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Con las tropas españolas en Afganistán

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Von Leunam
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Con las tropas españolas en Afganistán

Mensaje por Von Leunam el 26/8/2012, 8:54 pm

Con las tropas españolas en Afganistán

Una columna de nueve vehículos militares sale lentamente a las siete y media de la mañana de la base española de Qala-e-now, en la provincia de Badghis, en el noroeste de Afganistán. Un puesto de control de la policía afgana marca el límite de la localidad. Después ya todo es polvo y tierra. Montes pelados conforman un paisaje seco y árido donde parece que no haya llovido durante meses.

El vehículo Lince tiene dificultades para rebasar la primera pendiente. Se tambalea a lado y lado como si fuera una barca. En una ladera un lugareño siega el trigo sin hacer mucho caso a la comitiva militar que pasa por la carretera de pista que se dirige al oeste de la provincia. Otro afgano avanza lentamente con un borrico, y las pocas casas que salpican el trayecto son construcciones de adobe, coronadas con techos en forma de bóveda. A simple vista el entorno parece bucólico, como sacado de una postal navideña.

Mi teniente, hay una motocicleta aparcada en el lateral del camino. Según inspección visual, no parece que tenga nada raro”, avisa un militar por radio al teniente Flores, responsable de la columna militar. El convoy interrumpe la marcha de repente. La motocicleta puede ser una trampa mortal. El pasado lunes una moto bomba explotó en el bazar de la localidad de Dar-e-bum, poco después de que una patrulla a pie de militares españoles se paseara por la zona. Ningún español resultó herido, pero sí dos policías nacionales afganos, uno local y un niño. El pequeño yacía esta semana en el hospital de Qala-e-now con impactos de metralla en el vientre. A los uniformados los trasladaron a la ciudad de Herat debido a su estado más grave.

Las motocicletas se han convertido en una de las principales amenazas de las tropas españolas en Afganistán durante las últimas semanas, asegura el teniente Flores. Con el agravante de que buena parte de la población en la provincia de Badghis se mueve con esos vehículos. El peligro puede estar en cualquier parte y puede aparecer en cualquier instante velozmente, a dos ruedas.

Normalidad informativa

El convoy militar pasa lentamente por al lado de la motocicleta, dejándola a su izquierda. “Eco 03, mina 3”, afirma el operador de radio para indicar la situación de los vehículos. “Mina es el nombre de la carretera. La bautizaron así los soldados estadounidenses”, explica Flores. El nombre no parece tampoco ningún buen augurio. Los artefactos explosivos son otras de las principales armas de los talibán en Afganistán. Por eso todos los movimientos de las tropas españolas en el país son tan lentos.

“En todos los convoyes va una vanguardia de vehículos por delante para detectar posibles artefactos explosivos que el enemigo ha escondido en el camino”, explica un militar. “Perdón, no quería decir ‘enemigo’, sino ‘insurgencia’, que es más políticamente correcto”, rectifica el soldado. Un oficial también me apunta que es mejor no hablar de “guerra”, sino de “conflicto”.

La misión española en Afganistán continúa siendo un tema con el que hay que irse con pies de plomo. Durante años la presencia de tropas españolas en este país asiático se ha utilizado como arma arrojadiza entre partidos políticos. Durante los próximos días voy a estar acompañando a los militares españoles en los puestos avanzados de combate de Moqur, Dar-e-bum y Ludina. En teoría no tengo ninguna restricción informativa, siempre y cuando no ponga en peligro la seguridad del contingente, respete su derecho a la intimidad y preserve su identidad en caso de bajas. Es la primera vez que el Ministerio de Defensa español permite que una periodista en solitario se empotre con las tropas españolas en Afganistán en puestos avanzados de combate. La misión española en este país empezó el 25 de enero de 2002. Se ha tardado más de una década para una normalidad informativa.


http://www.elmundo.es/elmundo/2012/08/11/espana/1344645520.html
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Re: Con las tropas españolas en Afganistán

Mensaje por Von Leunam el 26/8/2012, 8:58 pm

Misión humanitaria

Un afgano raquítico con turbante blanco pone los brazos en cruz en cuanto el subteniente español Ortega se acerca a él, pensando que lo va a cachear. Sin embargo, Ortega tan sólo pretende estrecharle la mano, sin más.

En el distrito de Moqur, en la provincia afgana de Badghis, la población afgana está acostumbrada a ver fuerzas extranjeras. Aquí estuvieron las tropas soviéticas en la década de los 80. Hace dos años había militares estadounidenses, y ahora están los españoles. En cambio, a lo que la población afgana no parece muy habituada es que esos soldados foráneos no le creen una amenaza.

"La semana que viene unos operarios vendrán a arreglar este pozo. Por favor, colabore con ellos para que puedan llevar a cabo su trabajo", el subteniente explica con tono cordial al afgano con turbante.

Ortega forma parte la Unidad de Cooperación Cívico-Militar (conocida con las siglas CIMIC) que se encarga de hacer los denominados "proyectos de impacto rápido", con los que los militares intentan ganarse el favor de la población local, entrando en un territorio un tanto pantanoso: hacer proyectos de ayuda que en teoría deberían corresponder a cooperantes y no a militares, y que sin embargo, en la provincia afgana de Badghis los militares son quienes los llevan a cabo en parte.

La falta de seguridad dificulta el movimiento del personal civil de la Agencia Española de Cooperación Internacional al Desarrollo (AECID), que depende del Ministerio de Asuntos Exteriores español, y no del de Defensa. En cambio, los soldados pueden llegar a zonas de riesgo.

"Vamos a arreglar los pozos de 24 pueblos de esta zona", afirma el subteniente Ortega con total convencimiento, mostrando una lista con el nombre de cada una de las localidades y el número de pozos fuera de uso que existen en cada una de ellas. En algunas hay hasta 22 pozos estropeados. En Badghis las familias no tienen agua corriente en casa y los pozos son cruciales para la supervivencia en las aldeas.

"Esta localidad es un tanto privilegiada porque tiene una escuela y una clínica", explica el capitán español Torres, mientras patrulla con sus hombres por el pueblo de Komuri en busca de los pozos fuera de uso. El subteniente Ortega se encarga de fotografiar cada uno de ellos y tomar nota para iniciar las obras de forma inmediata.

"¿Vais al colegio?", pregunta Torres a dos niños que trabajan en una tienda rudimentaria situada a la entrada de la escuela del pueblo. Los críos responden que no hay profesores y, por lo tanto, tampoco clase.

"No es verdad. Cada día estudian aquí setecientos niños y niñas", contesta el vigilante del colegio, tras despertarse de dormir la siesta a la sombra del edificio. "¿Setecientos? Demasiados me parecen a mí", le rebate el capitán. "Bueno, tal vez en vez de setecientos, hay seiscientos alumnos", corrige el guarda. Resulta imposible obtener información clara.

Las tropas españolas en Afganistán llevan a cabo acciones de ayuda humanitaria. Son proyectos de poca envergadura, pero no por ello de importancia. Y no sólo eso. Los militares actúan a veces como gobernantas, preocupándose por la existencia y calidad de servicios públicos mínimos como la sanidad y la enseñanza. Por lo tanto es cierto el mensaje cacareado mil veces por el Ministerio de Defensa: la misión española en Afganistán es en parte humanitaria.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/08/11/espana/1344660044.html
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Von Leunam
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Re: Con las tropas españolas en Afganistán

Mensaje por Von Leunam el 26/8/2012, 8:58 pm

Su propia guerra

Kilómetro a kilómetro. Así es como las tropas españolas ganaron terreno a los talibán gradualmente en la denominada ruta Opal, la carretera de tierra que une la localidad de Moqur con el valle de Dar-e-bum, una zona de tan sólo 1,8 kilómetros de ancho y cuatro de largo, pero de población de etnia pastún y bajo control de la insurgencia tradicionalmente.

"Los españoles construían un puesto de observación en lo alto de una colina, estaban allí quince días, y después se lo cedían al ejército afgano", explica el capitán Pablo Torres, desde lo alto de uno de esos puestos de observación, el 'opi Golf', como lo llaman los españoles. 'Opi' hace referencia a las siglas en inglés OP, que significa puesto de observación. Y 'Golf', a la letra del abecedario en la que están ordenados esos puestos de control.

Desde el OP Golf se ve perfectamente un buen tramo de la ruta Opal. En la carretera, de poco más de 20 kilómetros, hay en la actualidad una decena de puestos de observación, la mayoría construidos por los españoles y que sirven para mantener una cierta seguridad en el trayecto.

Las tropas españolas también tuvieron un campamento militar en Dar-e-bum durante casi un año, desde principio de 2011 hasta el pasado marzo, cuando se retiraron ante el redespliegue del ejército afgano. Aún así, la Brigada Paracaidista 'Almogávares VI', que es la que ahora está destacada en la provincia afgana de Badghis, va a Dar-e-bum a menudo, casi cada semana.

'¡Eh, no cojáis maderas todavía! Esperad que pida permiso al comandante afgano, que si no después se enfada', grita el capitán Torres a dos de sus hombres que buscan en el campamento de Dar-e-bum un par de tablones lo suficientemente grandes como para colocarlos en el suelo y dormir encima. El ejército afgano es ahora el amo y señor de la base, y los españoles, unos simples invitados. Es ahora su "casa de campo", como dicen ellos, porque sólo van allí unos días y las condiciones de vida dejan mucho que desear.

Los españoles se llevaron del campamento todo lo que era suyo y ahora la base es una explanada de piedras, enorme y desangelada, donde se puede decir que no hay nada, excepto una casa de adobe, unas cuantas construcciones destartaladas de madera, y enormes sacos de tierra que delimitan su perímetro. No hay ni agua ni electricidad, y las letrinas son dos agujeros inmundos en el suelo, con dos tablones de madera atravesados donde hay que colocar los pies sin perder el equilibrio.

'Maratón' bajo el sol

"Salir por ahí es más entretenido. Al menos se te pasa el tiempo más rápido", responde el paracaidista Echevarría encogiéndose de hombros cuando se le pregunta si le gusta ir a Dar-e-bum. El tiempo, sin duda, pasa allí volando. Los españoles montan el campamento en cuanto llegan, colocando diversos toldados entres sus vehículos blindados y una de las paredes del perímetro de la base, y salen a patrullar a pie por los núcleos de población más cercanos. "Es importante hacer acto de presencia, que la gente nos vea y sepa que no nos hemos ido", afirma Torres, que no se cansa de andar mientras sus soldados le siguen detrás bajo un sol criminal. La caminata dura horas.

Al atardecer los españoles regresan al campamento, y entonces aparecen también fuerzas especiales estadounidenses acompañadas de decenas de soldados del ejército afgano, que entran en la base a toda velocidad con vehículos Humvee. A simple vista parecen macarras.

"Pues la verdad es que no me han explicado nada. Les he explicado yo más a ellos, que les he dicho qué hemos hecho hoy, que ellos a mí", comenta el capitán Torres después de hablar con dos efectivos de las fuerzas especiales norteamericanas, que se acercan a él con un militar de origen mejicano para que les haga de traductor, pensando que el oficial español no va a entender ni palabra de inglés.

La mayoría de las tropas estadounidenses se han retirado de la provincia de Badghis, y ahora sólo quedan fuerzas especiales que parece que hagan su propia guerra. Al menos en el campamento de Dar-e-bum, estadounidenses y españoles se tuvieron, por una noche, por un igual. Todos durmieron al raso, cenaron comida militar empaquetada, aunque eso sí, los españoles también saborearon jamón serrano que sus familias les habían enviado desde España y que lógicamente no compartieron con las fuerzas norteamericanas.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/08/12/espana/1344807907.html
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Re: Con las tropas españolas en Afganistán

Mensaje por Von Leunam el 26/8/2012, 8:59 pm

A la búsqueda de explosivos

"Te lo explican como si esto fuera la guerra, pero no es tanto como cuentan", asegura el paracaidista Ruiz, cuando se le interroga sobre su trabajo. Él, junto a cinco soldados más y un sargento, constituyen uno de los seis pelotones de zapadores españoles que se encuentran destinados en la provincia Badghis, en el noroeste de Afganistán. Su vehículo es el que siempre va primero en los convoyes militares, con una especie de rodillos gigantes para activar por presión posibles minas enterradas en el camino por la insurgencia. Ellos son también quienes se pasean con detectores de metales por las carreteras, en busca del enemigo escondido: los temidos artefactos explosivos.

"Lo peor de todo es que se nos ha estropeado el aire acondicionado del vehículo", comenta otro zapador, el soldado Moreno, desviando la atención, intentado restar importancia a su cometido. "A veces te dan ganas de bajar del vehículo, aunque sólo sea para que te dé el aire", bromea.

Los zapadores se desplazan en un RG-31 que avanza con movimientos lentos y cruje por todas partes, como si estuviera a punto de desmontarse. El responsable del pelotón, el sargento Escofet, va en el asiento del copiloto y dirige la operación. Él decide cuándo hay que bajar del blindado a reconocer el camino, y cuándo no. "Duermo bien por las noches", comenta cuando se le pregunta qué supone trabajar bajo la presión de que de él depende la seguridad del resto del convoy. "Hemos hecho seis meses de instrucción específica en España, antes de venir a Afganistán. Nos han preparado muy bien", aclara. Aún así, la tensión resulta inevitable.

En la parte trasera del RG-31 viajan cuatro zapadores más, sin casi poder moverse, con las rodillas chocándose las unas con las otras por la falta de espacio, en una postura francamente incómoda. De repente la puerta del blindado se abre y todos salen al exterior como si agradecieran poder estirar las piernas, si no fuera porque se juegan la vida. En el interior del vehículo se hace un silencio sepulcral. Parece que los se quedan dentro aguanten la respiración por lo que pueda suceder fuera.

Conociendo el terreno

"Bip, bip, bip", es lo único que se oye, con una cadencia constante y repetitiva, que se te mete en la cabeza. "Es la radio, que indica que todos los equipos funcionan bien", explica el tirador, el paracaidista Puig. El ruido resulta soporífero. "Aquí hay que luchar contra el sueño como puedas", reconoce el propio soldado, mientras los zapadores rastrean el camino una y otra vez con sus detectores de metales, como si fueran palos de ciego, buscando lo que no pueden ver a simple vista. La operación se hace eterna.

"Cuando sales del vehículo no piensas que te va a pasar algo. Sales y ya está, e intentas hacer tu trabajo lo mejor que puedes", afirma el soldado Moreno, cuando regresa al blindado empapado de sudor y con cara de cansancio. "Los estadounidenses tienen un vehículo que lleva una plataforma que es un detector de metales gigante con el que pueden encontrar los artefactos explosivos sin tan siquiera bajarse del vehículo", apunta otro zapador, el paracaidista Ruiz. "Como ellos tienen dinero, se lo pueden permitir... En cambio nosotros nos las tenemos que arreglar con esto", añade con resignación, señalando el detector manual de metales.

"Cuando llegamos a Afganistán en junio, revisábamos todas las esquinas y nos parábamos cada dos por tres. Ahora ya conocemos mejor el terreno y podemos discernir mejor dónde hay una amenaza realmente", explica el sargento Escofet. Aun así desplazamientos de sólo 20 kilómetros duran horas. Los zapadores acaban la misión cubiertos de polvo y la cara empapada, con gotas de sudor que les resbalan por la barbilla. Viéndolos, te recuerdan a esos soldados que a menudo aparecen en las películas de guerra, pero con la diferencia de que aquí, en Afganistán, no se trata de ninguna ficción, sino la realidad del día a día.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/08/13/espana/1344892526.html
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Re: Con las tropas españolas en Afganistán

Mensaje por Von Leunam el 26/8/2012, 9:00 pm

Atención médica sin pacientes

A las cuatro de la tarde ya estaba la tienda de campaña levantada, las cajas de medicinas preparadas encima de una mesa, y los médicos y enfermeros militares listos para atender al máximo número posible de pacientes en una provincia como la de Badghis, en el noroeste de Afganistán, donde la asistencia médica es una de las principales necesidades de su población.

En todo Badghis, de medio millón de habitantes, sólo hay un hospital y unas cuantas clínicas que dejan mucho que desear por la poca profesionalidad o desidia de su personal sanitario. Sin embargo, en la tienda habilitada como consultorio médico sólo aparecieron tres personas en las casi dos horas que estuvo abierta en el exterior de la base avanzada de combate que el contingente español tiene cerca de la localidad de Ludina, al norte de la provincia.

El primer paciente que apareció fue un anciano con turbante que decía que le dolía el estómago desde hacía seis meses. El médico, el capitán español Rafael Tamburri, se molestó en escucharle atentamente e incluso le palpó el vientre, algo difícil de ver en misiones médicas de otros países con tropas en Afganistán, por ejemplo las de Estados Unidos, que básicamente consisten en distribuir medicinas como quien reparte caramelos.

Dos mujeres, suegra y nuera, fueron las dos otras pacientes que completaron el trío de atendidos. La suegra sufría artrosis y otras dolencias en las rodillas. Y la nuera decía que sangraba, aunque no quedó muy claro por dónde. El médico llegó a la conclusión de que debía de padecer una infección de orina, según un diagnóstico realizado a ojo de buen cubero, dada la imposibilidad en Afganistán de que un hombre examine a una mujer, y menos aún un militar y en una zona rural.

"Habíamos quedado esta mañana en Ludina con dos líderes de la comunidad, pero no se han presentado a la cita", explicó el teniente Fernández, que forma parte de la Unidad de Cooperación Cívico-Militar (conocida con las siglas CIMIC). "Llamé a uno y me dijo que estaba en Qala-e-now porque un familiar suyo había caído enfermo, una excusa que ya me ha dado en otras ocasiones para no presentarse", relató el oficial. "El otro contestó, pero después cortó la comunicación del teléfono móvil y ya lo desconectó".

Según el teniente, los líderes de la comunidad y la población afgana en general tienen miedo de los talibán en la zona de Ludina, y por eso no quieren que se les vea con las tropas internacionales, por temor a represalias. "Esta mañana hemos ido a Ludina con altavoces informando que el consultorio médico estaría abierto", añadió el oficial. Pero hubo que cerrarlo sin casi ofrecer atención médica.

Días atrás las tropas españolas también montaron otra tienda-consultorio en el valle de Darr-e-bum, otra zona de población de etnia pastún y presencia talibán en la provincia de Badghis. Al menos aquella iniciativa tuvo un poco más de éxito. Acudieron más de un centenar de personas, pero muchas eran familiares de policías locales u otras fuerzas de seguridad afganas, o pertenecían a una misma familia que extrañamente decía que todos sus miembros habían caído enfermos a la vez. Tras la atención médica, los militares españoles regalaban toallas, radios y fiambreras a los pacientes. Tal vez eso hizo que algunos se sintieran enfermos repentinamente.

En los últimos diez años las tropas internacionales han realizado acciones humanitarias para ganarse el favor de la población en Afganistán, pero eso muchas veces ha contribuido a alimentar la ceremonia de la confusión -que la población confunda los militares con los cooperantes-, y peor aún: que la ayuda humanitaria se utilice como arma de guerra.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/08/17/espana/1345160297.html
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Re: Con las tropas españolas en Afganistán

Mensaje por Von Leunam el 26/8/2012, 9:01 pm

El ataque del 9 de julio

Sus compañeros de la 12 compañía de la Brigada Paracaidista tienen su fotografía colgada en la tienda de campaña donde dormía, en el campamento militar Ricketts, en la localidad afgana de Moqur. En la imagen, el soldado Javier Párraga aparece de pie, sonriente, con ropa de hospital, al lado de una guapa enfermera. La foto también está colgada en una pared del puesto de mando de la base. "Aquí ya estaba casi recuperado", precisa una militar en referencia a la fotografía, mientras indica en qué camastro el joven de 20 años dormía, ahora ocupado por otro soldado.

Párraga resultó herido de bala el pasado 9 de julio en las inmediaciones de Moqur. Lo que fue una noticia más en la prensa ha dejado huella en sus compañeros de armas.

"Llevábamos delante una unidad del Ejército afgano. Al oír el primer disparo, los soldados afganos se retiraron y nosotros nos pusimos a la vanguardia", describe el sargento Antonio Coll, de 30 años. "Después cogimos posiciones en el pueblo", añade el soldado César Perea, de 24, como si estuvieran explicando la estrategia seguida en una maniobra militar en prácticas, y no en un enfrentamiento real en el que casi les va la vida. Los combates duraron siete horas de disparos intermitentes, pero siete horas al fin y al cabo de estar agazapados pegando tiros.

"Es que nosotros estamos muy acostumbrados a los tiros porque hemos hecho muchos ejercicios con fuego real", el cabo José Miguel Pérez, de 26 años, justifica la frialdad con que relatan lo ocurrido. "La noche anterior había estado riéndome de él. A mí me gustaba mucho meterme con él y, cuando le dispararon, pensé que no tendría que haberlo hecho", el soldado Fernando Meza, de 26 años, muestra el primer atisbo de sentimiento.

"Él era mi binomio, la persona con quien siempre tomaba las alturas para reconocer el terreno", añade entonces otro paracaidista, el soldado Gabriel Regalado, de 28 años. "Yo le decía que yo tenía que regresar a España sano y salvo, porque tengo mujer e hijos. Y él me contestaba que no me preocupara que, si tenían que herirnos, el herido iba a ser él. Cuando le dispararon, me hizo OK con el dedo, como diciendo 'ves, me han herido a mí'".

Los compañeros de Párraga, esos que estuvieron pegando tiros, que vieron cómo su camiseta se empapaba de sangre mientras esperaban a la ambulancia, y cargaron con su cuerpo hasta el helicóptero de evacuación, muestran rabia de que no les entiendan en España. "Aquí estamos intentando ayudar a este país", afirma el sargento Coll con los ojos encendidos, como diciendo que él no tiene nada que ver con las potencias internacionales, ni está en Afganistán por ningún interés.

Todos los días son iguales

"Yo me quedo con la imagen de los niños y su miseria", apunta el soldado Meza. Pero claro, cómo explicar en una España en crisis que aquí, en Afganistán, todo es mucho más bestia, que la pobreza realmente es extrema. Muchos militares de la Brigada Paracaidista ya estuvieron en Afganistán en años anteriores y aseguran que su trabajo se nota, el país ha mejorado.

"La gente en España se piensa que venimos a Afganistán de vacaciones. No sabe lo que se pasa aquí", lamenta el soldado Regalado, que afirma que él en Afganistán no cuenta los días, sino las horas porque aquí, para ellos, todos los días son iguales y el trabajo se organiza por horas. El soldado Meza también admite que no sabe en qué día vive. "Yo sólo sé que me corto el pelo cada dos semanas, y que aún me faltan al menos tres cortes de pelo más para regresar a casa".

Este sábado los paracaidistas en Afganistán no sólo recordarán al soldado Párraga que se recupera en España, sino también a la cabo Arancha López, que murió el 18 de agosto del año pasado en un accidente en un salto con paracaídas en España. Se ha realizado un acto en su memoria. Los militares aseguran que esas maniobras que hacen en casa ahora les sirven para salir de Afganistán con vida.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/08/18/espana/1345269587.html
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Re: Con las tropas españolas en Afganistán

Mensaje por Von Leunam el 26/8/2012, 9:01 pm

'Un poco de aceite de armamento, por favor'

Viendo aquel territorio, al norte de la provincia de Badghis, podías entender por qué aquella zona de Afganistán se había convertido en un nido de la insurgencia. Lo único que se avistaba era colinas y más colinas completamente áridas y peladas, que a veces parecía que hubieran sido arrasadas por un gran incendio debido a su color negruzco y vegetación escasa y seca.

Aquello era un puro desierto y los vehículos blindados Lince de las tropas españolas sufrían para avanzar. Tocaban con la panza en el suelo y levantaban tal polvareda al moverse que los cristales de sus ventanas quedaban completamente cubiertos de arena y resultaba difícil saber cómo los tiradores aguantaban con la cabeza allí fuera, en el puesto de la ametralladora, en medio de aquella nube de polvo.

De repente los vehículos se pararon en medio de la nada, al lado de una especie de fuerte levantado con sacos terreros, alambradas y Hescos. Los Hescos son cestos de alambre con forro de molesquina que las tropas internacionales en Afganistán utilizan para construir bases en áreas remotas. El fuerte era el cuartel general del Ejército afgano en la zona de Golojirak, al norte de Badghis, tradicionalmente controlada por los talibán.

"¿Limpian las armas cada día?", el teniente español Omar Sam preguntó al segundo jefe de la tercera compañía de uno de los batallones del Ejército afgano en la provincia, Susha Gul, que lo recibió en sus aposentos dentro del fuerte: una especie de madriguera excavada bajo tierra, con escasa luz, y acondicionada con alfombras y cojines en el suelo, una litera, una mesa, y poco más.

Susha Gul es un hombre raquítico que se presentó ante el teniente español con un pañuelo en la cabeza como si fuera una melena que le caía sobre los hombros, pantalones anchos típicos del 'shalwar kamiz' -el tradicional vestido afgano-, y una camiseta. Ni uniforme, ni galones, ni nada. A simple vista parecía más un pobrecito hombre con necesidad de ayuda que un mando del Ejército.

"No podemos limpiar las armas cada semana porque no tenemos aceite de armamento", contestó el responsable militar, obviando que el oficial español le había preguntado por una limpieza diaria y no una semanal. Según Susha Gul, sus soldados ya no podían utilizar algunas ametralladoras de tan sucias que estaban.

"¿Ha solicitado aceite de armamento a su capitán, a través de su cadena logística?", insistió el teniente Sam, a lo que Susha Gul contestó con unos argumentos difusos, poco claros. "Pues pida el aceite al responsable de logística de su batallón, y nosotros a la vez también avisaremos a nuestro responsable de logística para que esté encima del él", solucionó el oficial español. También interrogó a Susha Gul sobre si él y sus soldados tenían suficiente comida, y si los talibán los atacaban demasiado. "Cada dos días los enemigos se acercan en motocicletas y nos atacan durante unos veinte minutos, muy poco", explicó el mando afgano.

Antes de despedirse, el teniente Sam reiteró a Susha Gul que solicitara el aceite a su cadena logística, pero también le dijo que las tropas españolas intentarían darle un poco del suyo, para salir del paso.

Sea cual sea el país que tiene tropas desplegadas en Afganistán, siempre es el mismo ritual. Los soldados afganos piden y las tropas internacionales conceden. Hace años que suena la misma canción: la cadena logística de las fuerzas de seguridad afganas no funciona, pero los efectivos internacionales siempre les acaban cubriendo las espaldas.

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Re: Con las tropas españolas en Afganistán

Mensaje por Von Leunam el 26/8/2012, 9:02 pm

Un 'yala, yala' mortal

"¡Lávate las manos después de ir al lavabo, si no quieres coger el yala, yala!", dicen múltiples carteles colgados por todas partes en los retretes prefabricados del campamento militar Ricketts, en la localidad afgana de Moqur. 'Yala, yala' es cómo los militares españoles llaman a la diarrea, una de las principales amenazas de las tropas en Afganistán. En el lavabo hay que cepillarse los dientes con agua embotellada y mantener la boca bien cerrada en la ducha para no acabar cagándose patas abajo, de forma literal. Según dicen los militares, el 'yala, yala' es mortal.

El campamento Ricketts es uno de los dos puestos avanzados de combate (COP, en sus siglas en inglés) donde las tropas españolas están destinadas en la provincia de Badghis, en el noroeste de Afganistán. El otro es el campamento Bernardo de Gálvez, situado en la localidad de Ludina. Ambas bases son similares: un mosaico de tiendas de campaña camufladas con red mimética y protegidas con sacos terreros y grandes bloques de hormigón, que dan al recinto un cierto aspecto de laberinto. Son como pequeñas aldeas, donde incluso existe un gobernador. O sea, un militar que se encarga de su gestión y funcionamiento.

"¡Qué nombre más absurdo!", suelta el brigada José Manuel Escudero cuando lo llaman así, "gobernador", el cargo que le han asignado. Tanto él como el responsable de la COP de Ludina, el también brigada Santiago Lopo, coinciden en afirmar que el principal reto es garantizar el agua en los campamentos cada día. Para ello, recurren al agua de ríos que empresas afganas transportan diariamente a la base en camiones cisterna y que tratan en una depuradora antes de utilizarla en la lavandería y los lavabos. Después, lógicamente, también hay que deshacerse de las aguas fecales. Se hace de la misma manera, con camiones cisterna. "El agua limpia la deben de coger río arriba, y la sucia la deben de tirar río abajo. No lo he visto, ni lo quiero ver, pero me imagino que lo harán así", afirma el brigada Lopo en alusión a las empresas afganas contratadas para proporcionarles ese servicio.

Las tiendas de campaña son de una dimensión de unos 6 x 4 metros, y en cada una duermen entre ocho y diez militares. Allí los soldados también tienen todas sus pertenencias, y se buscan las mañas para incluso disponer de una mesa y asientos para sentarse. Se trata de espabilarse con los materiales disponibles: maderas, chapas, sacos terreros... "¡Esto es un palacio!", asegura el brigada Escudero, en referencia a las tiendas de campaña. Según dice, cuando hacen maniobras en España, duermen en condiciones peores.

Grupos electrógenos garantizan la electricidad en las bases siempre, aunque a veces sería mejor no tener luz. La COP de Ludina está plagada por las noches de insectos alargados de color paja, que se concentran en los lugares de luz y que se meten por todas partes. "Sí, esto es siempre así, se te meten por el cuello, la cabeza…", comentan dos chicas soldado, sin darle mayor importancia. También hay escorpiones y arañas, que los militares cazan. Es una de sus pocas distracciones. O eso, o hacer deporte.

"¡Venga, espabilando, que esto no es una boda! ¡Coméis y os vais!", grita el brigada Lopo en la tienda de campaña que sirve de comedor en Ludina. Hay que apresurarse. El espacio es reducido y otros militares esperan para comer. En la tienda hay una pantalla gigante donde se pueden ver las noticias que el canal 24 horas de TVE repite machaconamente, y que mantienen informados a los militares sobre lo que ocurre en España.

La comida que se sirve en las COP son raciones militares colectivas que se adornan con algún producto cocinado en los campamentos para así dar variedad al menú. "Rincón Huertano", dicen grandes letras pintadas en un bloque de hormigón en la COP de Ludina, en alusión al nombre de un famoso restaurante de Murcia, ciudad donde la Bandera de Maniobra de la Brigada Paracaidista que ahora está destinada en Afganistán tiene su acuartelamiento. "Queremos hacer una foto al cartel y enviarla al restaurante, a ver si nos hacen llegar un jamón", comenta el brigada Lopo.

En Ludina también hay un "Camino de Santiago", un circuito para correr y hacer deporte que se ha bautizado con ese nombre porque lo ideó el gobernador de la COP, que precisamente se llama Santiago. En Moqur, abundan los carteles con nombres de ciudades y pueblos españoles, y la distancia que los separa de Afganistán. "Pucela, 5.781 km; Villabalter, 5.824 km", dice uno de los carteles que hacen que los militares se sientan un poquito más cerca de la familia, que los espera en casa con ansias.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/08/22/espana/1345630463.html
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Von Leunam
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Re: Con las tropas españolas en Afganistán

Mensaje por Von Leunam el 26/8/2012, 9:03 pm

A salvo en Afganistán, si Dios quiere...

Treinta y cinco bautizos, primeras comuniones y confirmaciones. Eso es lo que el páter de la Brigada Paracaidista Francisco Muñoz oficiará en los próximos meses en la provincia afgana de Badghis. Los militares españoles en Afganistán se rinden a Dios en tierras donde a los cristianos se les considera "infieles" y a pesar de la crisis generalizada de fe que existe en nuestra sociedad.

El padre Francisco rebate esto último. "No hay una crisis de fe, sino de forma de fe. Fallan las formas de la Iglesia y el clero para acercarse a la gente de a pie", declara. Por esta regla de tres, entonces es mérito suyo, y de nadie más, que tantos militares se acerquen a Dios cuando están en una misión internacional. De hecho, el cura Francisco arrasa allá donde va. Hace cuatro años consiguió que 37 soldados se bautizaran o hicieran la primera comunión en Afganistán. Y hace dos en el Líbano, fueron cincuenta y cinco los que mostraron su fe.

"Yo soy un sacerdote muy normal. Esto también lo hace cualquier cura de pueblo", afirma el capellán, restando importancia a sus dotes movilizadoras, aunque también admite que no conoce otro cura militar que haya batido sus mismos récords. "Dios me ha dado el don de caer bien", argumenta con humildad.

La mayoría de militares destinados en Qala-e-now, la capital de Badghis, afirman que "el páter es un cachondo mental". Eso, sin duda, gusta y, por lo que explica el sacerdote, algo de razón tienen. El padre Francisco cuenta que el año pasado, a sus 54 años, hizo el curso de paracaidista porque un militar le prometió que se bautizaría si él asistía al curso. "Fue una experiencia religiosa porque se reza mucho", recuerda el capellán de las clases de salto en las que incluso resultó lesionado. "Hay que ser un descerebrado para hacer el curso con esa edad", admite ahora el religioso, que relata que, cuando acabó las clases, le dijo al militar que le había metido en aquel embolado: "Si tienes fe o no tienes fe, me da igual, ¡pero ahora tú te bautizas!".

Oriundo del pueblo extremeño de Ribera del Fresno y capellán desde 1983, el padre Francisco se hizo cura militar hace doce años. "Yo siempre quise ser misionero, monje o mártir, y me quedé en militar, que también empieza por 'm' y tengo algo de los tres", opina. El sacerdote no cree que la razón que lleva a los militares españoles a rendirse a Dios cuando están en una misión internacional sea que ven la muerte cerca. "Si fuera así, eso no sería de ser un tío con pelo en el pecho", justifica. "El español normal es discretamente religioso", expone el cura, "y aquí, en Afganistán, hay más tiempo para reflexionar". Según él, eso contribuye a la fe.

El páter considera que no es una contradicción que un creyente mate a otra persona. "Santo Tomás de Aquino decía que el hecho de defender tu vida puede causar la muerte de un agresor que no deseas", relata. "Y un militar no es militar para matar a nadie, sino para defender la vida, el derecho y la libertad".

El padre Francisco se mueve por la base de Qala-e-now con uniforme militar, pero no lleva arma aunque, según las Convenciones de Ginebra, la podría llevar. "He disparado alguna vez, pero no tiene sentido ir armado", manifiesta. "Si la situación está tan mal que el cura se tiene que poner a pegar tiros, te vas al carajo. ¡Significa que de ahí no te salva nadie!", comenta.

El cura asegura que su misión en Afganistán es "hermosa" porque es "el psicólogo del corazón". Y porque se supone que la fe mueve montañas.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/08/23/espana/1345711394.html
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Von Leunam
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Re: Con las tropas españolas en Afganistán

Mensaje por Von Leunam el 26/8/2012, 9:04 pm

Su misión, ver la TV en Afganistán

Su misión en Afganistán es ver la televisión, aunque eso suene raro. Sin embargo, no miran noticias, ni partidos de fútbol, ni tan siquiera las pasadas Olimpiadas. Sintonizan Canal Armadillo, como ellos lo llaman, la retransmisión a tiempo real de las imágenes captadas por las cámaras de los cuatro aviones no tripulados -apodados "armadillo"- que España tiene en Afganistán. Los aviones sobrevuelan las provincias de Herat y Badghis. En ésta última se encuentran destinadas el grueso de las tropas españolas en Afganistán. A través de Canal Armadillo, se pueden detectar posibles riesgos que las amenazan.

La imagen de Canal Armadillo es en blanco y negro, y se proyecta en una gran pantalla situada en un pared de una de las dos estaciones de control en tierra del avión no tripulado que el contingente español tiene en Afganistán: una, la principal, en la base militar de Herat. La otra, estrenada recientemente, en la de Qala-e--now, la capital de Badghis. Es una imagen clara, nítida, en la que se puede distinguir perfectamente la silueta de personas e incluso que cargan consigo.

"Hay gente por todas partes", comenta el teniente coronel Mateo, uno de los pilotos del avión no tripulado, en referencia al montón de personas que captan las cámaras del artilugio y que le obligan a él y a sus compañeros a mantenerse atentos ante la pantalla constantemente. "Incluso por la noche", insiste. Cuando Afganistán es la boca del lobo, está todo en la oscuridad por la falta de electricidad, el movimiento de personas tampoco cesa.

El teniente coronel Mateo explica que muchos agricultores afganos riegan sus campos de noche, y cavan a pie de la carretera para dejar circular el agua por los canales de riego. El reto es saber si esa persona que remueve la tierra es un simple campesino, o un insurgente colocando un artefacto explosivo en el camino que pueda hacer volar por los aires un vehículo blindado de las fuerzas españolas. "Las cámaras del avión pueden distinguir si lleva una pala o un kalashnikov", asegura Mateo. Su capacidad de captación llega hasta ese nivel. No es para menos. Cada cámara cuesta un millón de euros, explica el oficial. Son de fabricación israelí, como todo el avión.

Los aviones no tripulados españoles no van artillados, a diferencia de los denominadnos drones estadounidenses que tan a menudo son noticia en la prensa por sus bombardeos en la zona tribal de Pakistán, fronteriza con Afganistán. Son artilugios de 6,5 metros de largo, y 8,5 metros de envergadura de ala. Pesan unos 400 kilos con el tanque de combustible lleno, pueden volar a 6.000 metros de altura como máximo, y tienen una autonomía de unas nueve horas de vuelo, y un alcance de 250 kilómetros.

De ahí que recientemente se haya abierto una nueva estación de control en Qala-e-now. De Herat a esa localidad ya hay 110 kilómetros de distancia en línea recta. Si los efectivos españoles se desplazan mucho más al norte, el avión no tripulado ya no podía llegar.

El teniente coronel Mateo asegura que el avión no tripulado es silencioso, no pueden oírlo las personas a quienes vigila. El sur y este de Afganistán están plagados de globos aerostáticos con también cámaras de vigilancia. El país es como un Gran Hermano, con decenas ojos que lo miran y que desaparecerán cuando las tropas internacionales se vayan.

http://www.elmundo.es/elmundo/2012/08/26/espana/1345954650.html

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