en la guerra española respondían a todo, menos al cariño personal”, comenta Preston.

Nazis y fascistas italianos vinieron bien para lo que vinieron. Pero como observa Preston en su memorable estudio de referencia, lo que realmente apuntaló al régimen fue su alianza con otro estado: El Vaticano. Ahí no se dieron fisuras. Al terminar la guerra, a través de la radio, Pío XII, le consagró: “Con inmenso gozo, bendigo a los nobilísimos y cristianos sentimientos de que han dado pruebas inequívocas el jefe del Estado y tantos caballeros”. Amén.

http://cultura.elpais.com/cultura/2015/03/13/actualidad/1426270034_810705.html
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Re: Los papeles de Franco

Mensaje por Von Leunam el 18/3/2015, 1:52 pm

La religiosidad del Caudillo



Las fuentes primeras son la sustancia de la historia, la materia a partir de la cual los historiadores evaluamos los hechos y a la gente implicada en ellos, como participantes o como testigos.

Los documentos de la Fundación José María Castañé que EL PAÍS ha reproducido y comentado pertenecen a esa categoría. Un claro ejemplo es el intercambio de correspondencia entre el entonces sacerdote falangista José María Llanos y el asistente de Franco Julio Muñoz Aguilar, en 1943, que nos sitúa en el pista de la religiosidad de Franco, del interés eclesiástico por conducirla y del uso beneficioso que de él hizo el Caudillo.

Franco era “católico práctico de toda la vida”. Así lo veía el cardenal Isidro Gomá, primado de la Iglesia española, cuando le habló de él por primera vez al secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Eugenio Pacelli, futuro Pío XII, el 24 de octubre de 1936. Gomá no había mantenido todavía contacto personal con Franco, pero ya percibía “que será un gran colaborador de la obra de la Iglesia desde el alto sitio que ocupa”.

A ese alto sitio le habían encaramado sus compañeros militares de rebelión el 1 de octubre de 1936. Gomá le envió un telegrama de felicitación por su elección de “Jefe de Gobierno del Estado Español” y Franco le contestó que, al asumir esa jefatura, “con todas sus responsabilidades, no podía recibir mejor auxilio que la bendición de Vuestra Eminencia”. "Rece", le pedía Franco," ruegue a Dios en sus oraciones que me ilumine y de fuerzas bastantes para la ímproba tarea de crear una nueva España”.

Franco cuidaba ya por esas fechas, tres meses después del golpe de Estado contra la República, de pregonar su religiosidad. Había captado, como la mayoría de sus compañeros de armas, lo importante que era meter la religión en sus declaraciones públicas y fundirse con el “pueblo” en solemnes actos religiosos.

Una vez establecido como jefe de la España llamada nacional, cuenta Paul Preston, sus propagandistas moldearon una imagen de “gran cruzado católico” y su religiosidad pública, apenas perceptible hasta ese momento, experimentó una notable transformación. Desde el 4 de octubre de 1936, hasta su muerte el 20 de noviembre de 1975, Franco tuvo un capellán privado, el padre José María Bulart. Oía misa todos los días y, cuando podía, se juntaba por la tarde con su señora, Carmen Polo y Martínez de Valdés, a rezar el rosario. Era un “cristiano ejemplar”, un “bonísimo católico”, decía el cardenal Gomá, “que no concibe el Estado español fuera de sus líneas tradicionales de catolicismo en todos los órdenes”.

Obispos, sacerdotes y religiosos comenzaron a tratarlo como un enviado de Dios para poner orden en la “ciudad terrenal” y Franco acabó creyendo que, efectivamente, tenía una relación especial con la divina providencia.

Tras la victoria de su ejército en la Guerra Civil, la jerarquía eclesiástica se planteó muy en serio el objetivo de “recatolizar” España. La Iglesia era el alma del nuevo Estado, resucitada después de la muerte a la que le había sometido la República y el anticlericalismo. La Iglesia y la religión católica lo inundaron todo: la enseñanza, las costumbres, la Administración y los centros de poder. Los ritos y manifestaciones litúrgicas, las procesiones y las misas de campaña convivieron con el saludo romano, llamado nacional en vez de fascista, el canto del Cara al sol y el culto al jefe, cuyo rostro se recordaba en las monedas con la leyenda “Caudillo de España por la gracia de Dios”.

Tras la derrota de los fascismos en la Segunda Guerra Mundial, la defensa del catolicismo como un componente básico de la historia de España sirvió a la dictadura de pantalla en ese período crucial para su supervivencia. El nacionalcatolicismo acabó imponiéndose en una país convertido en reino sin rey en 1947, aunque tenía Caudillo, y en el que el partido único dejó de tener aliados en Europa a partir de 1945. Franco era como un rey de la edad de oro de la monarquía española, entrando y saliendo de las iglesias bajo palio.

Murió tres décadas después bendecido por la Iglesia, sacralizado, equiparado a los santos más grandes de la historia. Canonistas, benedictinos, dominicos y otros eclesiásticos pidieron “la instrucción de la causa de Canonización”. Como había solicitado el padre Llanos, Franco y su esposa tuvieron en diversas ocasiones sus ejercicios espirituales, dirigidos por él y, entre otros, por Josemaría Escrivá de Balaguer, Aniceto de Castro Albarrán o José María García Lahiguera, arzobispo de Valencia en 1975, quien en la homilía del funeral que le dedicó dijo de él que era un “hombre de fe, caridad y humildad”.

En ese momento, el padre José María Llanos ya había hecho el viaje desde el falangismo al comunismo y al compromiso con los pobres, el mismo que hizo una parte del clero desde la Cruzada a la disidencia y lucha contra la dictadura. Atrás quedaban cuarenta años de historia de España dominada por “el enviado de Dios hecho Caudillo”.

Julián Casanova es autor y coordinador de Cuarenta años con Franco (Crítica).

http://cultura.elpais.com/cultura/2015/03/16/actualidad/1426526501_500562.html

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Re: Los papeles de Franco

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