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El Ejército Alemán de Churchill

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Xicoténcatl
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El Ejército Alemán de Churchill

Mensaje por Xicoténcatl el 31/12/2014, 4:05 pm

El Ejército Alemán de Churchill




Valientes bajo otra bandera

Jacinto Antón

Seis soldados veteranos de la Segunda Guerra Mundial que, a pesar de haber nacido en Alemania, lucharon en el ejército británico explican su experiencia en los campos de batalla. Una tarde de relatos sensacionales, a la par que terribles, en el hogar inglés de la historiadora Helen Fry, autora de un libro sobre dichas vivencias.

Este grupo de hombres de la tercera edad algo achacosos que bromean como chiquillos mientras se dejan fotografiar en la cocina de una casita en el norte de Londres reúnen más valor y coraje del que se podría juntar en cualquier otro lugar del mundo. Fueron soldados, valientes soldados, pero eso no lo más importante: para luchar contra el mayor de los males que la historia ha conocido no dudaron en cambiar la fidelidad a su país por la lealtad a los principios de la humanidad y pelearon bajo bandera ajena. Eran alemanes y se enrolaron durante la II Guerra Mundial en el Ejército británico, con todas las humillaciones, sinsabores y dudas que ello conllevaba, sabiendo además, que de caer en manos de sus compatriotas les esperaba una muerte segura por traición. Lo hicieron en el frente lo mejor que pudieron, que fue mucho: sus cicatrices y sus terribles historias lo prueban elocuentemente. Varios de ellos habían sido deportados y torturados por ser judíos en Alemania, lo que no les libró de sufrir injustas sospechas al vestir su nuevo uniforme y cobrar el simbólico chelín del rey. Si alguna bandera, si alguna causa, si alguna persona merece que uno se cuadre y salude con respeto, éste es el caso. En estos cinco hombres valientes buscará inútilmente alguien un resquicio de arrogancia o soberbia: no lo hay. Cuentan sus experiencias de guerra con humildad, incluso temiendo aburrir y disculpándose de antemano por sus lagunas, sus reiteraciones y el discurrir a veces inevitablemente peregrino de sus memorias. Pero cuando al final de esta larga e intensa tarde de relatos sensacionales, vivencias terribles y existencias plenas abren generosamente su círculo e invitan al entrevistador a retratarse con ellos, a quien firma estas líneas se le hará un nudo en la garganta, y mientras le abrazan con fuerza incorporando al intruso por un instante en la verdadera comunidad de los héroes y los valientes, entenderá, de una manera casi física, al borde de las lágrimas, rebosante de admiración y de envidia, de qué diferente pasta pueden estar hechos los hombres.

La reunión con Willy Field, ex tanquista (y ex preso en Dachau); Colin Anson, ex miembro del comando de las fuerzas especiales; Bill Howard, ex marino de la Royal Navy; Geoffrey Perry, ex agente de la T Force para crímenes de guerra y responsable de la captura a tiros de Lord Haw-Haw, y Harry Rossney, ex miembro de la unidad de registro de tumbas, dedicado a identificar, enterrar y honrar a los caídos, es en el hogar de la historiadora Helen Fry, autora de un libro iluminador sobre la tan desconocida peripecia de los 10.000 alemanes y austriacos que lucharon por Gran Bretaña en la guerra contra Hitler. Unos few muy numerosos. Se calcula que uno de cada siete refugiados de esas nacionalidades se alistó en las Fuerzas Armadas del país, para el que continuaban siendo legalmente alemanes, pese a servir bajo su bandera. Se acuñó para ellos el cariñoso y paradójico apelativo de The King Most Loyal Enemy Aliens, los extranjeros enemigos más leales al rey, que es como se titula el libro de Fry (Sutton, 2007), en el que se basa un extraordinario documental de National Geographic Channel (Digital +, dial 61) que se emite el martes día 1 de septiembre a las 23.15, El ejército alemán de Churchill. A la reunión en casa de Fry en Temple Gardens, en Golders Green, falta, por estar de viaje, uno de los inicialmente convocados, Ken Adam (originalmente, Klaus Adam), que fue piloto en la RAF y a los mandos de uno de los potentes y devastadores Hawker Tempest Typhoon atacó a las fuerzas acorazadas alemanas en Falaise y, lo que debió darle más satisfacción, destruyó un cuartel general de la Gestapo. Es una pena no poder contar con él (¡con lo que nos gustan los aviadores!), uno de los escasísimos alemanes que sirvieron en la aviación de combate aliada. Adam, además, tiene una interesante vida posmilitar: se metió en la industria cinematográfica y se encargó del diseño de producción de varios filmes de James Bond; además es sir. Por suerte, unos días después le pillaré por teléfono.

Al llegar a casa de Fry, que ha preparado té y sándwiches para la ocasión -así que el encuentro tiene algo de festiva merienda campestre-, los invitados ya están dispuestos. Se encuentran en el saloncito, que muestra las huellas de los revoltosos gemelos de Fry. Deciden que lo mejor es hablar con ellos de uno en uno y le toca en suerte empezar a Howard. Los demás le desean buena suerte entre bromas y se van a la cocina a ver si encuentran algo mejor que té (parece que sí, porque al poco se oyen grandes risas). Nos instalamos en un tresillo baqueteado. Bill Howard nació como Horst Adolf Hezberg -y cabe imaginar lo que le debía disgustar luego lo de Adolf- en 1919 en Berlín. Huyó del país a Gran Bretaña en 1938 después de haber sido puesto bajo vigilancia por la Gestapo. Es un hombre tímido, pero muy agradable, que luce un traje azul oscuro con una minúscula insignia de los veteranos de la Navy en la solapa. "Siendo judío decidí unirme a las fuerzas armadas británicas", recuerda. "Sabía que si ganaba Hitler estábamos perdidos". Conocían la existencia de los campos, "pero no imaginábamos la dimensión completa de lo que allí ocurría". Como todos los otros leales enemies aliens, a Howard no se le dejó ingresar directamente en principio en el ejército, sino en el no combatiente Pioneer Corps. Se les entrenaba para trabajos auxiliares sin armas. Y a menudo se les trataba muy rudamente y como simple mano de obra. "Me enviaron a Francia en 1940, y cuando los alemanes rompieron el frente nos dijeron, entonces sí, que había llegado el tiempo de luchar y nos dieron viejos rifles y unas cuantas balas para enfrentarnos a los panzers". Al igual que irán manifestando luego todos sus compañeros, Howard no tenía ningún problema en enfrentarse a sus compatriotas a tiros: "Ellos me habrían matado sin duda". Tras vivir la retirada de Dunkerque, Howard volvió a ser separado del servicio activo hasta 1943, cuando logró entrar en la Royal Navy, un destino -como la RAF- muy restrictivo con quien no fuera británico. Sirvió en varios buques, interceptando mensajes en alemán. Su trabajo era secreto. Le encanta contar la anécdota del capitán del crucero HMS Bellona, que cuando se enteró por el propio Howard de que tenía un alemán a bordo masculló agitando la cabeza: "Espero que el Almirantazgo sepa lo que está haciendo". Lo sabía: nuestro hombre no sólo participó activamente en la caza del Tirpitz y en la escolta de convoyes, sino que posiblemente salvó a su propio barco al captar voces que permitieron averiguar la presencia de un submarino al acecho y atacarlo. "¡Bien hecho!", le dijo entonces el mismo oficial. ¿Qué pensaba de los U-Boot? "Los odiaba, no sentía ninguna identificación con sus tripulantes, ni tampoco compasión; no eran compatriotas. Eran el enemigo. Su destrucción significaba mi salvación". Del asunto peligroso de los convoyes camino de Kola Bay, en Rusia, con los mercantes ardiendo como teas en el mar gris plagado de tiburones de acero, dice con modestia que era "muy frío y aburrido". Howard ha regresado en ocasiones a Berlín para visitar a la familia de su madre, judía, que sobrevivió al Holocausto. "Pero no me siento alemán en absoluto".

Willy Field (Willy Hirschfeld, Bonn, 1920) es el más encantador de este grupo entrañable. Fue conductor de tanques en el octavo regimiento de húsares mecanizados, parte de las famosas ratas del desierto. Tiene el pelo muy blanco y habla con marcado acento alemán. "En Alemania todo fue bien hasta que llegaron los nazis. Éramos judíos, aunque no practicantes. Luego mi padre perdió el trabajo, lo perdimos todo. Las cosas fueron a peor. Recuerdo la sinagoga de Bonn ardiendo la Noche de los Cristales Rotos. Un día la Gestapo me detuvo. Aún puedo oír el sonido espantoso de la puerta de la celda al cerrarse. Tenía 18 años y preguntaba ingenuamente: '¿Qué he hecho?'. Me deportaron en 1938 a Dachau. Es difícil explicar lo que presencié allí. Cada día gente que no lo soportaba se lanzaba contra las vallas electrificadas. A veces pasábamos hasta 10 horas formados para el recuento, al raso. Tenías que ir con mucho cuidado de no cometer ningún error. Al final, después de tres meses, mis padres me localizaron. Consiguieron sacarme de ahí y me enviaron a Inglaterra". Field hace una larga pausa: "Sólo volví a ver a mi hermana gemela". ¿Los otros murieron? Parece no oír. ¿Murieron? "Sí, en Minsk". Desde Gran Bretaña trataron de salvar a la familia, "pero ya era demasiado tarde". Trabajó en granjas, en algunas le trataron mal por ser alemán. Al estallar la guerra se alistó. Tras Dunkerque, con la psicosis de invasión, lo enviaron junto con otros centroeuropeos a Australia, en parte por su propia seguridad, en parte por la paranoia de una quinta columna. Un viaje terrible. "Para los guardias británicos todos éramos nazis, puedo entenderlo. Era duro, pero estábamos vivos. Y Hitler no podía invadir Australia". A finales de 1941, al empezar a cambiar la marea de la guerra, los reclamaron de vuelta para pelear. "Mi ambición era conducir tanques, por estúpido que parezca. El entrenamiento fue muy riguroso. Obtuve mi boina negra y fui a un buen regimiento. Por entonces había cambiado ya la forma de vernos. Yo ya no era alemán, pero tampoco aún británico, pese al cambio de nombre". En su tanque Cromwell Mk IV, la tripulación como "una familia", Field vivió tremendas aventuras bélicas. "¿Cómo me sentía combatiendo a los alemanes? Me sentía muy bien, feliz y orgulloso. No era por venganza, pero estaba harto de los nazis. Recuerdo a los primeros prisioneros, me hicieron interrogarlos y les sorprendía ver a un británico que hablara tan bien el alemán". En 1944, camino de Nimega, un antitanque les alcanzó con un disparo directo. "El comandante, John Sutherland, y el artillero, Albert Parfitt, estaban muertos, traté de sacar al radiooperador, John Gardner, y entonces recibimos un segundo impacto y el tanque se incendió. Él murió y yo quedé malherido. Fui el único superviviente". ¿Cómo es estar bajo el fuego? "Es difícil de explicar, no estás asustado. Me asusté más cuando me llevaron a volver a ver nuestro tanque y vi cómo había quedado. La infantería los llamaba ataúdes de acero por algo". Field tuvo otro tanque y la inmensa satisfacción de desfilar en Berlín ante Churchill y los otros líderes aliados en julio de 1945 durante la Parada de la Victoria. Dice que la visión de la capital del Reich destruida no le provocó ningún sentimiento. "En aquel momento pensé que se lo merecían". Acabó como sargento. En 1947 le concedieron la ciudadanía británica. En 2001 tuvo los arrestos de visitar Dachau.

GeofFrey Perry (Horst Pinschewer), de 85 años, entra en la habitación con una taza en las manos y una gran sonrisa. Su voz es extrañamente suave y dulce y contrasta con su aspecto corpulento. En su juventud, durante la guerra, fue un joven atractivo, con un aire a lo Sal Mineo. Escapó a los 13 años de Berlín, en 1938, con su familia, cuando las cosas se pusieron insoportablemente mal para los judíos. Intento ver en sus ojos algo del horror que descubrió al entrar en el campo de Bergen-Belsen el 26 de abril de 1945, sólo 11 días después de la liberación. Pero sólo hay amabilidad. Tiene los pies muy hinchados. Explica su mejor historia, la captura del traidor Lord Haw-Haw (William Joyce), que le hizo célebre. "Estaba en una unidad especial de desnazificación. Tomamos Radio Hamburgo y leímos desde sus micrófonos el primer mensaje aliado. Desde allí había emitido sólo dos días antes Lord Haw-Haw su propaganda dictada por Goebbels". Poco después, recogiendo leña, él y un compañero se toparon con un tipo sospechoso. "Su voz sonaba igual que la tan conocida del traidor, y al pedirle que se identificara metió la mano en el bolsillo. Eso no me hizo muy feliz. Y cuando le vi sacar un arma, disparé la mía. ¿Dónde? En el culo. Le atravesé ambas nalgas: con una bala hice cuatro agujeros. No era una herida mortal, pero sí muy molesta". Se regodea en la ironía: "Yo, un alemán en uniforme británico, atrapaba al mayor traidor británico que trabajaba para los nazis. Una tremenda coincidencia". Perry deplora que colgaran a Lord Haw-Haw, que al final no tenía crímenes de sangre.

Un descanso permite ir a la cocina a por un refrigerio. El fotógrafo aprovecha para retratar al grupo. "Es para Madame Tussaud", bromea Field. Harry Rossney (Helmuth Rosettenstein, nacido en Koenisberg en 1919) es un caso especial: chupado y con bigotito, tiene la apariencia menos marcial que pueda imaginarse. En realidad, su tarea en la guerra no fue lo que se dice tipo Hazañas bélicas. Se la pasó haciendo cruces.

"Las hacía y enseñaba a otros a hacerlas", explica tímidamente. "Fui llamado a filas en Alemania. Por dos semanas evité incorporarme y eso me salvó sin duda la vida. Tres primos míos murieron en Stalingrado". Rossney llegó a Inglaterra en 1939 y desde el principio lo tuvo claro: no quería llevar armas ni matar. "Y eso hice, serví en el ejército, pero no luché ni maté a nadie, pedí entrar en una unidad no combatiente". Una de sus experiencias más penosas fue cuando en Normandía encontró una cruz con un casco alemán encima agujereado por la bala de un francotirador: al leer el nombre vio que se trataba de la tumba de uno de sus mejores amigos del colegio. Lo enrolaron en la Graves Registration Unity por su pericia como diseñador, su conocimiento de idiomas y su buena letra. Se ocupaban de diseñar, tallar, pintar e inscribir cruces. "Qué te voy a decir, era un trabajo muy deprimente. Estabas rodeado de muerte continuamente. Jóvenes muertos en la flor de la vida. Recogíamos a la gente y la enterrábamos con propiedad. Era una labor interminable. Siempre hacían falta cruces. Calculo que hice unas 10.000. Había que hacer bien aquello, cada nombre debía quedar claro y bonito, sin acortarlo". Algo de la fúnebre tristeza y melancolía del trabajo de Rossney empapa la conversación. "No soy un hombre religioso, no voy a la sinagoga, pero acepté mi destino, comprendí que hacía un trabajo necesario. Me lo tomé muy en serio. Está en mi naturaleza ser muy profesional. Las cruces que dejé tras de mí eran todas adecuadas. Es lo menos que podía hacer. Ésa fue mi guerra".

El último veterano de la tarde inolvidable es el que vivió una guerra más audaz -sobre todo si lo comparamos con Rossney-. Colin Anson (Claus Leopold Octavio Ascher), nacido en Berlín en 1922, consiguió entrar en los selectos Royal Marine Comandos. Se presenta, bromeando, como en un interrogatorio militar: "¡Nombre y rango!". Pero luego mostrará una pérdida repentina de memoria -lo normal cuando uno tiene una edad y lo han malherido en Sicilia en un ataque de Stukas- y se disculpará de manera entrañable: "Lo siento, no tengo mi mejor día". Le acompaña su mujer, Alice, née Gross, judía vienesa que también huyó de su pardo país y sirvió en la WAAF (auxiliares femeninas de la fuerza aérea). "Al cambio de nombre, que se hacía por razones de seguridad, llegué cuando todos los nombres corrientes estaban cogidos, y entonces me vino a la cabeza el del almirante Anson, que me pareció muy británico". ¿Por qué se metió en los comandos? "Era mi responsabilidad hacer algo, y parecía que en operaciones clandestinas podía ayudar especialmente a ganar la guerra, admito que también había algo atractivo en el prestigio de las unidades de élite". En los comandos enseñaban a matar con arma blanca y hasta con las manos desnudas. "Es cierto, pero yo no maté a nadie de esa manera. Disparé, pero no sé si le di a alguien. En realidad no recuerdo", ironiza en referencia a la última película de Tarantino, "ninguna lección de cómo arrancar cabelleras o destripar al enemigo. Lo cierto es que preferíamos coger prisioneros. La lucha más fuerte la viví en Yugoslavia. Nos enfrentamos a una gente poco agradable, la división Prinz Eugen de las Waffen SS, reclutada entre fascistas croatas y dirigida por oficiales austriacos de las SS que eran unos nazis fanáticos". Vaya, conoció al aventurero sir Fitzroy MacLean? "Bitte?", se le escapa en alemán a Anson. Y al repetirle la pregunta: "Sí, sé a quién se refiere, lo lanzaron en paracaídas con Tito, pero no le conocí personalmente". Bromea con la tremenda herida sufrida, que le dejó el cerebro al aire. "Usaron un trozo de cráneo de alguien que ya no necesitaba el suyo", señala, dándose golpecitos con el puño en la cabeza. "Fue duro, pero gracias a ello me perdí Anzio y Montecassino". Cuando se le insiste en que es curioso que alguien en su situación -alemán de origen- decidiera servir en una rama del ejército en la que había que enfrentarse tan directamente al enemigo, casi mirándole a los ojos, como quien dice, recalca que él, a pesar de considerar que la barbarie nazi tenía que ser destruida -y no como algo abstracto: su padre murió en Dachau-, no tenía nada en particular contra los alemanes, sólo contra los nazis. "Yo me sentía, además, completamente un soldado británico. Nunca me vi como un traidor, siempre pensé que estaba en el lado bueno. Jamás tuve la sensación de luchar contra mi país o mi gente, sino contra un totalitarismo inhumano, no creo que mi posición, la de todos nosotros, fuera diferente de la de los españoles que combatieron a Franco".

Anson considera que ni él ni sus colegas fueron grandes héroes. "Hicimos lo que teníamos que hacer". La frase resume lo que fue la guerra de estos hombres valientes que hoy, tras conjurar su perdida juventud, entrechocan alegres sus vasos apoyados en la lavadora mientras un resplandeciente rayo de sol ilumina afuera el pequeño jardín y un mundo, gracias a ellos, indudablemente mejor.

Unos días después, ya en España, consigo entablar comunicación telefónica con Ken Adam, el que faltaba del grupo. Se muestra no menos encantador que el resto de sus camaradas desde su casa de Knightsbridge. "Me encantaba volar", dice el viejo piloto con un suspiro. "Y no se puede imaginar lo que eran los Typhoon, unos aparatos extraordinarios, probablemente los aviones más poderosos del mundo". Cuando se le pregunta por la destrucción del cuartel de la Gestapo, ríe travieso, y uno cree escuchar al joven y audaz piloto de antaño. "Fue una satisfacción, sí, aunque no veías gran cosa al ir a toda velocidad y disparar una salva de ocho cohetes; destruías un montón. Tendría que ver lo que hacíamos con los panzers, incluso los pesados tigers volaban por los aires. Pero debías apartarte en seguida para no sufrir los efectos de tus propias explosiones". No en balde le llamaban Heinie, the tank buster. Como sus compañeros de The King's Most Loyal Enemy Aliens, Adam tiene una simpática tendencia natural a relativizar su actuación en la guerra. "Tenía amigos en los Lancaster y me parecía que lo suyo, ir a bombardear y ser diana cada noche de los antiaéreos y cazas alemanes, sí que era coraje, hasta que un día uno me dijo que al menos ellos iban acompañados, toda una tripulación, mientras que yo volaba siempre solo; eso me dio que pensar". De lo de luchar contra sus compatriotas dice que no le producía un sentimiento especial. "Me sentía muy afortunado de poder hacer algo, de luchar para acabar con los campos de concentración y las cámaras de gas, donde perdí a mucha familia". No tuvo ningún problema, recalca, por ser alemán en la RAF. "Mi escuadrilla, la 609ª, era muy internacional, franceses, belgas, australianos, neozelandeses, y con un gran espíritu de cuerpo: éramos un equipo, como de rugby o críquet. Buenos camaradas".

Al despedirnos y cortar la comunicación, la voz del antiguo piloto sigue flotando unos instantes en el aire, envolviendo el mediodía de verano en una maravillosa atmósfera hecha de vieja nobleza de los cielos, memoria de coraje y auténtico valor.

http://elpais.com/diario/2009/08/23/eps/1251008814_850215.html

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