Este es un foro dedicado a las Fuerzas Armadas Mexicanas así como de los diferentes Cuerpos de Policía y demás entes que se dedican a la Seguridad interna de México.


Telegrama zimmerman 1917 ( mexico y la 1ra guerra mundial

Comparte
avatar
DIABOLO
Recluta
Recluta

Mensajes : 8
Masculino
Edad : 30
Localización : ZAPOPAN, JALISCO

Telegrama zimmerman 1917 ( mexico y la 1ra guerra mundial

Mensaje por DIABOLO el 19/12/2014, 10:10 pm

Enero 16 de 1917



Nos proponemos comenzar el primero de febrero la guerra submarina, sin restricción. No obstante, nos esforzaremos para mantener la neutralidad de los Estados Unidos de América.

En caso de no tener éxito, proponemos a México una alianza sobre las siguientes bases: hacer juntos la guerra, declarar juntos la paz; aportaremos abundante ayuda financiera; y el entendimiento por nuestra parte de que México ha de reconquistar el territorio perdido en Nuevo México, Texas y Arizona. Los detalles del acuerdo quedan a su discreción [de Von Eckardt].

Queda usted encargado de informar al presidente [de México] de todo lo antedicho, de la forma más secreta posible, tan pronto como el estallido de la guerra con los Estados Unidos de América sea un hecho seguro. Debe además sugerirle que tome la iniciativa de invitar a Japón a adherirse de forma inmediata a este plan, ofreciéndose al mismo tiempo como mediador entre Japón y nosotros.

Haga notar al Presidente que el uso despiadado de nuestros submarinos ya hace previsible que Inglaterra se vea obligada a pedir la paz en los próximos meses. Telegrama enviado por el ministro de Asuntos Exteriores del Imperio Alemán, Arthur Zimmermann, al embajador alemán en México, Heinrich von Eckardt.

El telegrama Zimmerman. Bárbara Tuchman. (Fragmentos)

Enero 17 de 1917



Intriga Internacional

Desde 1914 el general Huerta había estado esperando, en Barcelona, el momento del regreso. En febrero de 1915 un enviado alemán, el capitán Franz van Rintelen, le ofreció respaldar un golpe militar. El propósito alemán era provocar una guerra entre Estados Unidos y México... para que se desviaran las municiones norteamericanas que entonces eran enviadas a los aliados.

La situación de Wilson era delicada y los alemanes esperaban lograr embarcarlo en una aventura más desastrosa que la de Veracruz. Ahora estaba enredado en el peor de los líos, mezclado a las riñas de los revolucionarios del otro lado del Río Grande (Bravo). La Revolución había reducido a México, durante el año anterior, a una sangrante ruina... mientras los generales Félix Díaz y Orozco, adictos a Huerta, preparaban la contrarrevolución. Cada facción tenía sus favorecedores y detractores norteamericanos que trataban de presionar a Wilson.

Los residentes norteamericanos de la frontera, propietarios de haciendas, gritaban pidiendo intervención; los liberales gritaban contra ella... ¡Pobre México! -se lamentó una vez Porfirio Díaz- ¡Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos!" No eran solamente los alemanes quienes esperaban beneficios de una contrarrevolución. Los intereses petroleros, encabezados por Doheny y el senador Fall, el cobre de Guggenheim, los capitalistas ferrocarrileros, las grandes inversiones norteamericanas en México, buscaban mayor seguridad. Todos los emigrados del régimen huertista estaban dispuestos a la lucha. En Washington, como en El Paso, los había a centenares.

Franz van Rintelen tenía inteligencia, osadía -cierta megalomanía importante en un agente secreto- y una confianza en si mismo: estaba decidido a abrir un frente norteamericano en México. Tenía 38 años, era de alta estatura, simpático, de buena familia, hablaba un correcto inglés y habla vivido en México y Sudamérica. Llegó a New York el 3 de abril de 1915. Victoriano Huerta arribó diez días más tarde, el 13 de abril. Sus probabilidades de éxito no eran de ninguna manera escasas.

Rintelen tenía sobrado material en qué trabajar. Los más prominentes huertistas intrigaban en Washington. Y contaba con canales apropiados en México, el ministro alemán, los cónsules, los agentes comerciales, la comunidad alemana compuesta de 4.000 súbditos... Sin embargo, dentro de la embajada en Washington, le fue hostil el entonces agregado militar y futuro canciller del Reich, mayor Franz van Papen, también acreditado en México, que lo consideraba un intruso en su terreno. Los agentes confidenciales norteamericanos, ingleses, carrancistas, villistas, seguían todos los pasos de Huerta. Tanto Carranza como Villa, al enterarse del regreso de Huerta, pusieron el grito en el cielo, pidiendo la deportación o la extradición del ex dictador. El gobierno de Wilson, aunque todavía ignoraba su relación con Alemania, vigilaba al indeseable huésped. Rintelen y Huerta conferenciaban en el hotel Manhattan. Huerta pedía fondos para comprar armas... en Estados Unidos, apoyo moral y submarinos para desembarcar a lo largo de la costa mexicana las armas para sus partidarios, que se levantarían en cuanto él pasase la frontera. Por su parte, una vez en el poder, declararía la guerra a los Estados Unidos. Es poco probable que Huerta pensase en esto seriamente, pero a Rintelen le interesaba que Wilson desviara su atención hacia otro punto que no fuera Europa. Durante aquellas semanas se compraron en St. Louis 8 millones de cargas de cartuchos y se pidieron 3 millones más a New York. Se depositó una suma preliminar de $800.000 dólares en la cuenta de Huerta en el Banco Alemán de La Habana, así como $95.000 dólares en la cuenta de México. Se prometieron a Huerta diez mil fusiles y un primer crédito de $10.000 dólares y se entablaron pláticas con Félix Díaz para que éste provocara un alzamiento en el sur. Huerta, cuya familia había venido de España, partió a su destino.

El momento era muy oportuno. Estados Unidos y Alemania, con motivo del hundimiento del Lusitania, habían llegado al borde de la guerra. El viernes 25 de junio el general Huerta, con el pretexto de ir a visitar la Exposición de San Francisco, abordó un tren hacia el oeste. El sábado, el secretario Lansing, del Departamento de Estado, recibió la noticia de que Huerta había cambiado de tren en Kansas City y era esperado en El Paso. El señor Cobb, agente del Departamento en esta ciudad, esperaba instrucciones. Cobb había descubierto que Huerta proyectaba dejar el tren en Newman, Nuevo México, a veinte millas de la frontera, donde debía encontrarse con el general Orozco, que lo llevaría en automóvil a territorio mexicano. Cobb, con un coronel y 25 soldados, detuvo a Huerta y a Orozco y se los llevó a El Paso. Allí Huerta recobró su libertad mediante una fianza de 15.000 dólares. Cobb comunicó a Washington que la simpatía de la gente de negocios estaba a favor de Huerta, que podía pasar a Ciudad Juárez en cualquier momento. Diez mil hombres de Orozco esperaban por él. Cobb pedía que se alejara a Huerta de la frontera. El 2 de julio Orozco escapó a México y Washington ordenó la detención de Huerta, quien se negó a ninguna transacción. Los telegramas de Cobb eran frenéticos: "Orozco está concentrando fuerzas en las montañas, movimiento muy completo y fuerte." El 9 de julio Huerta fue trasladado a la prisión militar de Fort Bliss. Cobb respiró. El 6 de julio, Rintelen recibió la orden de regresar a Alemania pues sus actividades eran ya conocidas en Washington. Zarpó el 3 de agosto... Tuchman. Bárbara: El Telegrama Zimmermann (Resumen del capitulo V) (1960).

Alemania tuvo en cuenta al comenzar 1917 la grave situación en que se encontraban Inglaterra y Francia, la postración de Rusia, y la repugnancia de Wilson y los americanos de entrar en la contienda. Resolvió entonces el Estado Mayor del káiser aplastar de un tremendo golpe, con la guerra submarina a los europeos, pero con un gran esfuerzo, para impedir que Estados Unidos declarara la beligerancia. Fijando el primero de febrero de 1917 como comienzo de la guerra submarina irrestricta. El 16 de enero, el canciller Zimmermann envió al embajador Von Bernstorff a Washington, para transmitir al embajador Von Eckhardt, a México, el telegrama 157, que dice: "Hacemos a México una propuesta de alianza con las siguientes bases: Hacer juntos la guerra y la paz, generoso apoyo financiero, y entendimiento de que México para reconquistar sus territorios perdidos en Texas, Nuevo México y Arizona. Por su propia iniciativa el Presidente de México debe invitar al Japón a adherirse inmediatamente y mediar entre Japón y los alemanes. Actualmente hay el prospecto de obligar a Inglaterra a hacer la paz dentro de pocos meses". "El 5 de febrero de 1917, cuando se firmaba en México la nueva Constitución, y cuando se hacía presente Henry P. Fletcher con el carácter de embajador de Estados Unidos, Zimmermann envió un nuevo telegrama, directamente a Von Eckhardt, pidiéndole a su excelencia tratar la cuestión de la alianza sin demora con el presidente Carranza, quien podría por su propia cuenta sondear al Japón. Previsto que México dudara, se le ofrecía una alianza definitiva después de la conclusión de la paz, siempre que lograra atraer al Japón".

Captado el primer mensaje por los ingleses y entregado a los americanos, tras tormentosas dudas, fue publicado el primero de marzo, y el secretario de Estado, Lansing, afirmó su autenticidad. El 3 de febrero, al comenzar la agresión submarina ilimitada, Estados Unidos había roto sus relaciones con Alemania. "Wilson no quería ir a la guerra, pero estaba ya bajo la guerra de los sucesos" esto dijo el belicista republicano Cabot Lodge. El 18 de marzo siguiente, bajo la afrenta de tres barcos mercantes americanos hundidos por los Boats, Wilson declaró la guerra a Alemania. Muchos se inclinaron a decir que el telegrama Zimmerman había sido factor de los más importantes en esta decisión. El embajador Eckhardt negó haber recibido los telegramas. En Alemania, Zimmermann negó primero la autenticidad del telegrama, pero acabó admitiendo ser el autor del plan.

En México, según Bárbara W Tuchman, el ministro de Relaciones, general Candido Aguilar, "mintió sencillamente: hasta hoy (marzo 2) el gobierno mexicano no ha recibido del gobierno imperial alemán ninguna proposición de alianza". El Ministro del Japón expresó su completa ignorancia del asunto. La política alemana en .América Latina continuó siendo la de provocar conflictos con Estados Unidos en todas partes.

Ahora es el momento en que el autor de estas líneas haga memoria, como corolario de los acontecimientos trascendentes que se vienen narrando, y cuyo índice perpetuamente honroso y orientador para México fue la alta visión y firmeza con que el presidente Carranza y todos los revolucionarios que lo sostenían, supieron probar ante el mundo que nuestra patria era una nación soberana, dueña de su propio criterio y de sus destinos, al mantener la neutralidad durante la Primera Guerra Mundial; ahora es el momento de revelar una plática que considero el complemento de todo lo expresado. Ellas son las declaraciones del general Cándido Aguilar, ministro de Relaciones del gobierno de Carranza en los días en que ocurrieron aquellos acontecimientos, me hizo su último confidente, cuando se encontraba en artículo mortis, internado en el Hospital Inglés de la capital mexicana, donde dejó de existir poco después. Sus palabras que procuro estampar lo más exactamente posible, fueron las siguientes:

"El 5 de febrero de 1917 fue sin duda el más glorioso día para don Venustiano Carranza, y para todos los que seguimos su plan de restauración de la constitucionalidad y apertura de una nueva era en que México habrá de comparecer en el mundo como país liberado de minoridades y mediatismos afrentosos; usted, como mi antecesor en la Secretaría de Relaciones, y yo como secretario en esa oportunidad, podemos recordar la satisfacción inmensa y las esperanzas con que contemplamos el momento en que la Revolución, guiada por su jefe, respetable, honrado y cabal en sus decisiones, alcanzaba la meta que aspirábamos: Dar una Constitución y con ella pensábamos una pauta para el honor y la felicidad de nuestro pueblo.

"Había otro hecho -continuó el general Aguilar- que resaltaba ese momento histórico: desde el asalto de Huerta al poder, y las contingencias sucesivas, las relaciones de Estados Unidos con los revolucionarios fueran anormales, no hubo embajadores, hasta que por negociaciones llevadas a cabo, después de haber asumido la presidencia don Venustiano, convinieron los dos gobiernos fijar el 5 de febrero de 1917 para restablecer el trato amistoso y normal entre ambos países. La llegada de Henry P. Fletcher investido con el cargo de embajador por Wilson, y el nombramiento que hizo don Venustiano del señor licenciado Eliseo Arredondo como su representante en Washington, ocurrían precisamente cuando factores de gravísimo alcance, entre ellos, invento o realidad, el telegrama Zimmermann, anunciaba la ruptura definitiva de Estados Unidos con los imperios centrales. Precipitáronse los sucesos, por los estragos de la guerra submarina se intensificaba por los barcos norteamericanos que hundieron en Nueva York. Fue entonces, cuando Inglaterra solicitó al gobierno mexicano que no diéramos entrada en nuestros puertos a los submarinos alemanes; tomando en consideración de ser nuestro país neutral; hubimos de responder al Foreign Office que la obligación en este caso correspondía a la escuadra inglesa, para no dejar salir de sus escondites a los U-Boats.

"Don Venustiano en su momento más dichoso como patriota y estadista, después de la firma de la Constitución, resolvió tomarse unos días de descanso, si bien con la vista puesta en problemas locales y en la situación general del país que poco a poco iba pacificándose; y ordenó que aplazáramos todo lo que fuera posible para la solución de asuntos de poca importancia.

"El señor Fletcher estaba muy impaciente por presentar sus credenciales, para iniciar pláticas que según decía, eran del mayor interés para el presidente Carranza. Avanzando febrero, se iban acumulando y agigantándose los choques que ocasionarían con estallar en la declaración de guerra por parte de los Estados Unidos y aclarar la supuesta proposición de Alemania de una alianza con México y Japón, para atacar a Estados Unidos. Wilson, empujado por Cabot Lodge, el belicoso senador, y por el secretario de Estado Lansing, había encontrado la solución: obligar a México a declarar la guerra a Alemania, con lo que taparía el torrente de las intrigas germanojaponesas, según creían. Esta era la misión inmediata, que en forma de ultimátum escrito, traía el embajador Fletcher para ponerla a la consideración de Carranza. Informe a las peticiones del señor Fletcher, la dificultad que había por el momento para entregar sus credenciales por la ausencia de la capital de la República, del señor Presidente. El ultimátum era muy sencillo, como lo son todos los que envían los países poderosos, a los que juzgan débiles y por esto imposibilitados de oponerse a su voluntad: México debía declarar la guerra inmediatamente a Alemania, o bien, Estados Unidos iba a declarar la guerra a México.

"Profundamente entendido de la gravedad de aquella amenaza, prosiguió diciéndome el general Aguilar y con mi experiencia en casos como el de desembarcos americanos en la Huasteca, amenazas que no pudieron detener el curso victorioso de la Revolución yo, estuve firme en respetar las instrucciones del señor Carranza, de cuya sabiduría teníamos bastantes pruebas, mañosamente fui aplazando el acto solemne de la recepción oficial del embajador, dando tiempo a que cumpliera sus propósitos secretos el señor Carranza, quien en la bella Guadalajara, según noticias que diariamente nos llegaban era objeto de agasajos y manifestaciones cariñosas no sólo populares, sino de la sociedad tapatía".

Anotamos que la declaración del general Aguilar coincide con lo que expresa en la página 188 de su libro Bárbara W. Tuchman:

"La presión americana para que Carranza repudiara a los alemanes, no alcanzó más que los esfuerzos que Wilson había hecho sobre el general Huerta para hacerlo saludar la bandera. Aun cuando el embajador Fletcher viajó para ver personalmente al presidente mexicano en Guadalajara, Carranza quedó truculentamente (así) incooperativo. Él debería decir solamente, que ninguna proposición alemana se le había hecho a él; y evitó responder a la pregunta de lo que haría si semejante proposición se le hiciera" .

A su vez, informó el Embajador, al señor Carranza sobre la proposición que había hecho su Gobierno, de que se llevase a cabo el embargo y embarque de armas a los combatientes.

"No pudiendo dilatar más a las instancias, del Embajador, quien me había entregado el ultimátum, le prometí transmitirlo al Presidente; estuve de acuerdo en acompañarlo a Guadalajara para entrevistarme con el señor Carranza. El ultimátum lo llevaba yo, oculto en mi equipaje, y nadie supo de él hasta entonces; lo había traducido al español la empleada de Relaciones, señorita María Méndez, quien era la encargada de guardar nuestro código cifrado. Ciertamente los días en que forzadamente pude resistir ante las instancias del embajador de Wilson quien apremiaba la decisión de México contra el káiser, fueron angustiosos, pues esperábamos de un momento a otro, los informes de Washington sobre la situación general, se hacían más alarmantes y confusos, cualquiera estallido bélico dirigido a contrarrestar los efectos de la aniquilante ofensiva submarina, podría envolver a nuestro país, ya que las acusaciones de la prensa amarillista de Hearst enrostraban a México el cargo, de ocultar en sus puertos y aprovisionar de combustibles, a los temidos U -Boats.

"Por otra parte, en el camino a Guadalajara, prevalecían grupos beligerantes, que ofrecían indudables peligros que yo no dejaba de argumentar como excusa para ver al Presidente; más el Embajador había querido hacerle frente a todo. Sus instrucciones eran Imperiosas. Esa prisa sugiere la idea de que Wilson intentó detener la tormenta que se le venía encima, por su demora en declarar la guerra, persiguiendo un adelantado gesto belicoso de México, al cual la prensa amarillista y los senadores encabezados por Cabot Lodge, habrían tenido al menos, que saludar como un triunfo diplomático. Pero conocedor yo de los tamaños de nuestro Presidente y de su inquebrantable decisión de mantener a México en el pleno dominio de su independencia, sin sumisión a necesidad o caprichos extraños, hube de resistirme con toda mi firmeza a la presión del Embajador, apegado a la táctica de dejar pasar el tiempo, con lo que estaba seguro de mantener imperturbable la monolítica actitud del señor Carranza. Hablando pues en el lenguaje propio de nuestro pueblo, me clavé aquel ultimátum, confiado en la bondad de nuestra causa y a la buena fortuna de México, que tantas veces ha podido salir indemne de tremendos peligros.

"El viaje a Guadalajara, lento por el estado de las vías, no se efectuó sin sobresaltos; más de una vez la presencia de partidas insurrectas que obligaban a detener la marcha del convoy y a tomar posiciones de combate a nuestra escolta, dio ocasión a que el Embajador justificara mis demoras. Sobrepasados esos incidentes, llegamos a Guadalajara.

"En la hermosa capital tapatía esperaba el señor Embajador otra muralla de dificultades. El Presidente estaba ocupado en la solución de incontables asuntos urgentes, unos relativos a las campañas que aun se libraban en el norte contra los dispersos grupos villistas, en el centro contra los remanentes zapatistas siempre activos en varias comarcas, y en muchas otras regiones donde todavía no terminaba del todo la pacificación; pero además, dedicaba gran parte de su tiempo en la reorganización civil de los estados de occidente. Instruyó entonces el señor Carranza al personal que lo acompañaba, pues ante la inusitada prisa del Embajador por legalizar su situación quizás había entrado en sospechas sobre la principal misión que traía, para que improvisaran y se deshicieran en bienvenidas y agasajos con el señor Embajador norteamericano, suscitando esta actitud oficial un entusiasmo parejo en la brillante sociedad tapatía, amiga de las fiestas en que pueden ostentarse la hermosura de sus mansiones coloniales, la belleza de las damas y el lujo de sus costumbres antañonas. Invitaciones a saraos, a días de campo, a conocer edificios virreinales y lugares próximos deleitables, de todo esto pudo gozar el señor Embajador en los primeros días de su estancia en aquella urbe que reúne tan variados atractivos bajo el encanto de sus cielos y de su clima. Y sospechamos que la delicia del señor Fletcher hubiera sido completa, si la ominosa carga que traía en su cartera hubiera sido menos punzante.

"Mas llegó por fin el día en que el señor Carranza hubo de fijar fecha para la entrega de credenciales. Cruzados los breves discursos que contenían los cumplidos de rigor en tales ocasiones, ni tardo ni perezoso el señor Fletcher presentó ante el presidente Carranza, sin eufemismos, el dilema que imponía Washington: '0 ruptura inmediata con Alemania, o guerra contra México'.

"Como yo lo esperaba, en aquella entrevista que pude presenciar como secretario de Relaciones que era, la posición del señor Carranza fue perfectamente clara e invariable: 'Yo no tengo motivo para romper relaciones con Alemania' dijo. Y ante los argumentos expuestos por el Embajador, y acotados éstos, ante la reiterada imposición del dilema trágico, el Presidente sin mostrar ni temor ni impaciencia, y con plena conciencia de todo lo que se jugaba en sus palabras, confirmó su imposibilidad de romper relaciones con una nación de la que México no tenía nada que sentir, y de la que siempre había sido amigo nuestro país.

"Expuesto todo el acervo de las instrucciones que traía, el representante de Wilson, preguntó al señor Carranza: ¿Y el telegrama Zimmermann? ... Sin enturbiarse un punto la claridad de sus anteojos, el grande hombre de México, respondió a Fletcher: 'Usted acaba de decirlo, el telegrama, en caso de que exista, es de Zimmermann, no es de nosotros para él. No tenemos ningún conocimiento de ese telegrama ni podemos ser responsables de actos ajenos'. Y tendiendo en la mano el papel del ultimátum para devolvérselo a Fletcher, terminó el diálogo con la misma decisión con que había empezado: 'señor, yo no tengo absolutamente motivo para hacer la guerra a ningún país'.

"Y allí quedó el pavoroso dilema. Quizás esperando nueva ocasión para reabrir tan rudo e infortunado tema, el señor Embajador despidióse del Presidente. Quizás en Washington se comprendió, ante la actitud de Carranza, cuán injusta además de oprobiosa e inconveniente, sería una nueva agresión contra México, cuando precisamente se había hecho el reconocimiento del gobierno de Carranza para evitarla, teniendo por delante los submarinos y los ejércitos del káiser Guillermo II. El dilema era de una guerra obligada contra Alemania o contra los Estados Unidos, que los belicistas de Washington intentaron someter a México, se deshizo así ante la lógica y ante los mundiales sucesos de 1917". Fuente: Fabela Isidro. Arengas revolucionarias. Mis memorias de la Revolución. Memorias de un diplomático. México, Instituto Mexiquense de Cultura (Col. Biblioteca Isidro Fabela: Obra Histórica. 1994. Tomado de: Crónica Ilustrada de la Revolución Mexicana


Última edición por ·¦·Füµ®€R·¦· el 19/12/2014, 10:12 pm, editado 1 vez (Razón : Edición de titulo por abuso de mayúsculas)

    Fecha y hora actual: 17/8/2017, 4:32 pm