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Centenario de la Primera Guerra Mundial

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Von Leunam
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Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 16/1/2014, 4:32 pm

Europa conmemora el centenario de la primera Guerra Mundial



Francia, centro de dos conmemoraciones

Francia fue el principal campo de batalla de la Primera Guerra Mundial. Fue la encrucijada sangrienta en la que se enfrentaron docenas de países. Con 1,7 millones de muertos y 4,6 millones de heridos, fue la que proporcionalmente más la sufrió en sus carnes después de Serbia. Estos dos aspectos explican que, cien años después de la guerra de 1914, Francia esté en el centro de dos conmemoraciones.

Una es popular y nacional, consistente en más de 1.500 manifestaciones, exposiciones, conciertos, ceremonias, coloquios, un millar de los cuales poseen la etiqueta de la Mission du Centenaire —la Misión del Centenario—, el organismo oficial creado al respecto por el gobierno. Para no hablar de la proliferación editorial y cinematográfica que va a invadir las librerías y las pantallas durante todo el año.

Porque casi cada francés posee, en su memoria o en su desván, en sus mitos familiares o en sus recuerdos escolares, una imagen de la Gran Guerra. Con la desaparición de los últimos testigos vivos de la catástrofe, esas imágenes se instalan, cien años después, en el primer plano del relato nacional sobre la Primera Guerra Mundial. El lazo que une a cada familia con la prueba más terrible que ha sufrido jamás la existencia de Francia como nación está simbolizado en la página web de acceso libre creada por el ministerio responsable de los veteranos de guerra, en la que figuran los expedientes individuales de todos los soldados "muertos por Francia".

La segunda conmemoración es de ámbito mundial. Francia acogerá en su suelo a miles de descendientes de los combatientes, llegados de todos los países beligerantes, que también conmemorarán su suerte y sus sufrimientos de sus respectivos soldados. 31 de ellos, procedentes de Albania y Yemen, organizarán los actos gracias a la financiación de la Mission du Centenaire. Cien años después, los retos políticos, los intereses económicos y las divisiones nacionales, religiosas y étnicas que empujaron a los pueblos de Europa y, de rebote, a los de todo el mundo, a enfrentarse entre sí, parecen olvidadas o, al menos, mitigadas en comparación con la catastrófica dimensión de sus consecuencias.

Las disputas historiográficas —sobre las responsabilidades de la guerra, la capacidad de los hombres y las sociedades para encajar una violencia de tal dimensión, las consecuencias de la guerra y la paz de Versalles, las conmociones sociales, la gloria y los errores de los generales— parecen también más apaciguadas.

Por supuesto, todos los "hombres de buena voluntad" descorazonados por la gigantesca matanza, todos los dirigentes políticos en busca de un nuevo impulso para crear una verdadera Europa política unida, desean convertir esta conmemoración en una oda a la Paz. También en 1918 la Europa exangüe estaba convencida de haber aprendido la lección de la guerra que iba a acabar con todas las guerras... Pero la paz, ayer y hoy, es un combate.

POR: Antoine Reverchon (Le Monde)
Italia conmemora con actividades didácticas y de investigación

Como las palabras tienen un sentido y un peso determinados Italia, cuyo rechazo a la guerra está consagrado en el artículo 11 de la Constitución, no celebra la primera Guerra Mundial, sino que la conmemora. Es decir, se propone recoger las consecuencias de esta experiencia histórica y sus repercusiones en las vidas, la cultura, el desarrollo de las instituciones y la memoria colectiva y aprovechar las tecnologías informáticas para conservarlas, con el fin de que quienes vengan detrás de nosotros, en el futuro, puedan disponer de esa memoria. En resumen, todo muy científico, todo útil para el gran público, y nada que sea efímero.

La Presidencia del Consejo ha confiado el programa de conmemoraciones a un comité interministerial encabezado por el subsecretario Giovanni Legnini, que se apoya en una comisión de historiadores y científicos y una unidad operativa encargada de trasladar a la práctica las instrucciones recibidas y armonizar las actividades promovidas por las distintas entidades involucradas.

El inicio de las conmemoraciones será común a todos los países que intervinieron en el conflicto, y se producirá el próximo mes de junio en Sarajevo, donde comenzó la guerra. Después, el programa —perfilado pero todavía no definitivo, dado el largo tiempo en el que va a desarrollarse, 2014-2018— se dividirá en tres líneas principales. La primera consiste en una serie de conferencias con personajes que tienen iniciativas propias a propósito del centenario. Se trata de coordinar para evitar las superposiciones y la dispersión de recursos. Así, por ejemplo, se implicarán en un plan más general los ministerios de Defensa, Educación y Bienes Culturales, el Instituto de historia del Risorgimento, el Istituto Luce, el Archivo Central del Estado, la RAI, el Archivo Ligur de Escritura Popular, el Archivo de los recuerdos particulares de Pieve Santo Stefano, etcétera.

A continuación, de acuerdo con la segunda línea, se pondrán en marcha varias iniciativas destinadas a reunir los recuerdos del acontecimiento bélico y hacer que estén siempre disponibles: una labor de investigación, estudio, recolección de documentos escritos, visuales, sonoros y materiales, para que confluyan en un memorial virtual al alcance de los investigadores, las escuelas y los ciudadanos particulares.

En este sentido habrá cinco grandes proyectos: un plano de documentación fotográfica, el acondicionamiento de museos y la restauración de los 10 monumentos militares, entre ellos la Casa della terza armata, que permitirá un recorrido sensorial —visual, sonoro, táctil y hasta olfativo— por la realidad de la vida en el frente, la renovación del museo histórico del Arsenal de Venecia y, por último, un itinerario razonado por los lugares de la Gran Guerra, a lo largo de 1.500 kilómetros entre el monumento de Stelvio y el de Redipuglia.

Otra vía —la tercera— será la de la investigación científica e histórica, en colaboración con las universidades y los archivos. De estos estudios surgirán exposiciones y una colección de publicaciones específicas. Habrá también una serie de iniciativas de las regiones que fueron escenarios del conflicto: Véneto, Lombardía, Friuli y Trentino.

Asimismo, la cadena RAI Storia elaborará una programación de memoria y enseñanzas para las escuelas. Todo el proceso culminará con una película que ya se está rodando —con el título provisional de 14-18— , escrita y dirigida por Ermanno Olmi y que se presentará en el Festival de Venecia.

POR: Raffaello Masci (La Stampa)
60 millones de euros para la celebración en Gran Bretaña

En los últimos meses, a medida que se aproximaba el centenario de la primera Guerra Mundial, se han multiplicado en el Reino Unido las preocupaciones por la complejidad que caracteriza al conflicto de 1914-1918. ¿Cuál es el relato histórico que debe servir de guía —si es que debe— a los planes oficiales? ¿El gobierno tiene intención de glorificar las guerras contemporáneas? ¿La corrección política y el deseo de no ofender a los europeos actuales pueden hacer que se olviden los triunfos militares británicos?

Lo más importante de todo: ¿le interesa a la población qué estamos conmemorando?

"A la gente le interesa mucho la guerra, pese a que sabe poco de ella y, en algunos casos, la confunde o la mezcla con los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial", dice Sunder Katwala, de British Future, un think-tank que ha hecho encuestas y ha organizado seminarios en todo el país para evaluar los sentimientos sobre el conflicto. "Lo que saben es que había trincheras y barro, y que Alemania estaba en el otro bando. También es muy famosa la tregua de Navidad. Pero en general no conocen los detalles históricos, y da la impresión de que hace falta cierta ayuda para entenderlos”.

Mientras tanto, el gobierno, impertérrito, sigue adelante con sus planes para la conmemoración, que tendrán un presupuesto de unos 50 millones de libras (60 millones de euros), una cantidad nada insignificante en un país que sigue atrapado en unos planes de austeridad económica a largo plazo.

En su mayoría, la clase política británica está de acuerdo en que la conmemoración debe servir para hacer una reflexión seria, si bien ha habido alguna escaramuza después de que, el día de año nuevo, el ministro de Educación, Michael Gove, hiciera hincapié en que el conflicto fue una "guerra justa" para defenderse de la agresión alemana y que "los intelectuales de izquierda" están "inventándose cuentos" sobre el papel de Gran Bretaña.

El homólogo de Gove en la oposición, el laborista Tristram Hunt, calificó los comentarios de "groseros", aunque los titulares se ocuparon más de las críticas dirigidas al ministro por Tony Robinson, uno de los actores de Blackadder Goes Forth, una popular serie emitida en 1989 por la BBC en la que se representaba a los jefes militares británicos como unos personajes cobardes y ridículos.

Entre las conmemoraciones previstas están el centenario del primer día de la guerra, el 4 de agosto de 2014, el del comienzo de la Batalla del Somme, el 1 de julio de 2016, y otros actos para recordar las batallas de Jutlandia, Galípoli y Passchendaele y el día del Armisticio, en 2018.

Se está distribuyendo dinero entre cientos de grupos y comunidades que planean distintos actos, unos grandes y otros pequeños; por ejemplo, una subvención que permitirá que las ciudades hermanadas de Newark en Inglaterra y Emmendingen en Alemania reproduzcan el partido de fútbol de la Navidad de 1914 que reunió a las fuerzas enemigas que ocupaban las trincheras del Frente Occidentaen en una tregua extraoficial.

Otros beneficiarios de los fondos son, para su sorpresa, los pacifistas, que van a recibir 95.000 libras para llevar a cabo proyectos que den a conocer el papel que desempeñaron los más de 16.000 objetores de conciencia de la época. Otro programa, organizado por la Royal British Legion, animará a la gente y a los ayuntamientos a comprar semillas de amapolas de Flandes para plantarlas en sus tierras, en un intento de cubrir todo el Reino Unido con la flor asociada a la conmemoración de los muertos de guerra británicos.

No obstante, hay críticas contra todos estos planes, sobre todo procedentes de los activistas contra la guerra, que se han unido en una campaña llamada No Glory (Nada de gloria), con el apoyo de personajes famosos como los actores Jude Law y Alan Rickman y la poetisa laureada Carol Ann Duffy.

No Glory afirma que el gobierno promueve cada vez más el uso de las amapolas en la solapa para disimular la falta de apoyo a las guerras más recientes e impopulares, y le acusa de ignorar que la Primera Guerra Mundial fue un conflicto entre imperios y la cuna de la maquinaria de guerra moderna.

Las encuestas, al menos por ahora, indican que ese sentimiento no está muy extendido entre la gente. En la encuesta de British Future, ante la frase de que es preocupante que se haga una gran campaña para conmemorar la guerra, porque es superfluo y puede fomentar el conflicto y el nacionalismo, solo está de acuerdo el 19%, y más del 50% está en desacuerdo.

En realidad, según indican otras encuestas, algunos aspectos de la guerra pueden ser incluso elementos de unificación en la Gran Bretaña multicultural de hoy. Un elemento que se desprende de los sondeos es que la presencia de tropas de la Commonwealth es la única cosa que la gente joven sabe con tanta probabilidad como los ancianos, y las minorías con tanta probabilidad como los blancos.

"Los ejércitos que lucharon en la Primera Guerra Mundial, seguramente, se parecían más a la Gran Bretaña de 2014 que a la de 1914", dice Sunder Katwala, de British Future.

"Es una historia muy controvertida, que habla de unos hombres que lucharon por un imperio, y antes muchos se habrían resistido a llevarla a las aulas. Pero quizá hemos llegado a un punto en el que consideramos que es importante decir que, independientemente de lo que opine cada uno, esta es la historia de este país y es más compleja de lo creíamos".

POR: Ben Quinn (The Guardian)
Campos de batalla, escenarios de conmemoración en Alemania

El año conmemorativo 2014 sigue una llamativa concepción escénica: donde más intensamente se celebra es allí donde más sangrientos y duros fueron los combates entre 1914 y 1918 y donde no quedó nada salvo paisajes arrasados: en el norte de Francia y en Bélgica, sobre todo en Flandes.

Los belgas conmemoran primero los 100 años del ataque alemán a las "ciudades mártires" y a sus habitantes, lugares que fueron destruidos premeditadamente por los alemanes, entre ellos Lovaina, cuya gran biblioteca fue consumida por el fuego en 1914. A todo esto hay que decir que Francia celebrará los actos solemnes junto a Bélgica y Gran Bretaña en una campaña conjunta bajo el lema: "Nunca más una guerra". Por el contrario, Alemania tiene dificultades con la coreografía del recuerdo. El presidente francés Francois Hollande se reunirá el 3 de agosto de 2014 en Alsacia con el presidente federal alemán Joachim Gauck en los antiguos campos de batalla donde se celebrarán numerosos actos oficiales.

Pero en la propia Alemania, la memoria de momento ha quedado atascada en la maraña de la burocracia. Es cierto que existe toda una plétora de exposiciones, proyectos y publicaciones. El Museo Histórico Alemán de Berlín dedicará una exposición especial a la Primera Guerra Mundial que se podrá contemplar del 5 de junio al 7 de diciembre de 2014. Pero todavía no hay ningún plan global organizado de eventos oficiales que se vayan a celebrar en la República Federal. Por lo que parece, en el Gobierno federal la planificación ha sido víctima del largo proceso de formación de la coalición. Ninguna instancia parece sentirse realmente responsable. Pero la situación cambiará pronto, o al menos eso dicen.

Por lo menos, la lentitud burocrática contrasta con el vivo interés de la opinión pública. Novedades editoriales sobre la historia de la preguerra ocupan los primeros puestos de las listas de libros más vendidos. En los periódicos y foros en Internet las reflexiones sobre la historia gozan de gran popularidad. Y un pequeño debate entre historiadores sobre la culpabilidad alemana en el estallido del conflicto y la confrontación histórico-política con la guerra a lo largo de un siglo también dejará huella.

POR: Joachim Káppner (Süddeutsche Zeitung)

http://internacional.elpais.com/internacional/2014/01/13/actualidad/1389610735_499969.html





La Gran Guerra sigue viva

El año 2014 ha nacido mirando hacia el pasado, hacia 1914, cuando Europa comprobó que el Siglo de las Luces, la revolución tecnológica de la modernidad, la esperanza y la confianza en el futuro podían quedar destrozados en la gran carnicería de la Primera Guerra Mundial.

El conflicto estalló en el verano de hace un siglo, unas semanas después del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, el 28 de junio en Sarajevo. Pocas conmemoraciones históricas han provocado un aluvión similar de novedades editoriales y un debate tan profundo. La Primera Guerra Mundial es el conflicto más influyente, sobre todo para Europa, incluso más que la segunda, pero el problema está en que todavía no hay un acuerdo global sobre su origen.

EL PAÍS y sus socios periodísticos europeos ('Le Monde', 'La Stampa', 'Gazeta Wyborzca', 'Süddeustche Zeitung' y 'The Guardian') hemos dedicado un especial al centenario de este conflicto, cuyas huellas pueden verse en muchos aspectos de la actualidad. Más allá de las fronteras europeas y de Oriente Próximo, profundamente marcadas por el resultado de aquella contienda que acabó con la desaparición de los imperios Austrohúngaro y Otomano, la técnica se convirtió en un elemento esencial de las guerras, el reclutamiento forzoso se generalizó, el movimiento obrero se hizo fuerte, estalló el movimiento de emancipación de la mujer y también el pacifismo.

Conocida como la Gran Guerra hasta que llegó la Segunda Guerra Mundial, todavía más grande, movilizó a 70 millones de soldados y mató a unos nueve millones de combatientes. Somme o Verdún se cuentan entre las batallas más sangrientas de la historia. Fue también la primera guerra en la que se utilizaron armas químicas y los avances del progreso y de la ciencia dieron lugar al desarrollo de una industria militar y armamentística.

Pero la Gran Guerra fue grande por otros muchos motivos. Se implantó un nuevo equilibrio político, cayeron imperios, de los que surgieron nuevos Estados, y desaparecieron tres dinastías. La Alemania derrotada y humillada en Versalles acabaría por convertirse en la Alemania nazi. Y no hay que olvidar que la Revolución Soviética forma parte de la Primera Guerra Mundial.

Pero, por encima de todo, hay un factor que nos conecta directamente con lo ocurrido en 1914: ¿Por qué? El historiador Christopher Clark, autor del influyente ensayo Los sonámbulos (The sleepwalkers) sobre el arranque del conflicto, reflexiona sobre las causas que motivaron el estallido de la Primera Guerra Mundial, que son todavía, 100 años después, objeto de un encendido debate político y historiográfico. “En los últimos años, las afinidades se acumulan. Es ya casi un tópico decir que el mundo en el que vivimos se parece cada vez más al de 1914”, escribe Clark,  quien evita lo que llama paralelismos fáciles pero deja muchas preguntas inquietantes sobre la mesa. Hablar de 1914 es hablar de 2014: quizás la única respuesta segura.

http://internacional.elpais.com/internacional/2014/01/15/actualidad/1389785824_855302.html


Última edición por Von Leunam el 16/1/2014, 4:42 pm, editado 1 vez
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 16/1/2014, 4:36 pm

La guerra vista por los que la vivieron



Dorothy Ellis, Reino Unido.
"Se suponía que iba a ser la guerra que acabara con todas las guerras pero no lo fue”

Durante su noviazgo no surgió el tema de la Primera Guerra Mundial. Fue después de casarse cuando advirtió una cicatriz del tamaño de una moneda en la parte inferior de la pierna de su marido, Wilfred.

“Al principio no hablamos de la guerra”, dice. “Teníamos muchas otras cosas de las que hablar. Y, como a muchos otros hombres de la época, no le gustaba hablar de lo que había vivido. Pero cuando vi la herida le pregunté. Me dijo: ‘Es un agujero de bala’, y entonces empezó a contarme cosas poco a poco”.

Dorothy, de 92 años, es la última viuda superviviente de un soldado británico de la Primera Guerra Mundial. No nació hasta tres años después de la guerra y no se casó con Wilfred hasta 1942. Pero sus recuerdos de él, las conversaciones que mantenía y las escasas reliquias que conserva de cuando él era un adolescente que luchaba en el horror embarrado del Frente Occidental ofrecen un extraordinario, frágil y valioso eslabón con la Gran Guerra.

“Cuando vi la cicatriz me contó cómo le dispararon en el tobillo y casi no podía andar”, recuerda Dorothy. “Se apoyó en el hombro de un amigo que le ayudó a atravesar la tierra de nadie. Llegaban balas de todas partes, pero consiguieron esquivarlas y llegar al otro lado. El amigo le dijo: ‘Aquí estamos, no puedo hacer más por ti’. Wilfred contestó: ‘Muchas gracias’”.

Estaban metiendo a los heridos en carromatos. Wilfred preguntó si podían llevarle y se las arregló para subir. “Ocupó la última plaza”, dice Dorothy.

Wilfred tenía 19 años y no le dejaron remolonear en el hospital. “Había tantos muertos que les ordenaban volver al frente incluso aunque todavía no estuvieran bien del todo”.

Dorothy sabe con exactitud la fecha de la herida porque Wilfred la anotó en la primera página de una Biblia diminuta que llevaba, hoy una reliquia delicada y llena de señales de su servicio. Escribió: “Herido en marzo de 1918”. La siguiente anotación es igual de breve: “Gaseado en agosto de 1918”.

“Fue el fosgeno”, explica Dorothy. El ataque con gas se produjo durante la segunda betalla del Somme. “No pudo eludirlo”, dice. “Fue una batalla terrible. Una vez más, uno de sus amigos le ayudó a llegar a una trinchera vacía. Wilfred me contó que se quedó allí, tendido, esperando y rezando para que se detuviera la lucha. Al cabo de un rato, apareció un soldado alemán que entró de un salto, armado con una bayoneta que apuntó al estómago de Wilfred. Este creyó que le había llegado la hora. Pero, por alguna razón, el alemán se fue. Seguramente, me contó mi marido, creyó que era un pobre diablo y que no merecía la pena el esfuerzo. Nuestros soldados se apoderaron de la trinchera y Wilfred se salvó”.

Una de las cosas que más lamentaba Wilfred era que los soldados supieron con retraso que se había terminado la guerra, en noviembre de 1918. “Al principio no se dio cuenta”, dice Dorothy. “Siguieron luchando, la guerra continuó para ellos. Se enteraron al día siguiente, y fue horrible, porque hubo hombres que murieron o resultaron heridos cuando la guerra ya se había terminado”.

La última anotación de Wilfred en la biblia dice: “Regreso a casa diciembre de 1918”, y entonces comenzó el resto de su vida. “Quiso dejarlo atrás y continuar con su vida. No tenía malos sentimientos. Siguió adelante. Era una persona que tenía una fe muy sólida y creo que la oración le ayudó”.

De vuelta en Inglaterra, la familia de Wilfred le ayudó a recobrar la salud. Tenía talento musical y vivió días felices como primer violinista en la orquesta del transatlántico Empress of Britain, convencido de que el aire de mar le ayudaría a recuperarse de los efectos del gas, aunque siempre sufrió brotes de bronquitis. A pesar del disparo en el tobillo, era buen bailarín.

Se mudó de Londres a Devon, donde conoció y se enamoró de Dorothy, pese a tener el doble de años que ella. Se casaron y establecieron una tienda de antigüedades. Uno de sus vecinos era el escritor Michael Morpurgo, que escribió algunos elementos de su libro War Horse inspirándose en las historias de la guerra que le contaban Wilfred y otros habitantes del pueblo.

Durante todo ese tiempo, Dorothy siempre quiso que Wilfred le contara cosas. En una ocasión le preguntó porqué se había alistado antes de cumplir 18 años. “Le pregunté por qué lo había hecho”, dice. “El caso es que era alto, (1,88) y delgado. Parecía mayor, y en esos días, en Inglaterra, las señoras daban una pluma blanca, una señal de cobardía, a los hombres que no iban de uniforme. Wilfred me contestó: ‘Me propuse que ninguna señora tuviera que darme nunca ninguna pluma. Así que me alisté y me fui’”.

Sin embargo, nunca se enfadó por haber ido a la guerra. “Murieron y resultaron heridos muchos de sus amigos, pero él no estaba enfadado”, asegura Dorothy. “Y nunca sintió hostilidad hacia los alemanes. Pensaba que fue una terrible pérdida de vidas en ambos bandos y que nadie salió ganando”.

“Una vez hizo prisioneros a unos alemanes. Y que vio que estaban haciendo lo mismo que nosotros, luchando por su país, igual que los nuestros luchaban por nuestro país. Cuando hay que sufrir, todos son iguales”.

Tras lo que Dorothy llama una “larga y deliciosa historia de amor”, Wilfred murió en 1981, a los 82 años. Su viuda ha regalado a un museo su herramienta de cavar trincheras, pero se ha quedado con la Biblia y con un recordatorio bordado que Wilfred envió a su madre, Lavinia, desde Francia, que dice “Que Dios te acompañe, hasta que nos veamos”, y que contiene una pequeña flor seca, cogida en el campo de batalla.

No quiere separarse de la fotografía de un Wilfred adolescente, seguro y contenido en su uniforme. “Me parece una foto preciosa. Parece amable y decidido. Por supuesto que estoy orgullosa de él, muy orgullosa de él y de lo que hizo. Era una persona maravillosa”.

¿Sus experiencias en el Frente Occidental le dejaron cicatrices mentales, además de físicas? “Siempre decía que perder a los compañeros le hacía pensar a veces que nunca debería haber sido así. A la hora de la verdad, no gana nadie, todos pierden de una forma u otra. Wilfred siempre decía que se suponía que iba a ser la guerra que acabara con todas las guerras pero no lo fue. Las guerras siguen existiendo”. Por Steven Morris (The Guardian)


Emma Morano, Italia.
Con 114 años, la mujer más anciana de Europa conserva aún recuerdos de su recorrido a caballo entre siglos



“Augusto y yo soñábamos con tener una vida juntos, éramos jóvenes y estábamos prometidos. Él había nacido en 1899, como yo. Cuando llamaron a los soldados a la guerra, se fue a luchar a las montañas, con los alpinos. Nos dijimos adiós. Durante un tiempo recibí cartas de él, que, por supuesto, hablaban de amor. Y de la guerra. Hasta que dejaron de llegar cartas. Y nunca más volví a ver a Augusto”.

Emma Morano tiene 114 años, es la mujer más anciana del Viejo Continente y conserva todavía muchos recuerdos de su recorrido a caballo entre siglos. Algunos nítidos, y otros que se confunden con otros muchos ya esfumados. En los años de la Gran guerra, ya se había trasladado con la familia de su pueblo de origen, Civiasco nel Vercellese, a Villadossola, donde el padre había encontrado trabajo en una fábrica de acero.

Hoy, la abuela de Europa vive en Pallanza, Verbania, a 150 pasos del monumento que desde 1932 -cuatro años después de su muerte- alberga los restos del general Luigi Cadorna, el jefe de Estado mayor de Italia entre 1915 y 1918. “Le llamaban el príncipe de la guerra”, recuerda Emma Morano. Y así es precisamente como se define al mariscal de Italia en una inscripción en el interior del mausoleo, vigilado por 12 estatuas de soldados esculpidas en la piedra del valle de Ossola. Una suerte y un homenaje muy distintos a los de los 102 nombres recordados en la modesta lápida situada allí cerca, los nombres de los caídos en combate. Tenientes, capitanes, cabos. Jóvenes.

Historias y rostros que podrían superponerse con el de Augusto, un chico del 99. “Era de Villadossola”, cuenta Emma. “En aquellos años habitábamos en una de las casas de obreros dentro de la planta de acero. Yo era joven, me gustaba cantar y, cuando la gente pasaba bajo mi ventana, se paraba a escuchar. Tenía una voz bonita. Y Augusto se enamoró. Junto con mi hermana Angela, escuchábamos a menudo la radio, las noticias que llegaban del frente. Eran años de ilusiones, aunque estuviéramos en guerra. Íbamos a bailar y, si no volvíamos a casa a la hora fijada, mi madre venía a buscarnos y nos daba golpes en las piernas. Comíamos arroz, un poco de pan y queso y nos calentábamos con la estufa. Yo también llevaba dinero a casa, había empezado a trabajar a los 13 años en el Jutificio Ossolano, la fábrica de objetos de yute. Hacíamos sacos con una máquina de coser de ocho o nueve metros, y debíamos tener cuidado de no romper nada, porque teníamos que pagarlo. Pero tenía mala salud, y el médico me aconsejó mudarme a Pallanza, donde encontré trabajo en el Jutificio Maioni, del mismo dueño. La guerra ya había terminado y así inicié un nuevo capítulo de mi vida”. Sin Augusto, un chico del 99 caído en los campos de batalla que Europa, un día, volvería a unir. Con Emma, que aquí sigue, a sus 114 años, en su casa a dos pasos del Lago Mayor, llena de recuerdos y emociones. Por Carlo Bologna (La Stampa)


Ovsanna Kaloustian, Francia.
La historia de una de las últimas supervivientes del genocidio armenio en 1915



La diminuta mujer ya no sale mucho a la calle en Marsella. Camina apoyada en un bastón, mimada y protegida por su hija y sus nietos. Pero, cuando alguien evoca su infancia, los ojos se le iluminan y los recuerdos vuelven, perfectamente intactos. Ovsanna Kaloustian, de 106 años, es una de las últimas supervivientes del genocidio armenio en 1915. Una portadora de memoria, muy consciente de su papel, a punto de cumplirse el centenario de la tragedia. «Dios me dejó con vida para que lo contara», repite en los últimos años.

Del terror, de las matanzas y las deportaciones de su pueblo en la Turquía otomana, Ovsanna conserva una multitud de imágenes y detalles que relata con fogosidad. Nació en 1907 en Adabazar, una ciudad situada a unos 100 kilómetros al este de Estambul, y creció en una casa muy belbonita, tres pisos y jardín, enfrente de la iglesia del barrio. En aquel entonces, la ciudad era un importante cetro comercial y artesano, y los armenios, que ascendían a unas 12.500 personas en 1914, constituían la mitad de sus habitantes. Ovsanna recuerda que «hasta los griegos y los turcos hablaban armenio». De hecho, ella no aprendió turco hasta la deportación. Su padre tenía un bar, que al mismo tiempo era peluquería y consulta en la que se sacaban muelas. Ella bebía allí su té cada mañana, antes de irse al colegio.

Ovsanna tiene ocho años en 1915, cuando, en plena guerra, el gobierno de los Jóvenes Turcos da la orden de deportar a los armenios. En Adabazar, la orden llega a mitad de verano. «Era un domingo, la madre de Ovsanna regresaba de la iglesia. Y el cura acababa de anunciar que había que evacuar la ciudad en tres días, barrio por barrio», cuenta Frédéric, nieto de la superviviente y depositario de la memoria familiar. Las caravanas, a pie, se ponen en movimiento hacia el sur y el este. Ovsanna, sus padres, su hermano, sus tíos, tías y primos, llegan a Eskisehir, donde les encierran en un tren. Así, en esos vagones para animales, enviarán a miles de armenios a los desiertos de Siria. Sin embargo, el tren que transporta a la familia se detiene a mitad de camino, en la estación de Cay, cerca de Afyon. Les ordenan que monten un campamento provisional. Los centros de clasificación de más adelante están congestionados. Por fin, dos años después, les dispersan, y ellos corren a esconderse en el campo circundante. Ovsanna tiene ya 10 años y lo que más teme son los secuestros de niñas a manos de los bandoleros (çete) que colaboran con el ejército otomano.

Con el armisticio, en 1918, los supervivientes intentan volver. La familia de Ovsanna encuentra su casa calcinada y decide volver a irse, bajo la presión de los turcos que ocupan ahora la ciudad. El éxodo comienza en dirección a Estambul. En 1924, los tíos y los primos se embarcan hacia Estados Unidos. Cuatro años más tarde, la joven Ovsanna se sube a un barco que se dirige a Marsella. «Llegamos en diciembre, bajo la nieve», recuerda. Como tantos otros --el 10% de la población actual de Marsella está formado hoy por descendientes de los fugitivos del genocidio armenio--, se instala, cose un poco para ganarse la vida, se casa con Zave Kaloustian, único superviviente de una familia masacrada, abre una tienda de comestibles orientales, consigue un pedazo de tierra y construye allí su casa. "La abuela nos enseñó armenio, pero la historia nos la transmitió después", cuenta su nieto. Ovsanna milita en asociaciones culturales, participa en las manifestaciones de la comunidad y sigue hoy prestando testimonio para combatir el negacionismo, incansable y siempre animada, cien años después de las matanzas. Para su descendiente, «negar el genocidio es rechazar la palabra de mi abuela». Por Guillaurme Perrier (Le Monde)

Isidro Ramos, España.
“Había miedo de que la guerra llegara a España”

A sus 103 años, recuerda que los precios subieron durante la contienda que enriqueció a un país neutral

Isidro Ramos cumple hoy “cinco meses”. Cinco meses que se añaden a sus 103 años: con el siglo a la espalda, celebra los cumplemeses. Nació en un pueblo castellano, Aldeadávila de la Ribera (provincia de Salamanca), “el 20 de julio de 1910”. Entre sus primeros recuerdos está la Primera Guerra Mundial. Son los de un niño crecido en el atrasado campo español. “Oí algo de aquello, un poquito, pero no cogí fe ninguna [no me enteré mucho]. Se decía que había una guerra grande en Europa. Había miedo por si llegaba a España”. No llegó, pero sí tuvo efectos: un auge económico por los beneficios de las exportaciones a los contendientes. Ramos solo recuerda que “subieron los precios, las cosas se encarecían por la guerra”. Y en su familia “andaba la cosa escasa [de dinero]”.

El hombre habla con voz firme y frases cortas. Dispara los números. Por aquel entonces, cuando él era un niño chico, “las libras de pan costaban dos reales y dos perras, o sea, 12 céntimos”, dice. “Una fanega de trigo valía 15 pesetas, una de centeno, 12 y una de cebada, 11”. “Una fanega eran 43 kilos. Los precios subían de poco en poco, una perra o cinco reales…”, aclara este anciano que asegura manejarse con los euros. Una peseta, compuesta por 100 céntimos, equivale a 0,6 céntimos de euro.

En el ecuador de la Gran Guerra, el niño Ramos empezó un camino que solo abandonaría muchísimas décadas después, el del trabajo. “Cuando tenía seis años y medio mi padre compró un rebaño de ovejas”. El chico empezó entonces a cuidar de los animales y a faenar en el campo. Dejó la escuela, a la que solo volvió tres meses y en clase nocturna, con 17 años cumplidos. Entonces por fin aprendió “a leer, escribir y las cuentas”. “No tuve tiempo de jugar desde que empecé a trabajar. Si acaso, alguna vez veníamos de las fincas jugando con una pelota cuando tenía 12 o 13 años”, relata.

A esa contienda siguieron otras que se agolpan en la memoria del anciano que vive en una residencia de mayores de una localidad madrileña. “De la guerra de África recuerdo que los españoles corrían por el Gurugú”. Un paisaje que él conocería pronto: tuvo que hacer el servicio militar en el norte de Marruecos, entonces en manos españolas. Una docena de meses (noviembre de 1931-1932, con la zona ya pacificada y una España republicana) en los que estuvo en Melilla, en Alhucemas… Entonces vio el mar por primera vez. Pero le obligaron a bañarse y eso ya no le gustó. “El mar no me desagrada, pero es para verlo desde fuera”, sentencia este hombre de tierra adentro que no lo ha vuelto a contemplar. Aun así, recuerda el año de mili como la mejor época de su vida. Fueron sus únicas vacaciones: “No tenía nada que hacer”, aclara riendo.

Poco tiempo después de cumplir con el Ejército, en 1936 llegó otra guerra más a la vida de Isidro Ramos: la civil, la gran herida bélica en España. El hombre estaba de vuelta en su pueblo cuando le movilizó el ejército de Franco. La enfermedad de su padre y la necesidad de hacerse cargo de sus nueve hermanos permitió que solo combatiera cinco meses. Estuvo en Madrid. “Rompimos el frente desde Getafe y entramos en Pinto”, recuerda. También le tocó “tapar a los muertos”. Luego llegaría la Segunda Guerra Mundial, Franco gobernaría hasta morir en la cama, en 1975, y Ramos conocería la democracia. Enumera casi sin fallo los presidentes del Gobierno que ha habido desde entonces. “Rajoy es el presidente que hay ahora”, matiza. Con más de un siglo a la espalda, asegura que le gustaba más la vida de antaño. “Ahora se trabaja poco, todos los sábados son fiesta”, concluye con aire crítico. Por Charo Nogueira

Józef Lewandowski, Polonia
"Nos fuimos a dormir un día estando en Alemania y al otro nos despertamos ya en Polonia"




Józef Lewandowski recuerda: "Mis padres se mudaron de Sępólno Krajeńskie a Bydgoszcz en 1918, antes de que Polonia hubiera conseguido la independencia. Yo en aquel entonces tenía cinco años.

Pese a lo que pueda parecer, la Primera Guerra Mundial fue, o al menos así fue para mi familia y para mí, un periodo muy tranquilo. No recuerdo en aquella época ni un disparo, ni batallas ni derramamiento de sangre de ningún tipo. ¿Cómo fue el final del conflicto? Pues simplemente nos fuimos a dormir un día estando en Alemania, y al otro, nos despertamos ya en Polonia. No hubo grandes festejos. Cambiaron las autoridades, las banderas y toda la Administración. Pero para una familia proletaria media como en la que yo fui educado, no se notó mucha diferencia. La vida siguió su curso. En las calles de Bydgoszcz podía uno seguir oyendo dar los “buenos días” tanto en polaco como en alemán. Los periódicos alemanes se siguieron publicando. La compra la hacíamos en las mismas tiendas de antes, que eran principalmente propiedad de alemanes.

Tras el fin de la guerra, en 1919, estalló en la ciudad de Poznań el alzamiento de la región de la Gran Polonia. En Bydgoszcz se mantenía la tranquilidad, aunque la lucha continuaba en las poblaciones cercanas. Por aquel entonces yo vivía con mis padres en una casa de la calle Jasna, en un barrio de la ciudad llamado Okole, cerca de las vías del ferrocarril. Me gustaba mirar por la ventana y ver cómo pasaban los trenes. Una vez vi cómo el Ejército polaco tendía una emboscada a un vagón alemán. Salía de la estación de Bydgoszcz y transportaba soldados que probablemente tenían que apoyar a sus compañeros en las batallas cerca de Nakło. Los nuestros se escondieron tras un terraplén y se les echaron encima cuando la máquina se estaba acercando. Pillaron a los alemanes por sorpresa. Se rindieron sin presentar resistencia. Los polacos los desarmaron. No sé qué pasó con ellos después.

Tras el alzamiento, las relaciones entre polacos y alemanes en Bydgoszcz continuaron siendo buenas. Nos tratábamos unos a otros con respeto. Al fin y al cabo, llevábamos muchos años conviviendo como vecinos. Los polacos conocían bien el alemán y mantenían contactos comerciales y personales con los alemanes.

Hasta mi profesor en la escuela era alemán. Hablaba muy mal el polaco. Pero ha quedado en mi recuerdo como una persona muy buena y un buen profesor. En clase nos reíamos mucho. Gracias a él aprendí también un buen alemán. Cuando, muchos años después de la guerra, decidió volver a su país, sus alumnos lo acompañaron a la estación de trenes llorando. Nadie lo miraba a través del prisma de su nacionalidad alemana.

Pero, por supuesto, también había alemanes que se sentían mal en la Polonia independiente. Se metían en peleas y andaban buscando venganza. Yo mismo, de niño, tuve una riña con el hijo del carnicero, Wolf. Quería pegarme por hablar polaco. Tuve que esconderme de él durante varios días en casa. Por suerte la familia de los Wolf emigró poco después a Dánzig. Una parte de los alemanes como ellos se trasladó precisamente o bien a esta Ciudad libre, o bien al oeste, a su país. Pero unos pocos se quedaron en Bydgoszcz. Y continuamos teniendo buenas relaciones hasta que estalló la siguiente gran guerra".

Józef Lewandowski nació en 1913 cerca de Sępólno Krajeńskie (en alemán Zempelburg). Lleva 96 años viviendo en Bydgoszcz. Antes de la Segunda Guerra Mundial trabajó en los ferrocarriles. Durante el conflicto bélico pasó por el campo de concentración alemán de Stutthof. Tras el fin de la guerra, y hasta su jubilación, trabajó como directivo de una empresa láctea. Con la colaboración de Wojciech Bielawa (Gazeta Wyborcza)

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Von Leunam
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 16/1/2014, 4:38 pm

Catorce herencias que cambiaron el mundo

1. La guerra se vuelve tecnológica

La guerra que tenía que servir para acabar con todas las guerras fue en realidad el comienzo de todos los conflictos modernos, el arranque de las "tempestades de acero" que describió Ernst Jünger. El historiador Max Hastings lo relata con precisión en su libro 1914. El año de la catástrofe cuando narra cómo los soldados franceses, vestidos con sus colores brillantes, avanzaban hacia el fuego enemigo bajo la música de tambores y clarines. "Las consecuencias fueron evidentes", escribe Hastings. "El 22 de agosto el Ejército francés sufrió bajas en una escala nunca superada por ningún otro ejército en una guerra".

Con la I Guerra Mundial, la revolución técnica llegó a los campos de batalla y cambió para siempre la forma en que se enfrentaban los Ejércitos. La tecnología se convirtió en un elemento esencial en el arte de la guerra. Se podría argumentar que ya lo había sido a lo largo de la historia (¿Se hubiese producido la Conquista de América sin la pólvora? ¿Roma hubiese conquistado el mundo conocido sin la superior organización de sus Ejércitos?); pero nunca fue tan importante y, sobre todo, tan destructiva aunque muchos militares tardaron demasiadas batallas y bajas en reconocerlo. Adam Hochschild describe en su ensayo sobre el conflicto Para acabar con todas las guerras cómo fueron entrando esas novedades en el campo de batalla: el submarino y los bombardeos aéreos de civiles, el carro de combate (pesaba 28 toneladas y avanzaba a tres kilómetros por hora), los ataques con gases tóxicos… Pero, por encima de todo, la innovación más importante fueron las alambradas de espino, el arma definitiva y también la más sencilla, que permitió que la guerra se estancase en las trincheras.

Douglas Haig, el discutido jefe de las fuerzas británicas en Francia, escribió con indudable lucidez al final del conflicto: "Algunos entusiastas de ahora profetizan que el avión, el carro de combate y el automóvil reemplazarán al caballo en las guerras del futuro pero yo creo que es probable que, en el futuro, el valor y las oportunidades del caballo sean tan grandes como siempre. Los aviones y los carros de combate solo son accesorios para el hombre y el caballo". Como tantas otras veces, no podía estar más equivocado. Guillermo Altares (El País)
2. Las armas químicas en Europa

Los intentos de limitar las armas químicas con la Conferencia de Bruselas en 1874 y el Convenio de La Haya en 1899 no sirvieron para nada. Entre 1914 y 1918, los ingleses, los alemanes y los franceses recurrieron al uso de sustancias tóxicas, a veces mortales, en el campo de batalla.

Ya en otoño de 1914, los frenceses emplearon gas lacrimógeno que arrojaban a las trincheras enemigas. En abril de 1915, los alemanes, con una industria química más desarrollada que sus adversarios, esparcieron sustancias cloradas con ayuda de unas garrafas cuyo contenido se propagaba con la ayuda del viento. La escalada continuó con el uso de obuses cargados de gases nuevos como el fosgeno, más tóxico que las moléculas anteriores. En julio de 1917, los alemanes fueron más allá con el gas mostaza, también conocido como yperita, por el nombre de la ciudad (Ypres) en la que se utilizó por primera vez. Se trata de una molécula que no ataca solo las vías respiratorias sino también los ojos y la piel. Además, en las zonas por las que se ha propagado, el gas persiste y crea complicaciones para los combatientes.

"Pese a todo, el número de víctimas de las armas químicas, menos de 500.000, es limitado en relación con el número total", afirma Olivier Lepick, autor de La Grande guerre chimique (PUF, 1998). "Las armas químicas dejaron huella en el ánimo y se convirtieron en un símbolo de la guerra, pero su papel estratégico y militar no fue tan importante". Tras el conflicto, se firmaron nuevos acuerdos para prohibir su uso, en especial el Protocolo de Ginebra de 1925, pero que no preveía ningún método de control. Para eso hubo que esperar al acuerdo firmado por Naciones Unidas en 1993, que, además de declarar ilegales alrededor de 40 moléculas, crea un cuerpo de inspectores, la Organización para la Prohibición de Armas Químicas, que en 2013 recibió el Premio Nobel de la Paz. David Larousserie (Le Monde)
3. La transformación de Oriente Próximo

La Primera Guerra Mundial y los tratados que la siguieron transformaron el mapa de Oriente Próximo al crear nuevos Estados y nuevas realidades políticas en el territorio del derrotado imperio otomano. La rivalidad entre Gran Bretaña y Francia, la expansión del nacionalismo árabe, las ambiciones sionistas en Palestina y el nacimiento de la Turquía moderna cambiaron la faz de la región. Una de las ironías más formidables de la historia es que las líneas que se trazaron en las arenas de la guerra están empezando a difuminarse un siglo después.

El acuerdo Sykes-Picot de 1916 dividió en secreto los antiguos territorios otomanos en zonas de influencia británica y francesa. El sistema de mandatos creado por la Liga de Naciones en el periodo de entreguerras solo prometió llegar a un autogobierno, no a la independencia inmediata por la que Sharif Hussein había lanzado desde La Meca una revuelta en el desierto contra los turcos, con la ayuda del coronel T. E. Lawrence ("de Arabia"). Y, en otro ejemplo de promesas contradictorias, la Declaración Balfour de 1917 ofreció el apoyo del Reino Unido a la creación de un "hogar nacional" para los judíos en Tierra Santa, y así sentó las bases para el nacimiento de Israel y el conflicto más difícil de resolver del mundo contemporáneo. Desde entonces, los historiadores no dejan de discutir sobre este enredo diplomático y sus funestas repercusiones.

Las diferencias étnicas, sectarias y tribales importaban poco a los encargados de diseñar el mapa en la era colonial. Irak se formó mediante la fusión de tres provincias otomanas, dominadas respectivamente por los chiíes, los suníes y los kurdos. Además, quedó separado de Kuwait, un dato que posteriormente daría pie a conflictos. Su rey era hachemita, procedía de la Península Arábiga y había sido expulsado de Siria; también lo era el rey de la vecina Jordania, nacida de un plumazo de Winston Churchill después de un almuerzo empapado en alcohol, celebrado en El Cairo en 1921. Líbano se arrancó a la "Gran Siria" con el propósito de establecer un hogar para los cristianos cuyo apoyo reforzaría la influencia de Francia.

Los mayores perdedores de la lotería de la posguerra en Oriente Próximo fueron los kurdos. Hoy, este pueblo, que aún carece de Estado, al menos disfruta de un gran grado de autonomía regional, además de una paz relativa, en el Estado federal de Irak, mientras que sus compatriotas en Siria controlan áreas a las que no llegan las fuerzas de Bashar el Asad. La propia idea del nacionalismo árabe está en peligro, por culpa de los extremistas sectarios que apelan al islam para crear un nuevo califato (abolido por los turcos recién secularizados en 1922). Entre los enemigos de El Asad se encuentra un grupo yihadista vinculado a Al Qaeda. Su nombre en árabe es "El Estado Islámico en Irak y al Sham (Siria y Líbano)", una eliminación deliberada de las fronteras posteriores a la Primera Guerra Mundial. Ian Black (The Guardian)
4. La guerra y el movimiento obrero

Para el movimiento obrero y socialista europeo, así como para el incipiente movimiento sindical, el estallido de la Primera Guerra Mundial representa un golpe terrible. A pesar de la gran fuerza organizada de países como Alemania, Gran Bretaña y Francia, las direcciones de los partidos socialistas y socialdemócratas no acaban de movilizarse contra la guerra en el fatídico verano de 1914; la Internacional se hace añicos. Los partidos y las primeras organizaciones sindicales (con la excepción inicial de Italia, que conserva su neutralidad hasta mayo de 1915 y donde los socialistas mayoritarios seguirán oponiéndose a la guerra) se ven absorbidos en el esfuerzo productivo y bélico. Durante mucho tiempo, los obreros de las grandes industrias —en especial los obreros especializados, decisivos para la producción de maquinarias y armas indispensables para alimentar la monstruosa guerra de materiales en el frente— no solo están exentos de llenar las filas de un ejército que está formado en casi todas partes por campesinos, sino que además gozan de condiciones salariales y alimentarias especialmente favorables. A cambio, se prohíben las huelgas y los sectores estratégicos quedan sometidos a la disciplina militar.

Pero la guerra, año tras año, destruye vidas y recursos: al tiempo que, en el frente, la situación militar parece estancada, empeoran gradualmente el abastecimiento de comida, el nivel de vida de las poblaciones civiles y las condiciones de los obreros en la fábrica. A partir de 1916, en los partidos socialistas, las facciones minoritarias empiezan a entablar un diálogo para buscar una solución pacífica al conflicto, mientras que en Rusia estalla la Revolución de febrero y después octubre de 1917. La situación cambia por completo: la presión política y social revolucionaria, la imposibilidad de sostener el sacrificio y el deseo desesperado de paz revitalizan y transforman de manera radical los partidos y las organizaciones sindicales de todos los países beligerantes. El fin del conflicto, en noviembre de 1918, deja como legado histórico un movimiento sindical europeo agresivo y organizado. Roberto Giovannini (La Stampa)
5. El gas venenoso

En verano de 2013 se podía sentir. Las imágenes de los niños muertos en Damasco. La indignación en la voz del presidente de Estados Unidos, Barak Obama. Habló de una "línea roja", y no se trataba de las meras cifras de muertos, sino de un tabú moral. Hoy día, la utilización de gas tóxico como arma de guerra es considerada universalmente un crimen, porque el recuerdo de 1915 —de un cruel experimento con horribles derivaciones— sigue vivo.

La prueba comenzó el 22 de abril de ese año. Los soldados alemanes, atrincherados cerca de la ciudad belga de Ypres, abrieron casi 6.000 recipientes de acero con cloro líquido. El viento transportó el gas, 2,5 veces más pesado que el aire, hasta sus enemigos británicos sobre un frente de unos seis kilómetros de ancho. El gas, que dañaba los pulmones, cogió desprevenidos a los soldados británicos. Mató a 3.000 de ellos. Poco después, todas las partes beligerantes lo empleaban: flotaba viscoso sobre los campos de batalla, provocaba la creación de zonas de restricción, causó lesiones a más de un millón de personas y mató a 70.000.

Una característica del gas tóxico, que hizo que finalmente fuese prohibido por el Derecho Internacional en 1925, es su crueldad: el 10 de julio de 1917, las tropas alemanas lanzaron por primera vez el agente "cruz azul", que atravesaba los filtros de las máscaras de gas y obligaba a quitárselas por la insoportable irritación que producía. Su apodo: rompemáscaras.

La segunda característica es que mata sin distinción. Es imposible alcanzar a un objetivo preciso. Mata a los soldados exactamente igual que a los civiles o a los niños. Ronen Steinke (Süddeutsche Zeitung)
6. Desarrollo de la cirugía

La cirugía se ha desarrollado en gran parte gracias a lo que ha ido aprendiendo en las guerras. La Primera Guerra Mundial no fue ninguna excepción, pero, cuando estalló, era un arte que acababa de entrar en la modernidad. Hubo que esperar a la Segunda Guerra Mundial para que llegasen los antibióticos capaces de curar e incluso prevenir infecciones que hasta entonces dejaban impotentes a los cirujanos, así como para la implantación de las técnicas de reanimación. Sin embargo, durante la Gran Guerra, y sobre todo inmediatamente después, los hospitales civiles y militares fueron escenario de una cirugía experimental.

En aquel conflicto, la utilización de armas nuevas, en particular los bombardeos masivos y los gases de combate, transformó la situación. La guerra de posiciones y las trincheras provocaron un aumento de las heridas en la cabeza y el rostro, las partes más expuestas a los disparos enemigos. Muchos combatientes salieron vivos pero lisiados, mutilados, desfigurados. Eran los gueules cassées (los caras rotas), según la expresión acuñada en Francia por el coronel Yves Picot, primer presidente de la Unión de heridos en el rostro y la cabeza, fundada en 1921.

Al acabar la Primera Guerra Mundial, Francia tenía alrededor de 6,5 millones de inválidos de guerra. Los cirujanos de los países implicados tuvieron que enfrentarse a una avalancha de gueules cassées, a los que trataron de devolver un rostro humano y mitigar su calvario en el momento de la vuelta a la vida civil. Faltaba carne, faltaba hueso, así que hubo que hacer injertos, una técnica que se desarrolló a tientas, igual que lo hizo, en la misma época y por las mismas razones, la transfusión sanguínea. Y junto a los injertos óseos o cutáneos, también empezaron a utilizarse prótesis y aparatos que parecían más instrumentos de tortura, sin lograr siempre, ni mucho menos, hacer milagros. Paul Benkimoun (Le Monde)
7. "Tu país te necesita"

"Tu país te necesita". Cuando en septiembre de 1914 los británicos comenzaron a ver este lema en carteles pegados por las calles de todo el país todavía no se habían apagado los ecos de los vítores, las canciones patrióticas y las marchas militares que resonaron en la estación Victoria de Londres como despedida a los soldados que marchaban al continente para luchar contra los soldados del Kaiser Guillermo II. Similares escenas se produjeron en París y Berlín. En la opinión pública europea estaba instalada la idea de que la guerra sería corta. A los sumo, unas pocas batallas, decisivas eso sí y naturalmente ganadas por el propio bando. Y luego todos a casa. La guerra era cosa de caballeros y las noticias de las sucesivas victorias de las tropas imperiales en lugares remotos de la geografía mundial multiplicaban esa idea romántica del riesgo y la muerte heroica.

Pero esa guerra, “la Gran Guerra”, se llevaría muchas cosas por delante. Apenas un mes después Lord Kitchener, secretario de Estado de Guerra, supo que ni la guerra sería corta, ni el problema serían la falta de balas, sino la falta de combatientes. Que una cosa era luchar contra ejércitos indígenas, o muy por detrás en términos de tecnología bélica, y otra contra un Ejército moderno extremadamente entrenado y dirigido por una selecta élite militar y militarista. "Esto no es la guerra, esto es el fin del mundo", escribía un muchacho de un regimiento británico de la India a su padre. Hacían falta hombres y urgentemente. Y es que con el nuevo armamento los muertos diarios no se contabilizaban por decenas sino por miles. Francia tenía ejércitos de leva prácticamente desde la Revolución, Alemania desde 1870, Rusia desde 1905. Millones de hombres disponibles, si no para luchar, al menos si para ser enviados al frente. Pero Reino Unido jamás en su historia, al menos desde la existencia de señores feudales, había recurrido al reclutamiento forzoso.

La respuesta al "Tu país te necesita" fue entusiasta. Cientos de miles de personas se apuntaron y se aplicó la regla de "quienes se alistan juntos, combaten juntos". Fueron destinados, o formaron los mismos batallones, que se autodenominaban "colegas" y "camaradas". Así se formaron por ejemplo el Batallón de Camaradas de Liverpool, formado principalmente por corredores de comercio de la city de esa ciudad inglesa, o los Colegas de Accrington o los Camaradas de Oldham, en referencia a sus localidades. Pero el índice de mortalidad en el campo de batalla era de una crueldad jamás vista en la historia de la humanidad. Se apuntaron juntos, sirvieron juntos y murieron juntos. Muchos pueblos vieron como en una tarde morían casi todos sus hombres jóvenes.

La guerra se enfangó. Literalmente. Los primeros aviadores que surcaban los cielos de Europa veían una cicatriz negra que durante cientos de kilómetros rompía el verde los campos. Una línea de frente que prácticamente durante dos años permaneció invariable. Lo único que cambiaba eran los hombres que ocupaban las trincheras. Nuevas remesas que reemplazaban sin cesar a los muertos y heridos. En marzo de 1916 Reino Unido adoptó una decisión drástica. Por primera vez en su historia, todos los hombres solteros de entre 18 y 41 años fueron reclutados con la excepción de religiosos, profesores, algunos profesionales metalúrgicos y los declarados incapaces. Si alguno se casó para evitar el frente, erró en su decisión. En mayo la medida afectaba también a los casados.

El reclutamiento obligatorio, y las causas que lo provocaban, dio una nueva perspectiva a la idea de la guerra. Unas 200.000 personas se manifestaron en el centro de Londres. En Francia, que sólo en los primeros meses de la contienda perdió 300.000 hombres fue causa de extendidos motines en 1917 que hicieron tambalearse el frente. En Rusia, la presencia de reclutas en San Petersburgo durante los disturbios de febrero de ese mismo año fue decisiva en la caída del zar Nicolás II.

Los conscriptos británicos tuvieron su bautismo de fuego apenas semanas después de ingresar a filas. Ataviados con sus ropajes en los que no había ninguna protección excepto un casco plato fueron lanzados a la batalla de Somme, el 1 de julio de 1916 y durante los meses siguientes protagonizaron lo que constituye la mayor tragedia militar de Reino Unido en el siglo XX y en toda su historia. Los muertos británicos ascendieron a 419.654. El entusiasmo había dado paso al desengaño y este al horror.

La guerra no cesó en su demanda de combatientes. En los últimos meses de la guerra el Gobierno amplió la edad de reclutamiento a los 51 años y lo mantuvo hasta 1920. Acabada la contienda en 1918 el Ejército profesional estaba tan diezmado que era imposible mantener el imperio si los reclutas forzosos volvían a la vida civil. "Tu país te necesita" se convirtió en un símbolo de sacrificio que los civiles británicos pagaron creces. Jorge Marirrodriga (El País)
8. La emancipación de la mujer

Una de las consecuencias de la Primera Guerra Mundial fue la emancipación de la mujer: este es uno de los clichés que distorsionan en numerosos relatos la realidad del conflicto.

Es una cuestión que los historiadores siguen debatiendo. No cabe duda de que, durante la guerra, las mujeres se ocuparon de tareas que antes habían sido fundamentalmente masculinas, no cabe duda de que obtuvieron derechos políticos más importantes en varios países como el Reino Unido, no cabe duda de que ciertas modas como él estilo à la garçonne representaron una liberación de los códigos femeninos tradicionales. Pero en realidad, el trabajo femenino ya estaba aumentando antes de 1914, y, al terminar la guerra, muchas mujeres regresaron a sus tareas anteriores.

La feminización del trabajo fue limitada y dependía de los sectores. Se incrementó en el comercio, las profesiones liberales y la banca. Por otro lado, a la mujer se le negaban todavía muchos derechos. (En Francia no pudo votar hasta 1944, mientras que en Alemania lo hizo en 1919 y en el Reino Unido obtuvo el derecho al voto en 1918 para las mayores de 30 años y en 1928 a los 21, igual que los hombres.) Y, sobre todo, las formas de emancipación de los papeles tradicionales solían ser muy limitadas, social y cuantitativamente. Varios estudios recientes destacan este periodo como una etapa de transición que prepara el terreno para las evoluciones posteriores. Nicolas Offenstadt (Le Monde)
9. Los aristócratas y la guerra

Los hijos de las clases altas británicas que tuvieron la suerte de sobrevivir a la Primera Guerra Mundial se encontraron a su regreso un país en plena transformación, en el que ya no tenían su sitio automáticamente garantizado.

La reducción de su número —hasta finales de 1917, los aristócratas sufrieron proporcionalmente más bajas en combate que ninguna otra clase social— hacía que recuperar el statu quo anterior a la guerra fuera físicamente imposible.

"Después de la guerra se encontraron con que faltaban los herederos: yacían en los campos de Flandes", dice Joanna Bourke, profesora de historia en Birbeck College, Londres. "El efecto fue devastador: murió el hijo del primer ministro, los hijos de varios miembros del gobierno, y eso significó que, en la inmediata posguerra, los pupilos que en el orden natural de las cosas habrían llegado a ser los nuevos dirigentes —sobre todo en política y en los negocios— habían desaparecido".

Pero no solo habían disminuido enormemente los miembros varones de las clases altas; también había mucha menos gente dispuesta a servir a sus familias como lo habían hecho durante cientos de años.

Muchas mujeres a las que la guerra obligó a dejar el servicio doméstico para incorporarse a las fábricas se negaron a renunciar a su nueva independencia. "Se deslegitimó toda la estructura que mantenía el estilo de vida de la clase media alta", explica Bourke.

"Hasta entonces, los criados de los hogares de clase media alta eran personas con una tradición familiar de trabajar allí. Cuando alguien se iba, la cocinera recomendaba a su sobrina. Pero eso dejó de ser así, y entonces se produjo una auténtica crisis de la mano de obra necesaria para mantener esa forma de vida".

El declive de las clases altas se aceleró aún más con la aprobación, en junio de 1917, de la Ley de Representación Popular, que otorgó el voto a cinco millones más de hombres y a casi nueve millones de mujeres.

La ampliación del derecho al voto, unida a la expansión del sindicalismo, dio a las clases trabajadoras una mayor representación social y, con ella, la libertad de desafiar el poder de los partidos establecidos y poner en tela de juicio la capacidad y la prudencia de quienes habían enviado a tantos soldados a la muerte.

Pero quizá el mayor presagio de la decadencia de la aristocracia surgió en el barro y la sangre del Frente Occidental, cuando se vio que la institución encargada de proteger el modo de vida británico tradicional se había convertido a su pesar en el instrumento de su disolución.

La introducción de la leva obligatoria en 1916 transformó un ejército profesional en un ejército de civiles, y llenó sus filas de hombres de clase media cuyas madres y cuyos padres ocupaban puestos importantes en la sociedad y exigían que los sacrificios de sus hijos no fueran en vano. También significó el ascenso de nuevos oficiales de origen humilde, que, como tantos miles de mujeres en la retaguardia, no estaban dispuestos a renunciar a la posibildiad de mejora social que les había deparado la guerra.

Como dice Bourke: "Esos combatientes regresaron —algunos, con medallas—, sin ningún deseo de volver a ser tenderos". Sam Jones (The Guardian)
10. El cine de propaganda

En una conversación con el filósofo Bogdanov, en 1907, Lenin habla del cine como “uno de los medios más importantes de instrucción de las masas”. En Italia, en 1922, Mussolini declara que el cine es "el arma más fuerte del Estado", y en 1936 pone la primera piedra para la construcción de Cinecittà. Bastarían estas dos proclamas para dar fe del vínculo existente, desde sus albores, entre la gran pantalla y la propaganda. Solo en Estados Unidos, donde David W. Griffith había rodado en 1914 El nacimiento de una nación, sobre la fundación del país, se produjeron entre 1915 y 1918 2.500 películas. Y durante la Gran Guerra, la mayor parte de la producción norteamericana y europea, tanto de noticiarios como de filmes de ficción, tuvo fines propagandísticos.

En Civilización (1916), Thomas H. Ince lanzaba, entre metáfora y fantasía política, un grito en favor de la paz. En Francia, en 1919, Abel Gance transmitía un poderoso mensaje antibélico en J’accuse, subrayado por el final de la película, en el que las jóvenes víctimas de la guerra se despiertan para reprochar a los vivos lo inútil de su sacrificio. En Italia, en la estela del éxito obtenido por Cabiria, de Giovanni Pastrone, Maciste alpino, de Luigi Romano Borgnetto y Luigi Maggi (1916), exalta los valores de la batalla y empuja al público a identificarse con el héroe protagonista. Pero la joya de la época, rodada en 1918, es Armas al hombro, de Charles Chaplin, que ilustra, suspendidos entre la ligereza y la tragedia, los horrores de la vida en el frente.

Muchos años después, cuando el cine de propaganda se haya convertido ya, tanto en la U.R.S.S. como en la Alemania nazi, en la Italia fascista como en Estados Unidos, en instrumento fundamental para orientar las conciencias, será de nuevo Charles Chaplin quien, con El gran dictador, demostrará que, al tiempo que se hace reír, es posible lanzar el más antibelicista de los mensajes. Fulvia Caprara (La Stampa)


11. El Sillon, antepasado de la democracia

La dimensión de la catástrofe que fue la Primera Guerra Mundial empujó a numerosos intelectuales y políticos franceses a alzarse en nombre de un lema: "Nunca más". Entre ellos destacaba un personaje, Marc Sangnier, que había fundado el Sillon a finales del siglo XIX. Esta corriente del cristianismo social proponía la reconciliación entre Iglesia y República, una tercera vía entre el capitalismo y el socialismo. Sangnier, como Jean Jaurès, fue enemigo acérrimo de los católicos monárquicos de Charles Maurras. Movilizado durante el conflicto como teniente de ingenieros, Sangnier recibió de Aristide Briand en 1916 el encargo de ir a ver al Papa encabezando una misión de paz, que fracasó. Terminó la guerra con el grado de comandante y condecorado con la Legión de Honor y la Cruz de Guerra.

Entre 1919 y 1924, Sangnier fue diputado. Se ganó el sarcasmo de sus colegas al proponer una colaboración internacional que no excluyera ni a Rusia ni a Alemania para restaurar Europa. Los miembros de la izquierda y la extrema izquierda eran los únicos que aplaudían a este curioso cristiano, pacifista radical y visionario, elegido en las filas de la derecha moderada pero al que los conservadores calificaban de "bolchevique cristiano". Su idea era organizar "la paz a través de la juventud", mediante los cauces de la internacional democrática. Esta última celebró varios congresos internacionales, el más numeroso el de Bierville, en 1926, que congregó a más de 5.000 participantes de 33 naciones, la mitad de ellos alemanes.

Cuando falleció Marc Sangnier, en 1950, las ideas que había defendido ocupaban el poder encarnadas en la democracia cristiana en Francia, Alemania e Italia. La idea europea que culminaría en el tratado de Roma en 1957 había empezado a andar. Michel Lefèbvre (Le Monde)
12. Los nuevos países en Europa

El fin del año 1918 reorganizó radicalmente el mapa de Europa central y del Este. En lugar de las tres potencias —Alemania, Rusia y el Imperio austrohúngaro— surgieron algunos países nuevos (o resucitados después de siglos). Los países de reciente creación eran pobres y estaban enemistados y cuidadosamente separados por los cordones de fronteras y aduanas. Fue una época de nacionalismos triunfantes. Tuvieron mala suerte aquellos que, como los ucranios, no fueron capaces de luchar por su país porque los rivales resultaron ser más fuertes.

Cuando en septiembre de 1918 el Imperio austrohúngaro intentó por su cuenta establecer contacto con las potencias occidentales y pedir el alto el fuego, el gobierno de Estados Unidos, la mayor potencia a la que la guerra no agotó, respondió que su posición ya la había expuesto el presidente Woodrow en los "14 puntos" en enero de 1918. Aparte de exigir la conclusión manifiesta de los acuerdos internacionales, la libre navegación en alta mar y la supresión de barreras en el comercio internacional, abordaban también las nuevas fronteras en Europa, basadas en los principios étnicos, así como el renacimiento de Polonia.

Durante la conferencia de Versalles, en 1919, el postulado de las "fronteras basadas en principios étnicos", resultó ser no solo utópico, sino que se convirtió en el foco de muchos conflictos. Las naciones de Europa central muchas veces se entremezclaban y a menudo reclamaban los mismos territorios. Cualquier resolución tomada por las grandes potencias originaba protestas diplomáticas y, a menudo, también conflictos armados.

El país de nueva creación más grande fue Polonia, renacida después de 123 años de ocupación. Ganó sus fronteras después de una serie de conflictos armados con Alemania, Letonia, Ucrania, Checoslovaquia y la gran guerra con la Rusia roja. En 1923, cuando por fin se acordaron las fronteras de Polonia, la república mantenía relaciones medianamente amistosas con solo dos países vecinos, la diminuta Letonia, al norte, y la alejada Rumanía al sur. Esta situación iba a tener en breve malas consecuencias. Adam Leszczyński (Gazeta Wyborcza)
13. La economía planificada

Antes de que la URSS impusiera la economía planificada a la mitad de Europa, la inventaron los alemanes. Las primeras leyes que limitaban la libertad económica se introdujeron el 3 de agosto de 1914. El Estado fue asumiendo sucesivamente el control sobre los ahorros de los ciudadanos, el comercio exterior, la producción y la venta de productos alimenticios, estableció los precios máximos de distintos bienes e introdujo las "asociaciones de materias primas", que dirigían la distribución de las escasas materias primas de acuerdo con las necesidades de la economía de guerra.

En noviembre de 1916 se creó la Oficina de Planificación y se introdujo la movilización total de los recursos y de la mano de obra. La industria se organizó en 170 "sociedades de guerra", basadas en las antiguas asociaciones sectoriales. El programa detuvo la caída de la producción para el Ejército, aunque la industria de productos de consumo y la agricultura seguían reduciéndose. Los precios de los alimentos básicos se multiplicaron por ocho durante la guerra y millones de alemanes tuvieron que pasar hambre; las raciones eran de 700–900 calorías al día.

Los que vivieron esa época tenían claro que la movilización militar de Alemania fue un logro importante. La movilización impresionó a los bolcheviques, que por aquel entonces estaban a la espera de hacerse con el poder en Rusia. Cuando Lenin tomó el poder en 1918, introdujo en Rusia el "comunismo militar", una economía basada en la nacionalización universal, las requisiciones y las expoliaciones. Esta economía les dio a los bolcheviques el control sobre la vida económica, así como los recursos necesarios para ganar la guerra civil, pero trajo también el desplome del nivel de vida, la miseria generalizada y la destrucción de la capacidad productiva.

A comienzos de la década de 1920, los comunistas rusos anunciaron la "Nueva Política Económica" y asumieron un compromiso con el mercado, al cual dejaron una gran parte de la producción de bienes de consumo.

La economía planificada gustaba a políticos y periodistas con puntos de vista políticos muy dispares. En el período de entreguerras, sacudido por la hiperinflación y por la Gran Depresión, la creencia general era que el capitalismo era el origen del caos y asignaba las fuerzas productivas de manera inefectiva. Tanto la extrema izquierda como la extrema derecha creían que el capitalismo favorecía el enriquecimiento de unos pocos y la pobreza de las masas, y que la economía planificada permitía igualar los ingresos y fomentaba una mayor solidaridad social. Después de la Gran Depresión, se experimentó con distintas formas de planificación económica en muchos países europeos, no solo en los regímenes totalitarios de Alemania y Rusia, sino también en Polonia. Adam Leszczyński (Gazeta Wyborcza)
14. Un pacifismo más modesto

Bertha von Suttner, la primera mujer en recibir el Premio Nobel de la Paz, decía con ironía en una ocasión que humanizar la guerra era como meter a alguien en aceite hirviendo y bajar la temperatura un par de grados. O también como si a un esclavo se le prometiese a secas que en el futuro recibiría algunos latigazos menos.

A principios del siglo XX, la austríaca Suttner ocupaba la cúspide de un pacifismo europeo absolutamente puro. Pero cuando más tarde estalló la guerra en el Continente, la experiencia de las trincheras provocó que muchos belicistas entusiastas se convirtiesen en arrepentidos pacifistas: por ejemplo, en los primeros días de la contienda, Kurt Tucholsky, el escritor alemán, había corrido como loco a alistarse; después, decepcionado, calificaba a la guerra de "letrina de dimensiones mundiales llena de sangre, alambre de espino y cantos de odio". Tampoco los veteranos pacifistas de la escuela de Suttner la superaron incólumes.

Es cierto que, después de la guerra, los pacifistas tenían muchos más seguidores que antes: en Alemania, los grupos antibélicos contaban con unos 70.000 miembros, lo cual, aun así, seguía siendo poco comparado con los 500.000 integrantes de las asociaciones de soldados. Pero, sobre todo, la guerra acabó con una parte de su seguridad en sí mismos. Antes de 1914, los pacifistas todavía soñaban con que podría existir un contrato que prohibiese las guerras, una idea ajena al mundo, como se ha demostrado. Actualmente, los movimientos antibélicos aspiran a alcanzar principalmente metas más modestas y realistas: desarme, acuerdos entre las naciones, reconciliación, y también una humanización de la guerra a través de la renuncia a determinadas armas. Ronen Steinke, Süddeutsche Zeitung

http://internacional.elpais.com/internacional/2014/01/07/actualidad/1389098936_446317.html
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 16/1/2014, 4:39 pm

Las lecciones de 1914
El historiador Christopher Clark, autor de 'The Sleepwalkers' ('Los sonámubulos') sobre los orígenes de la Gran Guerra, sostiene que la cultura occidental no es capaz de ver en el pasado más que los ecos de sus propias preocupaciones


En la primavera de 2011, yo estaba escribiendo un capítulo sobre la Guerra Ítalo-Turca de 1911, un conflicto que comenzó cuando el Reino de Italia atacó e invadió el territorio otomano que hoy llamamos Libia. Esta guerra, hoy casi totalmente olvidada, fue la primera en la que se emplearon aviones para tareas de reconocimento con el fin de indicar las posiciones enemigas a la artillería; también fue la primera en la que hubo bombardeos aéreos, con proyectiles arrojados desde los aviones italianos.

Cuando acababa de empezar a escribir, llegaron las noticias sobre los bombardeos en Libia. Exactamente cien años después, volvían a caer bombas sobre las ciudades libias y los titulares volvían a estar ocupados por los mismos nombres --Trípoli, Bengasi, Sirte, Derna, Tobruk, Zawiya, Misrata-- que los de los periódicos de 1911.

Las coincidencias eran extraordinarias, pero ¿qué significaban? La respuesta no está nada clara. El conflicto de 2011 fue muy distinto a su predecesor de un siglo antes. La Guerra Ítalo-Turca de 1911 fue la chispa inicial de la cadena de ataques oportunistas a los territorios otomanos en el sureste de Europa conocida como Primera Guerra de los Balcanes, que acabó con un sistema de equilibrios geopolíticos que hasta entonces había permitido contener los conflictos locales. Fue un paso más (entre muchos) en el camino hacia una guerra que consumiría primero a Europa y luego a gran parte del mundo. Existen pocos motivos para pensar que los bombardeos aéreos de 2011 vayan a acarrear unas consecuencias tan terribles como aquellas.

La historia no se repite pero, como decía Mark Twain, a veces rima. ¿Y qué significan esas rimas? Pueden ser meros síntomas del estrecho “presentismo” de una cultura occidental que no es capaz de ver en el pasado más que infinitos ecos de sus propias preocupaciones, una cultura obsesionada con los aniversarios y el recuerdo. Pero no debemos excluir la posibilidad de que esos momentos de déjà vu histórico revelen genuinas afinidades entre un instante en el tiempo y otro.

En los últimos años, las afinidades se acumulan. Es ya casi un tópico decir que el mundo en el que vivimos se parece cada vez más al de 1914. Después de haber dejado atrás la estabilidad bipolar de la Guerra Fría, nos encontramos en plena lucha para encontrar sentido a un sistema que es cada vez más multipolar, opaco e impredecible. Igual que en 1914, una potencia en ascenso se enfrenta a otra superpotencia cansada (pero no necesariamente en declive). Surgen crisis descontroladas en zonas del mundo con gran importancia estratégica; en algunas, como el pulso actual en las Islas Senkaku del Pacífico occidental, intervienen de forma directa los intereses de las grandes potencias. A nadie que, desde la perspectiva de los primeros años del siglo XXI, evoque el rumbo que siguió la crisis del verano de 1914, pueden dejar de impresionarle los ecos contemporáneos. Comenzó con un escuadrón de terroristas suicidas y una caravana de automóviles. Detrás del crimen de Sarajevo estaba una organización basada en el culto al sacrificio, la muerte y la venganza; una organización dispersa en células repartidas por distintos países; que no rendía cuentas ante nadie y cuyos vínculos con cualquier gobierno soberano eran tangenciales y ocultos.

Incluso el furor actual a propósito de Wikileaks, el espionaje y los ataques informáticos chinos tiene equivalente en los comienzos del siglo XX: la política exterior francesa estuvo en peligro en los años anteriores a la guerra por una serie de filtraciones sobre informaciones confidenciales de alto nivel; a los británicos les preocupaba el espionaje ruso en Asia Central, y a principios del verano de 1914 un espía en la embajada rusa en Londres mantuvo informado a Berlín de las últimas negociaciones navales entre Gran Bretaña y Rusia. El caso más escandaloso de todos fue el del coronel austriaco Alfred Redl, que ascendió hasta convertirse en jefe de los servicios de contraespionaje de su país, pero en realidad era un agente que trabajaba para los rusos y les proporcionó valiosas informaciones militares hasta que lo detuvieron y le permitieron suicidarse en mayo de 1913.

¿La historia nos quiere contar algo? Y en ese caso, ¿qué? En el verano de 2008, después de una breve guerra entre Rusia y Georgia por Osetia del sur, el embajador ruso ante la OTAN, Dmitri Rogozin, aseguró que en el drama que se desarrollaba en el Cáucaso podía atisbar una reproducción de la crisis de julio de 1914. Incluso expresó su esperanza de que el presidente de Georgia (a quien consideraba la parte agresora en la disputa) no pasara a la historia como “el nuevo Gavrilo Princip”, en referencia al joven bosnio que asesinó al heredero al trono de Austria y su esposa el 28 de junio de 1914. Después de los asesinatos, el enfrentamiento entre Serbia y Austria-Hungría había arrastrado a Rusia y había transformado un conflicto local en una guerra mundial. Si Georgia lograba obtener el apoyo de la OTAN, ¿podría volver a suceder lo mismo?

Las negras profecías nunca se hicieron realidad. La OTAN se lo pensó dos veces antes de unir su destino al del impetuoso presidente georgiano, Mijail Saakashvili. Tras una breve exhibición naval de Estados Unidos en el Mar Negro, la crisis se desvaneció. Georgia no era la Serbia de principios del siglo XX, la OTAN no era la Rusia zarista, y el presidente Saakashvili no era Gavrilo Princip. El empeño de Rogozin de atar el presente a una analogía tendenciosa con el pasado no era un intento sincero de hacer un pronóstico con bases históricas, sino una advertencia a Occidente para que se mantuviera al margen del conflicto. Fue una afirmación históricamente inexacta y hermenéuticamente vacía.

Incluso en manos mejor informadas y menos manipuladoras, las analogías históricas se resisten a una interpretación categórica. Uno de los motivos, pero solo uno de ellos, es que la coincidencia entre el pasado y el presente nunca es perfecta, ni siquiera próxima. Pero la razón fundamental es que el significado de los acontecimientos del pasado es tan escurridizo --y tan discutible-- como su significado en el presente. Pensemos en China, por ejemplo. ¿La China de hoy es análoga a la Alemania imperial de 1914, como se dice a menudo? Incluso si decidimos que lo es, ¿qué enseñanzas podemos extraer del paralelismo? Si pensamos que la agresión alemana fue lo que verdaderamente empezó la Primera Guerra Mundial, podemos llegar a la conclusión de que Estados Unidos debería adoptar una línea dura contra las intromisiones de la China contemporánea. Pero si creemos, como creo yo, que la guerra de 1914-1918 fue consecuencia de las relaciones entre una serie de potencias, cada una de las cuales estaba dispuesta a recurrir a la violencia para defender sus intereses, entonces quizá podríamos deducir que necesitamos diseñar mejores formas de integrar a las grandes potencias nuevas en el sistema internacional. Como mínimo, 1914 es (como fue para el presidente John F. Kennedy durante la crisis de los misiles de Cuba en 1963) una historia aleccionadora sobre lo mucho que puede deteriorarse la política internacional, y a qué velocidad, y con qué consecuencias tan terribles.

Sigue siendo importante que rechacemos las interpretaciones manipuladoras o reduccionistas del pasado cuando se utilizan para apoyar unos objetivos políticos actuales. El recurso a la historia resulta esclarecedor, sobre todo, cuando entendemos que nuestras conversaciones sobre el pasado son tan poco definitivas como nuestras reflexiones sobre el presente. La historia es “la gran maestra de la vida pública”, dijo Cicerón. Dado que no vemos el futuro, es inevitable. Pero es una maestra excéntrica. La sabiduría de la historia no nos llega en forma de lecciones preempaquetadas, sino de oráculos, cuya relación con nuestra situación actual debemos averiguar.

Christopher Clark es historiador.

http://internacional.elpais.com/internacional/2014/01/14/actualidad/1389700818_932717.html
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por asterix el 16/1/2014, 5:47 pm

escribiendo a Vista de pajaro....

La WWI, fue UNA GUERRA ENTRE IMPERIALISTAS......y una que otra monarquía decadente de la Vieja Europa....

No contaban...CON LA DEMOCRACIA AMERICANA...tan luego entró (1917) y en menos de UN AÑO...inclinó la balanza al favor DE LOS IMPERIALISTAS BUENOS...(en teoría).....

en la WWII fue lo mismo, esa Democacracia Americana entró en combate en EUROPA y en menos de UN AÑO.....la guerra terminó.

Hablemos de los temas PERMITIDOS de la gran guerra....

El Barón Rojo,

La Batalla de Jutlandia,

Y la batalla de los Lagos Masurianos...(o Batalla de Tannenberg) de la que nunca hablan los historiadores...y de la cual LOS RUSOS QUEDARON TAN MAL PARADOS vs las tropas Orientales del Kaiser ...que firmaron un armisticio para que entrara luego luego en escena, UN CALVITO con piochita que daría mucho que hablar en lo futuro.....ja


Buen tema.


Un saludo.
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Motul Ajaw el 16/1/2014, 7:51 pm

Excelente e interesantisimo tema compañero Von Leunam.
Buenos artículos que abordan también las consecuencias sociales y no solo cuestiones bellicas. Solo falta lo que toca a la Europa oriental.

Le pongo un +1 y le envío un saludo.

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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 17/1/2014, 7:13 pm

“No es cierto que mi familia sea culpable de esa guerra mundial”



Pregunta. ¿Es frecuente que todavía se dirijan a usted llamándole "Alteza Imperial"?

Respuesta. Ocurre a menudo, pero no corrijo a nadie porque casi siempre lo hacen por respeto hacia mi familia, no hacía mí personalmente. No soy un pedante.

P. ¿Qué tienen que ver los Habsburgo de hoy día con la Primera Guerra Mundial?

R. La mayoría de los miembros de mi familia consideran esa guerra no solo parte de la historia de un país, sino también parte de la historia de nuestra familia.

P. ¿Cómo definiría usted ese concepto de familia? Porque estamos hablando de una integrada por más de 500 personas. ¿Los elementos determinantes serían, fundamentalmente, la relevancia política y la historia de un gran clan?

R. Mi familia ha sido siempre una familia muy política y lo ha seguido siendo hasta ahora. Mi hermana fue durante mucho tiempo embajadora de Georgia en Berlín, otra hermana mía es diputada en Suecia. Entre los 500 miembros de mi familia hay de todo, hay secretarios de obispo y directores de museo. Pero no tiene ningún sentido centrarse en el pasado.

P. ¿Los Habsburgo siguen casándose preferentemente con otros aristócratas?

R. Es algo que ocurre muy a menudo porque las familias de la aristocracia europea nos conocemos y nos reunimos con motivo de actos sociales. Al fin y al cabo, la monarquía es una forma de Estado, como también lo es la república.

P. ¿Por qué otros monarcas los invitan e integran en su entorno? En Austria se ha abolido la nobleza.

R. Porque existen relaciones de parentesco.

P. ¿Entonces lo que cuenta es el árbol genealógico?

R. Sí, por supuesto.

P. El lema de su padre era: “valor para asumir el deber”. Suena casi prusiano.

R. Siempre sintió que tenía una obligación que cumplir para con los espacios históricos en los que éramos políticamente activos. Y eso es algo que nos inculcó a nosotros desde niños.

P. ¿Hay en su familia revanchistas que, por ejemplo, pretendan recuperar el territorio lombardo-véneto o Dalmacia?

R. No, eso sería ridículo.

P. Su primo Ulrich ha intentado conseguir el derecho de voto pasivo para las elecciones presidenciales. Ha exigido que se retire la prohibición que establece que ni él ni sus parientes pueden presentarse como candidatos a presidente. Y lo ha conseguido. ¿Le parece correcto?

R. Por supuesto. La Ley Habsburgo es absurda, no se puede decir otra cosa. Después de la Primera Guerra Mundial en el país existían ciertos miedos y la preocupación de que la familia pudiera volver y plantear reclamaciones. Cuando mi abuelo, el emperador Carlos I, renunció, una de las condiciones fue que se debía votar qué posición ocuparía en el futuro. El canciller Karl Renner le prometió que así se haría; pero luego se canceló esa votación. Nos privaron de todos los derechos, nos expropiaron y nos mandaron al exilio. En aquel entonces nuestro patrimonio había ido a parar a un fondo; una vez disuelto este se nos debía devolver la propiedad, pero eso no ocurrió nunca. Yo, por ejemplo, he crecido con el absurdo de tener durante mi infancia un pasaporte austriaco expedido en Munich en el que ponía que podía viajar a cualquier país del mundo salvo a Austria. Esta regla no se anuló hasta finales de los años sesenta.

P. La abdicación, la expropiación y el exilio fueron precedidos por una guerra que también causó un sufrimiento indecible, millones de muertos y hambrunas a los 50 millones de habitantes del imperio. ¿Tiene la sensación de que su abuelo también fue castigado por todo ese sufrimiento?

R. Pero no se trata aquí de la culpa y la expiación. Y tampoco es cierto que la familia sea culpable de esa guerra mundial. Simplificando, se puede decir que los disparos de Sarajevo desencadenaron la Primera Guerra Mundial. Pero si no hubiesen sido los disparos de Sarajevo, tres semanas después habría comenzado en algún otro lugar. Es un error señalar con el dedo a los Estados. Y si se hace, habría que decir también que existían tensiones decisivas, sobre todo entre Alemania y Rusia, donde ya se había producido una movilización parcial junto a las fronteras. Eran muchos los que estaban preparados en la línea de salida, esperando el gran conflicto. Si vamos a explayarnos haciendo acusaciones, probablemente la culpa mayor fue del nacionalismo en sí mismo.

P. ¿Qué papel activo desempeñó su abuelo, el último emperador?

R. Un papel pequeño, porque había heredado la guerra. No tenía nada que ver con ello. Además, hizo muchos esfuerzos por mantener la paz, que también suscitaron reproches, y aprovechó sus contactos familiares para entablar negociaciones de paz. Tampoco creo que al comienzo de la Primera Guerra Mundial nadie pudiera imaginarse hasta qué extremos de crueldad y locura iba a degenerar el conflicto. Es cierto que existían algunas experiencias previas, sobre todo las dos guerras de los Balcanes, que podrían haber enseñado en qué clase de drama podía derivar aquello. Pero los austriacos pensaron, un tanto ofuscados, que sería una guerra pequeña, en la que tendríamos que poner algo de orden en Serbia. Así que todo el mundo se imaginó que estaríamos pronto de vuelta en casa.

P. ¿Qué papel desempeñó el sucesor al trono Francisco Fernando?

R. Francisco Fernando tenía muy claro que en aquel entonces la situación de los pueblos eslavos en el marco del imperio de los Habsburgo era un problema fundamental. También se daba cuenta de las tensiones que existían con Serbia. Y quizá también era consciente de que los serbios lo consideraban su principal enemigo porque quería equilibrar, en realidad minimizar, la preponderancia de los serbios dentro de la constelación de fuerzas de los pueblos eslavos. Por eso llevaban muchos años haciendo preparativos para atentar contra él, con veneno y armas que se introdujeron de contrabando en Sarajevo.

P. En el ínterin se ha reavivado y reorientado el debate sobre los factores desencadenantes de la guerra como refleja el libro Los sonámbulos de Christopher Clark. Ahora se impone la tesis de que existía una especie de predisposición generalizada a entrar en guerra. ¿Le parece razonable este planteamiento?

R. No debemos olvidar que antes habían tenido lugar esas dos guerras de los Balcanes. En ambas se produjo una movilización de Austria. En aquel entonces eso significaba también la movilización de todos los recursos financieros del país. Todos tenían claro que no se podían permitir una tercera movilización sin hacer una guerra. Simpatizo con la tesis de Clark de que todos los implicados caminaron sonámbulos hacia esa guerra y tenían sus respectivos intereses específicos en llevarla a cabo.

P. ¿Dónde habría que situar entonces – según el debate interno de su familia – la corresponsabilidad de la casa de los Habsburgo?

R. En Austria existía una falta de preparación militar, teníamos unos soldados apenas aptos para ir al frente y unos uniformes muy bonitos pero poco más; nos faltaban muchas cosas.

P. ¿Tras la guerra se desató la cólera popular contra los Habsburgo?

R. No hubo nada semejante, todo lo contrario: seguía existiendo una gran simpatía hacia el emperador, también porque la gente reconoció lo mucho que se había esforzado en lograr la paz, en abastecer a las víctimas de la hambruna.

P. ¿No es ese básicamente un punto de vista “vienocéntrico”? En el imperio en desintegración también hubo otras reacciones.

R. Por supuesto, el ambiente en el Tirol era diferente al que había en Bucovina.

P. Lo que hizo después su padre, Otto de Habsburgo, ¿tiene algo que ver con una especie de reparación?

R. No, porque eso significaría que creíamos que éramos culpables y que teníamos que ofrecer una compensación por ello. Más bien tenía que ver con el deber.

P. Durante mucho tiempo su padre fue considerado un forastero, un paneuropeo algo pomposo. ¿Le produce una cierta satisfacción el hecho de que a la postre la historia haya ratificado su entusiasmo por una gran Europa?

R. Satisfacción, no. Me alegra que Europa haya evolucionado en la dirección que él pensaba. Porque la UE era, con otros medios, la prosecución de la antigua idea imperial supranacional. Y justamente eso mismo vio y deseó Otto de Habsburgo en Europa. Las circunstancias han cambiado, qué duda cabe, pero seguimos trabajando en la idea de un ordenamiento jurídico supranacional y en el principio de subsidiariedad. Franz-Josef Strauss dijo en una ocasión que quien se casa con el espíritu de la época, enviuda pronto.

P. Pero esa idea imperial supranacional también podría haberse convertido en una senda peligrosa. Las últimas décadas de la monarquía imperial y real estuvieron dominadas por fuerzas centrífugas, por una disgregación, por una desintegración. Pero se forzó la unidad de esa construcción mediante una idea supranacional. Y precisamente la monarquía de los Habsburgo fue castigada por eso.

R. Es cierto pero, a pesar de todo, en el siglo XX era la senda correcta. En cierto modo aquella entidad “imperial y real” era increíblemente moderna. Cuando uno piensa que el himno nacional se cantaba oficialmente en 12 idiomas y extraoficialmente en más de 20… Si se reivindicara ahora algo semejante en Francia, si se dijese que una parte de la población del Estado quiere cantar la Marsellesa solo en bretón... Sería inimaginable.

P. ¿Cuál es su concepto de Europa?

R. Me siento muy enraizado en una pan-Europa. Debido a la actividad que llevo a cabo para Blue Shield, que es una asociación que se dedica a la protección del patrimonio cultural en zonas en guerra, he pasado mucho tiempo en África y veo cómo miran allí hacia Europa. Cómo los africanos ven a Europa orientada hacia el futuro y la admiración que despierta, por ejemplo, la idea de un tribunal de justicia europeo. La idea de Estado nacional es una idea del siglo pasado.

Carlos de Habsburgo-Lorena (nacido en 1961) es asesor de medios de comunicación y presidente de la Asociación de Comités Nacionales de Blue Shield, dedicada a la protección del patrimonio cultural en conflictos armados, y presidente del Movimiento Paneuropeo de Austria.

http://internacional.elpais.com/internacional/2014/01/07/actualidad/1389107873_388697.html
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 17/1/2014, 7:24 pm

Gracias Motul Ajaw,

Este tema ya de entrada es muy interesante, y faltan los grandes actos y conmemoraciones.

Le envío un afectuoso saludo!
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 4/2/2014, 5:21 pm

En ingles, articulos de Der Spiegle:

Century of Violence: What World War I Did to the Middle East

By Bernhard Zand



Damascus, year three of the civil war: The 4th Division of the Syrian army has entrenched itself on Kassioun Mountain, the place where Cain is said to have slain his brother Abel. United Nations ballistics experts say the poison gas projectiles that landed in the Damascus suburbs of Muadamiya and Ain Tarma in the morning hours of Aug. 21, 2013 were fired from somewhere up on the mountain. Some 1,400 people died in the attack -- 1,400 of the more than 100,000 people who have lost their lives since the beginning of the conflict.

Baghdad, in the former palace quarter behind the Assassin's Gate: Two years after the American withdrawal, Iraqis are once again in full control of the so-called Green Zone, located on a sharp bend in the Tigris River. It is the quarter of Baghdad where the Americans found refuge when the country they occupied devolved into murderous chaos. Currently, the situation is hardly any better. On the other side of the wall, in the red zone, death has once again become commonplace. There were over 8,200 fatalities last year.

Beirut, the capital of Lebanon that is so loved by all Arabs: The city has long been a focal point both of Arab life and of Arab strife. The devout versus the secular, the Muslims versus the Christians, the Shiites versus the Sunnis. With fighting underway in Libya and Syria, with unrest ongoing in Egypt and Iraq, the old question must once again be posed: Has Beirut managed to leave the last eruption of violence behind or is the next one just around the corner?

Two years after the revolts of 2011, the situation in the Middle East is as bleak as it has ever been. There is hardly a country in the region that has not experienced war or civil strife in recent decades. And none of them look immune to a possible outbreak of violence in the near future. The movement that came to be known as the Arab Spring threatens to sink into a morass of overthrows and counter-revolts.

That, though, is likely only to surprise those who saw the rebellions in Tunisia, Libya, Egypt and Syria as part of an historical turn of events for the Middle East. To be sure, the unrest was a bloody new beginning, but it was also the most recent chapter in an almost uninterrupted regional conflict that began 100 years ago and has never really come to an end.

'The Children of England and France'

In no other theater of World War I are the results of that epochal conflict still as current as they are in the Middle East. Nowhere else does the early 20th century orgy of violence still determine political conditions to the same degree. The so-called European Civil War, a term used to describe the period of bloody violence that racked Europe from 1914 onwards, came to an end in 1945. The Cold War ceased in 1990. But the tensions unleashed on the Arab world by World War I remain as acute as ever. Essentially, the Middle East finds itself in the same situation now as Europe did following the 1919 Treaty of Versailles: standing before a map that disregards the region's ethnic and confessional realities.

In Africa, Latin America and -- following the bloodletting of World War II -- Europe, most peoples have largely come to accept the borders that history has forced upon them. But not in the Middle East. The states that were founded in the region after 1914, and the borders that were drawn then, are still seen as illegitimate by many of their own citizens and by their neighbors. The legitimacy of states in the region, writes US historian David Fromkin in "A Peace to End All Peace" -- the definitive work on the emergence of the modern Middle East -- comes either from tradition, from the power and roots of its founder or it doesn't come at all.

Only two countries in the broader region -- Egypt and Iran -- possess such a long and uninterrupted history that their state integrity can hardly be shaken, even by a difficult crisis. Two others continue to stand on the foundation erected by their founders: The Turkish Republic of Mustafa Kemal Atatürk and the Kingdom of Saudi Arabia, finally united by Abd al-Asis Ibn Saud in 1932.

These four countries surround the core of the Middle East, which is made up of five countries and one seemingly eternal non-state. Fromkin calls them the "children of England and France:" Lebanon, Syria, Jordan, Iraq, Israel and Palestine.

No group of countries, particularly given their small sizes, has seen so many wars, civil wars, overthrows and terrorist attacks in recent decades. To understand how this historical anomaly came to pass, several factors must be considered: the region's depressing history prior to World War I, the failure of the Arab elite and the continual intervention by the superpowers thereafter, the role of political Islam, the discovery of oil, the founding of Israel and the Cold War.

A Peace to End All Peace

Perhaps most important, however, was the wanton resolution made by two European colonial powers, Britain and France, that ordered this part of the world in accordance with their own needs and literally drew "A Line in the Sand," as the British historian James Barr titled his 2011 book about this episode.

It is still unclear where the Arab Spring will take us and what will ultimately become of the Middle East. Apocalyptic scenarios are just as speculative as the hope that that the region will find its way to new and more stable borders and improved political structures. But where does this lack of legitimacy and absence of trust which poisons the Middle East come from? How did we arrive at this "Peace to End All Peace," as Fromkin's book is called?

Istanbul, the summer of 1914: The capital of the Ottoman Empire seems half a world away from the sunny parlor in the Imperial Villa in Ischl where Emperor Franz Joseph I signed his manifesto "To My People" on July 28 and unleashed the world war by declaring war on Serbia. For centuries, the Ottoman Empire had controlled the southern and eastern Mediterranean, from Alexandretta to Arish, from the Maghreb to Suez. But Algeria and Tunisia fell to the French while the British nabbed Egypt; in 1911, the Italians established a bridgehead in Libya. By the eve of the Great War, the empire had shrunk to include, aside from today's Turkey, only the Middle East, present-day Iraq and a strip of land on the Arabian Peninsula stretching down to Yemen.

It is these regions, south of present-day Turkey, that became the focus of the Middle Eastern battles in World War I. For 400 years, the area had wallowed deep in history's shadow. But in the early 20th century, it rapidly transformed into the arc of crisis we know today -- a place whose cities have become shorthand for generations of suffering: Basra, Baghdad, Aleppo, Damascus, Beirut, Gaza and Suez.

The protagonists of World War I were not fully aware yet that the Ottoman Empire's backyard was sitting atop the largest oil reserves in the world. Had they known, the fighting in the Middle East would likely have been even more violent and brutal than it was. At the time, however, the war aims of the two sides were determined by a world order that would dissolve within the next four years: Great Britain wanted to open a shipping route to its ally Russia and to secure its connection to India via the Suez Canal and the Persian Gulf. The German Empire wanted to prevent exactly that.

Shifting to the Periphery

It remained unclear for a few days following Franz Joseph's declaration of war whether the Ottoman Empire would enter the war and, if it did, on which side. But shortly after the conflict began, Istanbul joined Berlin and Vienna. On August 2, the Germans and the Ottomans signed a secret pact; a short time later, two German warships -- the SMS Goeben and the SMS Breslau -- began steaming from the western Mediterranean toward Constantinople. Once they arrived, they were handed over to the -- officially still neutral -- Ottoman navy and renamed Yavuz and Midilli; the German crews remained, but donned the fez.

With the arrival of the two battleships in the Golden Horn and the subsequent mining of the Dardanelles, the casus belli had been established: The Ottomans and the Germans had blocked the connection between Russia and its allies, the French and the British. Shortly thereafter, the Goeben, flying the Ottoman flag, bombarded Russian ports on the Black Sea. At the beginning of November, Russia, Great Britain and France declared war on the Ottoman Empire.

In London, strategists began considering an attempt to break the Dardanelles blockade and take Constantinople. The result was the arrival of a British-French fleet at the southern tip of the Gallipoli Peninsula three months later. The attack, which began with a naval bombardment but soon included an all-out ground-troop invasion, failed dramatically. The Ottoman victory led to the resignation of Britain's First Lord of the Admiralty Winston Churchill and provided the foundation for the rise of the man who would later found modern Turkey: Mustafa Kemal Atatürk. The bloody battle also became a national trauma for Australia and New Zealand, thousands of whose soldiers lost their lives at Gallipoli.

The Allies' defeat at Gallipoli marked a strategic turning point in the war in the Middle East. Because their plan to strike at the heart of the Ottoman Empire failed, the Allies began focusing on its periphery -- targeting the comparatively weakly defended Arab provinces. It was a plan which corresponded with the Arab desire to throw off the yoke of Ottoman rule. In July 1915, Sir Henry McMahon, the High Commissioner of Egypt, began secret correspondence with Hussein Bin Ali, the Sharif of Hejaz and of the holy city of Mecca. He and his sons, Ali, Faisal and Abdullah -- together with the Damascus elite -- dreamed of founding an Arab nation state stretching from the Taurus Mountains in southeastern Turkey to the Red Sea and from the Mediterranean to the Iranian border.

In October 1915, McMahon wrote Hussein a letter in which he declared Great Britain's willingness -- bar a few vague reservations -- "to recognize and support the independence of the Arabs within the territories in the limits and boundaries proposed by the Sherif of Mecca."

Part 2: Imperialistic Dealings

The Arabs fulfilled their part of the agreement. In June 1916, they began their insurgency against the Ottomans -- a decisive aid to the British advance from Sinai to Damascus via Jerusalem. Their revolt was energized by the British archeologist and secret agent Thomas Edward Lawrence, who would go down in history as "Lawrence of Arabia."

Britain, though, did not fully live up to its part of the deal. In a dispatch sent in early 1916, Lawrence wrote that the Arab revolt would be useful to the British Empire because, "it marches with our immediate aims, the break-up of the Islamic 'bloc' and the defeat and disruption of the Ottoman Empire." But in no way were the British thinking of the kind of united Arab state that Hussein and his sons dreamed of. "The states the Sharifs would set up to succeed the Turks would be … harmless to ourselves…. The Arabs are even less stable than the Turks. If properly handled they would remain in a state of political mosaic, a tissue of small jealous principalities incapable of cohesion."

Far more important to the British than their Arab comrades in arms were the French, with whom their troops were fighting and dying in untold numbers on the Western Front. "The friendship with France," British Prime Minister David Lloyd George later told his French counterpart Georges Clemenceau, "is worth ten Syrias." France was a colonial power that had long laid claim to the Christian provinces of the Ottoman Empire. Great Britain would have preferred to control the region alone, but with their common enemy Germany bearing down, London was prepared to divide the expected spoils.

Even as McMahon was corresponding with Sharif Hussein, British parliamentarian Sir Mark Sykes was negotiating a contradictory deal with the French diplomat François Georges-Picot. It foresaw the division of the Arab provinces which still belonged to the Ottomans in such a way that France would get the areas to the north and the British those to the south. "I should like to draw a line from the 'e' in Acre to the last 'k' in Kirkuk," Sykes said as he briefed Downing Street on the deal at the end of 1916.

The so-called Sykes-Picot Agreement was an unabashedly imperialistic document. It took no account of the wishes of the peoples affected, ignored the ethnic and confessional boundaries existing in the Arab and Kurdish world and thus provoked the conflicts which continue to plague the region 100 years later. "Even by the standards of the time," writes James Barr, "it was a shamelessly self-interested pact."

The Balfour Redesign

The document initially remained secret. And by the time the Bolsheviks completed their revolution in Moscow in 1917 and made the Sykes-Picot Agreement public, the British had already signed another secret deal -- one which neither the Arabs nor the French knew about.

On Nov. 2, 1917, Foreign Minister Arthur James Balfour promised the Zionist Federation of Great Britain "the establishment in Palestine of a national home for the Jewish people." There were several factors motivating the British to grant the oppressed Jews the right to self-determination and to give them a piece of the Ottoman Empire for that purpose. One of the most important was the accusations of imperialism against London that had grown louder as the war progressed. Not that the imperialists in the British cabinet shared such concerns. But it bothered them, particularly because one of the critics, Woodrow Wilson, had just been reelected as US president.

"Every people should be left free to determine its own polity, its own way of development, unhindered, unthreatened, unafraid," Wilson intoned in January of 1917 on the eve of America's entry into the war. At the time, Wilson was unaware of the Sykes-Picot Agreement, but the British suspected that they would ultimately have to come clean with their new ally. As such, the Balfour Declaration can be seen as an effort to guard against the expected US reaction to Britain's arbitrary redesign of the Middle East.

In the meantime, the British -- with the help of the Arabs -- were establishing military facts on the ground. Against stiff Ottoman and German resistance, they advanced across the Sinai and Palestine to Damascus. At the same time, they progressed up the Euphrates to Baghdad and occupied Iraq. Between 1915 and 1918, there were more than 1.5 million soldiers fighting in the Middle East, with several hundred thousand casualties -- not including the around one million Armenians who were killed or starved to death in the Ottoman Empire.

In October of 1918, World War I came to an end in the region with the Armistice of Mudros. The Ottoman Empire had been defeated and, with the exception of Anatolia, was divided among the victors and their allies. The "peace to end all peace" was forced upon the Middle East -- for an entire century.

When US President Wilson arrived in Paris in early 1919 for peace negotiations with British premier Lloyd George and French leader Clemenceau, he became witness to what for him was an unexpected show. The heads of the two victorious powers were deeply divided and engaged in a biting oratorical duel. The French insisted that they be given the mandate for present-day Lebanon and for the region stretching to the Tigris, including what is now Syria. The Sykes-Picot Agreement, after all, guaranteed them control over the area.

Asking the People

The British, who were mindful of their own mandate in Palestine and who had just received more exact information regarding the immense oil riches to be had in Mesopotamia, were opposed. Granting France the mandate over Syria, after all, was in contradiction to the promises they had made to the Arabs at the beginning of the war. Furthermore, the British had fought the war in the Middle East essentially on their own, with almost one million soldiers and 125,000 killed and injured. "There would have been no question of Syria but for England," Lloyd George said.

Wilson proposed a solution. The only way to find out if the residents of Syria would accept a French mandate and those of Palestine and Mesopotamia would accept British rule, the US president said, was to find out what people in those regions wanted. It was a simple and self-evident idea. For two months, the Chicago businessman Charles Crane and the American theologian Henry King travelled through the Middle East and interviewed hundreds of Arab notables. Although the British and the French did all they could to influence the outcome of the mission, their findings were clear. Locals in Syria did not want to be part of a French mandate and those in Palestine were uninterested in being included in a British mandate. London had been successful in preventing the Americans from conducting a survey in Mesopotamia.

In August, King and Crane presented their report. They recommended a single mandate covering a unified Syria and Palestine that was to be granted to neutral America instead of to the European colonial powers. Hussein's son Faisal, who they describe as being "tolerant and wise," should become the head of this Arab state.

Today, only Middle East specialists know of the King-Crane Report, but in hindsight it represents one of the biggest lost opportunities in the recent history of the Middle East. Under pressure from the British and the French, but also because of the serious illness which befell Wilson in September of 1919, the report was hidden away in the archives and only publicly released three years later. By then, Paris and London had agreed on a new map for the Middle East, which diametrically opposed the recommendations made by King and Crane. France divided its mandate area into the states of Lebanon and Syria while Great Britain took on the mandate for Mesopotamia, which it later named Iraq -- but not before swallowing up the oil-rich province of Mosul. Between Syria, Iraq and their mandate area of Palestine, they established a buffer state called Transjordan.

Instead of the Arab nation-state that the British had promised Sharif Hussein, the victorious powers divided the Middle East into four countries which, because of their geographical divisions and their ethnic and confessional structures are still among the most difficult countries in the world to govern today.

Fatal and Long-Term Consequences

And they knew what they were doing. Just before the treaties were signed, the question arose as to where exactly the northern border of Palestine -- and thus, later, that of Israel -- was to run. An advisor in London wrote to the British Prime Minister Lloyd George: "The truth is that any division of the Arab country between Aleppo and Mecca is unnatural. Therefore, whatever division is made should be decided by practical requirements. Strategy forms the best guide." In the end, the final decision was made by a British general assisted by a director from the Anglo-Persian Oil Company.

The Arab world, of course, wasn't the only place where borders were drawn that local populations refused to accept. It happened in Europe too. But three factors in the Middle East led to fatal and long-term consequences.

First: Whereas many Europeans had begun to develop national identities and political classes by the beginning of the 19th century at least, World War I yanked Arabs out of their historical reverie. The Ottomans took a relatively hands-off approach to governing their Middle Eastern provinces, but they also did little to introduce any kind of political structure to the region or to promote the development of an intellectual or economic elite. On the contrary, at the first sign of a progressing national identity, the Ottoman rulers would banish or execute the movement's leaders. This heritage weighed on the Middle East at the dawn of the 20th century, and the region's pre-modern conflation of state and religion further hampered its political growth.

Second: The capriciousness with which France and Great Britain redrew the boundaries of the Ottoman Empire's former Arab provinces left behind the feeling that a conspiracy was afoot -- a feeling which grew into an obsession in the ensuing decades. Even today, the legend lives on that the mysterious buckle in the desert border between Jordan and Saudi Arabia is the result of someone bumping the elbow of Colonial Secretary Winston Churchill as he was drawing the line. That, of course, is absurd -- but it isn't too far removed from the manner in which Sykes, Picot, Lloyd George and Clemenceau in fact carved up the region.

Thirdly: In contrast to Europe, the tension left behind by the untenable peace in the Arab world was not released in a single, violent eruption. During World War II, the region was not a primary theater of war.

But the unresolved conflicts left behind by World War I, combined with the spill-over effects from the catastrophic World War II in Europe -- the founding of Israel, the Cold War and the race for Persian Gulf resources -- added up to a historical burden for the Middle East. And they have resulted in an unending conflict -- a conflict that has yet to come to an end even today, almost 100 years after that fateful summer in 1914.

Translated from the German by Charles Hawley

http://www.spiegel.de/international/world/world-war-i-led-to-a-century-of-violence-in-the-middle-east-a-946052-2.html
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 4/2/2014, 5:26 pm

The Bosnian Knot: Conflicts Unchanged in Birthplace of WWI

By Walter Mayr



In a six-part series, SPIEGEL examines the modern-day consequences of World War I. Bosnia, where the war began with shots fired in Sarajevo, was the scene of the last mass killing on European soil, in a war that began in 1992. Rebel Serbs have ensured that the country remains a trouble spot today.

Among the rows of apartment buildings in the far eastern section of Sarajevo, near the airport, murderer Gavrilo Princip remains a hero to this day.

Some Bosnian Serbs living in this neighborhood openly venerate their most famous son. On a cloudless Sunday in June 1914, Princip, a student who sported a moustache, shot and killed the heir to the Austro-Hungarian throne, Archduke Franz Ferdinand, with a single bullet to the carotid artery, fired from a 7.65 Browning pistol.

The deadly attack by the young Bosnian Serb on the scion of the Austro-Hungarian double monarchy turned out to be an overture to an unprecedented tragedy. Some 15 million died in World War I, and when it was all over, the rulers from the Habsburg, Hohenzollern and Romanov royal families had lost their thrones.

Was Princip's bloody attack justified from the Serbian perspective, an act of revenge against the Habsburgs, who had occupied Ottoman Bosnia in 1878 and then annexed it in 1908? In eastern Sarajevo, at any rate, a large portrait of the assassin hangs on the wall of the Soho Café today, a century later. Princip's last words, once scratched into a cell wall in the Bohemian town of Theresienstadt, are also displayed: "Our shadows will be walking through Vienna."

Princip and his fellow conspirators with the pan-Slavic "Young Bosnia" movement were motivated by an explosive mix of ideas: radical nationalism, combined with skepticism toward the Western lifestyle and rage over their own economic backwardness. Encouraged by the demise of the Ottoman Empire, which had controlled the Balkans for centuries, warmongers in the region were already gaining ground before the Sarajevo assassination, especially in the neighboring Kingdom of Serbia, where some dreamed of a nation that would include all regions populated by Serbs in the territory of Austria-Hungary.

Even today, nationalists in the region once held by the defunct multi-ethnic Republic of Yugoslavia pose a threat to stability in the heart of Europe. This is especially apparent in Bosnia-Herzegovina -- a patchwork quilt that is home to Bosnian Muslims, Orthodox Serbs and Catholic Croats.

Princip's Great-Nephew

A white-haired man nicknamed "Bato," or buddy, who is sitting under the 1914 assassin's portrait in the Soho Café on this afternoon, agrees with the assessment that surprisingly few lessons have been learned from the suffering of the last 100 years, brought on by two world wars and the Bosnian war that began in 1992.

The 61-year-old businessman, who holds a degree in economics, is named Gavrilo Princip. He's the great-nephew of the young man who committed the most momentous murder of the 20th century only a few kilometers away. The stories Bato heard from his father, who lived under one roof with the budding assassin, are the first-hand accounts of his famous ancestor.

Princip, the assassin who shaped world history with his gunshots, was apparently a puritanical, ambitious young man from a very poor background. But was he guilty? "I'm no historian," says the great-nephew. "All I know is that he was still very young."

Although the only physical trait Bato has in common with the 1914 assassin is his long, narrow nose, he shares his Serb nationalist pride and his loathing of all forms of foreign control. Bato is irritated that Princip the rebel no longer fits into the modern view of history in independent Bosnia. "When I attended high school in Sarajevo, pictures were still displayed in his honor, and Young Bosnia was venerated as a revolutionary organization," he says in amazement. "And now that Yugoslavia no longer exists, are we suddenly supposed to believe that they were all terrorists?"

This is where post-Yugoslav opinions diverge, especially now that the 100th anniversary of the June 28, 1914 assassination is approaching. Proponents and critics of Princip's legacy are as irreconcilable as they were during the bloody Bosnian war of secession that began in 1992. There are parallels between today's dispute over the historic significance of the assassin of Sarajevo and the events that unfolded 20 years ago.

Freedom Fighter or Nationalist Murderer?

The one camp, predominantly Croats and Muslims, views Princip as a Greater Serbian nationalist and murderer, and believes that there should be no reason to celebrate him in an independent Bosnia-Herzegovina. Those in the other camp are mainly Bosnian Serbs and venerate Princip as a freedom fighter with national and anti-imperialist ideals.

Unlike the Catholic Croats and the Bosnian Muslims, most of whom were loyal to the emperor in 1914, the militant Serbs were viewed with suspicion in the Habsburg empire as Belgrade's fifth column. The divides between ethnic groups and religions in Bosnia are deeper than ever today. In the 1990s war, another 100,000 people, mainly Muslims, died on the region's already blood-soaked soil.

"Yes, Bosnia is a country of hatred," says one of the characters, a doctor of Jewish origin, in the story "Letter from the Year 1920" by the later Yugoslav Nobel laureate Ivo Andric. "This uniquely Bosnian hatred should be studied and eradicated like some pernicious, deeply-rooted disease. Foreign scholars should come to Bosnia to study hatred, recognized as a separate, classified subject of study, as leprosy is."

Nevertheless, it is noteworthy that what Serbs did to their former fellow Yugoslavians in Bosnia near the end of the 20th century has roots in events that occurred at the beginning of the century. Some 550,000 Serb soldiers and civilians, close to a fifth of the entire population, died between 1914 and 1918. In relative terms, no other people suffered comparable losses in World War I.

Yugoslavia and the Germ of the Dispute

The Serb-dominated Kingdom of Yugoslavia, created in 1918 and abbreviated as the Kingdom of SHS, the letters representing its three ethnic groups, the Serbs, Croats and Slovenes, was a precursor to the later Yugoslavia and conceived in part as compensation for the horrific death toll of World War I. But the problem was that it united the Serbs with some of those who had fought against them on the other side of the front.

In this respect, the Kingdom of SHS contained the germ of the dispute from the very beginning. The bloodiest battles in World War II and later in the 1990s occurred in precisely the same spots where the winners and losers of World War I continued to live together in close quarters: in the Bosnian Krajina region and along the Drina River.

But Bato has little interest in the many tales of hatred and the Balkan "original sin" his ancestor allegedly committed with the Sarajevo assassination. He prefers to speculate on the dark powers working behind the scenes. Why, he asks, did the Austrians send their Franz Ferdinand, the future ruler of an empire stretching from Trieste on the Adriatic Sea to Lviv in Galicia, to troubled Bosnia with so few bodyguards?

Bato points out that the archduke was in a morganatic marriage and was not really even tolerated within the royal court in Vienna, and that a condition of his marriage to his wife Sophie was that their children would have no succession rights to the throne. This suggests the possibility, says Bato, that perhaps a few cunning court lackeys associated with the old Emperor Franz Josef may have orchestrated the assassination.

Bato, smiling at his conspiracy theory, takes his VW Golf for a spin around East Sarajevo, an outlying district of the divided Bosnian capital. Since the 1995 Dayton Peace Agreement, East Sarajevo has officially not been part of the Muslim-Croat dominated federation, but of the other half of the country, the "Republika Srpska."

Civilian life has now returned to East Sarajevo, where Serb leaders Radovan Karadžic and General Ratko Mladic once ran their ruthless regime. While the two men face charges of genocide before a war crimes tribunal in The Hague, students in Serbian East Sarajevo stroll around the former grounds of the military barracks in Lukavica. There is little left today to suggest that the grounds were once the headquarters of an almost four-year occupation and effort to destroy Sarajevo, the duration of which made it an unprecedented act of barbarism in 20th-century European history.

Gavrilo Princip, his pack of Drina cigarettes constantly within reach and his destination in view, drives briskly across the historically charged grounds. He stops the car at the now-abandoned guardhouse of the former military site, named during the war after Uncle Slobodan Princip, a partisan leader and posthumously decorated national hero of the Socialist Republic of Yugoslavia. He points to the airport, where UN aircraft carrying essential supplies landed during the siege of Sarajevo, and to a few buildings in Dobrinja, the athletes' village during the 1984 Winter Olympics.

During the Bosnian war, Dobrinja became a daily hell for tens of thousands of residents of the front-line zone who were trapped there, and who smoked tea, ate dandelions and buried the victims of Serbian artillery attacks in their front yards. The trapped residents used gallows humor to shrug off the fact that white UN jeeps and armored personnel carriers would drive past their houses without helping them. "As long our gravediggers don't strike oil with their spades here, the world couldn't care less about us," went one local saying.

Part 2: Landscape of Old Wounds

Bosnia's relationship with the outside world has always been shaped by a significant contradiction between the world's lack of interest in the wild, mountainous Balkan nation during times of peace, on the one hand, and the sad notoriety it has acquired again and again as a scene of bloodshed, on the other.

The region is like a landscape of old wounds covered by poorly healed scar tissue that periodically burst open at unpleasant intervals. Bosnia and Herzegovina is not only an intersection of East and West, Rome and Byzantium, Catholicism, Orthodox Christianity and Islam, Latin and Cyrillic, but also of traditional regions of interest to the Ottomans, the czars and the Habsburgs. Their bitter struggle for power in the region was the prelude to the tragedy of Sarajevo in 1914.

Collision of Interests

To this day, the interests of major and regional powers, Russians and Turks, Americans, EU Europeans and representatives of the Islamic world collide on Bosnian soil.

It may be somewhat shortsighted to conclude that the 20th century "took place primarily between two bridges in Sarajevo," as Bosnian writer Dževad Karahasan notes. Nevertheless, both the assassination of Franz Ferdinand on the Latin Bridge in 1914 and the murder of two female civilians on the Vrbanja Bridge, at the beginning of the war in April 1992, were events of great importance. The first killing led to the collapse of a painstakingly structured European order, while the second shooting destroyed the hope that the end of the Cold War could result in lasting peace on the continent.

As in 1914, the Serbs, the largest Slavic ethnic group in the Balkans, played a fundamental part in the eruption of violence in 1992. To this day, their self-image as a pillar of the Christian West is based on the Battle of Kosovo against the Ottoman Empire in 1389, which the Serbs lost, but also on the Serb resistance movement against the Germans and the Habsburg dynasty in World War I, as well as the partisan struggle against fascist occupiers in World War II.

One of the things that still makes the war-tested Serbs a critical mass in the Balkans is the fact that Serb populations have been scattered across the various republics since the breakup of Yugoslavia. In addition to Serbia proper, ethnic Serbs live in Bosnia-Herzegovina, Croatia and the separatist part of Kosovo, where their status remains unresolved today.

When former Communist leader Marshal Josip Tito, the man Stalin called a "megalomaniacal dwarf," ruled Yugoslavia from 1945 to 1980, he managed to contain the ethnic centrifugal forces. But the dams definitely burst after 1991. In Belgrade the Serbs -- under then President Slobodan Milosevic and with the support of their traditional protectors, the Russians -- pursued their goal of establishing a Greater Serbia. Meanwhile, Karadžic executed his policy of "ethnic cleansing" on Bosnian soil. It was only Washington's intervention and a NATO bombing campaign that put a stop to the bloody fighting -- a painful lesson for Europeans, especially the Germans.

Hereditary Enmities

Already in 1914, they had "slithered," as then British Prime Minister Lloyd George put it, somewhat rashly into the disaster on Austria's side. During World War II, Hitler's troops and his Croat satellites were primarily responsible for the deaths of a million Yugoslavs. And finally, at the beginning of the 1990s, Germany, under the aegis of then Chancellor Helmut Kohl and Foreign Minister Hans-Dietrich Genscher, by recognizing the secession of Slovenia, Croatia and Bosnia-Herzegovina at an early juncture, exposed itself to the accusation that it had underestimated precarious alliances and longstanding hereditary enmities in the Balkans.

Bato spent the Bosnian war in Pale, a Serb stronghold outside Sarajevo and the headquarters of the despotic Karadžic's government. He had been offered a job in the Ministry of Tourism and Marketing, because, after spending time in Cambridge and Paris, he was seen as a worldly polyglot among the coarse Bosnians. "The alternative for me was the 'puschka,' or rifle, and war isn't my thing," says the descendant of the 1914 assassin.

He acquired modest wealth in postwar Bosnia. He is eating a meal of smoked ham and crullers at Motel M3 behind the airport, in which he has an investment. The invisible demarcation line between the Republika Srpska and the Federation of Bosnia, almost identical with the front line at the end of the war in 1995, runs practically outside the door. "But the real border is up here," says Bato, tapping his forehead with his finger, "in our heads."

Major General Dieter Heidecker, the commander of 600 soldiers from 22 countries, agrees. The Austrian is the highest-ranking military official with the EU's Althea mission, whose soldiers must still maintain a presence in Bosnia-Herzegovina more than 21 years after the war began. "This is a beautiful country with extremely nice people, as long as they don't have to deal with each other," the general says with gentle derision.

Heidecker and his troops are training the Bosnians so that they will soon be able to provide their own security. "We now have the first recruits who were born after the war," says the commander of the European Union Force (EUFOR) Althea mission. This offers reason for hope, he adds. "The Bosnian army is currently the only thing that functions at a multiethnic level in this country."

Since the 1995 Dayton Agreement, Bosnia-Herzegovina has not only consisted of two parts and a multinational district, but also of 10 cantons and a total of 180 ministers. Administrative costs consume up to two-thirds of the national budget. Consensus among the different parts of the country and ethnic groups cannot even be achieved on the most fundamental issues, such as the rights of minorities. The EU has persistently -- and unsuccessfully -- threatened to impose sanctions.

No Basis for a Functioning State

It is an irony of history that Austrians are in charge in Sarajevo once again, in both military and civilian matters, a century after the assassination. Under the Dayton Agreement Valentin Inzko, as High Representative for Bosnia and Herzegovina, is the highest-ranking civilian authority in the country. Europe must be judged on how it resolves the Bosnia-Herzegovina problem, says Inzko, "because this is our backyard."

Inzko has abandoned his original dream of maneuvering Bosnia into the EU to mark the 100th anniversary of the assassination. Today he has lowered his expectations to include preparatory steps toward "integration" into the EU and NATO. Why does destroying the Bosnian knot have to be so painstaking? The Muslims, Croats and Serbs, says Inzko, clearly lack what he calls the basis for a functioning state: "consensus among three ethnic groups."

There could hardly be a more sobering conclusion -- for Sarajevo, a place that played such a fateful role in European history, and for all of Bosnia.

There are few things the various ethnic groups can agree on at all these days. One area where they do not diverge, however, is in their view that armchair decisions made about the region by other countries ultimately led to calamities. This is their view of everything from the Congress of Berlin in 1878, where Austria-Hungary took over Bosnia and Herzegovina; the Treaty of Versailles in 1919, which ordered the creation of the new state of Yugoslavia; the Yalta Conference in 1945, which paved the way for communism under Tito; or the Dayton Agreement in 1995. Each time, it was always the others who were to blame.

In Bosnia, people tend to take a relaxed view of things -- including their belief that their's is actually a peaceful region. At least until something goes wrong again.

Part 3: The Bosnian Killing Fields

Gavrilo "Bato" Princip spends his Sundays in a place crowded with mass graves from the last war, in eastern Bosnia, not far from the Serbian border. It's where his mother lives. The trip takes him through the Republika Srpska, with a population of roughly 1.5 million ethnic Serbs. Hardliner Milorad Dodik, who berates the construct of Bosnia-Herzegovina as a doomed "devil's state," is the president of this state within a state. Dodik can depend on protection from both Belgrade and Moscow.

One of the most horrific acts of violence to take place on European soil since World War II occurred in 1992 in the Republika Srpska, between Bratunac and Srebrenica. The massacre of more than 8,000 men and boys from Srebrenica shocked the global public. The murderers were members of regular and paramilitary Serb units, compatriots of Bato Princip.

In the middle of the Bosnian killing fields, he is now meeting his mother, who was driven out of her home near Sarajevo. Dragica Princip, 92, has been living as a refugee in Bratunac since 1995. The elderly woman tries to preserve her dignity in a living space crowded with wooden crates of apples, rolls of toilet paper and bottles of homemade plum brandy. She was accustomed to a different lifestyle. In the Yugoslav days, says Dragica, "all doors were open to us; we had privileges." Being related to the famous assassin didn't hurt, she adds.

The town outside Dragica's door is dilapidated. The Hotel Fontana, where Serb General Mladíc handed Dutch UN Commander Thomas Karremans a glass of schnapps before the deadly massacre of Muslim men and boys from the protected UN zone unfolded, is now a ruin.

Children are now playing outside the school where hundreds of Muslims were shot dead in 1992. The "Brotherhood and Unity" Stadium, with its freshly mowed lawn, looks deceptively idyllic today, with the local football club, FK Bratstvo, playing its home games there again. But in 1992, according to the final report by a UN expert commission, large numbers of Muslims were held in the stadium, their bodies burned and thrown into the nearby Drina River.

'We Must Break Through This Circle of Myths'

Some 3,337 people, almost a fifth of the population, died in Bratunac. So far 75 mass graves have been found near the city, and 612 people are still listed as missing. The victims are still being dug up, and DNA samples are being taken and body parts identified. The work is an indispensible part of investigating the massacre, says Adam Boys of the International Commission on Missing Persons, "because the fuel for the Bosnian war in the 1990s came from unresolved events during the first and second world wars; we must break through this circle of myths."

But the mayor of Bratunac, where old Dragica Princip lives, is still a Serb from Radovan Karadžic's party. He claims that his former party leader was not responsible for the 8,000 Srebrenica deaths. And as far as Bosnia's future is concerned, the mayor believes that it would be best if each nation "had its own country, even if meant having to change the borders."

Many in Bosnia-Herzegovina, both Serbs and Croats, still talk and think this way.

The town of Bosansko Grahovo in present-day Bosnia-Herzegovina lies in a wild landscape of forests and cliffs seven hours west of Bratunac, near the border with the new EU member state Croatia. It's the birthplace of assassin Gavrilo Princip.

Nothing is left of his childhood home but the outside stone walls. Marauding Croatian troops devastated the building during a campaign to recapture lost settlement zones in 1995 -- after partisans previously smashed it to pieces in 1942, according to an old man with a cane who hobbles over from his neighboring yard.

Miljkan Princip, 81, is a cousin of Bato and the only member of the extended family still living in the town. He has lived through the Kingdom of Yugoslavia, the partisans, Tito's Socialist Republic, the rise of radical Serbs in the early 1990s and the ensuing brutal acts of revenge committed by Croats.

Some 98 percent of the buildings in Bosansko Grahovo were destroyed, riddled with bullets or damaged by fire in 1995. The person mainly responsible for the campaign of destruction, Croatian Major General Ante Gotovina, was convicted of various war crimes in The Hague but was later acquitted. He now has thriving business activities on EU territory and is an honorary citizen of the coastal city of Split.

Meanwhile, in Bosansko Grahovo, between the ruins of the Gavrilo Princip School and the Gavrilo Princip Cultural Center, the Serbs who have returned to the town are doing their best to make ends meet. Their town is now in the Croat-dominated part of the federation, a Serb stronghold in hostile surroundings. Some 70 percent of the population is unemployed, in a town where non-Serbs are given preference for jobs in the public sector. The local police station flies the flag of Croatia and not that of Bosnia-Herzegovina.

"There will be no peace in this area, as long as everyone is not living among his own people," says the Serb mayor. And Bato Princip, the assassin's descendant, warns the rest of Europe against the illusion that everyone has learned his lesson in the place where World War I began, "because in this country, there are always, unfortunately, three different truths: one for Serbs, one for Croats and one for Muslims."

Translated from the German by Christopher Sultan

http://www.spiegel.de/international/europe/wwi-divisions-linger-in-balkans-where-wwi-was-triggered-a-942482-3.html
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Monakyo101
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Monakyo101 el 9/2/2014, 6:13 pm

Excelente post compañero Von Leunam+3 Cool Very Happy 
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Monakyo101 el 9/2/2014, 6:42 pm

'La Trinchera'una recreación de la vida durante la 1 Guerra Mundial en Surrey
25 de enero de 2014 por Matheu Chattle
'La Trinchera'es una muestra de historia viva escenificada por el historiador Andy Robertshaw en un terreno de cultivo en Surrey, donde con la ayuda de un grupo de voluntarios recrea la vida de los soldados durante la guerra de trincheras en el centenario de la Gran Guerra.

Un integrante del grupo de historia viva visto a través del alambre de púas de la trinchera. Todo el equipo y armas utilizados corresponden al periodo y son originales o reproducciones fieles.

Dos miembros operando una ametralladora Lewis.

Un miembro fumando de una pipa.
Galería grafica completa en: http://www.demotix.com/news/trench-ww1-living-history-built-surrey/all-media
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Von Leunam
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 25/2/2014, 10:31 pm

La BBC anuncia una serie de 2,500 horas acerca de la Primera Guerra que durara desde 2014 a 2018:

BBC reveals 2,500-hour World War I season

The BBC has revealed how it plans to mark the centenary of World War I.

Programming and events will span four years, across television, radio and online, from 2014-2018, echoing the time frame of the war itself.

"I want 2014 to be remembered for our national commemoration of all those who served on the battlefield and on the Home Front," said BBC chief Tony Hall.

"And a chance for us all to learn something new about a war we think we know well."

The season will include 130 newly commissioned programmes, spanning almost 2,500 hours.

Among them will be two major TV dramas on BBC One: The Ark will take viewers into the lives of the medics and their patients at a fictional field hospital behind the trenches in France; while The Passing Bells tells the story of the war through the eyes of two very ordinary young men.

On BBC Two, Ian McDiarmid stars in 37 Days, which will explore the politics behind the build-up to war. The events will also be retold on BBC Radio 4 in 1914 Day-by-Day, a 42-part series featuring archive news excerpts, from the day of the assassination of the Archduke Ferdinand to the outbreak of war five weeks later.

Radio 4 will also air two dramas. Homefront is the story of "the 41 million Britons who didn't fight in the great war but whose hearts were pinned on the five million who did", and will run across four years in 15-minute instalments, pitting fictional stories against a background of truth.

Tommies, a series of plays narrated across the four years of war, revolves around British Empire soldiers, focusing on a sergeant in the Lahore division of the Indian army and a group of signallers.

Kate Adie tells The Story of Women in World War I on BBC Two, and relates the role of women as nurses, ambulance drivers and surgeons during the great war.

"We are setting out to broaden people's understanding of the war, to commemorate and remember those who were caught up in it and to tell both well-known stories from fresh perspectives and original stories so far untold," said Adrian Van Klaveren, BBC controller behind the centenary season.

Horrible Histories

The season will also include programming about poetry, paintings and music, as well as programmes by eminent historians including Sir Max Hastings, Christopher Clark and Niall Ferguson, tackling some of the biggest debates about World War I.

Meanwhile, BBC Children's and BBC Learning will seek to explain the war to younger viewers, through programmes including a specially-commissioned Horrible Histories.

"A century on, we should perhaps remember and respect that sacrifice," said Jeremy Paxman, who fronts the documentary series, Britain's Great War, looking at the impact of the World War I.

"And realise that more than any other event, this was the one that made modern Britain."

http://www.bbc.co.uk/news/entertainment-arts-24552194
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Rogersukoi27
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Rogersukoi27 el 26/2/2014, 1:08 am

Parece muy educativo recordar con lujo de detalles, los eventos que ocurrieron en esa guerra,
para que esta generación ajena totalmente a esa realidad, rescate los esfuerzos de muchos antepasados que entregaron su vida y juventud, no tanto por ser héroes o voluntarios, sino por la participación solidaria y en cierta forma, formados en la defensa de su patria, sin el egoísmo y relativismo en el que viven actualmente algunos, inmersos en su aislacionismo virtual e indiferencia con sus semejantes. 
 Esperemos se aprenda mucho de estos programas.
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Enemigo Público el 26/2/2014, 1:52 am

Apenas en la mañana leía sobre las batallas de Verdún y el Somme, pareciera increíble que tanta sangre se haya derramado por las decisiones de las grandes cúpulas del poder.
Al final los que murieron fueron aquellos patriotas que creyeron en la causa de su nación y por ella ofrendaron sus vidas.

100 años han pasado ya desde el inicio de el conflicto que sentó las bases que moldearían el mundo contemporáneo, esta es una lección del pasado que no debemos olvidar.

Cuando el odio, las viejas rencillas, el deseo de venganza, las pasiones y la ambición se desatan, el resultado solo es destrucción, dolor, sufrimiento y muerte. La guerra en su más pura expresión.


"La guerra es una masacre de gentes que no se conocen, para provecho de gentes que si se conocen pero no se masacran."
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tlalotoani
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por tlalotoani el 26/2/2014, 12:40 pm

La batalla de Berdún fué una batalla realizada con el único propósito de desangrar al ejército Francés, no había planes estratégicos de tomar territorio o instalaciones en particular, pero la sangría pudo reducirse si no fuera porque los Franceses, por alguna razón, dejaron sin soldados al Fuerte Douaumont que facilitó el avance alemán en las primeras etapas de la Batalla, y Verdún, como dijeron los veteranos que vivieron lo suficiente para contar lo que fué El Infierno de Verdún.
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Von Leunam
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 27/2/2014, 5:08 pm

Diez iconos bélicos


1. Pickelhaube




El tradicional casco con pincho del ejército alemán, muy siglo XIX, es indefectiblemente uno de los iconos de la Gran Guerra, el reverso de la tierna amapola de Flandes. Símbolo de militarismo y poderío, introduce en un elemento inicialmente defensivo (el casco) un matiz ofensivo (el pincho), además de arrojar una imagen de notables  violencia y agresividad. Los regimientos equipados con Pickelhaube parecen avanzar con el doble de bayonetas. Para la propaganda Aliada representaba estupendamente la brutalidad germana. Imposible separar este tipo de casco de la estampa de arrogancia, belicosidad y hasta bravuconería que ofrecía el Alto Mando alemán con sus Hindenburgs, Ludendorffs y Von Moltkes y a su cabeza (nunca mejor dicho) el Káiser Guillermo II, al que algunos autores atribuyen una especial responsabilidad en el desencadenamiento de la guerra.   El Pickelhaube o Pickelhelm fue diseñado por Federico Guillermo IV de Prusia que lo convirtió en el casco reglamentario de la infantería prusiana en 1842. El modelo tuvo éxito y se extendió por los demás principados alemanes. Pero ya en 1842 el poeta Heine se mofaba del Pickelhaube como símbolo reaccionario y jugaba con la idea de que el pincho pudiera atraer rayos de modernidad a las cabezas románticas. Los ejércitos del II Reich fueron a la guerra en el 14 con una variante más barata de los ostentosos cascos metálicos que empleaban los generales y altos dignatarios -y que nadie lució como (en su tiempo) Bismarck sobre sus bigotes de morsa-. Esos Pickelhaube de lujo incluían plumas, crines de caballo y otros adornos. Los de los soldados estaban hechos de cuero con adornos de metal y se los había dotado de una cubierta de lona marrón (luego Feldgrau), el Überzug, para protegerlos de la suciedad y hacerlos menos visibles en combate.  Los cascos de pinchos demostraron ser poco prácticos para la guerra de trincheras, y además no te podías sentar encima, aunque como abrelatas seguramente no tenían precio. Ofrecían escasa protección para la metralla y el pincho, aparte que le podías vaciar un ojo al camarada en pleno Angriff, hacía al soldado muy conspicuo. En 1915 se les quitó esa incómoda protuberancia. A partir de 1916 fueron progresivamente reemplazados por el moderno casco de acero, el Stahlhelm, lo que redujo las heridas mortales en la cabeza un 70 %.  El Pickelhaube seleccionado aquí y que, en muy material metáfora de la muerte de los caducos valores y sueños imperiales, presenta un tremendo impacto frontal, pertenecía a un (desafortunado) oficial y forma parte de la espléndida colección Charles Friese de 560 cascos alemanes que se exhibe en el museo del Fort de la Pompelle, cerca de Reims.


2. El coche de Sarajevo



Es tentador pensar que si ese coche hubiera sido cubierto o blindado o si su conductor se hubiera mostrado más hábil o hubiera existido el GPS no se hubiera desencadenado un aterrador conflicto que causó unos 16 millones de muertos (¡uno cada segundo de la guerra!). En realidad no es cierto: según los historiadores, la I Guerra Mundial hubiera estallado igualmente sin el atentado de Saravejo, pues las tensiones políticas, el inexorable juego de alianzas y los planes militares conducían a la catástrofe. No importa, en el imaginario colectivo el Gräf & Stift de seis plazas en el que fue asesinado el archiduque Francisco Fernando, heredero del imperio Austrohúngaro el 28 de junio de 1914, junto con su mujer, tiene tanto peso como  el Lincoln Continental de JFK en Dallas, otro descapotable bañado en sangre y que marcó el fin de una época. El automóvil de Saravejo, ante el que no puedes dejar de estremecerte pues se conserva igualito que aquel nefasto día en que circulaba despistadamente junto al Miljacka, se podía ver (e incluso subirte en un despiste de la vigilancia) hasta hace unos meses en el museo militar (Heeresgeschichtliches) de Viena, pero ahora ha sido provisionalmente retirado de circulación (¡) mientras se renuevan las salas dedicadas a la I Guerra Mundial con motivo del centenario. Es tentador imaginar que está pasando una suerte de ITV histórica. El coche volverá a exhibirse a partir del próximo 28 de junio, cuando cumple exactamente un siglo de su sangrienta cita con el destino. El fetichismo quiere que no le hayan limpiado la tapicería. El Gräf & Stiff inició aquel recorrido por la capital serbia en una época y al frenar definitivamente al final de los acontecimientos aparcó –aunque muchos aún no se dieron cuenta- en otra. El automóvil, viva imagen de la pompa austrohúngara con sus ilustres ocupantes vestidos de gala y el estandarte de los Habsburgo flameando junto al estribo, desfiló en una comitiva de seis vehículos por la ciudad en lo que para muchos serbios debió parecer una señora provocación. El puñado de terroristas (seis) que acechaba el recorrido y a los que algunos historiadores gustan de comparar con los de Al Qaeda, aunque eran unos aficionados, y muy jovencitos, se movió entre la chapuza y, sorprendentemente, el éxito absoluto. Lanzaron una bomba, que el archiduque desvió con el brazo y que estalló en la calle. Y en última instancia, el personaje del día, Gavrilo Princip, que se encontró el coche por casualidad cuando salía de una tienda de comprarse un sándwich, fue capaz de con dos únicos disparos de revólver matar a Francisco Fernando y a su mujer, demostrando de paso que las medidas de seguridad en torno al archiduque eran de risa (¿cómo es que no lo sacaron de allí enseguida tras el primer intento de magnicidio?). Princip se cargó al hombre equivocado –el heredero no era favorable a la guerra- y dio a los halcones del imperio Austrohúngaro el pretexto para declarar la guerra a Serbia e invadirla, lo que puso a rodar, como un monstruoso cigüeñal, el oscuro vehículo en el que viajaban los cuatro jinetes del apocalipsis.

3. La trinchera



La trinchera, inseparable de la alambrada, la ametralladora y la yperita, es el gran símbolo de la I Guerra Mundial. Ya se habían hecho antes (desde Troya, en realidad) y se han seguido cavando después, pero la escala de lo que se hizo entonces superó todo lo imaginable: una serie de gigantescas cicatrices zigzagueantes trazadas sobre paisajes de sobrecogedora desolación que siguen ahí como recordatorio de la Gran Guerra. Infinidad de soldados se vieron obligados a vivir en condiciones precarias y a menudo inhumanas en un laberinto de trincheras enfrentadas que en el frente occidental discurría prácticamente desde Suiza hasta el mar del Norte. A menudo embarradas y llenas de inmundicia, desperdicios y ratas, las trincheras, apoteosis de la pala, mantenían a los soldados más o menos vivos entre ataque y ataque pero a costa de padecimientos inenarrables. El frío, el hambre, la miseria y el miedo reinaban en esos espacios claustrofóbicos, insanos y peligrosos en los que millones de hombres lo pasaron realmente fatal. Por no hablar de las vistas, tan deprimentes: la tierra de nadie humeante y llena de cráteres donde se pudrían los cadáveres de amigos y enemigos. Eran las trincheras una antesala del infierno y a veces se convertían en el averno mismo. La Guerra Civil de EE UU ya había mostrado que la capacidad mortífera de las nuevas armas de fuego abocaba las batallas a un irremediable estatismo. Ya no bastaba con ser un héroe: los nuevos fusiles y sobre todo las ametralladoras podían dar cuenta de regimientos enteros de valientes que avanzaran a la antigua usanza, sin protección. Eso sin contar el efecto devastador de la nueva artillería pesada. La Gran Guerra comenzó entre el general optimismo de muchos militares que, pese a las advertencias y los augurios, se las prometían muy felices. Fue aquello de que “por navidad en casa”, la esperanza de una victoria rápida y completa, cuya expresión más depurada era el plan Schlieffen con el que los alemanes confiaban derrotar a Francia en seis semanas flanqueándolos en una invasión a través de Bélgica. Resultó una ilusión. La mezcla de potencia de fuego, enormidad de los ejércitos y falta de movilidad (la mecanización era aún muy escasa) condujo al punto muerto, las batallas de desgaste, el estancamiento y a esa aberración (dentro de la aberración que es la guerra) que fue la guerra de trincheras a gran escala. Paradójicamente, entre ataques masivos que resultaban poco menos que suicidas, regresaron –además de un sorprendente uso del ocio- formas de lucha casi primitivas que incluían el cuerpo a cuerpo incluso con mazas. La ametralladora resultó decisiva a la hora de fomentar la inmovilidad. Nadie ha expresado mejor sus efectos que Robert Graves en Adiós a todo eso, en el episodio en que un pelotón se tira al suelo y cuando el oficial se pone en pie, les ordena seguir, nadie le hace caso y grita  a sus hombres “¡malditos cobardes, adelante!”, el sargento carraspea y le indica: “Nada de cobardes, señor, están todos endemoniadamente muertos”.   La ametralladora los había barrido cuando intentaran levantarse en respuesta al silbato del oficial. Hay muchas trincheras musealizadas y visitables, las alemanas generalmente mejores que las francesas, pues estos las veían como provisionales (se luchaba sobre territorio patrio que había que liberar), pero aquí recomendamos la recreación que se ha hecho en el Imperial War Museum de Londres, la Trench Experience, que permite revivir por un rato la intensa sensación de estar en uno de esos lugares en vísperas de un ataque, y de noche. Con eso y una novela gráfica de Jacques Tardi sobre la guerra vas servido.

4. Locomotora turca



Sí, una locomotora turca es un objeto muy grande, pero también simboliza, además del papel fundamental de los trenes en general en la movilización de tropas hacia todos los frentes, una aventura enorme que a veces olvidamos que fue parte de la I Guerra Mundial: la rebelión árabe, aquella lucha en la que se forjó la leyenda de T. E. Lawrence, uno de los personajes inolvidables de la Gran Guerra, y tan vinculado a ella, en realidad, como Foch, Joffre o Pershing. La locomotora turca, objetivo estelar junto con Aqaba de los esfuerzos de Lawrence de Arabia, el emir Dinamita,  nos recuerda además que aquella guerra tuvo muchos frentes, algunos exóticos, como el desierto, Palestina, Mesopotamia, o las colonias africanas, donde británicos, franceses y alemanes combatieron en paisajes y condiciones muy distintos de los del Somme o Verdún.  En el África oriental se vivieron numerosos episodios bélicos –que han pasado a nuestro imaginario con películas como La Reina de África o Lejos de África- y despuntaron personajes como el notable general alemán Von Lettow-Vorbeck, el vencedor de Tanga, con sus askaris negros, sin olvidar que en ese teatro murió alcanzado por un francotirador germano el gran cazador y explorador Selous (véase su busto en las escaleras a fondo del gran vestíbulo del Museo de Historia Natural de Londres), mientras trabajaba de scout para los británicos. En Beersheba, cerca de Gaza, tuvo lugar en 1917 la célebre carga de caballería de la 4ª Brigada Ligera australiana, una de las últimas de la historia. En una guerra globalizada, los enfrentamientos se trasladaron a lugares como Gallipoli, en los Dardanelos-tumba de tantos jóvenes australianos y neozelandeses-, o el Pacífico, escenario de las grandes peripecias de los barcos corsarios alemanes, el Emden, o el Seadler, el último  a vela… A veces se olvida que junto a los imperios ruso, austrohúngaro y alemán, otro, el turco, también pereció en la Gran Guerra. Alinearse con las potencias centrales no fue una buena idea. Los trenes fueron parte de sus acuerdos económicos y militares con Alemania, que proyectó una línea Berlín-Bagdad capaz de transportar el petróleo del Golfo.  Muchas de las locomotoras que trasladaban a las tropas turcas  –pobremente equipadas y pésimamente dirigidas, aunque el turco era un soldado valeroso y sufrido-, estaban fabricadas en Alemania, que trató de modernizar, equipar y adiestrar al ejército turco con el intento de crearse nuevas áreas de influencia y perjudicar los intereses aliados. Las viejas locomotoras voladas por Lawrence y sus árabes pueden verse jalonando como monstruos rotos y oxidados antiguos parajes de la línea del Hejaz. La que hemos elegido para esta selección (construida por la firma alemana Arnold Jung Lokomotivfabrik en 1908) es la que  puede verse expuesta junto a la estación de Damasco, intacta (de momento).

5. El triplano del Barón Rojo



Un aeroplano no puede faltar aquí. La I Guerra Mundial significó un gran despegue (¡) de la aviación, aunque muchos aviadores lo que hicieron fue estrellarse. Y qué mejor aeroplano que el mítico Fokker triplano del legendario Barón Rojo. En realidad, Manfred von Richthofen consiguió la mayoría de su larga lista de derribos a los mandos de un Albatros DV (que también pintó de rojo), pero es con el triplano, que no era ninguna joya como caza, por cierto, con el que ha volado a la posteridad. Murió con 80 victorias y solo 25 años en un episodio que aún no se ha esclarecido del todo –la bala que lo mató parece haber procedido de tierra, de tiradores australianos,  y no de las ametralladoras del Sopwith Camel del canadiense  Roy Brown-. Von Richthofen, herido de muerte, logró aterrizar pero el triplano fue rápidamente despiezado por los amantes de souvenirs (el propio Brown se llevó el asiento), lo que da una idea de lo populares que eran los pilotos;  sus trozos están repartidos por medio mundo (incluidos varios en el Imperial War Museum de Londres). El triplano que recomendamos ver es la réplica que cuelga del techo en el  Deutsch Museum en Munich. Da qué pensar: en la audacia de aquellos aviadores, en el sino fatal de la mayoría, en su muerte horrenda abrasados muchos mientras se precipitaban desde el cielo –algunos usaron su revólver para ahorrarse sufrimientos, otros, como Max Müller, saltaron de la cabina, sin paracaídas-. Los pilotos vivían en una contradicción de base: adelantados de una guerra nueva en el cielo, con tecnología puntera, a la vez se tenían y eran vistos como representantes de una vieja manera caballeresca de hacer la guerra que se había desvanecido ya allá abajo, en la fútil y anónima carnicería masiva de las trincheras. Los ases, Richthofen, su hermano Lothar, Immelmann (el águila de Lille), Guynemer, Mannock..., se convirtieron en símbolos de una clase de combate individual que redimía de algún modo a la enfangada carne de cañón y en el que era posible el honor (y el estilo: Werner Voss volaba con camisa de seda argumentando que si lo cogían prisionero quería tener buen aspecto para las damas). Claro que esto no era cierto, o no del todo. La guerra aérea –no podía ser de otra manera- tuvo sus miserias, sus villanos y sus atrocidades y morir en el cielo no tiene porqué ser mejor que morir en tierra. Los pilotos veteranos abatían a los nuevos sin demasiadas contemplaciones para incrementar sus listas. El Barón Rojo (los alemanes no pintaban los aviones de colores vivos –el famoso circo volante- por capricho, arrogancia o valentía sino para reconocer sus escuadrillas)  se llevaba recuerdos de los aeroplanos que derribaba, como decoración. Y no hay que olvidar que la I Guerra Mundial vio el desarrollo del bombardeo de poblaciones: los bombarderos Gotha alemanes y Handley Page británicos, y los zepelines de los primeros (50 raids sobre Londres que mataron a medio millar de personas) atacaron ciudades y sembraron el terror. Algunos especialistas señalan que la gran contribución bélica no la hicieron los cazas ni los bombarderos, sino los humildes (y peligrosísimos) vuelos de observación, que servían para orientar a la artillería y descubrir los movimientos del enemigo, como hicieron los alemanes en el Marne.

6. Pantalón rojo de soldado francés



El pantalón rojo con el que Francia hizo entrar a sus soldados en el conflicto es un excelente símbolo de lo mal equipados para la guerra moderna que iban los ejércitos, el estúpido orgullo nacional que ayudó a precipitar la contienda, la trasnochada idea de lo que era el servicio de armas y la estulticia e ineptitud, rayana en el delito, de los mandos (los ingleses acuñaron para sus generales la frase “leones mandados por burros”; autores como Max Hastings suscriben aún hoy en buena parte esa consideración). Nos sirve, el pantalón de marras, para recordar la pompa, la fanfarria y la irresponsabilidad con la que numerosos regimientos, de todos los países, marcharon tras los tambores y banderas. Igualmente podíamos haber elegido un vistoso uniforme de húsar austrohúngaro, con su bonita pelliza, o de lancero ruso o coracero francés. Pero fue un ministro de la guerra francés, Eugène Étienne, el que indignado ante la propuesta de cambiar el pantalón rojo por algo menos visible se exclamó: “Eliminer le pantalon rouge? Jamais! Le pantalon rouge, c’est la France!”. ¡A cuantos poilus no les habrá costado la vida la frasecita! Eugène Clémentel, responsable del presupuesto de guerra en 1911 añadía: “Faire disparaître tout ce qui est couleur, tout ce qui donne au soldat son aspect gai, entraînant, rechercher des nuances ternes et effacées, c’est aller à la fois contre le goût français et contre les exigences de la fonction militaire”. Es cierto que algunos ejércitos habían hecho los deberes. Los alemanes iban de Feldgrau (aunque como hemos anotado seguían con el casco de pincho, y lanzaban al combate ulanos, lanceros y toda la parafernalia montada), los británicos de kaki.  Los franceses tardaron un tiempo criminal en vestir a sus soldados en condiciones: con el nuevo uniforme color bleu horizon (o para algunos bleu incertain), que tiraba (¡) a gris claro. De paso cambiaron progresivamente el quepis de rigor por un casco, el modelo M15 Adrian, con su característica cresta, por el nombre del diseñador, el intendente-general August-Louis Adrian. Los pantalones rojos que nos sirven de ejemplo aquí son los del estupendo maniquí con el uniforme del 27º regimiento de infantería que se exhibe en el Musée de l’Armée en los Invalides, en París. El reverso oscuro de la guerra elegante, de bonitos uniformes, compostura viril, sables rutilantes  y marcha Radetzky, son los muertos eviscerados y decapitados, el sufrimiento indescriptible de los heridos, dado que en ausencia de antibióticos la gangrena seguía afectando  a la mayoría; y las atroces heridas de los mutilados que se esencializan espantosamente en los gueules cassés, los alcanzados en la cara, desfigurados hasta lo indecible. Cinco de ellos fueron apostados en el acto de firma del Tratado de Versalles para avergonzar (más) a los alemanes.

7. Maza británica para rematar caballos heridos

Se calcula que 8 millones de caballos murieron en la I Guerra Mundial. En la marcha al Aisne se encontraba un caballo muerto cada 200 metros. Estamos en los predios de War horse, y del sufrimiento no solo de los caballos de batalla y de tiro sino de las distintas especies animales –mulas, camellos, perros, bueyes, palomas (no se rían, fueron los animales más condecorados en la guerra, por su insustituible tarea como mensajeras)-, que padecieron el conflicto como parte del esfuerzo de guerra de ambos bandos. Se subestimó el enorme desperdicio de bajas animales que provocaba una guerra moderna. La temible maza para rematar caballos que mencionamos aquí formaba parte de una exposición del Imperial War Museum sobre los animales en las guerras. Era una herramienta salvaje y basta que se manejaba con ambas manos para aplastar el cráneo de los nobles  brutos heridos cuyo convulsionante y ciego dolor ponía una nota añadida de especial espanto en los campos de batalla. Era urgente acabar con los sufrimientos de las pobres bestias para impedir que el pánico se extendiera a sus congéneres y evitar estampidas, por no hablar de la deprimente imagen que ofrecían a los combatientes. A veces ver a un inocente animal torturado por la metralla podía resultar peor que observar a un soldado con las tripas al aire. La guerra dejó también un gran número de caballos tullidos, con los que la sociedad no tuvo contemplaciones. La caballería –solo el ejército ruso sumaba 36 divisiones- entró en la I Guerra Mundial con un eco aún de las guerras napoleónicas, para encontrase con una realidad letal. Era muy vulnerable ante las armas modernas y las sillas se vaciaban al ritmo terrible de la fusilería y las ametralladoras. Los coraceros y dragones franceses sufrieron especialmente. El amplio uso de los caballos como fuerza motriz de los ejércitos en la Gran Guerra nos da la razón última de la guerra de trincheras:  la escasa motorización impedía avanzar deprisa y poder romper masivamente el frente enemigo como sí lo consiguieron los alemanes con las divisiones pánzer en la II Guerra Mundial. La aparición del tanque (la gran novedad de la I Guerra), 32 británicos en septiembre de 1916 en el Somme, se produjo muy tarde y en número y calidad muy bajos para significar un cambio drástico en el campo de batalla (paradójicamente, los alemanes que lo usarían luego tan bien fracasaron con sus mastodónticos Sturmpanzerwagens).  Pero operaciones como el ataque en masse de 381 carros de combate británicos Mark IV en Cambrai en noviembre de 1917, cuando abrieron brecha en las alambradas alemanas y cruzaron las tres líneas de trincheras enemigas, resultando de ello un avance de casi diez kilómetros en el frente alemán y la captura de 10.000 prisioneros y 200 cañones, mostraron que los monstruos de acero eran armas de futuro.


8. Crucero ruso Aurora



Anclado en el Neva en San Petersburgo, convertido en museo y visitable, el crucero Aurora simboliza, por supuesto, las batallas en el mar de la I Guerra Mundial, pero también un acontecimiento tan trascendental en la contienda como fue la Revolución rusa. En sí la historia militar del crucero no es para tirar cohetes. Es cierto que participó en la batalla –desastrosa para los rusos- de Tsushima contra la flota japonesa en 1905 –donde murió su capitán- y que en 1911 ancló en Bangkok para unirse a la celebración de la coronación del nuevo rey de Siam, que ya es destino exótico,  pero en la Gran Guerra su cometido  se redujo a algunas patrullas y bombardeo de costas como parte de la Flota del Báltico. Fue mientras fondeaba en Petrogrado (como se llamaba entonces San Petersburgo) en 1917 cuando ganó fama universal como símbolo revolucionario al unirse su tripulación a los bolcheviques, negarse a hacerse a la mar para volver a la guerra y, según la leyenda, disparar con su cañón de proa el 25 de octubre el primer zambombazo de la revolución, que dio la señal para el asalto al Palacio de Invierno, en el que habrían participado los propios marineros.  La toma del poder por los bolcheviques condujo al armisticio con Alemania, que se encontró de repente librando la guerra en un solo frente. Hoy el Aurora ofrece la posibilidad no solo de adquirir una gorra en el tenderete del muelle y sentirte parte de la vieja tripulación sino de contemplar cómo eran los barcos de guerra de la época. Esos barcos tuvieron mucho que ver con el desencadenamiento de la contienda. La carrera armamentística naval fue uno de los elementos clave en las tensiones prebélicas. Especialmente la amenaza que supuso para potencias como Gran Bretaña, sobre todo, o Rusia el frenético programa de construcción naval acometido por Von Tirpitz, el artífice de la marina del Káiser. Hablar de la Gran Guerra en el mar es hablar de Dreadnoughts –los nuevos e innovadores acorazados británicos-, del almirante Fisher (“pega primero, pega fuerte y sigue pegando”), de las vicisitudes de la escuadra de von Spee en las costas del sur de Chile hasta ser destruida en las Malvinas, de la batalla de Jutlandia  en la que los británicos perdieron 14 barcos y los alemanes 11 (y ambos bandos sostuvieron que habían ganado), y la gran aventura de los corsarios (como el ya citado Emdem), los buques trampa y los submarinos. Los U-Boote alemanes fueron un arma nueva y sorprendente  que demostró su valía en manos de comandantes como Otto Weddigen, que envió al fondo del mar a tres cruceros británicos en una hora, o Von Arnaud de la Perière,  que hundió 200 buques (sobrevivió  a la primera guerra y volvió al servicio en la segunda para, qué cosa, morir en un accidente aéreo en 1941). Recordemos que los submarinos tuvieron que ver con la entrada de EE UU en guerra a causa del impacto público del hundimiento por el U-20 del Lusitania, en el que se ahogaron 128 civiles estadounidenses, entre ellos un Vanderbilt.

9. Taxi del Marne



La de los taxis del Marne es una de las grandes leyendas de la I Guerra Mundial. Cuando en septiembre de 1914 los alemanes de Von Kluck parecían imparables y sus avanzadillas de ulanos se acercaban a pocos kilómetros de París, surgió la idea de que una forma rápida de enviar tropas de refresco para bloquear al invasor a orillas del Marne era aprovechar los taxis de la capital. Se atribuye al general Galliéni la ocurrencia. Bajo sus órdenes, taxis y otros vehículos, hasta sumar un par de millares, fueron requisados y cargaron cada uno cuatro o cinco soldados de la 7ª división de infantería para trasladarlos al frente. En realidad lo que detuvo a los alemanes no fue ese contingente de apenas una brigada –aunque el efecto psicológico de los taxis cargados de soldados debió animar a los parisinos- sino la propia indecisión de los invasores que, según algunos historiadores, llegaron a tener en sus manos la posibilidad de llegar a París, lo que hubiera significado seguramente el final de la guerra. Si la contribución militar de los taxis del Marne fue muy escasa, su impacto en la moral francesa resultó altísimo y adquirió proporciones míticas. Varios de esos taxis legendarios se han conservado. Uno de ellos es el Renault G7 de ocho caballos que se exhibe en el Musée de l’Armée de París y que como el coche de Sarajevo parece sacado de El Rally de Montecarlo y toda su zarabanda de antaño o de las aventuras de Penélope Glamour y Pierre Nodoyuna Otras leyendas de la Gran Guerra son  la de la quinta columna (un periódico inglés publicó que 50.000 alemanes disfrazados de camareros se encontraban ya en Gran Bretaña al inicio de la guerra esperando la señal  para entrar en acción –la espiomanía nos llevaría a encontrarnos con Mata Hari-), o la de los francotiradores emboscados en las ciudades –que sirvieron de pretexto para terribles represalias entre los civiles perpetradas especialmente por los alemanes y los austrohúngaros, aunque también hubo mucho cuento en el cliché de la “bestialidad alemana” con historias de bebés belgas empalados por “bayonetas hunas” o de niños mutilados por los granaderos prusianos: mucha propaganda aliada -. Caso aparte es el de los famosos “ángeles de Mons”, seres sobrenaturales que habrían ayudado a la fuerza expedicionaria británica en dificultades y que se confunden con los fantasmagóricos arqueros medievales ingleses que, provenientes de Azincourt,  habrían combatido al lado de sus paisanos lanzando flechas sobre los alemanes (la historia tuvo su origen en un relato de Arthur Machen).


10. Medalla 'Pour le Mérite' (Blue Max)



La Pour le Merite o Blue Max era la gran condecoración alemana en la I Guerra Mundial, muy ambicionada especialmente por los aviadores. A diferencia de la Cruz Victoria  (VC) británica, que tiene mucho más empaque militar, pues solo se concede, y con racanería, a verdaderos héroes, y de todos los rangos, la bonita medalla alemana azul solo era para oficiales y se entregaba también a altos mandos y dignatarios sin hechos de guerra, incluso a príncipes alemanes y mandatarios turcos. No obstante, la Blue Max fue a parar a verdaderos valientes y lo interesante es que a través de ella, además de adentrarnos en el raro mundo del heroísmo, podemos deslizarnos hacia el mundo de entreguerras para llegar a la II Guerra Mundial. Efectivamente, varios de los personajes alemanes importantes del III Reich la poseían, lo que muestra a las claras la continuidad entre una y otra guerras –por si no fuera bastante el Tratado de Versalles-. Rommel, el que sería el famoso Zorro del Desierto, probablemente el general más famoso de la II Guerra Mundial, había ganado la Blue Max  en 1917 a resultas de su papel al mando de  tropas de asalto en batallas contra los italianos en el durísimo frente del Isonzo, en los Alpes Julianos. Su Pour le Merite puede verse expuesta en el pequeño museo dedicado a la memoria del mariscal en Blaustein-Herrlingen, cerca de Stuttgart. Otro poseedor de la medalla era Hermann Goering, que la consiguió en junio de 1918. El as de caza con 22 victorias se convirtió luego en el segundo hombre más poderoso del III Reich. Un caso diferente es el de Ernst Jünger, que ganó su Pour le Merite en septiembre de 1918 por sus hazañas en combate en las trincheras y que vistió de nuevo el uniforme en la siguiente guerra aunque teniendo sus más y sus menos con el régimen. Quien no logró ni esa ni otra medalla, claro, fue Paul Bäumer, el personaje protagonista de Sin novedad en el frente. La medalla más relevante de la I Guerra Mundial –por lo que supuso para el mundo la experiencia bélica del que la logró- fue la Cruz de Hierro ganada por un humilde gefreiter del ejército imperial: Adolf Hitler.

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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 27/2/2014, 5:27 pm

La batalla equivocada

En la batalla del Somme nacieron el siglo XX y Mordor. El 1 de julio de 1916, en apenas unos minutos, se desencadenó el mayor desastre de la historia militar británica. Tras siete días de bombardeos tan intensos que pudieron escucharse desde Londres, 14 gigantescas explosiones bajo las trincheras enemigas marcaron a las 7.28 de la mañana el inicio de una ofensiva destinada a cambiar el curso de la I Guerra Mundial en el frente occidental. Convencidos de que la artillería había machacado las posiciones alemanas, los soldados salieron al paso hacia las trincheras enemigas. Sin embargo, las defensas estaban casi intactas. Fueron barridos de forma implacable por las ametralladoras alemanas, oleada tras oleada. En los primeros seis minutos se produjeron 20.000 víctimas. Al anochecer, 20.000 militares habían muerto y 40.000 resultaron heridos. Uno de los reclutas que participaron en esa batalla fue un joven recién graduado en Oxford llamado John Ronald Reuel Tolkien. Sin aquella experiencia del horror no puede entenderse El señor de los anillos ni su descripción del mal absoluto en la tierra maléfica por excelencia: Mordor.

La batalla se prolongó entre el 1 de julio y principios de noviembre de 1916, en la región de Picardía, en el norte de Francia. Todavía siguen apareciendo cadáveres, los últimos este mismo invierno durante la renovación de una carretera. “Este fusil fue encontrado la semana pasada”, asegura Dominique Zanardi, de 54 años, dueño desde hace dos décadas de Le Tommy, mezcla de bar de carretera para visitantes del lugar de la batalla y museo. Zanardi muestra una habitación llena de objetos que se siguen hallando casi a diario, desde armas (el fusil en cuestión está recubierto de barro y óxido y es casi irreconocible) hasta todo tipo de bombas. En una pared de su jardín mantiene colocadas 12.000 vainas vacías de obuses. “Es lo que se disparaba en un día de la ofensiva”, señala. Explica que desde niño se dedicaba a vender el metal que expulsaba la tierra y que así nació su afición por la I Guerra Mundial.

Thierry Gourlin, exbombero y presidente de la asociación que regenta el museo privado Somme 1916, en Albert, explica que los zapadores calculan que hasta dentro de cinco siglos no estará totalmente limpia la zona y que se siguen sacando unas 60 toneladas de explosivos al año. Alain Perridon, guía de este museo que recrea la vida en las trincheras, narra lo que hacen los campesinos cuando se encuentran con bombas sin explotar: “Las llevan a un lugar donde de vez en cuando son recogidas por los zapadores”. Zanardi quita importancia al peligro, pese a que una bomba entera significa que mantiene sus explosivos intactos. “Hemos vivido siempre así. Sabemos lo que es realmente peligroso”, agrega en referencia a que todavía aparecen a menudo proyectiles cargados con armas químicas, muy utilizados durante la batalla. Su bar es una mina de información sobre una masacre que se convirtió en un lugar de peregrinaje y de turismo de trinchera.

Allí viajan los protagonistas de Suave es la noche, la novela de Francis Scott Fitzgerald, en busca de los vestigios de la Gran Guerra. La primera guía Michelin sobre la batalla del Somme se publicó en 1920 y sus imágenes muestran un paisaje todavía devastado, pueblos enteros convertidos en escombros, bosques reducidos a astillas, tumbas improvisadas. En esto último, nada ha cambiado: los cadáveres de los soldados nunca fueron trasladados, y la densidad de los cementerios militares es sobrecogedora (410 de la Commonwealth, 22 franceses y 14 alemanes). Hoy, los visitantes de todo el mundo siguen acudiendo cada año, por decenas de miles, sobre todo en torno al 1 de julio. La memoria se mantiene, convertida en piedra, en el memorial de Thiepval, el mayor monumento funerario militar británico del mundo. El escritor John Berger, citado por Geoff Dyer en The missing of the Somme, libro de viajes a los escenarios de la batalla, dijo que Thiepval es un lugar tan impactante porque encarna el siglo XX, “el siglo en el que la gente contempla constantemente cómo personas muy cercanas desaparecen en el horizonte”. “El memorial de Thiepval proyecta una sombra sobre el futuro, una sombra que alcanza los muertos del Holocausto, el Gulag, los desaparecidos en América del Sur o en Tiananmen. Por eso el siglo XX está concentrado allí, es una profecía, un recuerdo del futuro”, escribe Dyer. Un personaje de Suave es la noche asegura tras visitar ese mismo lugar: “Todo mi hermoso mundo, delicioso y seguro, saltó por los aires aquí”.

El objetivo de la ofensiva, para la que habían sido movilizados solo entre los británicos medio millón de soldados, era romper las líneas alemanas en el oeste del frente occidental. Los británicos atacaron más el norte, y los franceses, que encontraron menos dificultades, el sur. Todo lo que pudo salir mal, salió mal. Tras el desastre del Somme, los británicos anularon las llamadas “brigadas de colegas” (pal brigades), que reunían a amigos que se habían alistado juntos o a personas del mismo barrio, pueblo, fábrica, clase… Hubo localidades que perdieron a casi todos sus varones en edad de guerrear. Las comunicaciones no funcionaban, no se sabía lo que ocurría en el campo de batalla.

¿Por qué nadie cambió el plan cuando los soldados caían a miles sin ni siquiera alcanzar las trincheras enemigas? John Keegan, el gran historiador militar, lo resume en su estudio clásico sobre esta ofensiva, El rostro de la batalla (Turner): “Primero, por el respeto tradicional de los militares al plan trazado, pero también porque las pérdidas humanas abultadas eran un parámetro integrado en la doctrina militar de la época”. “Los oficiales novatos mueren por decenas, cada minuto”, escribió el autor de El señor de los anillos al partir hacia Francia, según recuerda el periodista John Garth en Tolkien and The Great War (Harper Collins). Las escenas de destrucción, los pueblos arrasados, llenos de cadáveres o de heridos destrozados por las balas, la metralla o el gas, la tierra negra bajo el aire pesado de la muerte y la pólvora, están reflejados en su obra magna, en la que los hombres son capaces de dejarse llevar por el mal absoluto que además estuvo presente en carne y hueso en el Somme. Un soldado alemán de primera llamado Adolf Hitler resultó alcanzado en una pierna en Bapaume el 7 de octubre de 1916.

El dibujante Joe Sacco refleja en The Great War, su impresionante recreación del Somme que Mondadori publicará en marzo, la movilización general hacia ninguna parte. Su panorama recoge la evolución de la esperanza al cataclismo. “Los soldados que se preparaban para la batalla lo llamaban el gran empujón. Muy pocos de ellos eran en realidad soldados”, escribe la historiadora Lyn MacDonald en la obra de referencia sobre la ofensiva, Somme (Penguin). “Eran tenderos, artesanos, aristócratas, carniceros, buhoneros, campesinos, maestros, pastores, banqueros, pero estaban unidos por la resolución de dar una lección de una vez por todas a los alemanes”. Así describe MacDonald a los Tommies, los soldados británicos, aunque también podría aplicarse a los de las otras nacionalidades de la Commonwealth. Para los franceses, en cambio, ha sido durante años una batalla oculta, eclipsada por Verdún, el horror que copa la memoria nacional. En el sector francés combatió Ernst Jünger, que relata su visión de la contienda en Tempestades de acero.

Thiepval era el principal objetivo británico. En teoría, debía ser tomado en las primeras horas de la ofensiva. No cayó hasta septiembre. Desde la colina en la que está situado, resulta increíble pensar que alguien mandase a miles de soldados contra las ametralladoras y las alambradas que, pese a la intensidad del bombardeo, estaban intactas porque se habían utilizado proyectiles que explotaban en el aire, tratando inútilmente de diezmar con la metralla a un enemigo resguardado en refugios subterráneos. Cuando se recorren los escenarios del combate, un terreno casi siempre plano con claras colinas estratégicas, el absurdo de la batalla queda patente, como también el valor sin límites de los que participaron en ella. También la capacidad de una sociedad para convencer a toda una generación para que acudiese al frente.

Otro lugar impresionante es el monu­mento de Terranova, en Beaumont- Hamel, territorio canadiense en Francia que conserva las trincheras. Terranova no era entonces Canadá, sino un país asociado a Reino Unido. Unos 800 soldados tenían que tomar las posiciones alemanas. “No avanzaron ni unos metros”, relata Vincent, estudiante canadiense de 20 años enviado por su Gobierno durante cuatro meses para servir de guía en este lugar de peregrinación. El 86% de los soldados resultaron heridos o muertos en minutos. “En una carta”, prosigue Vincent, “un alemán relata que casi tenía sentimiento de culpa por lo fácil que resultó matar a sus enemigos, que avanzaban a plena luz del día contra sus ametralladoras”, la letal Maxim MG-08.

Los avances fueron insignificantes. En la actualidad, la línea del frente está jalonada por carteles en la carretera nacional D929. Apenas pasan cinco minutos desde que se supera el indicador que señala el lugar donde estaba la contienda el 1 de julio hasta que alcanza el que apunta el emplazamiento el 1 de septiembre de 1916, en el pueblo de Pozières. De nuevo hay que recurrir al superlativo: en esta localidad se produjo el mayor desastre militar de la historia de Australia. Veintitrés mil bajas para avanzar unos kilómetros. Peor que Galípoli. Desaparecieron 4.300 soldados. Lo más grave es que toda la batalla fue una inmensa maniobra de distracción para obligar a los alemanes a desplazar tropas desde Verdún hasta este nuevo frente y así aliviar la presión contra los franceses.

Nunca ha sido tan certera la expresión carne de cañón como en aquel combate. Geoff Dyer narra que, en esos libros de condolencias que hay en todos los cementerios militares, se encontró con el siguiente diálogo: “¡Nadie habla de los seis millones de judíos!”. A lo que alguien respondió al lado: “Guerra equivocada, colega”. Fue, sin duda, la batalla equivocada en la guerra equivocada. “Las terribles bajas del Somme supusieron un punto de inflexión para muchos soldados británicos. Se produjo un giro hacia una especie de tenaz cinismo, una falta de fe en que alguna batalla pudiera servir para algo”, escribe Adam Hochschild en Para acabar con todas las guerras (Península).

Escenario tras escenario, se multiplican los relatos de inútil heroísmo. El campo de batalla de 1916 engloba hoy unas cuantas ciudades y pueblos –Albert, Perrone, Thiepval, Maricourt, Longueval, La Boisselle– separados por pocos kilómetros en un territorio eminentemente rural. Una de las formas de combate del conflicto fue la guerra de las minas: los atacantes excavaban túneles bajo las trincheras enemigas, los llenaban hasta los topes de explosivos –el amonal comenzó a utilizarse entonces– y luego prendían la mecha. Cavar era muy peligroso y se hacía en silencio porque el enemigo estaba justo encima. A veces se lo encontraban bajo tierra haciendo lo mismo. Un británico, Richard Dunning, compró en 1978 el terreno que rodea uno de los cráteres para conservarlo y convertirlo en un monumento. Con sus 17 metros de profundidad y 67 de diámetro, parece más el fruto de un meteorito que del estallido de 30 toneladas de explosivos.

Más allá del culto a la memoria, del peregrinaje en busca de los familiares desaparecidos, el horror marcó muy pronto el recuerdo de la Gran Guerra. “Para todo el mundo, tanto aliados como alemanes, todo estaba permitido, desde bombardear civiles hasta destruir ciudades, utilizar gas, mandar miles de soldados contra las trincheras. Como escribió el historiador George Mosse, representó la brutalización de la guerra”, explica Marie-Pascale Prévost-Bault, conservadora principal del Museo Historial de la Grande Guerre, situado en Peronne, que será reinaugurado el 1 de marzo. La primera sala pone en contexto el momento en que estalló el conflicto, en 1914, cuando la industrialización iba acompañada de una carrera armamentística entre las grandes potencias. En el Somme se utilizaron los primeros tanques de la historia como preludio de la clave para la victoria: las nuevas tecnologías (aviones, carros de combate) sumadas a la intervención de los estadounidenses. “Fue una época en la que los militares dominaban al Gobierno. Es una lección para no olvidar”, prosigue la conservadora.

Vincent Laude, de 45 años, responsable del centro de interpretación de Thiepval, señala espacios en blanco entre los 72.000 nombres que cubren las paredes del memorial. Son los de soldados que desde la inauguración del monumento han sido encontrados e identificados. El visitante es recibido con un gran cartel que recoge 600 retratos de desaparecidos. “Queremos ponerles un rostro”, explica. Actualmente, dos británicos, Ken y Page Linge, recopilan las biografías de los desaparecidos, con una edad media de 25 años. Llevan 10.000.


Todos los cementerios del Somme simbolizan una gran lucha contra el olvido, aunque muchas tumbas pertenecen a soldados desconocidos, siempre con la misma inscripción: “Un soldado de la Gran Guerra. Solo conocido por Dios”. Pero una tumba en un cementerio rural alejado del campo de batalla tiene un epitafio muy diferente. El camposanto del pueblo de Bailleulmont, además de las lápidas locales, tiene un área dedicada a soldados británicos. Una placa verde lo indica a la entrada: Commonwealth War Graves. Las 33 tumbas de militares británicos están alineadas sobre un césped impecable, en una esquina del recinto.

La sepultura con más cruces de madera y amapolas, el símbolo del homenaje a los combatientes, tiene una inscripción muy diferente: “Soldado A. Ingham. Manchester Regiment. 1 de diciembre de 1916. Fusilado al amanecer (Shot at dawn). Uno de los primeros en alistarse. Digno hijo de su padre”. En este cementerio hay otras tres tumbas de soldados fusilados por desertar o por cobardía. Su familia se empeñó en que esta inscripción figurase en su lápida porque se sentían orgullosos de Ingham. Tras haber sobrevivido a la primera carnicería del Somme, huyó en octubre de 1916 junto a su compañero Alfred Longshaw, que reposa en la tumba de al lado, cuando iban a volver a ser enviados al frente. Fueron descubiertos con ropas civiles, sometidos a un consejo de guerra y condenados a muerte. Ingham tenía 24 años; Longshaw, 21. Si el monumento de Thiepval refleja el siglo XX, esta sencilla tumba del cementerio de Bailleulmont debería reflejar el siglo XXI, una época que aprende de sus errores, que se atreve a mirar su pasado, que no quiere más generaciones perdidas.

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Von Leunam
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 27/2/2014, 5:30 pm

Los mitos de Galípoli



Como en el síndrome de Stendhal rendido ante la belleza de Florencia, la contemplación de la memoria del horror y la temeridad entre las trincheras también desasosiega al viajero. Casi un siglo después, el vendaval de la historia aún no se ha llevado los ecos de la batalla de Galípoli, para las fuerzas aliadas, o de los Dardanelos, para las otomanas, que se enfrentaron ferozmente por el control de una pequeña península bañada por el Egeo y un estratégico estrecho que era la llave para doblegar al Imperio Otomano. Más de cien mil muertos y medio millón de heridos entre febrero y diciembre de 1915 que cambiaron el curso de la I Guerra Mundial y contribuyeron a prolongar los combates tres años más.

Para intentar comprender la dimensión de esta ofensiva hay que rebobinar desde la imagen congelada del actor Mark Lee abatido por los francotiradores turcos en el filme de Peter Weir –sin duda, un homenaje al miliciano español inmortalizado por Robert Capa– ante la desesperación de su camarada de armas australiano encarnado por Mel Gibson en Gallipoli. Y dar un salto atrás en el tiempo, en el mismo espacio de la Troya de Homero el griego y el Helesponto de Jerjes el persa.

Nunca tantos cayeron por tan poco territorio. El viento helado que llega desde el invierno del mar Negro aviva el seso y despierta al visitante extasiado ante los epitafios. Las insignificantes barrancas y playas, las mínimas lomas y mesetas escenario de la batalla de Galípoli estarían condenadas al olvido si no fuera por los mitos que germinaron entre las calaveras: el nacimiento de la identidad nacional australiana y los cimientos fundacionales de la Turquía moderna.

Fue una idea brillante, pero se ejecutó con torpeza. El primer lord del Almirantazgo, a la sazón un Winston Churchill de apenas 40 años, aprobó la orden de apoderarse de los Dardanelos. Se trataba de una operación naval relámpago: cañonear las defensas artilleras otomanas en la embocadura del estrecho. Una pequeña fuerza terrestre se ocuparía de controlar después los fuertes y los puertos turcos para poder retirar las minas colocadas en el paso marítimo. Franquear el paso a las flotas británica y francesa hasta el mar de Mármara conduciría a la conquista de Estambul en pocos días y, con ello, a la derrota del Imperio Otomano. Al mismo tiempo quedaría despejada una vía vital de rearme a Rusia en el este para que las potencias centrales aflojaran la presión en el frente occidental, estancado en el barro de las trincheras desde el comienzo del conflicto.

Los buques aliados se estrellaron contra la tenacidad turca, pero sobre todo también contra sus propios errores. A partir del 19 de febrero de 1915, sus cañones hicieron mella en las fortalezas otomanas, algunas erigidas en el siglo XV tras la conquista de Constantinopla. Pero sus dragaminas fueron incapaces de aproximarse a la entrada del estrecho para desmontar las sucesivas líneas de minas que lo bloqueaban. A pesar de los vuelos de reconocimiento de los hidroaviones británicos, las piezas móviles de los artilleros turcos cambiaban de localización cada noche para castigar con su fuego nutrido cada misión de limpieza antiminas. Los grandes cruceros y acorazados aliados se arriesgaron a ponerse a tiro de las baterías costeras –que estaban también asistidas por fuerzas alemanas a las órdenes del general Liman von Sanders, asesor militar del Imperio Otomano y posteriormente jefe militar de las operaciones en los Dardanelos– para desalojar a la artillería ligera de las costas. Varios se fueron a pique al entrar en contacto con las minas o resultaron gravemente dañados.

El 18 de marzo, la Armada aliada lanzó sin éxito su última ofensiva. Desde entonces los cañones dejaron de disparar en los fuertes del estrecho. Y desde entonces los turcos conmemoran cada año en esa fecha su victoria en la batalla de los Dardanelos. El general Ian Hamilton, jefe de la Fuerza Expedicionaria del Mediterráneo, telegrafió a Londres: “Muy a mi pesar, me veo obligado a llegar a la conclusión de que no es probable que los estrechos sean forzados por acorazados (…). Ha de ser una operación militar pausada y metódica, llevada a cabo con nuestras fuerzas al completo, para así poder abrir un paso para la Armada”.

Pero los combates no acabaron el 18 de marzo. A partir de entonces, la guerra solo cambió de escenario. Para los australianos, que acababan de irrumpir en 1901 en la historia como país independiente del Imperio Británico, la fecha de recuerdo de Galípoli es el 25 de abril, cuando se lanzó el desembarco de fuerzas terrestres aliadas. Es una fiesta nacional: el Día del ANZAC (así llamado por las siglas inglesas del Cuerpo Australiano y Neozelandés del Ejército).

Robert Gozalo Howes, de 48 años, es quizá uno de los españoles que más han investigado sobre la batalla. Como Serdar Halis Ataksor, de 57 años, es uno de los turcos mejor documentados sobre Galípoli. El bisabuelo de Robert se alistó con 27 años en los Fusileros Reales de Dublín y desembarcó con las fuerzas británicas el 25 de abril de 1915 en el sur de la península. El abuelo de Serdar, el mayor Halis Ataksor, que contaba entonces 37 años, estaba al mando del 27º regimiento del Ejército otomano que frenó el avance del ANZAC en el oeste. El fusilero londinense George Howes cayó muerto el 9 de diciembre, cuando los aliados se retiraban derrotados. Ataksor resultó herido en la contraofensiva australiana del 6 de agosto, pero sobrevivió a la guerra.

“Mi bisabuelo materno se embarcó hacia Alejandría tras varias semanas de adiestramiento en el sur de Inglaterra”, explica Robert Gozalo Howes en Madrid mientras muestra fotografías de su antepasado de uniforme. El 25 de abril participó en el primer gran desembarco militar del siglo XX, considerado como el principal precedente del Día D en Normandía. Iba a bordo del carguero River Clyde, que fue embarrancado a propósito en una playa de Helles, al sur de la península, pero los soldados se quedaron a unos 30 metros de la costa expuestos al fuego enemigo. “Fue una carnicería. De los 1.000 efectivos de los Fusileros de Dublín solo sobrevivieron 400. Mi abuelo llegó a tierra; su amigo Paddy McGuire, con el que se alistó, no”. El River Clyde acabó tras la guerra en manos de una naviera española del Mediterráneo rebautizado como Aurora. Fue desguazado en Avilés en 1966.

En realidad hubo cuatro desembarcos simultáneos lanzados poco después de las cuatro de la madrugada. Dos de ellos, el de la 29ª División Británica en el cabo Helles y una zona adyacente, y el de ANZAC en la costa occidental de Gaba Tepe, tenían como objetivo establecer cabezas de puente para la invasión aliada. Los otros dos, el del Cuerpo Francés del Ejército en la parte asiática de Kum Kale, no lejos de las ruinas de Troya, y el de la Real División Naval en el golfo de Saros, al norte de Galípoli, fueron meras maniobras de distracción para dividir la capacidad de respuesta de las fuerzas otomanas.

A pesar del alto número de bajas en el sur, el frente quedó pronto consolidado gracias al apoyo de la artillería naval franco-británica. Pero la zona del ANZAC estuvo marcada desde el principio por la desgracia. “Caven, caven, caven trincheras”. Ese fue el mensaje que les transmitió el general británico Hamilton cuando los mandos de la unidad australiana y neozelandesa le comunicaron que la situación era insostenible.

El escritor australiano Bill Sellars, de 52 años, lleva 18 de ellos viviendo a orillas de los Dardanelos. Llegó a Turquía en 1988 para realizar una investigación sobre la I Guerra Mundial. “Era mi destino, cinco miembros de la familia de mi madre, australiana, combatieron aquí, y tres de la de mi padre, británico, también”, explica en el puerto de Eceabat (el antiguo Maidos griego), en el estrecho.

“Para los australianos y neozelandeses es una parte fundacional de nuestra historia. Hasta Galípoli, Australia era la suma de seis antiguos territorios coloniales, después ya fuimos una nación. En estas trincheras nació una identidad marcada por los valores de sacrificio y camaradería”. Sellars recuerda que en las batallas del frente occidental francés y belga murieron unos 50.000 australianos, pero la memoria colectiva ha quedado fijada en los 8.800 soldados de su país que perdieron la vida en la península del Egeo. “El Día del ANZAC no es una celebración, es una conmemoración. No hay que olvidar que fue una desastrosa derrota”, matiza con un té turco en la mano.

“Nadie esperaba que los otomanos fueran a luchar tan fieramente, pero no hay que olvidar que la mayoría de esos hombres procedían de la región del Mármara. Luchaban para defender su propia tierra frente a una invasión extranjera”, concluye el escritor australiano.

Todos luchaban por el control de la meseta de Kilitbahir, en el corazón de la península. Esos cerros eran la piedra angular de la batalla y la clave de la bóveda que aún sostenía al Imperio Otomano. Si los aliados los tomaban, tendrían vía libre para cañonear el palacio del sultán en Topkapi. Hoy las banderas turcas dan una exagerada tintura roja a la memoria histórica por todo Galípoli. Marcan las líneas de frente, los cementerios de sus tropas, monumentos conmemorativos que emulan al elemental realismo socialista. El clímax nacionalista crece en la embocadura de los Dardanelos. La estructura de más de 40 metros que ahora es el memorial turco de la batalla iba a ser la base sobre la que se erigiría una estatua colosal. Pero la idea fue desaconsejada por los ingenieros a causa de los fortísimos vendavales.

El paroxismo de la celebración de la guerra es aún más patente en Chunuk Bair. El nacionalismo kemalista turco se apropió durante décadas de la memoria del campo de batalla. Más de dos millones de turcos visitan ahora cada año el Parque Histórico Nacional de Galípoli, creado en 1973. La paradoja es que el nacionalismo islamista del Gobierno de Recep Tayyip Erdogan lo ha reconvertido en parque temático de exaltación de la victoria de tropas musulmanas que cargaban invocando a Alá contra fuerzas extranjeras en su gran mayoría cristianas.

Los cementerios de guerra de británicos, franceses, australianos y neozelandeses fueron los primeros en conservar el recuerdo de los caídos. Hoy mantienen una apacible distancia histórica. Solo el monolito memorial británico apunta a un pasado imperial, con la mención de los buques y unidades que intervinieron en la lucha. En el muro exterior que lo rodea están grabados los nombres de sus muertos. A media altura de la parte central del ala occidental se halla el de George Howes, el bisabuelo de Robert Gozalo.

El cementerio turco es meramente simbólico, con inscripciones en lápidas de metacrilato. Los cuerpos de los combatientes están inhumados en fosas comunes. El escritor y periodista Gürsel Göncü, de 52 años, es autor de un libro sobre la campaña de los Dardanelos y de una guía de los campos de batalla de Galípoli. Vivió cinco años en la península investigando los hechos sobre el terreno. “No hemos sabido preservar una parte de la historia de la humanidad. Me da ve#$%&/üenza. Hemos perdido la memoria y la hemos sustituido por placas de plástico”, se lamenta en Estambul.

El Gobierno turco ha preparado un programa conmemorativo para el centenario de la batalla en 2015 que cuenta con un presupuesto de unos 20 millones de euros. “Con mucho menos se podría recuperar parte de nuestra memoria histórica”, critica Göncü. “Galípoli fue una hazaña de sacrificio que hoy sería irrepetible. Sacrificio no por la patria o por la religión. Ni siquiera por la familia. Sacrificio por el compañero de trinchera. Ahora no podemos comprenderlo. Los combatientes oían la respiración del enemigo…”. Frente a las investigaciones de británicos y australianos, Turquía no cuenta aún con una historia documentada en hechos objetivos. “Solo nos queda el relato oral”, advierte el escritor.

En la fría mañana de domingo de invierno, el guía refiere a los visitantes de Galípoli la peripecia de Mustafá Kemal Atatürk en la batalla. El entonces teniente coronel comandaba con 32 años el 57º Regimiento, estacionado en Bigali, al norte de la península. Cuando llegaron noticias del desembarco de las fuerzas del ­ANZAC, otros comandantes se mantuvieron en sus posiciones y solo él se atrevió a marchar hacia la costa occidental. Según este relato, envió a sus tropas por la carretera mientras él marchaba con su caballo campo a través. Al llegar a la zona de combates se encontró con dos centenares de soldados otomanos que se retiraban tras ser arrollados por el avance australiano. Les ordenó que le siguieran con estas palabras: “No les pido que ataquen, les pido que mueran. Eso dará tiempo para que otros turcos ocupen nuestro lugar”. Kemal resistió hasta la llegada de su regimiento para hacer retroceder a las fuerzas del ANZAC hacia la playa.

Serdar Halis Ataksor, que conserva el diario militar que escribió su abuelo entre el 14 de diciembre de 1914 y el 6 de agosto de 1915, cuando este fue herido, no comparte la versión. “El mayor Ataksor, que mandaba el 27º Regimiento, estaba mucho más cerca del punto de desembarco del ANZAC, y fueron sus tropas las que contuvieron el avance enemigo hasta la llegada de los refuerzos del 57º Regimiento de Atatürk. La primera unidad perdió 900 hombres, un tercio de sus efectivos, mientras que la segunda solo tuvo 400 bajas mortales”, asegura con el dietario de tapas de cartón marrones en la mano. “La repu­tación de Atatürk como gran táctico militar se fraguó en las colinas y barrancos de Galípoli”, tercia Gürsel Göncü, que asiste atento a la conversación. “De ahí surgió el jefe militar que dirigió la guerra de la independencia tras la derrota en la I Guerra Mundial y que fundó la República de Turquía en 1923”.

El diario del mayor Ataksor también muestra las miserias del bando otomano. “Detalla la dramática falta de municiones –fue una lucha de bayonetas caladas– y la ausencia de equipos sanitarios”, precisa el nieto del militar. Los heridos graves en el frente turco solían ser dados inmediatamente por muertos. “No tuvieron ninguna oportunidad. Y la falta de suministros, sobre todo de agua, acabó causando más bajas que las balas de los turcos”. Robert Gozalo Howes recuerda las seis cartas enviadas por su bisabuelo que conserva su familia materna. “Las comunicaciones estaban censuradas, pero muestran su tristeza por el alejamiento de su mujer y sus hijos pequeños. Ellos sabían que iba a morir. Fue una generación irrepetible marcada por el valor y el sentido del deber”.

El éxito de algunos submarinos aliados al burlar el bloqueo del estrecho para hostigar a buques de guerra y mercantes turcos en el mar de Mármara no oculta el sentimiento de derrota total que debía acompañar a las tropas que se retiraron de la península en diciembre de 1915. La evacuación fue la operación mejor ejecutada de toda la campaña de Galípoli. El mando militar turco tendió un puente de plata al enemigo. Conservada con mimo en la zona de la ensenada ANZAC, en el cementerio australiano, una de las lápidas lleva este epitafio: “Pagó el precio de la paz. 575 Trooper H. Blanch. 20-6-1915. Tenía 20 años”.

Las cabezas del primer lord del Almirantazgo Churchill y del general del Ejército Expedicionario Hamilton rodaron tras una investigación en Londres. Atatürk fue ascendido al grado de pasha o general, y su leyenda no dejó de crecer hasta convertirse en padre de la patria. Tras la muerte en 1938 del primer presidente de Turquía, el culto a la personalidad de su figura histórica permanece. Y de la sangre de los 8.700 australianos caídos brotó el alma de un país reciente al otro lado del planeta.


http://elpais.com/elpais/2014/02/26/eps/1393427537_355754.html
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Von Leunam
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 7/4/2014, 9:19 pm

Primera Guerra Mundial: ¿olvidada en Alemania?

Los niños británicos visitan los campos de batalla en Bélgica y en Francia el Día del Armisticio de 1918 es un día nacional. En Alemania la Primera Guerra Mundial ha sido tema relegado.



Británicos de todas las edades narran en la página virtual del Imperial War Museum su relación con la Primera Guerra Mundial. Allí se encuentra, por ejemplo, la historia del abuelo al que el primer día de su servicio en el frente de batalla le tocaba sacar los cadáveres de sus compañeros para darles sepultura.

O el caso del tatarabuelo, que siendo médico militar, fue asesinado por francotiradores. O el trágico destino de la mujer, cuyo prometido murió. Hijos, nietos y tataranietos de las víctimas piden en un video respaldo financiero para la gran exposición que en este verano recordará los 100 años del comienzo de la "Gran Guerra", que quedó muy marcada en las mentes de las familias británicas.

Para los alemanes de hoy es, por el contrario, difícil establecer algún vínculo con los avatares de la Primera Guerra Mundial. La pregunta que ocupa a muchos alemanes es ¿fueron nazis mis abuelos ?

¿Víctima, victimario o colaborador?

La postura o la relación de los antepasados con la dictadura criminal de los nazis sigue moviendo y conmoviendo a los alemanes, como lo muestra el caso de Jennifer Teege. Hija de un alemán y una nigeriana, la vida de Jennifer dio un vuelco después de haberse enterado, por casualidad, que su abuelo, Amon Göth, había sido el sádico comandante del campo de concentración del que Schindlers salvó a decenas de personas.

Los horrores de la Primera Guerra Mundial fueron cubiertos por los crímenes aún mayores de los nacionalsocialistas, antes y durante la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y la Guerra Fría.

Alemania, una Historia fracturada

Mientras en Inglaterra y Francia sus sistemas democráticos permanecieron más o menos estables en el siglo xx, la historia de Alemania está llena de fracturas: desde 1914 Alemania tuvo cinco sistemas: el Reino del Káiser, la República de Weimar, la dictadura nacionalsocialista, luego vinieron la “Dictadura del Proletariado” en el régimen comunista de la República Democrática Alemana, y la República Federal de Alemania, el actual sistema de democracia parlamentaria.

Tras un encarnizado enfrentamiento entre las dos Alemanias y sus diferentes sistemas, apenas hace 25 años existe la que hoy conocemos como Alemania unificada. Alemania es una democracia joven.

Solo países como Polonia, Rusia o los de los Balcanes han experimentado quiebres tan decisivos en su historia, como los que ha soportado Alemania. El politólogo Herfried Münkle habla de una “línea Este-oeste, en la cultura de los recuerdos” en Europa.

Investigación de las causas y no inculpaciones mutuas


Francois Mitterrand, otrora presidente de Francia y Helmut Kohl, excanciller de Alemania, frente a la tumba simbólica del soldado caído en la Primera Guerra Mundial en Verdun, Francia 1984.

Fue el historiador Fritz Fischer quien expuso la teoría de que Alemania tuvo la mayor parte de la culpa en el inicio de la conflagración, dando así paso a un largo debate. En 2014, cien años después, se han lanzado diversas publicaciones en las que la culpa de la guerra empero, no es especialmente destacada. Establecer el culpable es, de por sí, una tarea casi imposible.

El actual estudio de la Primera Guerra Mundial se centra más bien en las causas, como lo hace Christopher Clarks, en su libro “Die Schlafwandler“ (Los sonámbulos), en el que el historiador australiano analiza la guerra como un “resultado evitable de una maraña de hechos y decisiones”.

Herfried Münkler, por su parte, describe en “La Gran Guerra“ el panorama de la época y muestra lo que los políticos pueden aprender hoy de la historia. Por ejemplo, que los focos de conflicto deben ser atendidos a tiempo, antes de que incendien toda una región, un continente o todo el mundo, como ocurrió en la Segunda Guerra Mundial. Y sigue hoy ocurriendo en muchas partes del mundo.

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http://www.dw.de/primera-guerra-mundial-olvidada-en-alemania/a-17502519
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 7/4/2014, 9:34 pm

Von Moltke, el jefe de Estado Mayor fracasado



“Estamos dispuestos y cuanto antes, mejor para nosotros”. Con estas palabras abogó el jefe del Estado Mayor del Imperio Alemán el 1 de junio de 1914 por una rápida guerra preventiva. Con ese pronunciamiento, Helmuth von Moltke, al igual que otros militares alemanes, marcó el ritmo de los acontecimientos en el verano de ese año. La idea era: si se desata la guerra rápidamente, Alemania puede vencer a los poderosos enemigos. De esa forma, los militares empujan decisivamente a los políticos a la guerra. Moltke, sabía, sin embargo, que la contienda bélica se transformaría en una guerra mundial con final abierto: “Como terminará todo esto, nadie lo sabe”.

Helmuth von Moltke lleva un gran nombre. Es sobrino del mariscal de campo del mismo nombre conocido de la guerra contra Francia de 1870/71. Guillermo II lo nombra en 1906 jefe de Estado Mayor. Moltke acepta con la condición de que el emperador no se entrometa en sus decisiones. Ambos comienzan a distanciarse. Justamente el primer día de la guerra, una discusión hace que la relación se transforme en enemistad: Guillermo II ordena, contrariando a Moltke, detener la movilización contra Francia y que todas las unidades sean enviadas al frente contra Rusia. Poco después dejará sin efecto esa orden.

Los primeros rápidos éxitos militares en el frente occidental en el verano de 1914 no satisfacen a Moltke. Con desconfianza registra el relativamente reducido número de prisioneros y el escaso botín de cañones. Supone que “los franceses se han retirado ordenadamente y siguiendo un plan” y que volverán para atacar. “Lo más difícil nos espera aún”, profetiza Moltke el 4 de septiembre de 1914. Efectivamente, un día después comienza el contraataque de franceses y británicos en la Batalla del Marne. El ejército alemán es obligado a retroceder, el plan de operaciones original para el frente occidental ha fracasado definitivamente.

Moltke es responsable de ese fracaso, el emperador le manifiesta su disgusto. Finalmente Moltke, de 66 años, debe retirarse por motivos de salud. Ya debilitado e irritable al comienzo de la guerra, sufre un colapso nervioso. Contra su voluntad, el emperador lo releva de su cargo, sustituyéndolo por Erich von Falkenhayn, por entonces ministro de Guerra. Seis semanas después del comienzo de la guerra, los alemanes pierden a su jefe de Estado Mayor, oficialmente por “molestias en el hígado y la vesícula”. Esa mentira propagandística no puede encubrir el desastre militar alemán ya en el segundo mes de guerra ni el fracaso de su jefe de Estado Mayor. Helmuth von Moltke muere dos años después de su destitución como consecuencia de un ataque de apoplejía.

http://www.dw.de/von-moltke-el-jefe-de-estado-mayor-fracasado/a-17510721
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 7/4/2014, 9:39 pm

Guillermo II: en medio, pero al margen



Cuando un imperio va a la guerra, el emperador se transforma en comandante en jefe de las fuerzas armadas y figura central, tanto política como militar. En el caso de Alemania sorprende, sin embargo, en qué medida a Guillermo II le faltaron las capacidades para orientar realmente el curso de la guerra. A la cabeza del pueblo alemán se halla en el verano de 1914 un hombre que hace tiempo que ha perdido influencia sobre la política y es excluido por completo de las decisiones que se toman en relación con la guerra.

El mayor éxito de Guillermo II es su discurso del 31 de julio de 1914, que pronunció desde su balcón de su Palacio de Berlín, en el que afirmó que a Alemania se le “había obligado a empuñar la espada”. Fue el nacimiento de la leyenda de la inocencia alemana en relación con el estallido de la guerra, que incluso llevó a quienes rechazaban la contienda bélica (sobre todo los socialdemócratas) a finalmente aprobarla. Esa leyenda se mantuvo incólume incluso después de 1918. No se dijo, sin embargo, que el Imperio Alemán impulsó decisivamente la escalada de la crisis internacional y animó a Austria a declararle la guerra a Serbia, a pesar del peligro de que estallara una guerra mundial

En cuanto a la conducción de la guerra, Guillermo hubiera tomado con gusto el mando supremo. En la realidad no poseía conocimientos exactos sobre la planificación estratégica, estaba considerado un hombre sin aptitudes tácticas y no poseía la cualificación necesaria para comandar operativamente un ejército en guerra. Guillermo II, entonces de 55 años, intenta, no obstante, dar la impresión de que es una figura dirigente. Los militares le dan el gusto y lo presentan como comandante en jefe. En contrapartida, Guillermo II les promete no inmiscuirse en sus decisiones operativas. Al jefe del Estado Mayor, Helmuth von Moltke, le concede plenos poderes para dar órdenes en su nombre.

Parte de esa puesta en escena es que a partir de agosto de 1914 el emperador se reúne periódicamente con los mandos militares en el Gran Cuartel General. Allí se halla en medio de la toma de decisiones, pero, de cierta forma, al margen. Como sus oscilaciones anímicas son bien conocidas, aumenta el temor de que el emperador sufra un colapso nervioso. Por eso, durante los años de guerra, su entorno trata de evitar momentos muy emocionales. Guillermo II recibe información sobre el curso de la guerra solo en forma seleccionada y filtrada. Las malas noticias no le son transmitidas y sobre operaciones se le informa solo después de comenzadas. Eso contribuye a desorientarlo aún más. Su colapso es solo cuestión de tiempo. El emperador Guillermo II fracasa en la crisis política de 1914, deja la guerra en manos de sus generales y es incapaz de lograr la paz.


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http://www.dw.de/guillermo-ii-en-medio-pero-al-margen/a-17510702
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 11/5/2014, 7:21 pm

El Barón Rojo tenía el alma negra



En el rutilante firmamento de la lucha aérea sobre las embarradas trincheras de la I Guerra Mundial destacan con el color acerbo y desafiante de Marte el aeroplano y el nombre de Manfred Von Richthofen (1892-1918), el Barón Rojo, el piloto de combate más famoso de todos los tiempos. Su leyenda le ha convertido, además de en una de las figuras emblemáticas de la contienda que este año conmemora el centenario de su inicio, en el paradigma de aviador de caza caballeroso, tan temido como admirado y respetado por sus enemigos. Sin embargo, y como suele suceder con los mitos, hay grandes fisuras en la personalidad real del famoso piloto, el campeón de los cielos de la Gran Guerra, con 80 victorias confirmadas. Ahora la publicación en España de sus memorias de guerra El avión rojo de combate (Macadán) y de una extensa biografía de 600 páginas (Almuzara) a cargo del entusiasta J. Eduardo Caamaño, que ha buceado en la monumental bibliografía sobre Von Richthofen –especialmente en los libros del gran especialista Peter Kilduff- para poner a disposición del lector en castellano un completo relato de su vida y peripecias (incluidas las listas y coordenadas de sus derribos y bonitas láminas de los aeroplanos que pilotó y abatió el barón volante), permiten observar en toda su dimensión a un individuo con bastantes facetas inquietantes, antipáticas y desagradables. Ya hubo gente que lo percibió así en su tiempo. “Es una suerte que esté muerto”, expresó con sincero alivio y sin ambages el capitán Middleton, del 40 escuadrón de la RAF. Otro piloto fue más directo: “Richthofen era una mierda”.

El retrato del Manfred von Richthofen real es el de un joven (empezó su carrera de piloto de caza con 23 años y la acabó por la pista peor, la de la muerte, a los 25) militarista, arrogante, ambicioso y mucho más cruel y despiadado de lo que su fama da a entender. Mucha testosterona, chulería, sed de gloria, arrojo y técnica y muy poca humanidad o compasión. Para el Barón Rojo, cuya ensangrentada imagen disolviendo el cielo en una granizada de proyectiles era lo último que veían en su vida muchos rivales, volar significaba una extensión de los placeres de la caza terrestre de animales, a la que se entregaba desde niño con afición fanática. En el aire, se convirtió con extremado deleite en un halcón implacable, la temible joya escarlata en la percha de cetrería del Káiser

Ni en su libro –solo escribió otro, un manual de combate, Reglement für Kampfflieger- ni en informes ni cartas encontramos la sutileza, la reflexión, la conmiseración, el hálito poético o la literatura, de los grandes pilotos de guerra escritores como Salter, Richard Hillary –autor de El último enemigo- o Saint Exupéry.

“Soy un cazador por naturaleza”, escribe Von Richthofen en El avión rojo de combate. “Cuando he abatido a un inglés, mi pasión por la caza se calma por lo menos durante un cuarto de hora“. Es difícil conciliar ese frívolo comentario cinegético con la realidad de los aviadores aullando en sus desesperadas caídas mientras se consumen con antorchas en sus aeroplanos incendiados. Y añade el barón: “Los cazadores necesitan trofeos”. Así justificaba una de sus costumbres –aparte de matar gente- que más aversión puede producir: su obsesión por recoger o arrancar elementos de los aviones que abatía, las ametralladoras, palas de hélice y sobre todo los números de identificación pintados que arrancaba con fruición de rapaz como terribles souvenirs de sus victorias. Con ellos decoró una habitación en su casa familiar. Uno se pregunta cómo sentado allí entre esos espantosos recuerdos del destino fatal de tantos aviadores podía sentirse a gusto y no percibir el espectro de la muerte que también le rondaba a él. Cuando lo derribaron -convertido ya en leyenda-, en estremecedor remedo de su costumbre las manos ávidas de los soldados aliados arrancaron de su máquina voladora y de su cuerpo inerte innumerables recuerdos, incluidas las botas. Desde su primer derribo, además, Von Richthofen encargó a un joyero que le confeccionara copas de plata, una por cada enemigo abatido.

En El avión rojo de combate, el as (kanonen, decían los alemanes) explica de manera bastante propagandística y con un tono desenfadado digno de materia más ligera que la guerra aérea su trayectoria desde sus primeros pasos a sus penúltimos vuelos. “Todo lo arriesgado me cautivaba”, escribe. Ingresó en el ejército en 1911, en caballería, y entró en la guerra del 14 muy dichoso, considerándose por ello todo un hombre. Realizó varias acciones “audaces” en Francia como teniente de un destacamento de ulanos y no duda en relatar cómo habían “arrimado a la pared” (fusilado) a supuestos francotiradores y “colgado de una farola” a algunos monjes que colaboraban con el enemigo. En 1915, ante el estatismo del frente que hace inútil la caballería, pide pasar a la aviación. Volar –al principio lo hace como observador de reconocimiento en Rusia (“es una lástima que no tenga ningún ruso en mi colección, sus insignias quedarían muy decorativas en la pared de mi cuarto”) y luego como ametrallador en un biplaza- le parece sublime y muy seguro. Se lo pasa “en grande” ametrallando a las tropas terrestres. Su primer derribo le provoca gran excitación. Ya en el Oeste, con el gran Boelcke, de comandante y maestro, su carrera despega. Disfruta salvajemente abatiendo enemigos. Muchos de ellos –véase Under the guns of the Red Baron ­-Caxton 1998- pilotos noveles, casi niños, o que volaban en aparatos muy inferiores a su Albatros D III. Las acciones bélicas se entremezclan con relatos de caza en los que mata jabalíes o en una ocasión muy especial en el coto de un familiar del Káiser, un bisonte.

Escribe que tuneó su avión pintándolo de rojo sin ninguna razón especial –en realidad uno de los motivos fue que quedara claro quién era el autor de los derribos, para acreditárselos-y se muestra orgulloso de que le “petit rouge” o “le diable rouge”, como lo llaman los franceses, cause temor. Abona la especie (falsa) de que los británicos han creado una unidad especial para cazarlo. Aboga por “la decisión y las agallas” y reclama para los alemanes el dominio del aire por su “natural espíritu ofensivo”. Vamos, una joya de hombre. “No tenía piedad por mis enemigos”, escribió. Y es verdad que se cernía sobre los rivales tirando decididamente a matar, sin dejar de disparar un momento y contemplando luego desapasionadamente la caída mortal del aeroplano herido.

El libro se cierra con 52 victorias, tras el bautizado por los británicos como el “abril sangriento” de 1917 en el que los Albatros y Fokkers alemanes se cobraron un sobrecogedor tributo de sangre. Tras un permiso, Richthofen volvería al frente, sería malherido en julio –un balazo en la cabeza le dejó momentáneamente ciego, pese a lo que fue capaz de aterrizar- y entraría en la fase final de su carrera. Sus dos últimas víctimas fueron sendos Sopwith Camel derribados uno detrás del otro. El piloto del último, David Lewis, sobrevivió milagrosamente para luego salvarse también de un atentado en Rodesia en 1958.

A la vista de todo lo dicho cabe preguntarse qué hubiera sido del Barón Rojo de sobrevivir a la guerra y tener que enfrentarse a las decisiones morales a las que abocaron a sus compatriotas el nazismo y la llegada del III Reich. Poco en su carácter y su comportamiento hace presuponer que no hubiera abrazado el revanchismo, el rearme y la vuelta a las andadas bélicas como hicieron la mayoría de los alemanes en pos de Hitler. Quizá sería mucho suponer que hubiera sido un Goering, popular as de caza como él, pero mucho más inteligente (y sin duda malévolo), y acaso de los nazis lo hubieran distanciado sus orígenes aristocráticos, pero no olvidemos el importante papel que jugó en la aviación y la guerra de Hitler su propio primo, Wolfram Von Richthofen (con 8 derribos en la I Guerra Mundial), nazi fanático, el mariscal más joven del ejercito alemán y jefe de la Legión Cóndor en la Guerra Civil. La muerte del Barón Rojo aquel 21 de abril de 1918 abatido sobre el Somme por una única bala que es de las más reivindicadas de la historia de la munición quizá evitó que fuera un Von Richthofen más famoso el encargado de devastar Gernika.

Lo que es seguro es que uno no se imagina a Manfred adoptando un papel displicente con los nazis como Ernst Jünger, otra de las grandes figuras militares de la primera contienda y poseedor como él de la preciada Pour le Mérite, el Blue Max, la mayor condecoración alemana. Jünger enervó a Goebbels y el propio Hitler hubo de ordenar “no toquéis a Jünger” a sus secuaces que le tenían ganas. Sin veleidades intelectuales y culturales de ningún tipo, sensible al halago y deseoso de honores, Manfred habría sido presa fácil para el Ministerio de Propaganda. ¿Son estas suspicacias injustas con el gran aviador? Curiosamente el cine ya se ha mostrado bastante ambiguo con el barón Rojo. Ninguna de las muchas películas sobre él –de la canónica The Red Baron and Brown (1971), con John Philip Law, hasta la reciente Der Rote Baron (2008), alemana, ofrecen un perfil tranquilizador. Se le suele mostrar como un aviador estupendo, noble y tal, pero con un lado oscuro y desagradable, una faceta que se traduce en un cierto nihilismo áspero que vuelve su figura incómoda y que es una forma narrativa de traducir la falta de empatía que provoca el personaje.

Un solo indicio nos hace pensar que Manfred Von Richthofen, de no morir, hubiera podido quizá transformarse en un personaje más interesante de lo que realmente fue. Tras ser herido en la cabeza comenzó a despegarse de la figura frívola y descerebrada del piloto solar para adentrarse en un mundo más tenebroso. Seguramente ver tantas muertes alrededor y la suya propia tan cerca empezaban a transformarlo. Escribió entonces un breve texto, Gendanken in unterstand, Reflexiones en mi refugio, no publicado hasta 1933 -como parte de su libro-, en el que apunta que piensa escribir una continuación de El avión rojo de combate, cuyo tono encuentra ya insolente, en la que explicará que la guerra no es tan divertida, ni heroica, sino un asunto “muy serio y pesaroso”. Confiesa entonces que siente angustia cada vez que vuelve de un combate y la vida le parece sombría. En ese crepúsculo, más digno y humano, es donde de verdad brilla la luz del Barón Rojo.

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/05/10/actualidad/1399738559_462662.html
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Monakyo101 el 11/5/2014, 10:01 pm

Pues ya no le alcanzó la vida para separarse de su personalidad inicial y volverse más sabio.  Firmes Paracaidas 
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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

Mensaje por Von Leunam el 27/6/2014, 1:15 am

El conflicto que nunca acabó



Los campos que rodean el escenario de la batalla del Somme, uno de los enfrentamientos más sangrientos de la I Guerra Mundial, están plagados de cementerios: 410 de la Commonwealth, 22 franceses y 14 alemanes. El número de tumbas y de nacionalidades sepultadas en este rincón del norte de Francia, no lejos de la frontera con Bélgica, por donde pasaba el frente occidental, refleja la magnitud del conflicto. Pero tres lápidas en un pequeño camposanto rural alejado del teatro de operaciones, en el pueblo de Bailleulmont, muestran hasta qué punto la I Guerra Mundial, de cuyo comienzo se conmemoran este verano 100 años, es un asunto sin cerrar. Se trata de las sepulturas de tres soldados fusilados por cobardía, que huyeron en octubre de 1916 del horror del Somme después de haber sobrevivido en julio al mayor desastre militar de la historia de Reino Unido. Tras años de reivindicaciones, su familia logró poner sobre una de las tumbas, la de Albert Higham, muerto a los 24 años, una simple inscripción, “Shot at dawn” (fusilado al amanecer), para demostrar que no había nada de lo que avergonzarse, que negarse a obedecer órdenes absurdas no es una deshonra.

Sin embargo, ni Francia ni el Reino Unido han rehabilitado en bloque a los soldados que fusilaron por negarse a combatir. Es una de las muchas cuestiones que la I Guerra Mundial ha dejado abiertas: desde las fronteras de Oriente Próximo, que la ofensiva yihadista del Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) está poniendo ahora mismo en duda, hasta el genocidio armenio (una expresión que no se puede utilizar en Turquía), pasando por las toneladas de bombas desperdigadas por los campos de Flandes —justo al lado de donde se celebra este viernes el Consejo Europeo murieron dos personas en marzo por el estallido de un proyectil centenario— o por los cadáveres que siguen apareciendo en los antiguos campos de batalla. Todo ello sin tener en cuenta que muchos historiadores creen que la I y la II Guerra Mundial fueron el mismo conflicto.

Tras la I Guerra Mundial desaparecieron tres imperios —el austrohúngaro, el otomano y Prusia— y la Revolución Rusa acabó con el imperio zarista. Las huellas que ese cataclismo colectivo ha dejado en los pueblos y las fronteras de Europa son enormes. El sábado se conmemoran en Sarajevo los 100 años del asesinato por un nacionalista serbio del archiduque Francisco Fernando, el magnicidio que provocó el estallido. Un siglo después, los mismos nacionalismos han convertido a Bosnia en un país imposible, formado por comunidades que se dan la espalda. El nacionalismo del actual Gobierno húngaro de Viktor Orbán es otro ejemplo: acaba de conceder derecho a voto a los húngaros étnicos que quedaron fuera de sus fronteras tras el final del conflicto. Sin embargo, en ningún lugar siguen tan abiertas esas fronteras como en Oriente Próximo.

“Crearon fronteras en la arena para inventar países. Y todavía estamos viendo las consecuencias”, explica el escritor británico Tim Butcher, que acaba de publicar The trigger. Hunting the assassin who brought the world to war (El gatillo. En busca del asesino que llevó la guerra al mundo), una biografía de Gavrilo Princip, el asesino del archiduque, pero también un ensayo sobre la vigencia del conflicto. “Creo que en aquella época empezó el nacionalismo, con el final de los imperios. Sólo unos años después surgió el fascismo y el nazismo. Hemos visto cómo ha vuelto a resurgir en los años noventa en los Balcanes y estas últimas semanas en Ucrania. Todo eso nació entonces”, prosigue. El historiador Ricardo Artola, que ha publicado este año La Primera Guerra Mundial. De Lieja a Versalles (Alianza Editorial), también cita las fronteras de Oriente Próximo: “Fue la última expansión colonial europea tras el desmembramiento del Imperio Otomano. Pero en el fondo refleja el declive de sus empresas coloniales. Y al final fue un desastre”.

Más allá de los campos todavía sembrados de bombas o de la toxicidad de la tierra por el empleo masivo de gases, como ocurre en Verdún, el asunto que provoca un debate más encendido todavía es el de los fusilados, unos 740 en el caso francés y 340 en el británico. Los fusilados ejemplares: los fantasmas de la República era el expresivo título de una exposición que ha podido verse a principios de año en el Ayuntamiento de París, dedicada a los grandes motines que estallaron en 1917, una rebelión que Stanley Kubrick retrata en la película más famosa sobre el conflicto, Senderos de gloria.

El senador comunista Guy Fisher presentó el pasado 14 de junio en nombre de su partido una proposición de ley en la Asamblea Nacional para pedir una rehabilitación colectiva. Sin embargo, el presidente François Hollande ya se había negado en noviembre basándose en un informe de una comisión de expertos dirigida por Antoine Frost. El documento concluía que la rehabilitación “es un proceso jurídico muy complicado” por lo que recomendaba centrarse “en todo lo relacionado con la memoria”.

Los que se muestran contrarios a la rehabilitación creen que no se puede juzgar con criterios del siglo XXI decisiones que se tomaron entre 1914 y 1918. Además, aseguran que algunos fueron fusilados por negarse a combatir y a seguir órdenes demenciales pero que otros lo fueron por delitos comunes, como violaciones o asesinatos. El texto presentado en la Asamblea Francesa propone “la adopción de una ley simple que declare el perdón y la inscripción de sus nombres en los monumentos”, no un debate “sobre las complicaciones jurídicas que implica el concepto de muerto por la patria”.

El debate sobre el perdón de los fusilados refleja también la polémica más profunda sobre esta catástrofe mundial. “El origen y la responsabilidad siguen siendo una cuestión abierta”, señala Ricardo Artola. El historiador recuerda que se han publicado 25.000 libros sobre un conflicto en el que este y otros muchos asuntos siguen discutiéndose.

Los líderes de la Unión recuerdan la Gran Guerra y la tragedia de las armas químicas

Ypres, la ciudad belga que pasó tristemente a la historia porque fue donde, por primera vez, el Ejército alemán utilizó armas químicas, y testigo de cruentas batallas entre aliados y alemanes con más de 50.000 soldados muertos, fue el simbólico escenario elegido por los líderes de la Unión Europea para conmemorar el centenario del inicio de la I Guerra Mundial. Entre otros actos, la canciller alemana, Angela Merkel, el presidente francés, François Hollande, el de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, y el ministro de Asuntos Exteriores español, José Manuel García-Margallo, hicieron una ofrenda de amapolas de porcelana con banderas.


http://internacional.elpais.com/internacional/2014/06/26/actualidad/1403809022_589046.html

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Re: Centenario de la Primera Guerra Mundial

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